VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Isaías 5, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 79
Segunda lectura: Filipenses 4, 6-9 

EVANGELIO
Mateo 21, 33-43

 33Escuchad otra parábola:

Había una vez un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la torre del guarda (Is 5,1-7), la arrendó a unos labradores y se mar­chó al extranjero.

34Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus siervos para percibir de los labradores los frutos que le co­rrespondían. 35Los labradores agarraron a los siervos, apa­learon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.

36Envió entonces otros siervos, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. 37Por último les envió á su hijo, diciéndose:

-A mi hijo lo respetarán.

38Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron:

-Éste es el heredero: venga, lo matamos y nos que­damos con su herencia.

39Lo agarraron, lo empujaron fuera de la viña y lo ma­taron.

40Vamos a ver, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?

41Le contestaron:

-Hará morir de mala muerte a esos malvados y arren­dará su viña a otros que le entreguen los frutos a su tiempo.

42Jesús les dijo:

-¿Nunca habéis leído en la Escritura?

La piedra que desecharon los constructores

     es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho:

   ¡Qué maravilla para los que lo vemos! (Sal 118,22-23).

 43Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.




COMENTARIOS

 I

 PIEDRA ANGULAR

"Ni sacerdote, ni revolucionario político, ni monje asceta, ni moralista piadoso, sino provocador en todos los sentidos". Así define Hans Küng a Jesús de Nazaret. Para más datos, Jesús era seglar, soltero (cosa rara para un maestro de la época) e iniciador de un movimiento de laicos.

 "Ni sacerdote". Más aún, opuesto radicalmente a la casta sacerdotal, cumbre del sistema religioso judío. Los sumos sacerdotes, rodeados de gran dignidad y de una situación económica confortable habían hecho del templo una buena fuente de ingresos, un centro importante de comercio hasta el punto de convertirlo, según Jesús, que en esto pensaba como el profeta Jeremías- en una cueva de bandidos: fuente de seguridad para una vida lejana de Dios y del prójimo. Con aquellos jerarcas no comulgó Jesús y por su actitud provocativa, contraria, clara y definida, ellos "andaban buscando la manera de darle muerte, prendiéndolo a traición". Un discípulo de Jesús, Judas Iscariote, amante como ellos del dinero, les sirvió en bandeja la ocasión.

 "Ni moralista piadoso". El "provocador" Jesús inquietó también a los seglares piadosos y cultos de la época: fariseos y letrados, en cuyas filas no militó. A pesar de la impresión de conservadurismo a ultranza que de ellos nos da el Evangelio, los fariseos eran los progresistas de la religión. Su más sincero deseo consistía en que el pueblo sencillo militara entre sus filas o asociaciones seglares. Para ello trataban de reducir al mínimo las obligaciones de la Torá o Ley de Dios, creando un complicado sistema de observaciones y leyes humanas que anulaban la ley divina. Terminaron así separándose del pueblo y separando al pueblo de Dios. De ahí que se llamasen fariseos, esto es, separatistas (del arameo "perishayya": separado). Jesús desenmascaró su sistema teológico. Ellos, profesores de teología y de derecho canónico, no se lo perdonaron; aliados con los sumos sacerdotes lo condenaron unánimemente a muerte ignominiosa.

 "Ni zelota". Jesús, soñador e ilusionado, anunciaba un mundo de hermanos, donde el pueblo fuera protagonista. Para realizarlo no militó entre las filas de los zelotas, partido de motivación religiosa (confesaban a Dios como único rey) y de vocación revolucionaria, pues pretendía arrojar del país por la fuerza de las armas al poder imperialista romano. Los zelotas se oponían al censo y al tributo romano, hecho que les granjeó la simpatía de los campesinos y pequeños propietarios. Tenían un programa de redistribución de la propiedad; por eso, al comenzar la guerra judía destruyeron los registros de los prestamistas para liberar a los pobres del yugo de los ricos. Jesús no consideró, en sus circunstancias históricas, que este fuera el camino para instaurar el reinado de Dios. Predicó la no violencia y el amor a los enemigos, como cimiento utópico de un nuevo orden internacional. Con sú pacifismo, decepcionó a los zelotas y con ellos al pueblo, que unido a los sacerdotes y fariseos, confirmó su sentencia de muerte.

 "Ni monje". Ante el fracaso evidente del Evangelio, Jesús no pensó en refugiarse en un convento, como evasión, al estilo de los esenios de Qumrán, ni fundó ninguna orden con regla monástica, votos, prescripciones ascéticas, vestimenta especial y tradiciones. Jesús permaneció hasta la muerte con los pies bien puestos en el suelo, claramente definido en torno a dos polos: Dios y el pueblo de quien formaba parte y a quien quería liberar de todos sus opresores.

 Tras la muerte, Dios confirmó su misión resucitándolo. Así lo creemos. "La piedra (Jesús) que los arquitectos" del sistema judío "rechazaron es ahora" para nosotros "piedra angular", piedra que corona la cima del edificio, clave de bóveda que da cohesión y fuerza a las relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre si. No tenemos más remedio que afirmar con el salmo que "ha sido un milagro patente".

 


 
II

 EL FIN DE LA IGLESIA

¿Cuál es el fin de la Iglesia? ¿Para qué está en el mundo la comunidad cristiana? ¿Cuál debe ser la preocupación prin­cipal de los miembros de la misma? He aquí algunas preguntas que, por no haber sido resueltas acertadamente, han provocado algunos de los mayores errores de la historia de la Iglesia.

 
LA VIÑA

De nuevo, como el domingo pasado, Jesús utiliza la ima­gen de la viña para referirse al pueblo de Dios, al reino de Dios. La imagen era clásica en la literatura del Antiguo Testa­mento (Is 5,1-7; Jr 2,21; Ez 15,1-8; Os 10,1-8; Sal 80,9-19). De hecho, las palabras con las que comienza la parábola perte­necen a un hermoso poema del profeta Isaías: «... plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la torre del guarda...» (Is 5,1-2). En aquel poema el profeta reflejaba la desilusión de Dios, que después de haber cuidado con todo cariño a su viña -su pueblo: «la viña del Señor de los Ejér­citos es la casa de Israel» (5,7)-, cuando llegó la hora de la vendimia aquélla sólo produjo uvas amargas: «Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos» (5,7).

Jesús aplica aquel poema a la situación en la que vive. Y mediante la parábola que estamos comentando denuncia que Dios sigue desilusionado porque tampoco ahora puede disfrutar de los frutos de su viña. Pero en esta ocasión Jesús señala además quiénes son los responsables de la situación: los labradores a los que el dueño arrendó la viña, que repre­sentan a los dirigentes del pueblo de Israel. Su misión era tra­bajar para que Israel diera el fruto que corresponde al pueblo de Dios: la justicia y el derecho, el amor a Dios y el amor al prójimo, pero...

 LOS LABRADORES

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, el dueño de la viña envió por dos veces a sus criados a recoger la renta; pero las dos veces los labradores no sólo no se la dieron, sino que los apalearon, los mataron y los apedrearon.

En el poema de Isaías la reacción del dueño de la viña es terrible: «Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la poda­rán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella» (5,5-6). Pero Isaías no conocía del todo al dueño de aquella viña, no conocía al Dios/Padre de Jesús. Según la parábola, el dueño de la viña da una tercera oportunidad a aquellos labradores. Y les envía su hijo para ver si, al menos a él, le hacen caso: «Por último les envió a su hijo, diciéndose: A mi hijo lo respetarán». Y es entonces cuando la intención de aquellos labradores se deja ver con toda claridad: «Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: Este es el heredero: venga, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Ellos querían ocupar el lugar del dueño de la viña, pretendían quedarse con la herencia. Y echan de la viña al heredero. Y la renta que le dan es la muerte. «Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos» (Is 5,7).

La acusación es terrible: son ellos, los dirigentes religio­sos del pueblo, los que han impedido conscientemente que el proyecto de Dios -un pueblo organizado sobre los pilares de la justicia y el derecho- se hiciera realidad en Israel. Son ellos los que han impedido que el pueblo sea de verdad el rei­no de Dios, porque han querido ser ellos los reyes.

Y, ahora sí, Dios, el dueño de la viña, pronuncia su sen­tencia definitiva: «... se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».

 
OTRO PUEBLO

Dios no va a destruir a su pueblo, como parecía anunciar Isaías. Pero va a ofrecer a otro pueblo la posibilidad de reali­zar su proyecto, el reino de Dios.

De ese pueblo, que estará formado por todos los que den su adhesión a Jesús Mesías y se pongan de su parte, se espera lo que se esperó del antiguo: que dé el fruto debido a su tiempo.

Ese pueblo somos nosotros. Y el fruto que el Padre espera es todo aquello que contribuye a ir transformando este mundo hasta convertirlo en un mundo de hermanos: la justicia, la libertad y la liberación de los hombres y de los pueblos, la igualdad, la paz, la vida, el amor y la fraternidad...

Ese pueblo es la Iglesia, la comunidad cristiana. Y cuando pensamos en ella, eso es lo que nos debe preocupar: no su prestigio humano, ni sus éxitos políticos, ni sus privilegios en la sociedad civil. Sólo debe preocuparnos de verdad si el fruto que estamos dando es el que el Padre espera: ser para los hombres el lugar en el que ellos puedan vivir como hijos de Dios y hermanos de sus hermanos. Sin convertir jamás a la Iglesia en fin en sí misma. Eso sería volver a traicionar al due­ño de la viña.

 


 
III

 Algunos seguimos aferrados a un «servicio de la palabra» más apto para generaciones pasadas que para la sociedad actual. Pretendemos hacer oír una «palabra» alejada de la realidad que vivimos, expresada en un lenguaje teórico, con poco sabor de la vida y la problemática de la gente... La inculturación sigue siendo una «materia pendiente» para demasiados predicadores cristianos. Nos preguntamos cómo lograr que nuestro «servicio de la palabra» se inspire y se haga carne en compromisos concretos por la Vida, la Justicia y la Solidaridad concretas, tal como se viven en el día a día...

Podemos mirar a los profetas, que nos pueden orientarnos en esta tarea. Ellos siempre mantuvieron una actitud crítica frente a las instancias de poder y, simultáneamente, vivían en medio del pueblo. Isaías, por ejemplo, no duda en utilizar una vieja canción romántica, sobre una viña, para comunicar con eficacia su mensaje. No teme que lo tilden de coplero de amoríos, o que la gente piense que sus recursos didácticos no están a la altura requerida. Para Isaías lo importante era hacer captar al decadente reino de Judá los peligros evidentes de una política interna ejercida mediante el autoritarismo, la represión y el inmediatismo. Y la maestría de su «servicio de la palabra», comprometido y vital, accesible y a la vez profundo, quedó reflejado en la «Canción de la viña» que hoy escuchamos como primera lectura.

Ocurre otro tanto con la predicación de Jesús, como podemos ver en el evangelio de hoy. Jesús se vale del mismo tema de la viña para expresar su mensaje.

Muchos grupos fanáticos consideraban que la salvación de Israel era la única meta de la historia. Jesús cuestionó duramente esta manera de pensar, por superficial y excluyente. Por eso, muchos líderes sectarios, tanto de derecha como de izquierda, consideraron que Jesús era una amenaza.

Para Jesús el Reino de Dios estaba abierto a todos los seres humanos « de buena voluntad», o sea, que tuvieran como valor primero de su vida el Amor y la Justicia. El Reino es «Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gratuidad, Amor». Por eso, no eran importantes para Jesús las diferencias raciales, de género o de cualquier otro tipo: todas las personas «de buena voluntad», todas las que estén dispuestas a vivir la solidaridad fraterna, están invitadas. Y Jesús no sólo lo propuso como un ideal, sino que lo realizó en la práctica.

Esta manera de actuar y de pensar le acarreó agudos y profundos conflictos con los grupos religiosos y políticos de la época, incluso con sus propios discípulos. Para los hombres ortodoxos esta apertura del Reino de Dios a los extranjeros, enfermos y pecadoras era absolutamente impensable. Más aún, ellos consideraban que fuera de Israel y de su particular religión no había salvación para nadie. Se consideraban «propietarios» del Reino de Dios.

Jesús los desafía abiertamente, y por medio de esa comparación con la viña, les muestra que la ortodoxia recalcitrante no conduce a la salvación. El profeta de Galilea se burla de las pretensiones privatizadoras de los ortodoxos y les muestra que Dios entrega el Reino a aquellas comunidades que viven el amor y la justicia. El Reino no es propiedad privada de nadie ni de ningún grupo en particular. Nadie lo tiene asegurado a título de una raza o religión concreta.

Toda la vida y ministerio de Jesús es compromiso con la vida. Sus acciones y palabras convocan a todos a compartir su vida en la nueva realidad humana y mundana que la construcción del Reino va provocando: sus obras poderosas, su acogida hacia los excluidos, el anuncio de la utopía de Dios que abre nuevos horizontes de esperanza en el corazón de los pobres. Éstos y otros signos son manifestaciones de la voluntad del Padre que envía a Jesús para que los hijos e hijas «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10) y que, por ello, invita a celebrar el retorno del hijo «que estaba muerto y ha vuelto a la vida» (cf. Lc 15,32).

La denuncias de Jesús, por otra parte, nos indican que el mensajero del Dios de la Vida no puede permitir que el ser humano esté permanentemente torturado por experiencias de muerte. Queremos que nuestra vida y nuestro ministerio sean una confesión y un testimonio de nuestra fe en el Dios «que ama la vida» (Sab 11, 26). Como seguidores de Jesús sabemos que esta vida se manifiesta y goza en plenitud cuando se pone totalmente al servicio del Reino (cf Mt 10,39).

Jesús, el Hijo del hombre, está dispuesto a dar su vida en rescate por todos (cf Mt 20,28). Nadie le quitó la vida; él la entregó libremente. De él hemos aprendido que ser buen pastor es desvivirse por el rebaño, dar la vida por los hermanos (cf Jn 10,11). En este momento debemos sumarnos a tantos cristianos y cristianas que en los últimos años han optado por servir a la vida, aun a riesgo de perder o complicar la suya propia. Al hacerlo, prolongamos la mejor tradición cristiana, confiados en la intercesión de nuestros hermanos y hermanas mártires.

 



Para la revisión de vida

 La canción de la viña es un «canto de amor», un pequeño relato poético sobre las relaciones de amor de Dios con su pueblo. Puedo aplicármelo a mí mismo. He recibido los cuidados amorosos del divino agricultor, y éste espera ansiosamente mis frutos... ¿Qué clase de frutos son?

   ¿Pienso alguna vez en mis relaciones con Dios como relaciones de amor, aventura de amor entre yo y Dios?

 

Para la reunión de grupo

Lo que se esperó de la viña –dice la explicación de la canción de la viña incluida en el texto- fue «derecho y justicia». Es un binomio (¿o un pleonasmo?) muy conocido bíblicamente, y muy utilizado por los profetas concretamente. Hacer un recorrido rápido, de memoria, por otros textos bíblicos del Antiguo Testamento que entre todos los miembros del grupo recordemos, que se remiten también a la «justicia y el derecho».

Algunos preferirían «amor y piedad» a «justicia y derecho», o al menos dirían que hay que entender que el amor y la piedad es la primera respuesta que Dios pide de nosotros, mientras que el derecho y la justicia son simplemente una consecuencia... y que así hay que entender (corrigiendo) el texto del profeta, que simplemente ha dado por supuesto lo primero y se ha referido a lo segundo. ¿Estamos de acuerdo? ¿Por qué?

«Estén atentos a todo lo que vean de verdadero, de noble, de justo, de limpio… y pónganlo en práctica» (Fil 4, 8-9). ¿Se puede decir que las fuentes de la moral cristiana son amplias, que el cristiano puede encontrar luz por muchas partes… o hay que mantener que nuestra ética y nuestra moral están exclusivamente fijadas en el Evangelio y en la doctrina de la Iglesia…?

 

Para la oración de los fieles

Por todo el Pueblo de Dios, para que sea viña agradecida que dé los frutos de «justicia y derecho» que Dios espera de nosotros. Oremos.

Por todos los creyentes de las diferentes religiones, para que superen los fanatismos y vivan su fe como una forma de servicio a la Humanidad entera. Oremos.

Por los pobres, los enfermos, los que están solos, los que no encuentran sentido a la vida..., para que encuentren en nosotros la ayuda eficaz que necesitan. Oremos.

Por los dirigentes religiosos, para que vivan su mayor responsabilidad como mayor servicio a todos en general, y a sus fieles en particular. Oremos.

Por todas las víctimas de las diferentes formas de intransigencia, para que encuentren junto a Dios la paz que no pudieron encontrar entre las personas. Oremos.

Por cada uno de nosotros, para que hagamos realidad todos los buenos deseos que llevamos en nuestro corazón. Oremos.

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre nuestro, que desde el comienzo de los tiempos nos has manifestado tu amor y que día a día cuidas de todos y cada uno de nosotros como un viñador amoroso; guía nuestros pasos para que sepamos serte agradecidos, y haz que nuestra gratitud no sea sólo de palabra, sino con obras de «derecho y justicia», en favor de todos, y especialmente de los privados de sus derechos. Por Jesucristo.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org