6 de enero

EPIFANÍA DEL SEÑOR
CICLO "B"


Primera lectura: Isaías 60,1-6
Salmo responsorial: Salmo 71
Segunda lectura: Efesios 3,2-3a. 5-6

EVANGELIO
Mateo 2, 1-12

 2 1Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey He­rodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén 2preguntando:

-¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

3Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Je­rusalén entera; 4convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.

5Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:

 6Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las ciudades de Judá:

pues de ti saldrá un jefe

que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1).

 7Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estrella; 8luego los mandó a Belén encargándoles:

-Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a ren­dirle homenaje.

9Con este encargó del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño.

10Ver la estrella les dio muchísima alegría.

11Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su ma­dre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, in­cienso y mirra.

12Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

 


 

COMENTARIOS

I

 ANOTACIONES EN TORNO AL BELÉN

Un Belén de ríos de platilla, con reyes magos, camellos y dromedarios, cargados de tesoros; con pastores ingenuos y escenas costumbristas, nieve de algodón y paisajes de serrín, verde musgo y árboles y hogueras y luces interminentes de colores y villancicos y panderetas y su estrella clavada en el cielo, custodiando el portal, con José, María y Jesús, el buey y la mula... Una navidad para todos, sin aguijón ni provoca­ción, sin mensaje; navidad dulce, de turrón y mazapán, de anís y calor de hogar. Un día para unirse al año, un año para seguir como antes. Pienso que este tipo de belenes ni inquietan, ni molestan, ni invitan a la reflexión: presentan una navidad des­cafeinada.

El primer Belén no fue así. Fue un acontecimiento que gritaba - y grita- a los cuatro vientos que no había derecho a que las cosas estuvieran como estaban -estén como están-. Aquel Belén levantó la esperanza de los pobres, la persecución de los poderosos, el olvido y desinterés de los cultos.

Veamos la ganga que se le ha añadido a aquel Belén ori­ginario...

Todo comenzó en Belén (= Bet-lehem: casa del pan o casa de 'Lahmu', divinidad acádica), una aldea rodeada de estepas desérticas, a unos siete kilómetros de Jerusalén, la capital. Miqueas (5,1) lo había profetizado: «Pero tú, Belén de Efrata, eres la más pequeña entre las aldeas de Judá; de ti sacaré al que ha de ser jefe de Israel... » El evangelista Mateo cita esta profecía con algunas correcciones: «Y tú Belén, tierra de Judá», no «eres» ni mucho menos «la última de las aldeas de Judá». Para él, la aldea se crece por haber nacido en ella Jesús. No se fijó Dios en las murallas y palacios de Jerusalén, sino en una aldea insignificante, cuna del rey David. Dios tiene debilidad por lo que no cuenta: una aldea pequeña será el lugar elegido. Lo que allí sucedió fue como un relámpago en la oscuridad de la noche de la historia...

«El niño se llamará Jesús» (Yehoshua: Yahvé salva), nombre bastante común entre los judíos. Así se llamaba el autor del libro del Eclesiástico, y el caudillo (Jesús   Josué) que condujo al pueblo de Israel hasta la tierra prometida. Je­sús sería el Mesías, el liberador de Israel que llevaría a los suyos al país de la vida sin semilla de muerte.

«Un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre» fue la señal dada a los pastores por los ángeles. El nacimiento de Jesús no tuvo nada de extraordinario: «Estando allí, le llegó a María el tiempo del parto, dio a luz a su hijo primo­génito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por­que no encontraron sitio en la posada» (Lc 2,7). Como cual­quier mujer, con dolor y angustia, María dio a luz a su hijo. A la usanza de la época, el cuerpo tierno de aquel niño fue vendado fuertemente con jirones de tela, pues los antiguos creían que, de no hacerse así, el niño crecería deformado y sus huesos no se solidificarían. Jesús nació fuera de la aldea: «No había lugar para él en la posada.» De mayor, tampoco habría lugar para él en la ciudad. La gente dejaría solo a su liberador a la hora de la verdad, colgándolo de un madero extramuros.

Nada dicen los evangelios del día y mes del año de su na­cimiento, ni siquiera del lugar exacto: lo del portal, la cueva o la gruta no aparece en ellos; por supuesto que tampoco el buey y la mula -con función de calefacción natural de otras épocas- pertenecen al relato evangélico. La imaginación de los evangelios apócrifos o falsos adornó con detalles la sobrie­dad del texto evangélico. Desde el siglo IV, los cristianos deci­dieron celebrar el nacimiento de Jesús el día en que los roma­nos celebraban la fiesta del solsticio de invierno (24-25 de diciembre), día en que el sol alcanza, en su movimiento apa­rente, su distancia máxima de la tierra y comienza a acercarse a ella aumentando su intensidad. El dios 'sol invicto' recibía en aquella fecha toda clase de cultos y ofrendas. Los cristianos sustituyeron el 'astro sol' por el 'sol de Justicia-Jesús', que se acerca a los hombres. Nació así nuestra fiesta de Nochebuena y Navidad.

«Hijo de José y María.» De José sabemos que era des­cendiente, venido a menos, de la familia de David. De la fa­milia de María poco dicen los evangelios. De sus padres, Joa­quín y Ana, de su dedicación y vida desde los tres años en el templo, los evangelios apócrifos dan sobradas y fantásticas no­ticias. Estos mismos evangelios tuvieron la indelicadeza de presentar a José, el esposo de María, como hombre de avan­zada edad y barba venerable, para preservar así la virginidad de su esposa, Madre-Virgen... José y María, en todo caso, debieron de ser unos jóvenes esposos de catorce a dieciséis años de edad; unos jóvenes más entre tantas jóvenes parejas, sin especial relieve. Dios «se fija en lo débil del mundo para confundir a los fuertes...

La noticia del nacimiento se divulga. Aquella noche, el cielo se vistió de fiesta. Un ángel -Dios sabe cómo sucedió en realidad- comunicó a los «pastores» la buena noticia, y éstos corrieron al pesebre para comprobar lo anunciado. Des­pués, estando ya el niño Jesús en una casa, fue visitado por «los magos», que llegaron hasta él gracias a una «estrella» que les hizo de guía.

«Los pastores... » eran representantes natos de las clases marginadas del país, equiparados a recaudadores y publicanos, ladrones por obligación y profesión. Por ser considerados como embusteros no podían hacer de testigos en los juicios. No cobraban salario por su trabajo; recibían la manutención a cam­bio y tenían obligación de reponer las pérdidas de ganados a sus amos. El modo concreto de hacerlo era el robo. El naci­miento de Jesús se anuncia a ladrones, en primer lugar, diría­mos hoy, llevándonos las manos a la cabeza. Manías del Altí­simo, alabado sea su santo nombre...

«Unos magos de Oriente» se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el rey de los judíos que ha naci­do? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje» (Mt 2,1-2). Se creía por entonces que el nacimien­to de todo gran personaje en la tierra era acompañado por la aparición de una estrella en el firmamento. A Jesús no le debía faltar la suya... Lo de «la estrella», sobre la que se han lanzado todo tipo de hipótesis (¿Fue un cometa? ¿La conjun­ción de los planetas Saturno, Júpiter y Marte, que, según Keppler, tuvo lugar el 747 de la fundación de Roma?), es un símbolo. En el libro de los Números (24,17) se dice: «Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel.» Esta estrella es símbolo del Mesías, que conduce a los paganos a la luz de la fe, hecho anunciado por el profeta Balaán, el de la famosa burra contestataria, en contra de la voluntad del rey Balac. Balaán era mago. En la estrella que conduce a los magos a Jesús ve el evangelista Mateo la marcha de los paganos hasta la fe. Estos personajes, a más de extranjeros, ejercían una pro­fesión penalizada por la Biblia: la magia. Eran originarios, tal vez, de la tribu de los Medos, que llegó a convertirse en casta sacerdotal entre los persas. Practicaban la adivinación, la me­dicina y la astrología, prácticas que, en la Biblia, no gozan de buena reputación (1 Sm 28,3; Dt 18,9-13; Dn 1,20; 2,2-10).

Los dos primeros y únicos grupos de personajes que desfi­laron ante Jesús, tras su nacimiento, no contaban entre los poderosos de la tierra, pues eran marginados del mismo pue­blo de Israel (pastores) o extranjeros mal vistos por la religión oficial (magos), aunque respetuosamente tratados por Herodes. Dios se fija en los que no cuentan para anunciarles la buena noticia.

De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo. Pero nada de lo que sigue aparece en los evangelios. Desde el siglo II se piensa que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño: oro (regalo real), incienso (para el culto) y mirra (para ungir el cadáver el día de la muerte); se les bautizó en el siglo VI con el nombre de reyes: Melchor, rey de Persia; Gaspar, rey de Arabia, y Baltasar, rey de la India. Estos tres reyes se habían reunido por orden de Dios en Persia para acudir hasta Belén, guiados por la estrella (datos que ofrece el evangelio armenio de la Infancia, del s. VI). San Beda (s. VIII) los considera representantes de Europa, Asia y Africa, los tres continentes conocidos en aquel tiempo; de ahí los distintos colores de su piel. En el siglo XII se traslada­ron sus supuestos huesos desde Milán a la catedral de Colonia, donde hoy son venerados. Para más datos, el evangelio no dice que fueran reyes ni tampoco fueron recibidos con el cere­monial real por Herodes. Fue Cesáreo de Arlés quien comen­zó a denominarlos así, basado en el salmo 71,10 e Isaías 49, 7ss. Venían de Oriente: para un israelita, Oriente puede ser todo lo que hay al otro lado del Jordán.

«Herodes el Grande.» Los poderosos de la tierra están representados por Herodes, una versión actualizada del faraón de Egipto, que quiso acabar con los primogénitos de los israe­litas cuando el pueblo era esclavo. Moisés antes, y ahora Je­sús, se libraron de la muerte. Dios andaba de por medio. Los poderosos no quieren que el pueblo alcance la libertad y aca­ban con la vida de quienes pueden concienciarlo.

Herodes, el gran rey Herodes, era famoso por su cruel­dad: mandó matar a su yerno, ahogado; mató a sus hijos Aris­tóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme. Cinco días antes de morir mandó que asesinaran a su hijo mayor, Antípatro, y dio orden de hacer perecer, después de su muerte, a todos los 'notables' de Jericó para que hubiera lágrimas en sus funerales. Era consciente de que el pueblo judío no lo es­timaba demasiado como para llorarlo ese día. Lo que el evan­gelio cuenta de él cuadra con sus ansias de poder y con su crueldad sin límites. Que mandó matar a los niños menores de dos años consta por el evangelio. Cuántos niños murieron (en todo caso, no más de quince, según los diferentes cálcu­los de demografía y natalidad) no lo sabemos...

Pero Dios estaba con Jesús. La orden fue burlada y el niño se libró huyendo a Egipto. Algo parecido sucedió con la orden del faraón de Egipto de matar, al nacer, a todo israelita varón (Ex 1,15-22).

«Sacerdotes y letrados.» El ala eclesiástica de la época y la cultura del momento cumplieron su papel. Dieron toda la información a Herodes para llegar a Jesús, pero, acomodados e instalados en su saber y posición social, no sintieron el más mínimo interés por acudir hasta él: tal vez no sentían nece­sidad de libertador alguno. «Herodes... convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: en Belén de Judá, así lo escribió el profeta» (Mt 2,3-4).

Después de esto ya sabemos: «José y María se fueron con el niño a Egipto.» En Egipto había comenzado la historia del pueblo de Israel. Jesús había venido para reiniciar esta his­toria. De allí, como al principio, saldría para conducir al nue­vo pueblo a la tierra prometida.

Pero sólo los pobres siguieron la convocatoria. El poder político y religioso quiso en todo momento acabar con Jesús; les resultaba incómodo y subversivo. Al final de su vida, lo consiguieron colgándolo en un patíbulo.

Veinte siglos después seguimos celebrando su nacimiento los que creemos que aún vive y siembra de ilusión y esperanza el corazón de los pobres y marginados de la tierra. Para todos ellos, Feliz Navidad.

      Aquel Belén del evangelio, por lo demás, poco tiene que ver con nuestros folklóricos y pintorescos belenes...

 


 

II

 SABER PARA SERVIR

Epifanía significa manifestación: Dios se ha manifestado a toda la humanidad en la persona de Jesús. Este es el mensaje central del evangelio de hoy. Y se ha manifestado para que lo que nos dice, para que lo que sabemos, no lo guardemos para nosotros, sino que lo pongamos al servicio de los demás.

 
ES OTRA HISTORIA

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. En esto unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

-¿Dónde está el rey de los judios que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

 

Si queremos entender los pasajes del evangelio que se refieren a la infancia de Jesús debemos dejar de considerarlos historia, en el sentido moderno de la palabra. Los evangelistas no pretenden contar, con pelos y señales, unos hechos que sucedieron en un lugar concreto y en una fecha precisa; lo que quieren es comunicar de parte de Dios un mensaje en el que podremos encontrar la felicidad y la salvación. Los evan­gelios son el testimonio que las primeras comunidades cristia­nas nos dejaron acerca de su fe y de lo que, como consecuencia de haber creído, cambió sus vidas. Ahora bien: como su fe no consistía en aceptar una teoría, sino en ponerse del lado del Hombre, en quien Dios quiso compartir la existencia humana, su testimonio arranca de los principales hechos –históricos, sin duda- de la vida de Jesús. Pero los evangelistas, según práctica frecuente en aquella cultura, no sienten ningún reparo en inventarse algunos relatos si les sirven para explicar mejor el mensaje que ha cambiado su propia vida y la de los demás miembros de la comunidad, mensaje que quieren pro­poner a quienes estén interesados en ese nuevo modo de creer y de vivir.

El de la adoración de los Magos -como la mayoría de los que se refieren a la infancia de Jesús- es uno de estos relatos; en él Mateo adelanta una de las enseñanzas centrales de la predicación de Jesús y que, con otro estilo, nos ofrece Pablo en el párrafo de la carta a los Efesios que se lee hoy como segunda lectura: «que los paganos, mediante el Mesías Jesús y gracias a la buena noticia, entran en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y tienen parte en la misma prome­sa», es decir: que todo hombre, sea cual sea su origen, el color de su piel, la lengua en la que se exprese o el lado de la frontera en el que haya nacido, está llamado a incorporarse al proyecto de convertir este mundo en un mundo de herma­nos, porque Dios se ofrece para ser el Padre de todos los que como tal lo acepten. Eso es lo que nos quiere explicar Mateo con la historia de estos extranjeros -los magos vienen de Oriente- que se acercan a rendir homenaje al recién nacido: que Dios no hace diferencias entre los hombres ni por la raza, ni por la nación, ni por la cultura, ni por la religión...

 

TODOS ERAN INTELECTUALES, PERO...

Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Jerusalén entera; convocaron a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta.

 Los magos no eran reyes, ni funcionarios de ningún gobier­no; eran científicos, lo que hoy llamaríamos intelectuales. Se dedicaban a estudiar las estrellas, en donde los hombres siem­pre han intentado leer la historia por adelantado. Mateo dice que en las estrellas descubrieron la noticia del nacimiento de un rey, el rey de los judíos. Aunque el evangelio no lo dice expresamente, debemos suponer que en aquel nacimiento supieron ver la mano de Dios. Y se pusieron en camino -ac­tuaron en consecuencia; su ciencia, la verdad que habían descubierto, les sirvió para su vida- y se fueron a rendir homenaje y a poner al servicio de aquel rey recién nacido.

Cuando llegaron a Jerusalén fueron a preguntar al palacio real. Allí no había ninguna vida nueva -pronto se demostra­ría que aquél era un reino de muerte-. Herodes, rey ilegítimo que reinaba gracias al imperio de Roma, temiendo por su trono, convocó a los mayores expertos en las cuestiones de Dios, a los letrados y a los sumos sacerdotes, para que le aclararan qué estaba pasando.

Por supuesto que supieron darle respuesta; no eran igno­rantes, conocían al dedillo la palabra de Dios y todos los anuncios de los profetas y respondieron adecuadamente: «En Belén de Judea, así lo escribió el profeta». Lo sabían todo, pero ¿para qué les servía su ciencia?

Para ponerla al servicio de un poder tiránico y opresor al que ofrecen los datos que le permitirán atacar con todos los medios la esperanza que acaba de hacerse carne en medio de la humanidad, y como se irá viendo en el evangelio, también les servirá para conseguir y mantener sus privilegios, para engañar y explotar al pueblo al que trataban de ocultar la verdad que tan bien conocían y que tan poco les interesaba que se conociera.

Estas son dos de las principales enseñanzas del evangelio de hoy: Dios no hace distinciones entre los hombres; aunque prefiere a los pobres, todos están invitados, en Jesús, a ser sus hijos. Hay que empezar, eso sí, por ser honrados y por poner lo que sabemos al servicio no del poder o de nuestros privilegios, sino de todos los que necesitan y buscan libera­ción.

 


 

III

 vv. 1-3 2 1Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey He­rodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén 2preguntando:

-¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

3Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Je­rusalén entera;

Lugar donde nació Jesús (Belén de Judea) y datación aproximada, en tiempo del rey Herodes el Grande (c. 734 a. C.), conocido por su habilidad política, su crueldad y su despotismo; muy abierto a la cultura griega, construyó varias ciudades de tipo hele­nístico, entre ellas Sebaste y Cesarea, y además reconstruyó el templo de Jerusalén (acabado el 63/64 d. C.). Fue nombrado por Roma rey de Judea el año 40 a. C. y conquistó Jerusalén el año 37. No era judío de raza, sino de padre idumeo y, por tanto, no podía ser considerado rey legítimo de Israel. «Magos», es decir, astró­logos orientales, que mezclaban su ciencia astronómica con la pre­dicción del destino, anunciado, según ellos, en los astros. Llegan a Jerusalén, pero no preguntan por un personaje religioso, sino por «el rey de los judíos», para rendirle homenaje: rey universal.

«Preguntando»: lit. «diciendo». Así en el AT como en el NT se usa el verbo genérico « decir» para indicar tanto una afirmación como una negación o una pregunta. En las lenguas modernas se utiliza un verbo especifico, en este caso «preguntar», pues lo que los magos proponen es una pregunta.

«Hemos visto salir su estrella»: lit. «hemos visto su estrella en la salida». La palabra griega anatolê significa, sin artículo, el punto cardinal, el oriente (por donde sale el sol); con artículo, la salida misma de un astro.

Este rey que ha nacido se contrapone al reinante, Herodes. Los judíos no se han percatado del nacimiento del nuevo rey, pero sí los paganos; son éstos los que anuncian su nacimiento al pueblo de Dios. Agitación de Herodes, siempre sospechoso de posibles pre­tendientes al trono, y de la ciudad entera, al unísono con el tirano que la domina. Ante la noticia, Jerusalén tiene la misma reacción que el rey, no ve en el que ha nacido un posible liberador. De hecho, el pueblo no hará esfuerzo alguno por encontrarlo.

 

vv. 4-6 4convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.

5Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:

 6Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las ciudades de Judá:

pues de ti saldrá un jefe

que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1).

Herodes convoca a los miembros del Consejo, excepto a los «senadores», cuyo papel era meramente político. El tema que se propone tratar es religioso. «Letrados», gr. grammateus, derivado de gramma, letra, escrito, libro y, en plural, «letras», ciencia. De­signa a los «hombres de letras» o «de ciencia», a los expertos en la Ley, teólogos y, sobre todo, juristas. Constituían una alta clase social de reciente aparición, que intentaba arrebatar la hegemonía a la aristocracia sacerdotal. Después de varios años de estudio re­cibían una ordenación. Sus decisiones en materia de legislación religiosa o ritual eran decisivas. Herodes identifica al «rey de los judíos» por el que preguntan los magos con el Mesías esperado, el salvador prometido. Los entendidos contestan a su pregunta dándole la referencia exacta: en Belén de Judea.

El texto profético citado por Mt combina Miq 5,2 con 2 Sm 5,2; este último pasaje es estrictamente mesiánico, pues trata de la unción de David como rey de Israel (2 Sm 5,4). El niño es, por tanto, el Mesías de la casa de David. Resalta en primer lugar la importancia de Belén, patria de David, lugar del nacimiento del nuevo rey, frente a Jerusalén, donde reina Herodes. El caudillo que va a nacer será pastor del pueblo de Dios, Israel. La función de «pastor» se aplicaba a David (Sal 78,70s) o al nuevo David (Jr 23,5; 30,9; Ez 34,23s). El pueblo de Dios, del que será pastor el rey nacido, incluye a los magos que han venido a rendirle homenaje como a su propio rey: el pueblo del Mesías incluirá a los paganos. «Rendir homenaje» es el significado del gr. proskuneô referido a un rey o a Dios como soberano. Se expresaba en forma de inclinación o de postración.

 

vv. 7-8 7Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estrella; 8luego los mandó a Belén encargándoles:

-Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a ren­dirle homenaje.

Herodes convoca a los magos en secreto, no quiere que sus planes sean conocidos. Mt lo caracteriza por su hipocresía: pretende tener el propósito de prestar homenaje al nuevo rey, cuando en realidad se propone matarlo. Los jefes del pueblo, en cambio, no manifiestan reacción alguna.

 

vv. 9-12 9Con este encargó del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño.

10Ver la estrella les dio muchísima alegría.

11Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su ma­dre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, in­cienso y mirra.

12Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

La «estrella» alude a Nm 24,17: «surgirá un astro de Ja­cob y se levantará un hombre de Israel» (LXX). La estrella es figura de la persona misma del rey nacido y los guía al lugar donde éste se encuentra. En Jerusalén, donde ni el pueblo ni los di­rigentes esperan al liberador, no es visible. Vuelve a aparecer a los magos cuando se alejan de la capital. «En la casa» ven al niño con su madre. Ausencia de José. En Israel, el rey y su madre constituían la pareja real (cf. 1 Re 2,19; 15,2; 2 Re 10,13; 12,2; 23,31.36; 24,18). La escena subraya la realeza del niño. El homenaje se manifiesta con una postración y dones que expresan sumisión y alianza (mirra e incienso, Cant 3,6; incienso, Lv 2,1-16; Jr 6,20; 17,26; 48,5; Is 60,6; Eclo 39,14; 50,9; mirra, Eclo 24,15). Dios vela por su Mesías, im­pidiendo que Herodes sepa dónde está el niño.

 


 

IV

 La época en que se escribe esta parte del libro del profeta Isaías (Tercer Isaías) corresponde a la restauración, es decir, al regreso a Jerusalén de los exiliados en Babilonia, regreso a la gran ciudad de Dios. Cuando este grupo de exiliados llegó a Israel encontró sus ciudades destruidas, sus campos abandonados o apropiados por otras familias, las murallas derruidas y el templo, el lugar donde Yahvé habitaba, incendiado. Esta dramática realidad los desanimó completamente, centrando sus esperanzas y sus motivaciones únicamente en la reconstrucción de sus viviendas y sus campos, dejando de lado la restauración del templo y, con ello, la confianza en la venida gloriosa de Yahvé, quien traería para Israel la salvación plena en la misma historia. Isaías anima la fe de su pueblo, los invita a poner nuevamente su fe y su corazón en la fuerza salvífica de Yahvé, quien traerá la paz y la justicia a su pueblo, por ello Jerusalén será una ciudad radiante, llena de luz, en donde la presencia de Dios como rey hará de ella una nación grande, ante cuya presencia se postrarán todos los pueblos de la tierra. El profeta manifiesta con esta gran revelación que Dios es quien dará inicio a una nueva época para Israel, una época donde reinará la luz de Dios y serán destruidas todas las fuerzas del mal, pues Dios se hace presente en Israel y ya más nadie podrá hacerle daño.

Esta visión profética posee una comprensión muy reducida de la acción salvífica de Dios, ya que es asumida como una promesa que se cumplirá en beneficio única y exclusivamente del pueblo de Israel y no de toda la tierra. Pablo, a través de la carta a los Efesios, ampliará esa comprensión, afirmando que la salvación venida por Dios, a través de Jesús, es para “todos”, judíos y paganos. El plan de Dios, según Pablo, consiste en formar un solo pueblo, una sola comunidad creyente, un solo cuerpo, una sola Iglesia, un organismo vivo capaz de comunicar a toda la creación la vida y la salvación otorgada por Dios. La carta a los Efesios expresa que el misterio recibido por Pablo consiste en que la Buena Nueva de Cristo se hace efectiva también en los paganos, ellos son coherederos y miembros de ese mismo Cuerpo; esto significa que Dios se ha querido revelar a toda la humanidad, actúa en todos, salva a todos, reconcilia a todos sin excepción.

El evangelio que leemos hoy, en la Fiesta de la «Epi-fanía», confirma este carácter universal de la salvación de Dios. Mateo expresa, por medio de este relato simbólico, el origen divino de Jesús y su tarea salvífica como Mesías, como rey de Israel, heredero del trono de David; para ello el evangelista insiste en nombrar con exactitud el lugar donde nació Jesús y en confirmar, a través del Antiguo Testamento, que con su presencia en la historia se da cumplimiento a las palabras de los profetas. Por otro lado, el rechazo de este nacimiento por parte de las autoridades políticas (Herodes) y religiosas (sumos sacerdotes y escribas) del pueblo judío y el gozo infinito de los magos, venidos de Oriente, anuncian desde ya ese carácter universal de la misión de Jesús, la apertura del evangelio a los paganos y su vinculación a la comunidad cristiana. La Epifanía del Señor es la celebración precisa para confesar nuestra fe en un Dios que se manifiesta a toda la humanidad, que se hace presente en todas las culturas, que actúa en todos, y que invita a la comunidad creyente a abrir sus puertas a las necesidades y pluralidades del mundo actual.

 

 En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado profundamente. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de proselitismo, de «convertir al cristianismo» a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era entendida desde la centralidad del cristianismo: éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos... Tarde o temprano el mundo llegaría a su destino: a ser «un sólo rebaño, con un solo pastor»...

Hoy todo esto ha cambiado, aunque muchos cristianos (incluidos muchos de sus pastores) todavía siguen en la visión tradicional. Buen día hoy, pues, para presentar estos desafíos y para profundizarlos. No desaprovechemos la oportunidad para actualizar también personalmente nuestra visión en estos temas. En la RELaT (servicioskoinonia.org/relat) hay muchos materiales para estudiar el tema, así como para debatirlo en grupos de estudio o de catequesis.

 

En el Nuevo Testamento, además de Juan 7,42, encontramos referencias a Belén en las narraciones de Mateo 2 y Lucas 2 acerca del nacimiento del Salvador en la ciudad de David. La tradición de que el Mesías debía nacer en Belén tiene su base en el texto de Miqueas 5,2, donde se señala que de Belén Efrata debía salir quien gobernaría Israel y sería pastor del pueblo. Hoy ya sabemos que Jesús nació probablemente en Nazaret, y que la afirmación de que nació en Belén es una afirmación con intenció teológica.

El término “magos” procede del griego “magoi”, que significa matemático, astrónomo y astrólogo. Estas dos últimas disciplinas eran una misma en la antigüedad, por lo que con ambas se podía estudiar el destino y designio de las personas. Es decir, los «reyes magos» no fueron ni reyes ni magos en el sentido actual de estas palabras; habrían sido astrólogos o estudiosos del cielo. Fue el teólogo y abogado cartaginés Tertuliano (160-220 d.C.) quien aseguró que los magos serían reyes y que procederían de Oriente. En la visita de los magos a Jesús, los Padres de la Iglesia vieron simbolizadas la realeza (oro), la divinidad (incienso) y la pasión (mirra) de Cristo.



 

Para la revisión de vida

 Dios se da a conocer a todas las gentes; no sólo al «pueblo elegido», sino a todos los pueblos, representados en los Magos de Oriente. ¿Tengo yo ese mismo sentimiento de universalidad de Dios, o creo que sólo nosotros conocemos a Dios y estamos en la verdad? ¿O pienso tal vez que sólo nuestra religión es verdadera, que las demás son "falsas", o “simplemente humanas”, o como mínimo “inferiores” a la nuestra?

 

Para la reunión de grupo

La epifanía (magos de Oriente yendo a adorar a Jesús) es un símbolo, una elaboración teológica del “evangelio de la infancia” de Mateo, realizada en aquel contexto la génesis del Nuevo Testamento, que es un contexto de confrontación de la comunidad cristiana con el mundo ambiente, contexto de expansión esforzada, de evangelización misionera. Es fácil hacer de este símbolo una interpretación en el marco del “inclusivismo”, como si “toda salvación que haya fuera del cristianismo proviniera en definitiva únicamente de Jesús”, o en el marco incluso del “exclusivismo”, como si “fuera de Jesús no hubiera salvación”… Hoy, dos milenios más tarde, con una visión bastante más amplia, y tras un Concilio Vaticano II que ha dicho las palabras más positivas y optimistas sobre el valor salvífico de las demás religiones que nunca se hayan pronunciado en la Iglesia Católica, caben otras interpretaciones más abiertas. Dialoguemos sobre ello.

La salvación de Dios ofrecida en Jesús es universal, como lo es la salvación que Dios causa y ofrece fuera (o antes) del cristianismo a través de las religiones de los pueblos. Dios es el mismo a pesar de la multiplicidad de sus nombres o de la diversidad de las religiones. Por eso los magos adoran a Jesús sin ser cristianos, y por eso los cristianos podemos participar de las riquezas religiosas de toda la humanidad. Todo lo que es de Dios nos pertenece a sus hijos, a todos sus hijos. Por eso debe haber diálogo y paz entre las religiones… ¿Es ésta una argumentación correcta?

La Epifanía de Jesús, su manifestación a toda la humanidad, significa que hay más «Pueblos de Dios» que el Pueblo de Dios del cristianismo. ¿Seguimos identificando el «pueblo de Dios» con la Iglesia católica, o con el cristianismo? ¿Es correcta esa identificación? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Quiénes serían «Pueblo de Dios»? ¿Sería un pueblo o muchos pueblos?

De alguna manera, el Concilio Vaticano II nos ha sugerido que la manifestación de Dios en Jesús no es la única. Dios, como sabemos, se ha manifestado de muchas maneras también a otros pueblos (Heb 1,1)... ¿Qué cambios de actitud y hasta de lenguaje implica este "descubrimiento"? ¿Qué cambios también implica en los fundamentos de la misión, de la evangelización a los pueblos no cristianos?

 

Para la oración de los fieles

Para que estemos siempre dispuestos a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza a quien nos lo pida. Roguemos al Señor.

Para que cada religión esté dispuesta a escuchar a las demás y a acoger con apertura de corazón lo que el Espíritu nos manifiesta en las religiones de todos los pueblos. Roguemos…

Para que todos los catequistas sepan unir el testimonio de su propia vida a una buena preparación para ejercer su ministerio. Roguemos…

Para que cuantos viven sumidos en la duda, el temor o la intranquilidad se encuentren con Dios vivo y alcancen la luz y la paz que buscan y necesitan. Roguemos…

Por cuantos buscan un mundo más justo y en paz, para que encuentren la recompensa a sus trabajos y desvelos. Roguemos…

Para que vivamos de tal modo la fraternidad con quienes nos rodean que seamos para todos un verdadero testimonio de fe y de amor. Roguemos…

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre nuestro: el relato evangélico nos narra que en un día como éste Jesús fue reconocido por unos magos venidos de Oriente en su búsqueda; haz que quienes te buscan, encuentren y sigan las estrellas que Tú pones en su camino, y quienes ya te hemos encontrado podamos contemplar un día, cara a cara, la gloria de tu rostro. Por Jesucristo.

 Oh Dios, Dios único, «Dios de todos los nombres» con los que los humanos de todos los tiempos te han buscado. Tú que te has hecho buscar por todos los pueblos, y a todos ellos también les has salido al encuentro en su propia vida espiritual, en su propia religión, concédenos apertura de corazón para sentir tu presencia omnímoda en todas las religiones de la Tierra. Tú que vives y das vida, y dialogas con todos los pueblos, ahora y desde siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org