SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: 1 Samuel 3,3b-10. 19
Salmo responsorial: Salmo 39
Segunda lectura: 1 Corintios 6,13c-15a. 17-20

EVANGELIO
Juan 1, 35-42

 35Al día siguiente, de nuevo estaba presente Juan con dos de sus discípulos 36y, fijando la vista en Jesús que ca­minaba, dijo:

-Mirad el Cordero de Dios.

37Al escuchar sus palabras, los dos discípulos siguieron a Jesús.

38Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó:

-¿Qué buscáis?

Le contestaron:

-Rabbí (que equivale a "Maestro"), ¿dónde vives?

39Les dijo:

-Venid y lo veréis.

Llegaron, vieron dónde vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él; era alrededor de la hora décima.

40Uno de los dos que escucharon a Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro; 41fue a buscar primero a su hermano carnal Simón y le dijo:

Hemos encontrado al Mesías (que significa "Ungido").

42Lo condujo a Jesús. Jesús, fijando la vista en él, le dijo:

-Tú eres Simón, el hijo de Juan; a ti te llamarán Cefas (que significa "Piedra").

 


 

COMENTARIOS

 I

 EL CORDERO DE DIOS

 
            Al día siguiente, de nuevo estaba presente Juan con dos de sus discípulos, y fijando la vista en Jesús, que caminaba, dijo:

            -Mirad el cordero de Dios.

            Al escuchar sus palabras, los discípulos siguieron a Jesús.

 
            Juan Bautista, la presentar a Jersús a sus discípulos, lo llama “El Cordero de Dios”. Para los israelitas, la imagen del cordero recordaba siempre la experiencia fundamental de su pueblo: la liberación de sus antepasados que vivieron esclavos en Egipto.

     Según cuenta el libro del Exodo (12, 1-14), una noche de primavera, en todas las casas de los esclavos israelitas de Egipto se sacrificó y se comió un cordero. Con la sangre de aquel cordero pintaron los dinteles de las puertas, y aquella señal libró de la muerte al primogénito de cada familia. Depués, una vez asado, comieron aquel cordero de pie, prepara­dos para emprender un largo viaje: el camino de la liberación. Aquélla fue la última noche de esclavitud o, mejor, la primera de libertad, pues aunque todavía estaban en la tierra de opre­sión, Dios ya había decidido que, a la mañana siguiente, los esclavos saldrían de Egipto para formar un pueblo de hombres libres. Desde entonces, todos los años, al comenzar la prima­vera, los israelitas celebraban una fiesta en la que toda la familia se reunía para conmemorar la liberación que habían alcanzado por la fuerza del amor de Dios. En aquella fiesta volvían a sacrificar y a comer un cordero: el cordero pascual, que recordaba el paso y la presencia del Dios liberador entre su pueblo.

Al señalar a Jesús como «El Cordero de Dios», Juan Bau­tista está anunciando que Dios ha decidido intervenir otra vez en la historia de los hombres para poner en marcha un nuevo proceso de liberación, a punto ya de comenzar. Y en ese nuevo camino hacia la libertad, en este nuevo éxodo, Jesús, «El Cordero de Dios», jugará un papel decisivo: como en el caso del cordero pascual, su vida y su sangre derramada serán fuente de vida y liberación.

 
«¿QUE BUSCÁIS?»

Jesús se volvió, y al ver que le seguían, les preguntó:

—¿Qué buscáis?

 Alrededor de Juan Bautista se habían reunido muchos que se consideraban sus discípulos. Pero él no era maestro y nunca se tuvo por tal; había venido sólo a preparar el camino y a dar testimonio. Así lo había descrito Juan, el evangelista, en el prólogo de su evangelio: «No era él la luz, vino sólo para dar testimonio de la luz» (Jn 1,8). Por eso, cuando apa­reció el que tenía más derecho, según palabras del mismo Bautista, lo señala ante sus discípulos, invitándoles así a mar­charse con él: en seguida, en cuanto reconoce a Jesús como el enviado del Dios liberador, sin intentar mantener consigo ni un solo momento a aquellos que se le habían acercado. Y los que mejor lo habían entendido se marchan siguiendo al que acababa de llegar.

Y empiezan a caminar tras él, en silencio, como si no se atrevieran a decirle nada. Hasta que Jesús toma la iniciativa, se dirige a ellos y les pregunta qué es lo que buscan.

 

«VENID Y VERÉIS»

Le contestaron:

—Rabbí (que equivale a «Maestro»), ¿dónde vives? Les dijo:

—Venid y lo veréis.

 Su respuesta es otra pregunta: «Rabbí (que equivale a «Maestro»), ¿dónde vives?» No le preguntan por su doctrina, aunque lo aceptan como maestro, sino por su vida. El evan­gelista, al narrar la escena de esta manera, nos está indicando algo muy importante en la fe cristiana: no se trata de aprender una doctrina, sino de compartir la vida, de conocer directa­mente el modo de vivir que Jesús va a proponer a todos los que decidan unirse a su camino. Por eso la respuesta de Jesús no es un discurso, sino una invitación a la experiencia: «Venid y lo veréis.»

Y lo que vieron, lo que experimentaron, tuvo que llenarlos de satisfacción, puesto que «aquel mismo día se quedaron a vivir con él». Y en seguida uno de ellos, Andrés, siente la necesidad de compartir aquella experiencia y va a buscar a su hermano para llevarlo a Jesús: «Uno de los dos que escu­chaban a Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro; fue a buscar primero a su hermano carnal Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías"...»

Nosotros tenemos fe. Pero ¿a qué experiencia responde esa fe? ¿En qué consiste la experiencia que nos mantiene en ella? ¿Nos mueve a buscar a aquellos que más queremos para invitarlos a compartir nuestra alegría?.

 El primer paso para llegar a la fe en Jesús Mesías, el Cordero de Dios, es ver en algún grupo, en alguna comunidad, el modo de vida que resulta después de alcanzar la liberación que él ofrece. Si alguien se acercara a nosotros preguntando cómo es la vida de los cristianos, intentando averiguar en qué se nota que un grupo de personas son cristianos, ¿cuál sería nuestra respuesta? ¿Podríamos quizá decirles “esta es nuestra experiencia, venid y veréis”?.

Tenemos que tener mucho cuidado, porque en lugar de fe podríamos estar viviendo ofreciendo pura ideología.

 


 

II

 CON EL PUEBLO

 Siempre me ha sorprendido aquella escena del Evangelio de Juan en la que dos discípulos del Bautista abandonan a su maestro para seguir a Jesús. Y mucho más todavía el diálogo que entablaron con él: "Viendo Jesús que lo seguían se volvió para preguntarles:

¿Qué buscáis? Ellos contestaron: Rabí (que significa "Maestro") ¿dónde vives? Jesús les dijo: Venid y lo veréis. Lo acompañaron, vieron dónde vivía y se quedaron aquel mismo día a vivir con él; era alrededor de la hora décima" -las cuatro de la tarde-.

Este diálogo tuvo lugar dos horas antes de terminar el día, que se computaba de sol a sol. Con Jesús amanecería para ellos un nuevo día en que verían la gestación de un mundo nuevo.

Al leer este párrafo del Evangelio, uno se queda con la curiosidad de saber exactamente "dónde vivía Jesús", en qué ambiente se desenvolvía su cotidiano quehacer. Y no es difícil satisfacer la curiosidad si espigamos pacientemente las páginas del relato evangélico. Veámoslo.

Por supuesto que Jesús no vivía -tampoco Juan Bautista- en un palacio. Esta no es morada de profetas, ni desde tan alto se puede contemplar la vida (Le 7,24-26). Ni siquiera tenía casa en propiedad:

"Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza (Le 9,58).

No habitaba el Maestro nazareno junto al capital, pues no tenía dinero, que nos conste; en sus correrías apostólicas "lo acompañaban los doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades... que le ayudaban con sus bienes" (Le 8,2-3). Por lo demás no toleraba que en la casa de su Padre -el templo- sonara el ruido de la calderilla: en una ocasión "entró en el templo...desparramó las monedas y volcó las mesas de los cambistas (Jn 2,13); mal parados acabaron aquellos banqueros y sus oficinas de cambio. Con anterioridad había formulado un principio tajante e indiscutible: "No se puede servir a Dios y al dinero" -hoy diría "capital"(Mt 6,24).

No estuvo su vida del lado de los poderosos del mundo político romano, dictadores sin reserva; poco afecto mostraba hacia ellos: "Id y decidle a esa zorra...(Le 13,22)"; así trató a Herodes que, según los fariseos, andaba buscándolo para matarlo. La zorra era sinónimo de animal insignificante. "No les tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero después no pueden hacer más", decía (Le 12,4).

No tenía su casa entre los fariseos, escribas o sumos sacerdotes (seglares piadosos, teólogos o juristas y altas jerarquías del clero). Para ellos tuvo palabras de las más duras y condenas de las más crudas; baste un botón de muestra: :¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muerto y de podredumbre" (Mt 24,27).

Jesús moraba con el pueblo sencillo y oprimido, aquella muchedumbre de enfermos, tullidos, endemoniados, locos, pecadores, prostitutas, ladrones, descreídos, galileos...

Ahí vivía Jesús y con él decidieron quedarse a vivir los dos primeros discípulos y otros que se sumaron después al grupo.

Y nosotros, los seguidores de Jesús, pueblo cristiano y jerarquía, ¿dónde vivimos?

 


 

III

 
1,35  Al día siguiente, de nuevo estaba presente Juan con dos de sus discípulos.

Nueva datación. Es el tercer día a partir del interrogatorio de Juan (1,19ss). Este se encuentra de nuevo en el sitio del día anterior; es una figura estática, al que nunca se aplican verbos de movimiento. Perma­nece allí mientras dura su misión, que no terminará hasta que Jesús no comience la suya. Una vez que Jesús pase delante de él, Juan no apare­cerá más en este lugar, que simboliza la tierra prometida (1,28: al otro lado del Jordán) y que será el futuro lugar de Jesús (10,40.42).

Juan está acompañado de dos de sus discípulos, es decir, hombres que han escuchado su anuncio y recibido su bautismo. Forman parte de un grupo más numeroso, Juan es un centro de convocatoria; esto confir­ma el carácter de adhesión incluido en el bautismo con agua. Como Juan, los discípulos están a la expectativa. El ha reconocido ya al Mesías (1,29), los discípulos no lo conocen aún.

 

36  y, fijando la vista en Jesús, que caminaba, dijo: «Mirad el Cordero de Dios».

El día anterior, Juan había visto a Jesús que llegaba; ahora, estando en el mismo lugar, ve a Jesús que pasa. Jesús se le pone delante, toma el puesto que le corresponde por derecho (1,15.30), Juan queda atrás. Es el momento del cambio, deja de ser precursor porque el anunciado va a comenzar su actividad.

Juan pronuncia su declaración en presencia de dos discípulos. Al re­petir el incipit de la declaración anterior (1,29: Mirad el Cordero de Dios), hace ver el autor que Juan comunica a sus discípulos el entero contenido de aquélla. Ellos conocen así la calidad del Mesías; saben que ha de inaugurar la nueva pascua y alianza y realizar la liberación defini­tiva; al mismo tiempo, que es el Hijo de Dios, el portador del Espíritu, y que, comunicándolo, va a quitar el pecado del mundo. El dará reali­dad a la expectación significada en el bautismo de Juan.

 

37  Al escuchar sus palabras, los dos discípulos siguieron a Jesús.

La reacción de los discípulos es inmediata, mostrando que habían comprendido el mensaje de Juan. Este no opone resistencia, sabe que Jesús es el Esposo que ha de llevarse a la Esposa, el Mesías a quien corresponde salvar al pueblo (3,29).

«Seguir a Jesús», como término técnico aplicado a discípulos (1,43; 8,12; 10,4; 12,26; 13,36; 21,19), indica el deseo de vivir con él y como él, adoptar sus objetivos y colaborar en su misión. «Seguir» significa caminar junto con otro que señala el camino. Este verbo expresa la res­puesta de los discípulos a la declaración de Juan: han encontrado al que esperaban, y sin vacilar se adhieren a él.

 

38a Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: «¿Qué buscáis?».

Jesús es consciente de que lo siguen, se vuelve y les pregunta, corres­pondiendo con su interés al interés del hombre. El trecho recorrido en silencio marca la expectación. La búsqueda no alcanza su objetivo sin la iniciativa de Jesús.

Su pregunta (en el original en presente: les pregunta) es válida para los hombres de toda época. No se refiere a su propia persona ni expresa una exigencia o condición. Quiere saber el objetivo que persiguen. Pue­de haber muy diversos motivos para seguir a Jesús. Les pregunta lo que buscan, es decir, lo que esperan de él y lo que creen que él puede dar­les. Jn insinúa que existen seguimientos equivocados, adhesiones a Jesús que no corresponden a lo que él es ni a la misión que ha de realizar (cf. 2,23-25).

 

38b  Le contestaron: «Rabbí (que equivale a «Maestro»), ¿dónde vives?».

Los discípulos contestan con otra pregunta. Dan a Jesús el título respetuoso de «Rabbí» (= maestro), indicando que lo toman por guía, dispuestos a seguir sus instrucciones. Reconocen que Jesús tiene algo que enseñarles que ellos no conocen aún. Han sido discípulos de Juan; pero aquella situación era provisional, en espera del anunciado.

La relación maestro-discípulo no se limitaba en aquel tiempo a la transmisión de una doctrina, se aprendía un modo de vivir. La vida del maestro era pauta para la del discípulo. Estos quieren conocer dónde vive Jesús, su habitación, diferente del lugar donde estaba Juan. Se dis­tancian de su antiguo maestro. Están dispuestos a dar el paso, a estar cerca de Jesús y vivir bajo su influjo. Esto consumará la ruptura simbo­lizada por el bautismo con agua.

 

39a  Les dijo: «Venid y lo veréis».

Jesús accede inmediatamente a la petición implícita en la pregunta, haciendo a su vez una invitación, la de ver por ellos mismos, experi­mentar la convivencia con él. Es en ella donde han de encontrar la res­puesta a su búsqueda. Esto muestra que tal petición era la que convenía hacer. Para el discípulo, lo primero es entrar en la zona donde está Jesús (17,24: quiero que también ellos ... estén conmigo donde estoy yo, para que contemplen mi gloria; cf. 14,3).

Jesús reside en el lugar donde él ha acampado (1,14) y es allí donde brilla la gloria, el amor leal, que se identifica con el Espíritu que ha recibido (1 ,32ss). El está en la zona de la vida, donde Dios está presente entre los hombres. Por eso este lugar no puede conocerse por mera in­formación, sino solamente por experiencia personal: Venid y lo veréis. La visión es tema central en este evangelio en relación con la manifesta­ción de la luz-gloria; equivale a la experiencia de la vida-amor contenida en las metáforas precedentes. El lugar donde vive Jesús es la antítesis de la tiniebla-muerte (cf. 8,12).

 

39b  Llegaron, vieron dónde vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él; era alrededor de la hora décima.

Los dos que van a ser sus primeros discípulos establecen contacto con el lugar donde vive Jesús. La experiencia directa los persuade a quedarse con él. Han pasado a la zona de la luz-vida.

En este primer episodio describe Jn el modelo de encuentro con Jesús. Comienza aquí la nueva comunidad, la del Mesías, compuesta por los que van a recibir la vida (1,13.16.17.33; el Espíritu) y van a hacer­se hijos de Dios (1,12). Es la comunidad de aquellos que están donde está Jesús y contemplan su gloria (1,14; cf. 17,24). De ahí la importan­cia del momento, señalada con la determinación de la hora que ve nacer la nueva comunidad. De ella son primicias los dos que se quedan a vivir con Jesús.

La hora décima (en nuestro cómputo, las cuatro de la tarde) no esta­ba lejos del principio del nuevo día, que comenzaba a la puesta del sol (la hora duodécima). El nuevo día marcará el fin del antiguo pueblo y el comienzo de la nueva humanidad. Entre tanto, existirá la comunidad inicipiente, hasta que el antiguo Israel sea sustituido definitivamente y desaparezca como pueblo de Dios. El final del día coincidirá con el gran sábado (cf. 19,31); éste señalará el fin de una época y el principio de otra, simbolizada por el primer día de la semana (20,1), el que inau­gura la Pascua de Jesús.

El antiguo pueblo se encuentra ya cerca de su fin, y es entonces cuando Jesús comienza su grupo. El salvador llega a tiempo para salvar a Israel de la ruina (5,5 Lect.).

Como en los sinópticos (Mc 1,16 y paral.), el primer encuentro de Jesús es con dos hombres. No va a ser él un maestro espiritual de indi­viduos aislados, va a constituir una nueva comunidad humana.

 

40 Uno de los dos que escucharon a Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.

Al identificar a uno de los dos discípulos, el evangelista menciona de nuevo el proceso descrito antes (1,37): habían escuchado a Juan y seguido a Jesús. Insiste en el resultado de la misión de Juan Bautista: escucharlo de veras lleva necesariamente a Jesús.

El otro discípulo no será identificado en todo el evangelio. Lo mis­mo que Jn ha descrito el modelo de encuentro con Jesús, presenta la figura modelo de discípulo, el que se queda con Jesús para no separarse más de él. Lo acompañará incluso al interior del palacio del sumo sacer­dote, dispuesto a morir con él (18,15 Lect.). Este discípulo, quien, por vivir con Jesús, experimenta la gloria-amor (1,39b Lect.), se identificará con el discípulo a quien Jesús quería (cf. 20,2.3.4.8) y estará también al pie de la cruz (19,26s). El que vive con Jesús es objeto de su amor y se siente amado por él. Aparece como tipo de la comunidad cristiana en cuanto unida a Jesús por un vínculo de profunda amistad (15,14s). Es el personaje masculino que representa a la comunidad ideal, como la representará María Magdalena en el papel de esposa del Mesías (20,16 Lect.).

De los dos, el discípulo identificado por el evangelista es Andrés, el hermano de Simón Pedro, el que reaparecerá en la escena de los panes (6,8) y en el episodio de los griegos que quieren ver a Jesús (12,22), en ambos casos en relación con Felipe (cf. 1,44).

Al demorar hasta este momento la identificación de Andrés muestra el autor que la escena anterior es paradigmática; describe el itinerario de todo aquel que hace caso del mensaje de Juan Bautista: sin vacilar, da la adhesión definitiva a Jesús (se quedaron a vivir con él).

Se menciona a Simón Pedro como a un personaje conocido de los lectores, y se usa para designarlo no sólo su nombre (Simón), sino tam­bién el apelativo que va a anunciarle Jesús a continuación. Se describe la escena desde el punto de vista de la comunidad posterior.

 

41  fue a buscar primero a su hermano carnal Simón y le dijo: «He­mos encontrado al Mesías» (que significa «Ungido»).

La experiencia de Andrés en su contacto con Jesús provoca en él inmediatamente la necesidad de darlo a conocer. En primer lugar va a dar la noticia a su hermano carnal, Simón. La precisión «primero» indi­ca que la actividad de Andrés no acabó con la invitación a su hermano.

Simón Pedro, aunque, como Andrés, era de Betsaida, en el norte del país (1,44), se encuentra en aquellos parajes atraído por el movi­miento suscitado por Juan (1,42 Lect.), pero no ha escuchado su men­saje (cf. 1,37a.40a) ni, por tanto, ha seguido a Jesús (cf. 1,37b.40b).

Andrés da la noticia a Simón Pedro en los términos: Hemos encon­trado al Mesías; este título, aplicado a una persona concreta, debía hacer impresión sobre él. Pedro participaba, pues, en la expectación del Me­sías, cuya llegada estaba siendo anunciada por Juan Bautista (1,27). Andrés le anuncia que la espera ha terminado, el Mesías está presente.

En boca de Andrés, el concepto de Mesías ha de interpretarse aten­diendo a dos factores: a) la frase que ha oído a Juan Bautista (1,36: el Cordero de Dios), y b) la traducción ofrecida por el evangelista (1,41: el Ungido). Andrés concibe a Jesús Mesías como el inaugurador de la nueva Pascua (cordero), el que con su sangre va a liberar de la muerte. Espera una nueva alianza y ha comprendido la caducidad de la antigua con todas sus instituciones. Por otra parte, el Ungido hace referencia en el texto a la bajada y permanencia del Espíritu sobre Jesús. La iden­tificación del Espíritu con la gloria-amor (1,32s Lect.) hace ver que Andrés, que vive con Jesús, es decir, que experimenta su amor, lo con­cibe exactamente según lo ha descrito Juan Bautista. La frase inicial de este: Mirad el Cordero de Dios (1,36) resumía, en efecto, toda su de­claración anterior (1,29-34).

Andrés y el innominado, modelos de discípulo, han comprendido el mesianismo de Jesús. El título de Mesías, aplicado a Jesús, ha aparecido solamente en 1,17, en contraposición con Moisés. Ellos, con su expe­riencia del amor leal, entienden la sustitución que Jesús viene a efectuar. Andrés habla en plural: Hemos encontrado. La experiencia del Mesías es comunitaria. El y el grupo que representa, antiguos discípulos de Juan y, por tanto, bautizados por él rompiendo con la institución exis­tente, han penetrado el alcance del título que aplican a Jesús.

 
42  Lo condujo a Jesús. Jesús,  fijando la vista en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; a ti te llamarán Cefas» (que significa «Piedra»).

Simón no se acerca a Jesús por propia iniciativa, se deja llevar pasi­vamente por su hermano (cf. nota). No comenta la frase de Andrés ni muestra entusiasmo alguno por Jesús. En toda la escena no pronuncia una sola palabra.

Jesús fija la mirada en Pedro, como Juan Bautista la había fijado en él mismo al principio del episodio (1,36). No se trata, pues, de una mirada de elección, sino de penetración. Lo mismo que Juan, fijando la vista en Jesús lo había definido como el Cordero de Dios, Jesús, fijan­do la mirada en Pedro, pronuncia su nombre y lo define como «el hijo de Juan».

El hecho de que este patronímico difiera del que propone Mateo (16,17: Simón Bariona, hijo de Jonás) y la ausencia de artículo en el de Jesús (1,45: hijo de José) hacen dudar de que la expresión «el hijo de Juan» indique el patronímico de Simón. Por otra parte, el artículo («el hijo») querría decir que Simón era hijo único, mientras acaba de aparecer en el texto que era hermano carnal de Andrés (1,41). Excluida, pues, la interpretación como patronímico, hay que notar que el nombre de Juan alude a las recientes menciones de Juan Bautista (1,35.40). De hecho, establece una inclusión entre 1,35 y 1,42, reforzada por 1,40. Dado el amplio significado de la expresión «hijo de», que puede signifi­car cualquier clase de relación, en este caso parece significar «adepto de Juan» y, articulado (en 21,l5ss, sin artículo), «el gran adepto de Juan». Simón, por tanto, por una parte, pertenece al círculo de Juan Bautista, pero, por otra, no ha escuchado sus palabras, es decir, su testimonio de Jesús, ni ha seguido a Jesús como los dos anteriores. Se ha quedado en la adhesión al movimiento de protesta y expectación suscitado por Juan, pero sin comprender qué clase de Mesías anunciaba éste. Se ve que la repetición: uno de los dos que escucharon a Juan y siguieron a Jesús (1,40), preparaba por contraste la presentación de Pedro. Este aparece, pues, desde el principio, como el discípulo que ignora la idea del Mesías y de su misión descrita por Juan; no conoce la alternativa de Jesús ni tiene experiencia de ella.

Jesús anuncia a Simón que será conocido por un apelativo. Jn es el único evangelista que da el término arameo: Cefas (cf. 1 Cor 1,12; 3,22; 9,5; 15,5; Gál 1,18; 2,9.11.14), traduciéndolo a continuación al griego. El arameo cefas (kepha), como el griego petros, es un nombre común, que significa «piedra».

Jesús no cambia el nombre a Simón, le anuncia que será conocido por un sobrenombre o apodo: Piedra. Nunca Jesús lo llamará Pedro; en la única otra ocasión que se dirija a él por su nombre (21,l5ss), volverá a llamarlo «Simón de Juan». El evangelista, en cambio, sí lo llama Piedra/Pedro, ordinariamente junto con el nombre propio: Simón Pedro (1,40; 6,8.68; 13,6.9, etc.).

No hay datos para establecer si este sobrenombre tenía un significa­do obvio en aquella cultura. Para determinar su sentido habrá que pres­tar atención a los pasajes donde el evangelista emplea como designación el sobrenombre solo, no acompañado del nombre «Simón» (1,44;13, 8.37; 18,11.16.17.18.26.27; 20,3.4; 21,7.17.20.21). Solamente al fi­nal del evangelio podrá llegarse a una conclusión. (

El sobrenombre «Pedro» proporciona una clave de lectura, ya cono­cida de los lectores (1,40: Simón Pedro), que de algún modo anuncia su modo de ser y de actuar. Por parte de Jesús, la escena muestra que es bien consciente desde el principio de cuál va a ser la actitud de Pedro en lo sucesivo (cf. 6,64).

La entrevista de Jesús con Simón Pedro es muy singular, como se ve. No hay llamada de Pedro por parte de Jesús, ni invitación a seguir­lo; Pedro, por su parte, tampoco se ofrece. Solamente en 21,19, des­pués que haya profesado tres veces su amor a Jesús, le dirigirá éste la invitación que hace a Felipe desde el principio (1,43).

Andrés y el innominado (1,35.40) se han pronunciado por Jesús antes que comience su actividad, por la experiencia que nace del contac­to personal con él (1,39: se quedaron a vivir con él; 1,41: el Mesías). Pedro, aunque establece contacto con Jesús, no se pronuncia. Su actitud queda en suspenso; es el único de los cuatro discípulos mencionados por su nombre, en esta parte introductoria (Andrés, Simón Pedro, Felipe, Natanael), que no expresa reacción alguna favorable respecto a Jesús.

 


 

IV

 La primera y la tercera lecturas se complementan presentándonos el tema de la vocación: la vocación del pequeño Samuel en la primera, y la vocación o el llamado de Jesús a sus primeros discípulos.

El libro de Samuel nos presenta la infancia del joven Samuel en el templo al cual fue consagrado por su madre en virtud de una promesa. El niño duerme, pero una voz lo llama. Creyendo que es la voz de su maestro Elí, con ingenua obediencia se levanta el niño tres veces en la noche acudiendo a su llamado. Samuel no conoce aún a Yahvé pero sabe de la constancia en la obediencia, sabe acudir al llamado, una vez más, aun cuando en las primeras ocasiones perecía haberse despertado en vano. Elí, comprendió que era Yahvé quien llamaba al niño y le enseñó entonces a crear la actitud de la escucha: “Habla señor, que tu siervo escucha”.

La vida actual está llena de ruido, palabras que van y vienen, mensajes que se cruzan y con frecuencia los seres humanos perdemos la capacidad del silencio, la capacidad de escuchar en nuestra interioridad la voz de Dios que nos habita. Dios puede continuar siendo aquel desconocido de quien hablamos o a quien afirmamos, creer pero con quien pocas veces nos encontramos en la intimidad del corazón.

Este texto sobre Samuel niño se ha aplicado muchas veces al tema de la “vocación”, palabra que, obviamente, significa “llamado”. Toda persona, en el proceso de su maduración, llega un día –una noche- a percibir la seducción de unos valores que le llaman, que con una voz imprecisa al principio, le invitan a salir de sí y a consagrar su vida a una gran Causa. Esas voces vagas en la noche, difícilmente reconocibles, provienen con frecuencia de la fuente honda que será capaz más tarde de absorber y centrar toda nuestra vida. No hay mayor don en la vida que haber encontrado la vocación, que es tanto como haberse encontrado a sí mismo, haber encontrado la razón de la propia vida, el amor de la vida. No hay mayor infortunio que no encontrar la razón de la vida, no encontrar una Causa por la que vivir (que siempre es, a la vez, una causa por la que incluso morir).

 Pablo, en su carta a los corintios, nos recuerda que el cuerpo es templo, y que toda nuestra vida está llamada a unirse a Cristo, por lo que es necesario discernir en todo momento, qué nos aleja y qué nos acerca al plan de Dios. Por que la relación con Dios, no hace referencia solamente a nuestra experiencia espiritual sino a toda la vida: el trabajo, las relaciones humanas, la política, el cuidado del cuerpo, la sexualidad... De manera que en todo momento en cualquier situación los cristianos debemos preguntarnos si estamos actuando en unidad con Dios y en fidelidad a su plan de amor para con todo el mundo.

 En el evangelio de hoy, Juan nos relata en encuentro de Jesús con los primeros discípulos que elige. Es un texto del evangelio, obviamente simbólico, no un relato o “crónica” de un encuentro. Todavía, algunos de los símbolos que contiene no sabemos interpretarlos: ¿qué quiso Juan aludir, al especificarnos que “serían las cuatro de la tarde”?

Dos discípulos de Juan le escuchan expresarse sobre Jesús como el “cordero de Dios”, y sin preguntas o vacilaciones, con la misma ingenuidad que el joven Samuel que hemos contemplado en la primera lectura, «siguen» a Jesús, es decir, se disponen a ser sus discípulos, lo que conllevará un cambio importante para sus vidas. El diálogo que se entabla entre ellos y Jesús es corto pero lleno de significado: “¿Qué buscas?”, “¿Maestro donde vives?”, ”Vengan y lo verán”. Estos buscadores desean entrar en la vida del Maestro, estar con él, formar parte de su grupo de vida. Y Jesús no se protege guardando las distancias, sino que los acoge sin trabas y los invita nada menos que a venir a su morada.

Este gesto simbólico se ha comentado siempre como una de las condiciones de la evangelización: no basta dar palabras, sino hechos, no teorías, sino vivencias, no hablar de la buena noticia, sino mostrar cómo la vive uno mismo. O sea: la evangelización puede incluir una lección teórica, pero sobre todo tiene que ser un testimonio; el evangelizador no es un profesor que da una lección, sino un testigo que ofrece su propio testimonio personal. El impacto del testimonio de vida del maestro, conmueve, transforma, convence a los discípulos, que se convierten en testigos mensajeros.

Seguir a Jesús, caminar con él, no puede hacerse sino por haber tenido una experiencia de encuentro con él. Las teorías habladas –incluidas las teologías-, por sí solas, no sirven. Nuestro corazón –y el de los demás- sólo se conmueve ante las teorías vividas, por la vivencia y el testimonio personal.

En la vida real el tema de la vocación no es tan fácil ni tan claro como lo solemos plantear. La mayor parte de las personas no pueden plantearse la pregunta por su vocación, no pueden elegir su vida, sino que han de aceptar lo que la vida les presenta, y no pocas tienen que esforzarse mucho para sobrevivir apenas. El llamado de Dios es, ahí, el llamado de la vida, el misterio de la lucha por la sobrevivencia y por conseguirla del modo más humano posible. Este llamado, la «vocación» vivida en estas difíciles circunstancias de la vida, son también un verdadero llamado de Dios, con toda su dignidad.



 

Para la revisión de vida

 ¿Me he planteado que, de una manera u otra, mi vida tiene por delante un llamado, una vocación, un destino, una tarea, una misión? ¿Acepto las condiciones concretas que la vida me ha impuesto, mis características personales, mis limitaciones familiares, sociales... como una voz clara que expresa mi «llamado»?

 

Para la reunión de grupo

Qué es una vocación, en el sentido común de la palabra? ¿Qué es la vocación en un sentido religioso de la palabra?

Distinguir entre los «maestros o profesores», que enseñan o dan lecciones con las ideas, y los «testigos», que simplemente testimonian con la propia vida. Presentar casos que conocemos de personas que son para nosotros maestros pero no testigos, o testigos aunque no sean “profesores”.

¿Qué sabemos del carácter de las narraciones que contiene el evangelio de Juan? Compararlo con el carácter de las narraciones de los evangelios sinópticos. Cfr por ejemplo, J. SANDERS, La figura histórica de Jesús, Verbo Divino, Estella 2000, p. 90-100.

¿Cómo pueden vivir un sentido «vocacional» las personas que no pueden elegir, que tienen que aceptar una pesada carga en la existencia? ¿Qué les diríamos si nos pidieran una palabra solidaria e iluminadora?

¿Puede un niño percibir ya su vocación? ¿En que sentido? ¿Con qué límites?

¿Para una vocación como la sacerdotal y la religiosa, es recomendable hoy día el sistema clásico de los «seminarios menores» -que se han dado de hecho en tantas religiones–, que apartaba al niño de la familia y de la sociedad para prepararlo a aceptar su vocación?

 

Para la oración de los fieles

Por nuestros niños y niñas, para que sepamos enseñarles a escuchar no sólo los mandatos externos sino los llamados internos que Dios nos hace percibir en el interior de nuestros corazones.

Por los jóvenes, para que descubran con entusiasmo y determinación su misión en el mundo y la vivan con coraje y autenticidad.

Por los educadores de niños y sus profesores de religión, para que se planteen la necesidad de introducir a los niños y niñas en el sentido religioso profundo, en el sentido de la trascendencia, la escucha en el silencio interior...

Por nuestro país, para que las políticas que en él se apliquen sean fruto del reconocimiento del valor de la vida y del cuerpo humano.

Para que escuchemos la invitación de Jesús a ser personas nuevas capaces de asumir con convicción el camino del Maestro.

 

Oración comunitaria

 Padre bueno, que hablas siempre en la historia y en lo profundo del corazón humano, y que a nosotros nos hablaste también en Jesús, nuestro hermano mayor, proponiéndonos en él un camino de servicio y donación. Danos espíritu atento a tus llamados, actitud de búsqueda constante y discernimiento para buscar siempre y en todo la fidelidad a tu proyecto de Vida en plenitud para todos. Tú que vives y das vida por los siglos de los siglos.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org