CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
CICLO "B"


Primera lectura: 2 Samuel 7, 1-5. 8b-12. 14a. 16
Salmo responsorial: Salmo 88
Segunda lectura: Romanos 16, 25-27
 

EVANGELIO
Lucas 1, 26-38

 26A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea que se llamaba Nazaret, 27a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.  28Entrando adonde es­taba ella, el ángel le dijo:

-Alégrate, favorecida, el Señor está contigo.

29Ella se turbo al oír estas palabras, preguntándose que saludo era aquél 30El ángel le dijo:

-No temas, María, que Dios te ha concedido su favor. 31Mira, vas a concebir en tu seno y a dar a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús.  32Este será grande, lo llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su antepasado; 33reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin.

34María dijo al ángel:

-¿Cómo sucederá eso, si no vivo con un hombre?

35El ángel le contestó:

-El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altí­simo te cubrirá con su sombra; por eso al que va a nacer lo llamarán "Consagrado", "Hijo de Dios".  36Y mira también tu pariente Isabel, en su vejez, ha concebido un hijo, y la que decían que era estéril está ya de seis meses porque para Dios no hay nada imposible

38Respondió María:

-Aquí está la sierva del Señor, cúmplase en mí lo que has    dicho. Y el ángel la dejó.

 


 

COMENTARIOS

I

 COSAS DE DIOS

Por más que uno le de vueltas a la cosa, no hay más remedio que decir que "a Dios no hay quien lo entienda". Su comportamiento es tan distinto del nuestro que nos saca de quicio. ¿Es verdad aquello de que escribe derecho con renglones torcidos"? ¿O no será más bien que nosotros denominamos torcido a lo derecho y viceversa?

 Su modo de ser y actuar extraña. "A los seis meses -dice Lucas- ­envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, que se llamaba Nazaret, a una joven prometida a un hombre de la estirpe de David, de nombre José; la joven se llamaba María".

 El comienzo de este relato es sorprendente. Gabriel (Dios es fuerte) era el encargado de asuntos exteriores del Padre Eterno en la corte celestial . Tenía por misión revelar a los hombres el sentido de las visiones y explicar el significado de la historia; a él le tocaba anunciar la venida del Mesías, como cuenta el libro de Daniel (8,15; 9,2lss).

 Pues bien, el angélico delegado se desplazó en comisión de servicios a una aldea ignorada por todo el Antiguo Testamento, e incluso por historiadores contemporáneos como Flavio Josefo. La aldea era Nazaret. Lucas, poco conocedor de la geografía de Palestina, la llama "ciudad". Nazaret pertenecía a Galilea, la provincia menos ortodoxa de todo el país; provincia siempre pronta a revueltas políticas y formada por gente poco observante de la Ley de Dios y de las buenas costumbres; para más datos, era nombrada despectivamente "Galilea de los gentiles".

 En la aldea de Nazaret vivía un joven, de nombre José. Acababa de contraer matrimonio con María, cuya edad debía rondar los trece años, edad a la que solían casarse las muchachas de su tiempo. (En una inscripción de la época se habla de una mujer que murió a los treinta y cuatro años y era abuela de muchos nietos).

 Aunque José y María habían contraído matrimonio (ceremonia privada que consistía en la firma del contrato), aún no vivían juntos, cosa que ocurría, según la costumbre, un año después de los desposorios.

 El ángel se dirige a María (la amada o ensalzada de Yahvé) saludándola como si se tratase de Gedeón, Judit o cualquier otro gran personaje bíblico. "Ella se turbó con aquellas palabras, preguntándose qué saludo era aquél". Y el ángel añadió: "No temas, María, que Dios te ha concedido su favor. Pues, mira, vas a concebir, darás a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús..." A lo que ella objetó: "¿Cómo sucederá eso, si no vivo con un hombre?" El ángel le contestó: "El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra...

 El caso de María, que concibe sin intervención de varón, es único en su género. En la Biblia se refieren casos de madres estériles, que dan a luz por intervención de Dios, pero siempre con colaboración de varón. Lo de María es nuevo e inesperado. Con este lenguaje, tan extraño al hombre de hoy, se indica que Jesús nace por entero de Dios y es un proyecto sacado adelante por Dios mismo; Dios, y no el hombre, lleva la iniciativa. Más que hablar de la virginidad de María -que también- se alude aquí a la concepción especial de Jesús, como resultado de una no menos especial intervención de Dios.

 Desconcertante Dios que se fija en los que no cuentan en la tierra -María y José, aldeanos, obrero él, ella sus labores- para sacar adelante el más perfecto de sus proyectos. Ya estaba anunciado: "Dios derriba del trono a los poderosos y levanta a los humildes". Cosas de Dios...



 

II

 
LA MUJER EN LA IGLESIA

 Se ha hablado mucho en los últimos tiempos del papel de la mujer en la Iglesia ¿Qué papel desempeña? ¿Qué papel debe desempeñar? Hoy el evangelio nos propone como ejemplo a una mujer: María presentada como antítesis de un sacerdote: Zaca­rías

 

EL EVANGELIO DE LUCAS

El evangelio de Lucas comienza con dos anuncios: el del nacimiento de Juan Bautista y el del nacimiento de Jesús. Al empezar así, el evangelista descubre su propósito: él quiere presentar todo lo que va a contar en su libro como el cumpli­miento de las promesas de Dios. Su libro no es una historia cualquiera, es «historia de salvación» (a propósito de esta palabra salvación, debemos tener bien claro que cuando los evangelios la usan no se refieren casi nunca a la salvación eterna, a la otra vida, de modo exclusivo; la salvación es la liberación de todos los peligros y de todas las situaciones negativas que el hombre padece, desde las más materiales a las más espirituales, y que culminará en la liberación definitiva de la muerte).

Pero, ya desde el principio, Lucas quiere dejar claro que la salvación que Dios ofrece no se va a realizar sin colaboración humana, y que para alcanzarla no valen ni los títulos ni las apariencias: será necesario escuchar su palabra, fiarse de ella y actuar en consecuencia.

Con este propósito inicia su evangelio contraponiendo dos modos distintos de recibir la palabra de Dios: el de Zaca­rías, padre de Juan Bautista, y el de María, la madre de Jesús.

 

UN ANCIANO SACERDOTE: ZACARÍAS

Zacarías tenía todos los requisitos necesarios, según el modo humano de juzgar, para recibir adecuadamente un en­cargo de parte de Dios: era un hombre importante, sacerdote legítimo -descendiente de Aarón- y, por tanto, profesional de lo religioso y miembro de la clase dirigente israelita; además era ya anciano, lo que reforzaba su autoridad. Y, además, era una buena persona: «Hubo en tiempos de Herodes, rey del país judío, cierto sacerdote de nombre Zacarías, de la sección de Abías; tenía por mujer a una descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel. Ambos eran justos delante de Dios, pues procedían sin falta según todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Lc 1,5-6).

Pues, a pesar de todo ello, cuando Dios le hizo saber que su mujer le iba a dar un hijo y que ese hijo sería el que habría de preparar el camino al Mesías, no se lo creyó. Y empezó a pedir garantías y explicaciones: «¿Qué garantía me das de eso? Porque yo ya soy viejo, y mi mujer, de edad avanzada» (Lc 1,8-19), respondió Zacarías al mensajero que, de parte de Dios, le daba aquella buena noticia. Y Dios le dio una señal: por no fiarse de su Palabra, lo dejó sin palabra durante una temporada: «Pues mira, te vas a quedar mudo, y no podrás hablar hasta el día que esto Leí nacimiento de Juan Bautista] suceda, por no haber dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento» (Lc 1,20).

 

UNA JOVEN DEL PUEBLO: MARÍA

El ángel le dijo:

Tranquilizate, María, que Dios te ha concedido su favor. Pues, mira, vas a concebir, darás a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús.

 En aquella sociedad israelita, machista y jerarquizada al máximo, María no parecía tener ninguna posibilidad de des­empeñar un papel importante en la historia de la salvación: era mujer, joven, prometida a un hombre que, aunque estaba emparentado con la familia del antiguo rey David, era un pobre artesano; una muchacha que posiblemente no tenía ninguna instrucción, que quizá aún no había visitado ninguna vez el templo de Jerusalén y que, cuando iba a la iglesia, tenía que quedarse, como todas las mujeres, en el portal.

Pero... Por un lado, a Dios le pareció bien escoger a esta muchacha para que fuera la madre del Mesías. A Dios le pareció bien concederle todo su favor. Y también a ella le envió un mensajero para que le comunicara su plan. Y ella aceptó confiada.

 

CÚMPLASE EN MÍ...

Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin...

El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso al que va a nacer lo llamarán «Consagrado», Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel: a pesar de su vejez ha concebido un hijo, y la que decían estéril está ya de seis meses; para Dios no hay nada imposible.

 Dios no le impuso su plan a María, se lo propuso. Y dejó que, con libertad, María decidiera.

El mensajero de Dios le dice que va a ser madre y que, en su hijo, se van a cumplir todas las promesas que Dios había hecho a sus antepasados; por medio de él Dios continuará su acción liberadora en favor de su pueblo y en favor de toda la humanidad.

María, por su parte, no aceptó a ciegas: pidió algunas aclaraciones; quería saber cómo iban a suceder las cosas. Pero sin desconfianza. Porque la respuesta que le da el mensajero le pone las cosas todavía más difíciles: ese hijo será efecto de la acción de Dios y, por tanto, será Hijo de Dios y como tal será reconocido [«será llamado»]. Y a pesar de todas las dificultades: «Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho.»

 La salvación, la radical liberación que Dios ofrece a la humanidad por medio de Jesús Mesías, tuvo que pasar por una mujer que, confiada, creyente, dijo que sí a Dios. Hoy, también en la Iglesia de Jesús, la mujer sigue ocupando un papel secundario. Sin ninguna razón verdaderamente seria que justifique esa discriminación. ¿No estará eso retrasando la salvación?

 


 

III

 
JESÚS, EL MESÍAS ESPERADO

RUPTURA CON EL PASADO: DIOS CONTACTA CON UNA MUCHACHA DEL PUEBLO

«En el sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea que se llamaba Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María» (1,26-27). Trazado ya el eje horizontal de las nuevas coordenadas del momento histórico en que Dios se ha decidido a intervenir personalmente en la historia del hombre, «Herodes» (tiempo) y «Judea» (espacio), diseña ahora Lucas el eje vertical, comenzando por el dato espacial, «Galilea», al que seguirá más tarde el dato temporal («César Augusto, cf. 2,1).

El zoom de aproximación funciona esta vez con más preci­sión: «a un pueblo que se llamaba Nazaret». Aunque en el epi­sodio anterior se sobrentendía que se trataba de Jerusalén, donde radicaba el templo, por razones teológicas Lucas omitió mencio­nar una y otro, limitándose a encuadrar el relato en «el santuario» como lugar apropiado para las manifestaciones divinas.

El contraste entre «el santuario» y «el pueblo de Nazaret» es intencionado. Nazaret no es nombrado jamás en el AT: no está ligado a promesa o expectación mesiánica alguna; esta segun­da intervención divina no va a representar una continuidad con el pasado.

Aun cuando el mensajero es el mismo, el primer mensaje iba dirigido a la institución religiosa; el segundo, a una muchacha del pueblo. Igualmente, en contraste con la primera escena, el mensajero Gabriel no se dirige a un hombre (Zacarías), casado con una mujer (Isabel) y entrado ya en años, sino a una mujer «virgen» (María), desposada pero sin convivir todavía con un hombre (José). La primera pareja estaba íntimamente entroncada con la tradición sacerdotal de Aarón, explicitándose la ascenden­cia a propósito de Isabel (lit. «una de las hijas de Aarón»); la nueva pareja se remonta, en cambio, a David, pero por línea masculina, José («de la estirpe de David»). Isabel era «estéril» y «de edad avanzada», María es «virgen» y recién «desposada», resaltándose su absoluta fidelidad a Dios (por oposición a la esposa «adúltera» o «prostituida», figuras del pueblo extraviado; cf. Os 2,4ss; Jr 3,6-13; Ez 16). A propósito de María, no se menciona ascendencia alguna ni se habla de observancia. María representa a «los pobres» de Israel, el Israel fiel a Dios («virgen», subrayado con la doble mención), sin relevancia social (Nazaret).

Jugando con los «cinco meses» en que Isabel permaneció escondida y «el sexto mes» en que Dios envió de nuevo a su mensajero, encuadra Lucas el anuncio de la concepción de Jesús en el marco de su predecesor. «En el sexto mes», como otrora «el día sexto», Dios va a completar la creación del Hombre.

El ángel «entra» en la casa donde se encuentra María (en el santuario del templo no entró, sino que «se apareció de pie a la derecha del altar del incienso») y la saluda: «Alégrate, favorecida, el Señor está contigo» (1,28). La salvación se divisa ya en el horizonte; de ahí ese saludo de alegría (cf. Zac 9,9; Sof 3,14). El término «favorecida/agraciada» de la salutación y la expresión «que Dios te ha concedido su favor/gracia» (lit. «porque has encontrado favor/gracia ante Dios») son equivalentes. María goza del pleno favor divino, por su constante fidelidad a la promesa hecha por Dios a Israel. Más tarde se dirá de Jesús que «el favor / la gracia de Dios descansaba sobre él» (2,40); en el libro de los Hechos se predicará de José y de David (Hch 7,10.46), pero sobre todo de Esteban: «lleno de gracia/favor y de fuerza» (Hch 7,8). «El Señor está contigo» es una fórmula usual en el AT y en Lucas para indicar la solicitud de Dios por un determinado personaje (Lc 1,66 [Juan B.]; Hch 7,9 [José, hijo de Jacob]; 10,38 [Jesús]; 11,21 [los helenistas naturales de Chipre y de Cirene]; 18,10 [Pablo]; cf. Dt 2,7; 20,1, etc.); asegura al destinatario la ayuda permanente de Dios para que lleve a cabo una tarea humanamente impensable. El saludo no provoca temor alguno en María, sino sólo turbación por la magnitud de su contenido (1,29a), a diferencia de Zacarías («se turbó Zacarías y el temor irrumpió sobre él», 1,12). Inmediatamente se pone a ponderar cuál sería el sentido del saludo que se le había dirigido en términos tan elogiosos (1,29b).

 

HIJO DEL ALTÍSIMO Y HEREDERO DEL TRONO DE DAVID = REY UNIVERSAL

«No temas, María, que Dios te ha concedido su favor. Mira, vas a concebir en tu seno y a dar a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús» (1,30). En contraste con el anuncio dirigido a Zacarías, es ahora María la destinataria del mensaje. Dios ha escogido libremente a María y le ha asegurado su favor.

A diferencia de Isabel, que había esperado, en vano, tener un hijo, María va a dar a luz un hijo cuando todavía no lo esperaba, siendo así que, si bien sus padres ya la han desposado con José, ella sigue siendo «virgen». La construcción lucana es fiel reflejo de la profecía de Isaías: «Mira, una virgen concebirá en su seno y dará a luz un hijo, y le pondrá de nombre Emma­nuel» (Is 7,14). La anunciación es vista por Lucas como el cum­plimiento de dicha profecía (cf. Mt 1,22-23).

Igualmente, a diferencia de Zacarías, quien debía imponer a su hijo el hombre de «Juan», aquí es María, contra toda costum­bre, la que impondrá a su hijo el nombre de «Jesús» («Dios salva»). Mientras que allí se apreciaba una cierta ruptura con la tradición paterna, aquí la ruptura es total. Se excluye la paterni­dad de José: «Este será grande, lo llamarán Hijo de Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin» (1,32-33).

Continúa el paralelismo, acrecentándose el contraste: tanto Juan como Jesús serán «grandes», pero el primero lo será «a los ojos del Señor» (1,15a), ya que será «el más grande de los nacidos de mujer» (cf. 7,28), por su talante ascético (cf 1,15b; 7,33) y su condición de profeta eximio, superior a los antiguos, por haberse «llenado de Espíritu Santo ya en el vientre de su madre» (cf. 1,15c); Jesús, en cambio, será «grande» por su filiación divi­na, por eso lo reconocerán como el Hijo del Dios supremo («el Altísimo» designa al Dios del universo) y recibirá de manos de Dios el trono de su padre/antepasado David, sin descender direc­tamente de él.

«Ser hijo» no significa solamente haber sido engendrado por un padre, sino sobre todo heredar la tradición que éste transmite y tener al padre por modelo de comportamiento; no será David el modelo de Jesús; su mensaje vendrá directamente de Dios, su Padre, y sólo éste será modelo de su comportamiento. La heren­cia de David le correspondería si fuera hijo de José («de la estirpe de David»), pero el trono no lo obtendrá por pertenecer a su estirpe, sino por decisión de Dios («le dará», no dice «heredará»). «La casa de Jacob» designa a las doce tribus, el Israel escatoló­gico. En Jesús se cumplirá la promesa dinástica (2Sm 7,12), pero no será el hijo/sucesor de David (cf. Lc 20,41-44), sino algo completamente nuevo, aunque igualmente perpetuo (Dn 2,22; 7,14).

 

LA NUEVA TRADICIÓN INICIADA POR EL ESPÍRITU SANTO

María, al contrario de Zacarías, no pide garantías, pregunta sencillamente el modo como esto puede realizarse: «¿Cómo su­cederá esto, si no vivo con un hombre?» (lit. «no estoy conocien­do varón», 1,34): el Israel fiel a las promesas no espera vida/fe­cundidad de hombre alguno, ni siquiera de la línea davídica (José), sino sólo de Dios, aunque no sabe cómo se podrá llevar a cabo dicho plan. María «no conoce hombre» alguno que pueda realizar tamaña empresa.

Son muy variadas las hipótesis que se han formulado sobre el sentido de esta pregunta. Deducir de ella que María ha hecho un voto de castidad contradice de plano la psicología judía en el caso de una muchacha palestina «desposada» ya, pero que no ha tenido relaciones sexuales con su marido, pues éste no se la ha llevado todavía a su casa. Lucas no pretende ofrecernos una transcripción literal de un diálogo; se trata más bien de un pro­cedimiento literario destinado a preparar el camino para el anun­cio de la actividad del Espíritu en el versículo siguiente.

La respuesta del ángel pone todas las cartas de Dios boca arriba: «El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, al que va a nacer, lo llamarán "Consagrado", "Hijo de Dios"» (1,35). María va a tener un hijo sin concurso humano.

A diferencia de Juan Bautista, quien va a recibir el Espíritu antes de nacer, pero después de su concepción al modo humano, Jesús será concebido por obra del Espíritu, la fuerza creadora de Dios. La venida del Espíritu Santo sobre María anticipa la promesa formulada por Jesús en los mismos términos a los após­toles (cf. Hch 1,8), que se cumplirá por la fiesta de Pentecostés. La idea de «la gloria de Dios / la nube» que «cubría con su sombra» el tabernáculo de la asamblea israelita (Ex 40,38), de­signando la presencia activa de Dios sobre su pueblo (Sal 91 [90 LXX],4; 140,7 [139,8 LXX]), se insinúa aquí describiendo la presencia activa de Dios sobre María, de tal modo que María dará a luz un hijo que será el Hijo de Dios, el Consagrado por el Espíritu Santo, en una palabra: el Mesías (= el Ungido).

Se afirma claramente el resultado de la concepción virginal, pero no se dice nada sobre el modo como esto se realizará. La idea de una fecundación divina es demasiado antropomórfica. Mediante un nuevo acto creador (Espíritu Santo), se anuncia el nacimiento del nuevo Adán, el comienzo de una humanidad nueva.

La nueva fuerza que Jesús desplegará es la del Dios Creador/ Salvador, la que no le fue posible imprimir en la misma creación, por las limitaciones inherentes a todo lo creado. Dios sólo puede desplegar la fuerza del Espíritu a través de personas que se presten libremente a llevar a término su proyecto sobre el hom­bre, un proyecto que no termina con la aparición del homo sapiens, sino que más bien empieza con él, puesto que debe partir precisamente del hombre que es consciente de sus actos, del hombre que ha experimentado personalmente la necesidad de una fuerza superior e ilimitada que pueda llevar a término un proyecto de sociedad que no se apoye en los valores ancestra­les del poder y de la fuerza bruta ni en los más sofisticados del dinero y del saber, fruto todos ellos de la limitación de la criatura y de la inseguridad del hombre.

Esta fuerza, que Dios concede a los que se la piden, es la fuerza del Espíritu Santo (cf 11,13). María ha resultado ser la primera gran «favorecida/agraciada»; Jesús será «el Mesías/Un­gido» o «Cristo»; nosotros seremos los «cristianos», no de nom­bre, sino de hecho, siempre que, como María, nos prestemos a colaborar con el Espíritu. Esta es la gran tradición que éste inicia, después de liberarnos de las inhibiciones, frustraciones y fanatis­mos del pasado (familiar, religioso, nacional), la que uno mismo va amasando a lo largo de repetidas experiencias y que delata siempre su presencia manifestándose espontáneamente bajo for­ma de frutos abundantes para los demás.

 

LA UTOPÍA ES EL COPYRIGHT DE DIOS

La incredulidad de Zacarías, quien pedía pruebas, por con­siderar que tanto su senectud como la de su mujer no ofrecían garantía alguna de éxito para la empresa que se le anunciaba (cf 1,18), se tradujo en «sordomudez». A María, en cambio, que no ha pedido prueba alguna que confirmara la profecía, el ángel añade una señal: «Y mira, también tu pariente Isabel, en su vejez, ha concebido un hijo, y la que decían que era estéril está ya de seis meses, porque para Dios no hay nada imposible» (1,36).

La repetición, por tercera vez (cf 1,7.18.36), del tema de la «vejez/esterilidad» sirve para recalcar al máximo la situación límite en que se encontraba la pareja; la repetición del tema de los «seis meses» constituye el procedimiento literario más idóneo para enmarcar (abre y cierra el relato) el nacimiento del Hom­bre nuevo en el «día sexto» de la nueva y definitiva creación. La fuerza creadora de Dios no tiene límites: no sólo ha de­vuelto la fecundidad al Israel religiosamente estéril, sino que ha recreado el Hombre en el seno de una muchacha del pueblo cuando todavía era «virgen», sin concurso humano, excluyendo cualquier atisbo de tradición paterna que pudiese poner en pe­ligro la realización del proyecto más querido de Dios.

 
EL «NO» DEL HOMBRE RELIGIOSO Y EL «SÍ» DE LA MUCHACHA DEL PUEBLO

Zacarías no dio su consentimiento, pero Dios realizó su pro­yecto (lo estaba «esperando» el pueblo). María, en cambio, da su plena aprobación al anuncio del ángel: «Aquí está la sierva del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho» (1,38a). María no es «una sierva», sino «la sierva del Señor», en representación del Israel fiel a Dios (Is 48,8.9.20; 49,3; Jr 46,27-28), que espera impaciente y se pone al servicio de los demás aguardando el cumplimiento de la promesa.

El díptico del doble anuncio del ángel termina lacónicamen­te: «Y el ángel la dejó» (1,38b). La presencia del mismo mensa­jero, Gabriel, que, estando «a las órdenes inmediatas de Dios» (1,19a), «ha sido enviado» a Zacarías 81,19b), primero, apare­ciéndosele «de pie a la derecha del altar del incienso» (1,11), y luego «ha sido enviado por Dios» nuevamente a María (1,26), presentándose en su casa con un saludo muy singular, pero sin darle más explicaciones (1,28), une estrechamente uno y otro relato. Por eso, sólo una vez ha concluido su misión, se comprue­ba su partida.

La descripción de la primera pareja, formada por Zacarías e Isabel, reunía los rasgos característicos de lo que se consideraba como la crema del árbol genealógico del pueblo escogido: Judea/ Jerusalén, región profundamente religiosa; sacerdote, de origen levítico; estricto observante de la Ley; servicio sacerdotal en el templo, entrada en el santuario del Señor para ofrecer el incienso el día más grande y extraordinario de su vida, constituyen la imagen fiel del hombre religioso y observante. Pese a ello, la pareja era estéril y ya anciana, sin posibilidad humana de tener descendencia; ante el anuncio, Zacarías se alarmó, quedó sobre­cogido de espanto, replicó, se mostró incrédulo, pues no tenía fe en el mensajero ni en su mensaje. El Israel más religioso había perdido toda esperanza de liberación, no creía ya en lo que profesaba, sus ritos estaban vacíos de sentido.

La descripción de la segunda pareja, todavía no plenamente constituida, formada por María desposada con José, pero sin cohabitar con él (los esponsales eran un compromiso firme de boda: podían tener lugar a partir de los doce años y generalmente duraban un año), invierte los términos: Galilea, región paganiza­da; Nazaret, pueblo de guerrilleros; muchacha virgen, no fecun­dada por varón; de la estirpe davídica por parte de su futuro consorte: es la imagen viviente de la gente del pueblo fiel, pero sin mucha tradición religiosa.

No obstante, María ha sido declarada favorecida, goza del favor y de la bendición de Dios, se turba al sentirse halagada, tiene fe en las palabras del mensajero, a pesar de no verlo huma­namente viable, cree de veras que para Dios no hay nada impo­sible. Lo puede comprobar en su prima Isabel, la estéril está embarazada, y ofrece su colaboración sin reticencias. El sí de María, dinamizado por el Espíritu Santo, concebirá al Hombre-­Dios, el Hombre que no se entronca -por línea carnal- con la tradición paterna, antes bien, se acopla a la perfección -por línea espiritual- con el proyecto de Dios.

 


 

IV

 En este Domingo IVº de Adviento de 2011 se cumplen 500 años del famoso sermón que Fray Antonio de MONTESINOS pronunció en la Isla La Española reclamando justicia para con los indígenas: «¿Éstos, no son hombres?». Para orientar en este sentido la homilía recomendamos estos cuatro documentos:

 LOGOS 120: El grito de Montesinos ayer y hoy ( Víctor CODINA)

 LOGOS 121: Los sermones de Montesinos  (Antonio de MONTESINOS)

 RELaT 417: El sermón de Montesinos. Comunidad, predicación y defensa de la justicia (Felicísimo MARTÍNEZ)

 El sermón de Montesinos como acontecimiento: Condiciones de posibilidad y consecuencias, Pedro TRIGO.

 La lectura del segundo libro de Samuel nos cuenta que, deseando David edificarle una casa Yahvé en Jerusalén, Yahvé dirigió la palabra al profeta Natán, para comunicarle que no sería David quien le edificaría una casa a Yahvé, sino que Yahvé le edificaría una casa a David. En aquellos tiempos «casa» se entiendía de varias maneras, como Templo, como morada, o como descendencia. Esta profecía quiere decir es que Dios le dará una descendencia a David, es decir, la permanencia del linaje de David sobre el trono de Israel. Está es la promesa que hace Yahvé a David y que la tradición posterior interpretará en relación con el Mesías como hijo-descendiente de David. La primitiva Iglesia entendió estas palabras en relación con Jesús como el verdadero Mesías. Mateo y Lucas se esfuerzan en presentar en sus genealogías a Jesús como descendiente de David, y varias veces se le llama Hijo de David. Es claro, Jesús es el Mesías esperado, en él se cumplen las promesas de Dios.

En los versículos que hemos leído del largísimo salmo 88 están dispuestos en la liturgia para mostrarnos la relación de Jesús con Dios. El salmo es un himno al Creador seguido de un oráculo mesiánico. En este oráculo el salmista pone en boca de Dios estas palabras: yo lo nombraré mi primogénito, altísimo entre los reyes de la tierra. Se refiere al Mesías, al salvador esperado, pero que nosotros como cristianos lo leemos claramente referido a Jesús. Él es el Hijo, la primicia por la que todos seremos salvados, el primogénito entre todos los hombres. Por su predicación, por su sencillez y servicio a los más pequeños, por su sí incondicional a Dios hasta la muerte, Dios lo resucitó haciéndolo altísimo entre los reyes de la tierra.

La segunda lectura tomada de la carta de Pablo a los Romanos nos presenta una oración de alabanza a Dios (doxología) con la que concluye toda la carta. La oración está dirigida a Jesucristo, en él cual se revela el misterio que Dios había mantenido oculto por siglos, pero que ahora, gracias a la Escritura y la predicación del mismo Jesucristo fue dado a conocer a todos, pero especialmente a los gentiles para la obediencia de la fe. Finaliza con una bendición tomada de las costumbres judías. Reconocemos que el misterio oculto por los siglos, es Jesús mismo que ahora nos revela el rostro del Padre y que se convierte en salvación para de todos los hombres.

En el evangelio leemos el anuncio del ángel a María del nacimiento de Jesús, que la convierte en la primera discípula y evangelizada: escucha la palabra de Dios, es capaz de reconocer que la acción de Dios pasa por los más pequeños y humildes. María era una mujer joven y pobre de un pueblo muy pequeño del norte del país. Ella recibe el anuncio del ángel, que la sorprende pero que sabe reconocer la acción de Dios en el anuncio. Le dice sí a Dios. A diferencia de Zacarías el signo que pide María no parte de la incredulidad, sino de la necesidad de poner por obra las palabras del ángel.

El evangelista Lucas pone de manera consecutiva el anuncio a Zacarías y el anuncio a María para resaltar que la acción de Dios se manifiesta fuera del Templo, fuera del lugar sagrado, en medio de los pobres y abandonados, como lo es María triplemente excluida por ser mujer, por ser pobre y por ser joven. Y es en ese lugar de marginación y pobreza donde el proyecto de Dios para la humanidad va a fructificar, por medio del sí consciente de María y de todos los que se identifican con ella.

El niño que nacerá de María será el Salvador, el Mesías, un «Hijo de Dios». Dios se hace ser humano en la persona de Jesús para que siendo como él, los seres humanos seamos semejantes a Dios. Pero no lo hace en contra de la voluntad de los hombres. María, con su «sí» al proyecto de Dios, introduce a Jesús en la historia, haciéndose hombre pobre y creyente.

Adviento es tiempo de preparación, de espera de la fiesta de la Natividad, de la manifestación del Mesías. Participar de esta fiesta es asumir la misma dinámica de María que le dice sí a Dios, y la misma actitud de Dios que se hace pobre para nuestra salvación en la persona de Jesús de Nazaret.




Para la revisión de vida

¿Cómo voy a vivir estos días últimos de adviento-navidad?

¿Cómo voy a acoger el misterio del «Dios tan humano» que Jesús nos muestra?

¿Cómo vivir y expresar con todos los que me rodean la ternura de Dios?

 

Para la reunión de grupo

Navidad: ¿vuelve a nacer Jesús o se trata de un símbolo, de una metáfora? ¿Qué es lo que realmente celebramos?

La Navidad y la Nochebuena están cargadas de símbolos, de riqueza cultural, de tradiciones familiares, de un imaginario social, de una tradición social llena de publicidad comercial... ¿Se puede distinguir el trigo de la paja? ¿Qué sería lo esencial cristiano de la Navidad?

¿Qué quiere decir realmente el hecho del nacimiento virginal de Jesús? ¿Es una afirmación, de qué género: físico, biológico, histórico, teológico...?

¿Cómo conciliar el nacimiento virginal de Jesús, tan especial, y la voluntad de Dios de encarnarse y anonadarse, "pasando por uno de tantos"? ¿Están en contradicción?

 

Para la oración de los fieles

Por todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente por los más necesitados, para que acojan con amor y alegría al Dios que a todos sale al encuentro, a cada uno por sus propiso caminos religiosos, roguemos al Señor

Para que el nacimiento de Jesús nos dé la confianza y el optimismo de saber que Dios no abandona a la Humanidad, y que a toda ella la guía y conduce...

Para que el ambiente social navideño vaya acompañado en nuestras vidas por una vivencia intensa del misterio de la navidad, con oración y contemplación llena de paz y de agradecimiento...

Por todos los que están lejos de sus hogares, o no tienen familia, o están en soledad obligada o voluntaria; para que experimenten gozosamente la comunión y el amor por encima del cerco soledad que les rodea...

Para que el ambiente de la navidad propicie en nuestros hogares el necesario clima de amor y ternura que durante la vida diaria nos es más difícil...

 

Oración comunitaria

Oh Dios, que en otros tiempos, y de muchas formas, hablaste por tus profetas en todos los pueblos y naciones, y que para nosotros, en nuestro hermano Jesús de Nazaret, hiciste brillar tu amor de un modo inefable; haz que a la luz de tu Palabra, diseminada por todo el mundo, todas las religiones acojan el don de tu Palabra y la pongan en práctica en la fraternidad-sororidad universal que a todos nos has prometido. Tú que vives y haces vivir, amas y haces amar, por los siglos de los siglos. Amén.

 Dios misericordioso, que iluminas las tinieblas de nuestra ignorancia con la luz de tus Palabras: acrecienta en nosotros la fe que tú mismo nos has dado, para que ninguna tentación pueda nunca destruir el ardor de la fe y el amor que has encendido en nuestro corazón. Por Jesucristo, tu hijo y nuestro hermano, amén.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org