TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: Jonás 3, 1-5. 10
Salmo responsorial: Salmo 24
Segunda lectura: 1 Corintios 7, 29-31
 

EVANGELIO
Marcos 1, 14-20

 14Cuando entregaron a Juan llegó Jesús a Galilea y se puso a proclamar la buena noticia de parte de Dios. 15Decía:

-Se ha cumplido el plazo, está cerca el reinado de Dios. Enmendaos y tened fe en esta buena noticia.

            16 Yendo de paso junto al mar de Galilea vio a cierto Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban redes de mano en el mar, pues eran pescadores. 17Jesús les dijo:

            -Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres.

            18Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

            19Un poco más adelante vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca poniendo a punto las redes, 20e inmediatamente los llamó. Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los asalariados y se marcharon con él.

 


 

COMENTARIOS

I

 
EL REINO DE DIOS NO ES EL CIELO

 Al escuchar la expresión «reino de Dios» pensamos en el cielo. Pues no. El reino de Dios no es el cielo. Porque el reino de Dios no es un lugar: ni el cielo ni la tierra. Es un grupo: el de los que han decidido hacerle caso a Dios y organizarse según lo que él nos dice. Y está allí donde está ese grupo.

 

SE HA CUMPLIDO EL TIEMPO

Después que arrestaron a Juan llegó Jesús a Galilea y se puso a proclamar la buena noticia de parte de Dios. Decía:

—Se ha cumplido el tiempo, está cerca el remado de Dios. Enmendaos y tened fe en esta buena noticia.

 Juan Bautista acabó mal —¿qué tendrá el mundo de los hombres para que los que buscan mejorar la vida de los demás acaben mal?—. Lo mandó arrestar un rey títere de los roma­nos, Herodes, al que no le gustaba que le echaran en cara su cara dura. El final de la actividad de Juan marca el comienzo de la actividad pública de Jesús: terminan los tiempos antiguos y da comienzo una nueva etapa en las relaciones de los hom­bres con Dios: a esa nueva etapa de la historia de las relaciones de Dios con la humanidad se le llama «reino de Dios».

Los antiguos profetas de Israel habían anunciado que Dios estaba dispuesto a intervenir en la organización social de su pueblo para restaurar la justicia que los poderosos habían repetidamente violado. Una y otra vez habían anunciado que Dios estaba dispuesto a mandar un enviado suyo para acabar con el desorden establecido en su pueblo. Por eso las procla­mas de los profetas suenan, para los responsables de la in­justicia, a denuncia y amenaza; para sus víctimas, en cam­bio, son anuncio de liberación y felicidad (véase, por ejemplo, Is 9,1-6; 11,1-9; 42,1-9; 49,1-13; 50,4-51,8; Jr 23,1-7; Ez 34;Sal 72).

Jesús empieza su misión anunciando que Dios ha decidido intervenir ya: «Se ha cumplido el tiempo, está cerca el reinado de Dios.»

 

BUENA NOTICIA

La esperanza en el reinado de Dios era un sentimiento muy extendido en los días en que comenzó Jesús su actividad. Todos decían que el día del Señor, el día en que Dios interven­dría de nuevo para el bien de su pueblo, sería un día grande. Todos decían que deseaban ardientemente que ese día llegase cuanto antes. Pero no todos decían la verdad. Los que tenían hambre y sed de pan y de justicia sí que esperaban con ilusión al enviado del Señor; pero los culpables de ambas hambres lo temían. Por eso se pusieron nerviosos cuando apareció el Bautista, y en cuanto tuvieron una ocasión, la aprovecharon para quitárselo de en medio.

Jesús, nada más llegar, se dirige preferentemente a quienes sufrían la injusticia, a los que aguardaban esperanzados al Mesías de Dios: para ellos, el anuncio de su llegada, el anuncio de la cercanía de la intervención de Dios, sí que sería buena noticia.

Pero como Jesús no es un ingenuo, sabe que, aunque la gran injusticia es culpa sólo de unos pocos, acaba contaminan­do a todos o a casi todos los miembros de una sociedad, pues las víctimas acaban adoptando la ideología y el modo de comportarse de sus verdugos, y a la postre, todos cometen pequeñas injusticias o se callan ante las grandes. Por eso Jesús empieza su predicación haciendo suyas las palabras de Juan; «enmendaos». Hay que empezar por una liberación personal lo más profunda que sea posible: hay que mirarse por dentro, descubrir hasta qué punto somos responsables o cómplices del sufrimiento de los demás y tomar la determinación de cambiar de actitud y de comportamiento. Y después creer que el proyecto de humanidad que Jesús llama «el reino de Dios» es, en verdad, buena noticia y confiar en que ese pro­yecto/buena noticia se va a realizar: «enmendaos y tened fe en esta buena noticia».

 

PESCADORES DE HOMBRES

Al pasar junto al mar de Galilea vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban la red en el mar, pues eran pescadores.

Jesús les dijo:

—Venios detrás de mí, y haré que seáis pescadores de hombres.

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago... y a Juan... e inmediatamente los llamó...

 Lo que Jesús nos quiere comunicar no es un método para alcanzar la perfección individual. La nueva realidad no es sólo el ser más buenos. La de Jesús es una empresa colectiva, es un proyecto para organizar la convivencia. Por eso empieza buscando un grupo de personas que acepten su proclama, que vivan con él y, después de conocerlo y de experimentar la bondad de aquella noticia, se conviertan en impulsores de esa empresa colectiva, el reino de Dios. Ellos tendrán que proponer a otros hombres el proyecto de un mundo de her­manos —éste podría ser otro modo de llamar al reino de Dios—, ellos tendrán que ser pescadores de hombres: portado­res de la buena noticia para ofrecerla a todos los que tengan hambre y sed de pan, de paz, de igualdad, de justicia, de amor..., invitándolos a organizar entre todos el mundo de tal modo que todas esas hambres encuentren hartura. Deberán ser buena noticia para que el mundo pueda llegar a ser fuente de buenas noticias.

A nosotros compete hoy esa tarea, pero es posible que un día nos pidan cuentas por habernos presentado como porta­dores de la buena noticia (evangelio = buena noticia) y nos hayamos dedicado a dar malas noticias, pues la peor noticia para este mundo sería que el reino de Dios es asunto de otro mundo.

 



II

 CLASE PASIVA

Recuerdo los no tan lejanos tiempos de la misa en latín. Las iglesias, abarrotadas de gente en silencio, mirando al altar en lugar elevado. Un sacerdote -siempre varón, pues las mujeres no tenían ni tienen acceso al ministerio- presidía la asamblea, vuelto de espaldas, haciendo ritos y musitando rezos en una lengua ininteligible para los fieles. Estos, apiñados en la nave de la iglesia, llenaban aquel tiempo litúrgico como mejor les parecía: rosario en mano, devocionario o misal castellano, cuyas páginas se pasaban al son de los movimientos del sacerdote en el altar.

La fe de muchos de nosotros nació en ese ambiente. De espaldas unos a otros en el templo, nos acostumbramos a entendernos con Dios sin hablar con el vecino; aunque apiñados en la iglesia, aquello tenía más de masa de individuos que de comunidad de hermanos. La religión se centraba en el domingo y giraba en torno al templo y sus dependencias. Fuera del templo comenzaba la vida y el mundo, un mundo malo, lleno de peligros para el alma cristiana.

Poco tenía que hacer el cristiano en él, a no ser rezar por su conversión, respetar el poder establecido, acatar las normas de la Santa Madre Iglesia (que, en sus pastores, a veces, no aparecía ni Santa ni Madre, sino fría, lejana y distante). Ser buen cristiano pasaba siempre por seguir las directrices del clero, con frecuencia anatematizador de situaciones mundanas y freno del progreso y la modernidad.

Los seglares, en la Iglesia, eran clase pasiva y cuando activa, segundones sin otra voz que la de su pastor, sometidos a ciega obediencia: "Quien obedece, no se equivoca", se decía.

Todo esto quedó atrás, a Dios gracias, pero aún sufrimos las consecuencias. Falta todavía mucho para reconocer en la práctica que los seglares son -deben ser- clase activa en la Iglesia, acostumbrados como estuvieron durante siglos a desempeñar papeles de segundo orden, siempre dirigidos, gobernados y controlados por el clero.

No fue así al principio. Nada más comenzar Jesús su predicación, "pasando junto al lago de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés que estaban echando una red en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: Venios y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en su barca repasando las redes, y en seguida los llamó: dejaron a su padre, Zebedeo, en la barca con los jornaleros y se marcharon".

Jesús inició su actividad misionera invitando a cuatro seglares a formar una comunidad de personas activas. Dos parejas de hermanos. Simón y Andrés, Santiago y Juan, lo dejaron todos (se entiende "todo lo que les podía impedir seguir al Maestro"; Pedro no dejó su casa, que servía de alojamiento a Jesús, ni abandonó su trabajo, cuya barca servía al profeta galileo; alternaban el trabajo cotidiano con las correrías apostólicas).

Pero la tarea de seguir al Maestro sería ajetreada. Jesús no quería gente con los brazos cruzados alrededor suyo: "Os haré pescadores de hombres".

Meterse en el mar del mundo, con su oleaje amenazador de ideología contraria al Evangelio, echar las redes y atrapar psces-hombres para llevarlos a la tierra firme de la comunidad cristiana: ésta es la vocación del seglar cristiano. Y esto, realizado en sociedad, en grupo, en compañía, en comunidad. Algo para gente con mucha iniciativa e imaginación.

 


 

III

 v. 14  Después que entregaron a Juan llegó Jesús a Galilea y se puso a procla­mar la buena noticia de parte de Dios.

Jesús llega detrás de Juan (1,7), una vez terminada por la violencia de ciertos agentes la misión de éste. Se sitúa en la provincia del norte, Gali­lea, alejada del centro religioso y político del país y abierta al mundo pagano. Se presenta como profeta, transmitiendo de parte de Dios «la buena noticia».

 

v. 15  Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reinado de Dios. Enmen­daos y tened fe en esta buena noticia.

Al existir el Hombre en su plenitud, Jesús, comprometido por amor a los hombres a llevar su misión salvadora hasta la muerte, se ha produci­do el cambio de época y comienza la etapa definitiva de la historia (se ha cumplido el plazo); lo anterior queda superado de modo irreversible.

La buena noticia (cf. 1,1) anuncia que se abre la posibilidad de una sociedad nueva y justa, digna del hombre, la alternativa que Dios propo­ne a la humanidad (aspecto social del reinado de Dios, la nueva tierra prometida); exige como condición de parte del hombre la renuncia a la injusticia (punto de partida) (enmendaos) y la confianza en que esa meta (punto de llegada) puede alcanzarse (tened fe).

 

v. 16  Yendo de paso junto al mar de Galilea vio a cierto Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban redes de mano en el mar, pues eran pescadores.

El mar de Galilea (no se llama «lago», para aludir al éxodo) es fronte­ra y, al mismo tiempo, conexión con el mundo pagano. Ante la perspec­tiva del reinado de Dios, Jesús invita a colaborar con él en primer lugar a los círculos inquietos de Israel; de hecho, la insistencia del texto en la actividad y oficio de «pescadores» muestra que la pesca, además de su sentido real, tiene un sentido metafórico, que en los profetas es ordina­riamente el de conquista militar (Am 4,2; Jr 16,16). De este modo insinúa Mc que el ideal que mueve a estos hombres es la restauración y la hege­monía de Israel.

Los llamados por Jesús están representados por dos parejas de her­manos. La doble mención de «su hermano» (16.19) alude a Ez 47,13s, que señala de este modo la igualdad de los israelitas en el reparto de la tie­rra. Todos están llamados por igual al reinado de Dios que se anuncia. No hay privilegios.

 

vv. 17-18 Jesús les dijo: «Veníos detrás de mí y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Veníos detrás de mí recuerda la llamada de Elías a Eliseo (1 Re 19,20s) y alude aquí a la comunicación del Espíritu de Jesús a sus seguidores (1,8). La expresión pescadores de hombres insinúa una misión universal, no limitada al pueblo judío (cf. Ez 47,8s). Ante la invitación de Jesús, Simón y Andrés abandonan su forma de vida anterior: la esperanza de un cam­bio suscita en ellos una respuesta favorable, aunque la calidad de su seguimiento se irá manifestando en su conducta.

 

vv. 19-20  Un poco más adelante vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su her­mano, que estaban en la barca poniendo a punto las redes, e inmediatamente los llamó. Dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los asalariados y se marcha­ron con él.

Cada pareja de hermanos representa un sector diferente de la socie­dad galilea: En la primera pareja, formada por Simón y Andrés, la rela­ción es de igualdad, no de subordinación (hermanos), no se menciona patronímico y sus nombres son griegos, mostrando menor apego a la tradición; es un grupo activo (echaban una red), de condición humilde (pescadores sin barca propia).

Los que forman la segunda pareja, Santiago y Juan, llevan nombres hebreos, indicando pertenecer a un sector más conservador, en el que, además hay relaciones de desigualdad: Santiago y Juan están, por una parte, sometidos al padre, figura de autoridad y representante de la tradi­ción; por otra, gozan de una situación privilegiada respecto a los asalaria­dos (sociedad jerárquica). Los dos hermanos no son aún activos, pero están deseosos de actividad (poniendo a punto las redes) y tienen, respecto a los dos primeros, un nivel económico más alto (barca propia, asalariados).

Ante la invitación de Jesús, Simón y Andrés abandonan su actividad; Santiago y Juan se desvinculan de la tradición (el padre) y de su ambien­te social.

 


 

IV

 Como es sabido, en las lecturas de la liturgia de los domingos, la primera y la tercera están siempre unidas temáticamente, mientras que la segunda suele ir por caminos independientes. Hoy la pareja de lecturas principales son la de la predicación de Jonás sobre la ciudad Nínive, y la predicación de Jesús al comenzar su ministerio, precisamente «cuando arrestaron a Juan», o sea, al faltar el profeta.

Como es sabido, en las lecturas de la liturgia de los domingos, la primera y la tercera están siempre unidas temáticamente, mientras que la segunda suele ir por caminos independientes. Hoy la pareja de lecturas principales son la de la predicación de Jonás sobre la ciudad Nínive, y la predicación de Jesús al comenzar su ministerio, precisamente «cuando arrestaron a Juan», o sea, al faltar el profeta.

 La lectura sobre Jonás hoy presenta un contenido positivo: el profeta atiende el mandato de Dios, que le envía a predicar, va, predica, y además tiene éxito su predicación, pues la ciudad se arrepiente.

El comentario más simple a este texto puede ir por la línea de la importancia de la predicación profética para la conversión de los que están alejados de Dios. Es un tema conocido. Y, como decíamos, hace un paralelismo con el texto del evangelio: Jesús es un nuevo profeta, que empalma con la línea de los profetas clásicos, que también se lanza por los caminos para predicar un mensaje de conversión.

Para unos oyentes más críticos, esta segunda lectura es preocupante. Porque el conjunto entero de lo que en ella se expresa pertenece a un marco de comprensión hoy insostenible: un Dios arriba, directamente imaginado como un gran rey, que envía su mensajero para predicar un mensaje de conversión, mensaje que antes no pudo surtir efecto porque el profeta no quiso ir a predicar, pero que ahora es atendido y obedecido por los ninivitas. «Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó». Esta imagen de un Dios arriba, que toma decisiones, envía mensajeros, les insiste, se comunica con los seres humanos por medio de esos mensajeros profetas, y que «al ver» las obras de penitencia «se compadece y se arrepiente de la catástrofe con que había amenazado a la ciudad»... es, obviamente, humana, muy humana, demasiado humana sin duda. Es, claramente, un «antropomorfismo». Dios no es un Señor que esté ahí «arriba, ahí afuera», ni que esté enviando mensajeros, ni es alguien que pueda amenazar, ni que se pueda arrepentir... Hoy sabemos que Dios no es así, que lo que llamamos «Dios» es en realidad un misterio que no puede ser reducido a una imaginación antropomórfica semejante.

Sería bueno, incluso necesario, referirse a esta calidad de antropomorfismo que tiene esta lectura –como tantísimas otras- y no dejar de hacer caer en la cuenta a los oyentes que no los estamos tomando por niños, sino que, simplemente, estamos utilizando un texto compuesto hace más de dos milenios, y que la imagen de Dios que aparece en él nos resulta hoy inviable. Es importante decirlo, y no es bueno darlo por sobreentendido, porque puede haber –con razón- personas que se sientan mal al escuchar estas imágenes, como si se sintieran retrotraídas al tiempo de la catequesis infantil. Y, desde luego, es recomendable abordar -en esta u otra ocasión- el tema de las imágenes de Dios, y aclarar que si somos personas de hoy, lo más probable es que no nos encaje bien el lenguaje clásico sobre Dios, y que tenemos todo el derecho a utilizar otro y a ser críticos.

Éste podría ser, sin más, el buen tema de reflexión central para la homilía de hoy. Es más que suficientemente importante. Recomendamos el libro del obispo anglicano John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, colección «Tiempo axial», Abya Yala, Quito 2011, tiempoaxial.org).

 La lectura de la 1ª carta de Pablo a los corintios también puede iluminarse hoy con la del evangelio de Marcos: ante el reinado de Dios que ha sido instaurado por la actuación de Jesús -su predicación, sus milagros, sus controversias, especialmente su muerte y resurrección-, todas las realidades humanas adquieren un nuevo sentido: comprar, vender, llorar, reírse, casarse o permanecer célibe, todo es diferente y su valor distinto. Lo absolutamente definitivo es el ejercicio de la voluntad salvífica de Dios que Jesús vino a poner en marcha. Por eso Pablo puede afirmar que "la presentación de este mundo se termina", es decir, que Dios hace nuevas todas las cosas realizando la utopía de su Reino en donde pobres y tristes, enfermos y condenados, excluidos y ofendidos de la tierra son rescatados y acogidos, y en donde los ricos y los poderosos son llamados urgentemente a la conversión.

 Después de narrarnos los comienzos del evangelio con Juan Bautista, con la unción mesiánica de Jesús en el río Jordán y con sus tentaciones en el desierto, Marcos nos relata, en unas frases muy condensadas, los comienzos de la actividad pública de Jesús: es el humilde carpintero de Nazaret que ahora recorre su región, la próspera pero malafamada Galilea, predicando en las aldeas y ciudades, en los cruces de los caminos, en las sinagogas y en las plazas. Su voz llega a quien quiera oírlo, sin excluir a nadie, sin exigir nada a cambio. Una voz desnuda y vibrante como la de los antiguos profetas. Marcos resume el entero contenido de la predicación de Jesús en estos dos momentos: el reinado de Dios ha comenzado –es que se ha cumplido el plazo de su espera– y ante el reinado de Dios sólo cabe convertirse, acogerlo, aceptarlo con fe.

Muchos reinados recordaban los judíos que escuchaban a Jesús: el muy reciente reinado de Herodes el Grande, sanguinario y ambicioso; el reinado de los asmoneos, descendientes de los libertadores Macabeos, reyes que habían ejercido simultáneamente el sumo sacerdocio y habían oprimido al pueblo, tanto o más que los ocupadores griegos, los seléucidas. Recordaban también a los viejos reyes del remoto pasado, convertidos en figuras de leyendas doradas, David y su hijo Salomón, y la lista tan larga de sus descendientes que por casi 500 años habían ejercido sobre el pueblo un poder totalitario, casi siempre tiránico y explotador. ¿De qué rey hablaba ahora Jesús? Del anunciado por los profetas y anhelado por los justos. Un rey divino que garantizaría a los pobres y a los humildes la justicia y el derecho y excluiría de su vista a los violentos y a los opresores. Un rey universal que anularía las fronteras entre los pueblos y haría confluir a su monte santo a todas las naciones, incluso a las más bárbaras y sanguinarias, para instaurar en el mundo una era de paz y fraternidad, sólo comparable a la era paradisíaca de antes del pecado.

Este «reinado de Dios» que Jesús anunciaba hace 2000 años por Galilea, sigue siendo la esperanza de todos los pobres de la tierra. Ese reino que ya está en marcha desde que Jesús lo proclamara, porque lo siguen anunciando sus discípulos, los que Él llamó en su seguimiento para confiarles la tarea de pescar en las redes del Reino a los seres humanos de buena voluntad. Es el Reino que proclama la Iglesia y que todos los cristianos del mundo se afanan por construir de mil maneras, todas ellas reflejo de la voluntad amorosa de Dios: curando a los enfermos, dando pan a los hambrientos, calmando la sed de los sedientos, enseñando al que no sabe, perdonando a los pecadores y acogiéndolos en la mesa fraterna; denunciando, con palabras y actitudes, a los violentos, opresores e injustos.

A nosotros corresponde, como a Jonás, a Pablo y al mismo Jesús, retomar las banderas del reinado de Dios y anunciarlo en nuestros tiempos y en nuestras sociedades: a todos los que sufren y a todos los que oprimen y deben convertirse, para que la voluntad amorosa de Dios se cumpla para todos los seres del universo.



  

Para la revisión de vida

 Con frecuencia pensamos que ser cristiano consiste en ratificar el credo en todos sus artículos y aceptar sin fisuras en nuestra mente todos los dogmas y proposiciones que la Iglesia nos haga; olvidamos que lo esencial no está en la mente sino en el corazón y en la vida, que lo esencial es el encuentro personal con el proyecto de Dios, su propuesta, en la Causa de Jesús. ¿Es mi fe una simple amistad con Jesús, una apasionada opción vital por su Causa (el Proyecto de Dios, ¡su Reinado!, razón de mi vida)?

 

Para la reunión de grupo

El libro citado más arriba de John S. SPONG hace una propuesta de reformulación global del cristianismo en torno a este eje, la superación del «teísmo» clásico. La mayor parte de las personas siguen considerando hoy día a Dios como un Ser Supremo, concretamente un Ser Personal, que habita ahí arriba, ahí afuera, que ama, piensa, hace planes, decide, se enfada, castiga, se arrepiente, perdona... ¿Es posible «imaginar» a Dios de una forma enteramente distinta? ¿Qué problemas conlleva todo esto? ¿No es por otra parte bien urgente el abordarlo, dada la crisis de «Dios» en la cultura actual? Se puede organizar un debate en torno a este tema. Alguna persona puede leer/estudiar el libro y hacer una presentación para abrir el debate. Un capítulo inicial del libro está al público en la RELaT [servicioskoinonia.org/relat], en su número 413.

El dilema que se hizo vigente en los últimos siglos fue «teísmo/ateísmo». John S. Spong dice: «no existe tal disyuntiva inevitable, pues existe otra alternativa, el posteísmo». La Agenda Latinoamericana’2011 trae un artículo con este tema-título: «El teísmo, un modelo útil pero no absoluto para ‘imaginar’ a Dios», de sólo dos páginas, apto para servir de punto de partida a un debate. (Está disponible en el “archivo digital” de la Agenda: servicioskoinonia.org/agenda/archivo

Antiguamente la palabra «conversión» sólo se aplicaba a la adopción inicial de una religión, o al cambio de una religión a otra. El Concilio Vaticano II popularizó un uso más «ordinario» del concepto de conversión: todos necesitamos conversión, que ya no es adoptar una religión, ni es cambiar de religión, sino que es «volvernos, con todo lo que somos» («cum-vertere», «con-versión»), hacia Dios y su proyecto. Pregunta: pero cuando se trata de predicar el evangelio a otro que no es cristiano, ¿la «conversión» consiste para él cambiar de religión y aceptar el cristianismo? El concepto de conversión, referido a los no cristianos, ¿necesita también alguna reformulación? Las lecturas de hoy, ¿pueden arrojar alguna luz sobre ello?

El evangelio de hoy es «el primer sermón de Jesús», por hablar así. Y Marcos lo pone al inicio mismo de su evangelio como un manifiesto programático. Tiene todos los elementos centrales de lo que va a ser la predicación misma de Jesús. Comentémoslo.

El evangelio de hoy –y todo el evangelio- pone de relieve la importancia central del Reino de Dios en la misión de Jesús. El Reino no es un elemento más, sino su mismo centro. Si no se entiende esto, no se entiende a Jesús, ni se entiende qué es ser cristiano. ¿Qué es el «reinocentrismo»? ¿Qué significa esa palabra? ¿A qué se opone? (En el libro de Casaldáliga-Vigil «Espiritualidad de la liberación» -disponible en la biblioteca de Koinonía (servicioskoinonia.org/biblioteca)- hay todo un capítulo de exposición sobre el «reinocentrismo», si ayuda).

 

Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia siga anunciado a todos y a sí misma el Reino y la necesidad de convertirnos e él acogiendo la Buena Noticia. Oremos.

Para que actualicemos nuestro lenguaje sobre Dios, dando cabida a fomas de expresar lo resligioso más en concordancia con los avances de las ciencias y el sentido crítico de nuestra cultura. Oremos.

Para que todos los cristianos que titubean o vacilan a la hora de vivir su fe encuentren en Jesús la fuerza necesaria para no tener miedo a nada ni a nadie. Oremos.

Para que sepamos vivir en continua conversión, sabiendo que eso nos hará más humanos y más felices. Oremos.

Para que la Buena Noticia del amor de Dios sea recibida y acogida por todas las gentes de todos los pueblos. Oremos.

Para que vivamos siempre conforme a lo que creemos y demos testimonio ante todos de los verdaderos valores. Oremos.

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre nuestro, Tú que todo lo puedes, ayúdanos a que nos convertirnos a Ti cada día, de modo que llevemos siempre una vida según tu voluntad y podamos dar abundantes frutos de Amor y de Justicia. Tú que vives y das vida por los siglos de los siglos. Amén.

 Oh Misterio inombrable, sin forma ni imagen, sin nombre, inimaginable, indescriptible, que te nos escapas a la vez que nos inundas, que estás bien cerca y bien adentro a la vez que resultas inasible e inaccesible, en quien nos movemos, respiramos y exiistimos. Ayúdanos a respetar tu misterio, a distinguirte siempre de las imágenes que te hemos construido, a sentirte y experimentarte en la ausencia y el respeto, y a conocerte en el conocimiento silencioso y luminoso. Amén.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org