QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: Job 7, 1-4. 6-7
Salmo responsorial: Salmo 146
Segunda lectura: 1Corintios 9, 16-19. 22-23
 

EVANGELIO
Marcos 1, 29-39

 29Al salir de la sinagoga fue derecho a casa de Simón y Andrés, en compañía de Santiago y Juan. 30La suegra de Simón yacía en cama con fiebre. En seguida le hablaron de ella; 31él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

32Caída la tarde, cuando se puso el sol, le fueron llevando a todos los que se encontraban mal y a los endemoniados. 33La ciudad entera estaba congregada a la puerta. 34Curó a muchos que se encontraban mal con diversas enfermedades y expulsó muchos demonios; y a los demonios no les permitía decir que sabían quién era.

35Por la mañana, se levantó muy de madrugada y salió; se marchó a despoblado y allí se puso a orar. 36Echó tras él Simón, y los que estaban con él; lo encontraron 37y le dijeron:

-¡Todo el mundo te busca!

38Él les respondió:

-Vámonos a otra parte, a las poblaciones cercanas, a predicar también allí, pues para eso he salido.

39Fue predicando por las sinagogas de ellos, por toda Galilea, y expulsando demonios.

 



COMENTARIOS

 I

 MÁS ALLÁ

La condición humana tiende a ser sedentaria. Al hombre le gusta caminar para llegar y quedarse, asentarse, acomodarse, aclimatarse, establecerse y pararse. Y casi todo en la vida consiste en luchar por conseguir esa meta anhelada para después disfrutar de ella -si yo tuviera, si yo pudiera, si yo fuera-.

Es difícil encontrar seres humanos como aquél que, al morir, dejó como testamento sólo una frase: "He pasado toda la vida buscando"; personas siempre insatisfechas por naturaleza, con vocación exploradora de por vida; constantes buscadores de nuevas metas sin echar anclas en ninguna situación, por muy ventajosa que sea. No hay muchos con esta gozosa vitalidad, con esta feliz insatisfacción. Y por eso, tal vez, hay tantos que deambulan por la vida como muertos, tanta gente situada sin más aspiraciones que la contemplación de las metas logradas, tantos narcisos de sus propios éxitos que dejan inconcluso su proyecto humano, tantas medianías...

Jesús de Nazaret hubiera sido uno de estos, de haberle hecho caso a Pedro y a sus compañeros. Había terminado su jornada laboral en Cafarnaún en olor de multitudes; la gente se habla quedado extasiada al verlo curar a un endemoniado en la sinagoga; con Santiago y Juan había entrado en la casa de Simón y Andrés, y curado a la suegra de Simón que estaba en cama con fiebre -la fiebre era, según la mentalidad de la época, consecuencia de la habitación de un demonio en una persona (Mc 1,21-31).

Al atardecer, comienzo de un nuevo día para los judíos, la población entera se agolpó a la puerta de la ciudad, lugar de la vida pública ciudadana, convertida provisionalmente en sinagoga abierta para todos (agolparse -en griego "episynagomai"- suena a sinagoga); la sesión de aquella tarde fue pública, solemne, general: "allá le llevaron enfermos y endemoniados y Jesús los curaba..." (Mc 1,32ss).

Pero aquel triunfo inquietaba a Jesús: "El bien no hace ruido ni el ruido hace bien", se diría a si mismo. Por eso, tal vez no durmió mucho aquella noche, "se levantó muy de madrugada, se marchó a un descampado y estuvo orando allí".

Y en aquella oración debió tomar una firme decisión: no mirar atrás para quedarse en el triunfo fácil y multitudinario, no volver a Cafarnaún para establecerse y dormirse en los laureles, seguir caminando hasta dar la vida...

Dos veces más aparece Jesús orando en el Evangelio de Marcos, con los mismos resultados y por motivos semejantes: una, no queriendo ser aclamado por el pueblo tras dar de comer a cuatro mil, despidió a la gente y a los discípulos y se fue solo al monte a orar; la otra, en el Huerto de Getsemaní, donde necesitaba sacar fuerzas de flaqueza para seguir adelante hasta la cruz, sin pactar con el poder establecido, sin claudicar de la misión a él encomendada...

Jesús miraba siempre adelante. Por eso, cuando Simón y sus compañeros lo encontraron aquella mañana y le dijeron: "Todo el mundo te busca", Jesús le respondió: Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, que voy a predicar también allí; para eso he venido".

Jesús sabía bien que quien vuelve atrás, quien se para, se establece o se asienta, no llega a la meta, una meta que, en la vida está siempre más allá...

 


 
II

 
¿QUÉ SON LOS MILAGROS?

Durante mucho tiempo hemos considerado los relatos de mila­gros como prueba de la verdad de los evangelios, muestra del poder de Dios o manifestación de su misericordia. Hoy, sin embargo, la cuestión se plantea desde otro punto de vista: los hechos que se cuentan en esos relatos, ¿agotan su sentido en sí mismos o tienen algún valor para nosotros.

 
LA FIEBRE

Al salir de la sinagoga fueron derechos a casa de Simón y Andrés en compañía de Santiago y Juan.

La suegra de Simón estaba en casa con fiebre e inmediatamente le hablaron de ella.

Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

 La suegra de Simón representa a Simón mismo, y la enfer­medad que padece, la fiebre, es símbolo de un mal peligroso para todo el que quiera ser discípulo de Jesús: el fanatismo violento, la convicción de que la fe puede y debe imponerse por la fuerza. Simón representa en este relato al discípulo que todavía no ha roto con el fanatismo (la fiebre) propio de la mentalidad de algunos contemporáneos de Jesús y que les llevaba a desear y a procurar que todos los enemigos de su santa religión ardieran en el fuego eterno e incluso antes, si era posible, como hizo en la antigüedad Elías, quien lleno de celo (= fiebre) degolló a todos los profetas de Baal, dios cananeo (1 Re 18,1-41; véase 1 Re 19,10.14; Eclo 48,1-3.9).

Esta calentura la padecían Simón y otros discípulos de Jesús, y resultaba incompatible con el mensaje que él iba a ofrecer a la humanidad porque impide uno de los valores esenciales del reino de Dios: el servicio.

La primera parte del evangelio de este domingo es, por tanto, una advertencia a la comunidad a la que Marcos destina su evangelio: ¡cuidado con las calenturas!, ¡cuidado con el fanatismo. Si este mal se adueña de cualquiera de los miem­bros de la comunidad, le impedirá, por una parte, servir, y por otra, compartir la vida de la comunidad (sólo cuando la suegra de Simón es curada por Jesús puede incorporarse al grupo y prestarle servicio).

Leído así este relato, sin que importe demasiado si el hecho sucedió o no tal y como lo cuenta el evangelio (nadie, por otra parte, va a negar que Jesús desbordaba vida y la iba comunicando por donde pasaba), adquiere una importancia fundamental: no se trata sólo de una curación que sucedió una vez; se trata de algo mucho más importante: ese relato podrá servir para librar de la grave enfermedad de la intole­rancia y el fanatismo a todo el que pudiera padecerla en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. Las comunidades cristianas, se advierte con este texto, tendrán que tener mucho cuidado para que ninguno de sus miembros, y menos aún la comunidad entera, convierta la fe en fanatismo, la invitación a compartir un modo de vida en imposición más o menos violenta de una ideología y el anuncio del evangelio en pura propaganda. Dejarse vencer por esta enfermedad sería quedar incapacitado para el servicio que cada miembro debe prestar a la comunidad y ésta al hombre y al mundo. La función de este relato es, por tanto, ser como una medicina que previene a la comunidad y a sus miembros para que no contraigan tal calentura.

 
EL PELIGRO DE LOS MILAGROS

El fanatismo no era el único problema de Simón. Tenía otras enfermedades. Algunas, que se manifestarán repetida­mente a lo largo del evangelio, aparecen ya en este relato: el exclusivismo e, indirectamente, el triunfalismo.

Cuenta el evangelio que, después de librar de su fiebre a la suegra de Simón, Jesús curó a muchas otras personas de diversas enfermedades y de los espíritus inmundos. De los demonios hablamos en el comentario anterior. Las otras enfer­medades representan cualquier situación que pueda sufrir un hombre y que suponga falta de vida: la enfermedad misma, pero también el hambre, la miseria, la injusticia, la incapacidad para el amor o la imposibilidad para alcanzar la felicidad... Jesús cura a aquellos enfermos y les devuelve la plenitud de la vida, aunque todavía no han comprendido ni aceptado plenamente su mensaje.

Por eso Jesús procura evitar cualquier tipo de entusiasmo que pudiera provocar una reacción equivocada y se marcha por la mañana temprano. Va a orar, como siempre que pre­siente que su grupo quiere escoger el camino fácil del triunfo. Al darse cuenta de que Jesús no está, Simón, sin que nadie se lo pida, se pone al frente del grupo que estaba con Jesús y salen tras él: «Todo el mundo te busca», le dijeron. Querían que Jesús se quedara allí para ellos solos. Y a los discípulos no les parecía mal.

Este es el peligro de los milagros: por un lado, pueden ser aprovechados para obtener un aplauso fácil que no com­promete a nada y que sólo sirve para satisfacer vanidades y así conseguir muchos partidarios fanatizados; por otro, inten­tar monopolizar a quien los realiza. (¿No es éste el caso de tantas imágenes milagrosas traídas y llevadas de un lado para otro y, en ocasiones, perfectamente comercializadas?)

Pero silos relatos de milagros se leen y se entienden como un signo de que Dios quiere que trabajemos para restablecer la vida, allí donde pueda estar disminuida, entonces tendrán un sentido también para nosotros: nos moverán a seguir el ejemplo de Jesús y ofrecer esa vida a todos los que puedan tener necesidad de ella: «Vámonos a otra parte, a las pobla­ciones cercanas, a predicar también allí, pues para eso he salido. » Sin caer en la tentación del triunfalismo, sin negar a nadie la posibilidad de compartir la vida de Dios.

 


 
III

 
v. 29 En seguida, al salir de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés, en compañía de Santiago y Juan.

Jesús no aprovecha el entusiasmo popular. Después de su contacto liberador con el ambiente oficial (sinagoga) quiere penetrar, con la misma intención liberadora, en los ambientes privados (casa) con los que está vinculado Simón, donde se profesa el reformismo violento.

 

vv. 30-31 La suegra de Simón yacía en cama con fiebre. En seguida le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó; se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Estos círculos están representados por la suegra, cuya fiebre (en grie­go, de la raíz «fuego») alude al celo violento de Elías, el profeta de fuego (Eclo 48,1-3.9; 1 Re 19,10.14). La escena muestra el intento de Jesús, sin duda dialéctico, de que abandonen su ideología: el espíritu de violencia es incompatible con el seguimiento. Seguir a Jesús no significa dominar, sino servir. El servicio equivale al seguimiento, y esa fiebre lo impide. El día de sábado no es obstáculo para la actividad de Jesús: para él, el bien del hombre está por encima de toda ley.

 

v. 32  Caída la tarde, cuando se puso el sol, le fueron llevando a todos los que se encontraban mal y a los endemoniados.

El contacto de Jesús con los círculos disidentes donde domina la ide­ología reformista (la casa de Simón y Andrés), da a la gente de Cafarna­ún una falsa idea de las intenciones de Jesús: si no ha querido poner su fuerza profética al servicio de la institución, como le proponía el fanático de la sinagoga, es que pretende reformarla. Por eso creen que nada va a cambiar más que el liderazgo, y siguen respetando el descanso del sába­do (cuando se puso el sol, momento en que comenzaba para los judíos un nuevo día). Se han liberado de los antiguos maestros, pero no de su doc­trina.

Son unos anónimos colaboradores de Jesús los que llevan hasta él a los que necesitan ayuda. Los que se encontraban mal es un modo de designar al pueblo que sufría, ante la indiferencia de los dirigentes (cf. Ez 34,4); endemoniados son los poseídos (fanáticos de la ideología del judaísmo), públicamente conocidos por su violencia.

 

v. 33  La ciudad entera estaba congregada a la puerta.

La población de Cafarnaún, que no se interesa por los que sufren, se empeña en hacer de Jesús un líder reformista (congregada a la puerta; el verbo «congregarse» deriva de la misma raíz que «sinagoga»), pero él no cede a la presión y no se pone en contacto con ella.

 

v. 34  Curó a muchos que se encontraban mal con diversas enfermedades y expulsó muchos demonios; y a los demonios no les permitía decir que sabían quién era.

Mientras tanto, va aliviando la situación de los oprimidos y enfer­mos; impide al mismo tiempo que los fanáticos violentos (los endemo­niados) enardezcan a la gente con la idea de su liderazgo y los rebate hasta hacerles abandonar su idea.

 

35  De mañana, muy oscuro, se levantó y salió, se marchó a despoblado y allí se puso a orar.

Ante esta incomprensión generalizada Jesús abandona la ciudad, reafirmando su ruptura con los valores de la sociedad judía (se marchó a despoblado). Pide a Dios que no fracase la obra emprendida (se puso a orar), pues la mentalidad reformista de sus seguidores se ha contagiado a la población de Cafarnaún.

 

vv. 36-37 Echó tras él Simón, y los que estaban con el, lo encontraron y le dijeron: «¡Todo el mundo te busca!»

Simón se pone a la cabeza y arrastra a los otros; buscan afanosos que Jesús ceda a la expectación de la gente de la ciudad. El grupo de segui­dores pretende imponer una reforma, pero sin romper la continuidad con el pasado; no entiende que el reinado de Dios inaugura una nueva época (1,15: «Se ha terminado el plazo»).

 

v. 38  El les respondió: « Vámonos a otra parte, a las poblaciones cercanas, a predicar también allí, pues para eso he salido».

Jesús rechaza la propuesta y los invita a acompañarlo en la misión por Galilea.

Ante el hecho de la marginación de base religiosa dentro de Israel, Jesús toma postura contra el código de lo puro y lo impuro contenido en la Ley de Moisés. Procura convencer a los marginados de que su situa­ción ha sido y es una injusticia humana, que no puede justificarse invo­cando la voluntad divina.

 

v. 39  Fue predicando por las sinagogas de ellos, por toda Galilea, y expulsan­do los demonios.

La actividad de Jesús en Galilea es parecida a la que ha tenido en la sinagoga de Cafarnaún: en toda la región, normalmente los sábados, anuncia la cercanía del reinado de Dios al pueblo que, por estar integra­do en la institución (sinagogas), no sospechaba la existencia de una alter­nativa. Sigue la conexión entre proclamación y expulsión de demonios (fanatismos violentos que impiden la convivencia humana).

 


 
IV

 Hoy el libro de Job nos o presenta sumido en un gran sufrimiento. Delante de sus amigos desnuda su corazón, su desilusión. Ellos, que defienden una teología alejada de la vida, no pueden comprender la queja de su amigo ni acompañarlo plenamente en su dolor. El grito de Job está presente en la vida diaria de muchos hombres y mujeres en todos los rincones del planeta, que enfrentan una vida de lucha y dificultad. Job compara su existencia con la vida de un «mercenario»; mercenario es quien vende su lucha, que libra por dinero causas que no son suyas y se fatiga por empresas que no ama.

El libro de Job, como sabemos, es una joya literaria dentro de la Biblia hebrea (de la que está tomado nuestro «Primer Testamento»). Es una reflexión sapiencial sobre ese problema irresoluble, o mejor, sobre ese misterio eterno que es «el mal». El misterio del mal, su presencia injustificada en el mundo, ante la cual necesitamos justificar a quienes podrían resultar implicados por la existencia del mal. A Dios, en primer lugar. En efecto, la «teodicea» o disciplina filosófica que trata de mostrar la existencia de Dios, trata en realidad de «justificar» a Dios –como expresa la etimología misma de la palabra-.

Lo importante del libro de Job no son sus «datos históricos» (que no existen, pues no es un libro histórico), ni las respuestas de tipo explicativo que quisiera dar sobre el dolor humano (que estarían hoy absolutamente sobrepasadas), sino la sabiduría que encierra en sus reflexiones.

En efecto, la ciencia avanza cada día, y no tiene sentido hoy estudiar la óptica en la obra de Newton por ejemplo, que fue uno de sus fundadores, pues como ciencia su obra está hoy enteramente sobrepasada. En cambio, no avanzamos cada día en sabiduría –que no está en el mismo plano de la ciencia-, y hoy la humanidad sigue viviendo de la sabiduría de personajes como Confucio, Buda, Sócrates, Jesús... En realidad no hemos avanzado sobre aquella sabiduría fundamental adquirida hace ya tres mil años... Esa constatación nos permite escuchar y leer el libro de Job.

 Pablo, de manera parecida a Job, se encuentra en una discusión acalorada con sus interlocutores, en la comunidad de Corinto, en la que grupos fracciones que critican y cuestionan su autoridad (v. 3). Pablo responde haciendo una defensa radical de su misión y declara su absoluta libertad frente a toda manipulación o poder humano. No se declara miembro de un movimiento o representante de alguna institución, sino como un hombre “obligado a cumplir una tarea”. En el imperio Romano era común la práctica del clientelismo, en la cual el benefactor se convertía en patrón de quien recibía sus beneficios. El apóstol desea dejar en claro la pureza de su mensaje, que no está vendido a ningún “cliente”, ni moldeado por ningún interés personal (v. 17-18). Esta libertad en Cristo, le permite al apóstol ser un servidor de los demás. No teme amoldarse a las condiciones de vida de los destinatarios de su mensaje: judíos, seguidores de la ley o rebeldes a ella, débiles. Pablo anuncia así el Evangelio de la libertad que no se matricula con la rigidez, ni hace el juego a ningún interés particular o sectario, sino que es capaz de entrar en diálogo con la diferencia y de llegar a “todas” las realidades humanas, como una Buena Noticia del amor de Dios.

 Esto es precisamente lo que hace Jesús en el evangelio de Marcos: entrar en la vida de las personas, ser uno de ellos en su cotidianidad. El domingo pasado, lo vimos sanando a un endemoniado. Hoy, lo acompañamos con Simón y Andrés a la casa de Pedro. La casa, el lugar íntimo done se comparte el techo, la mesa. Allí se encuentra con una anciana enferma, la suegra de Pedro, Jesús se acerca, la toma de la mano y la levanta. Un gesto tan simple como es el acercarse, y tomar de la mano hace el milagro de recuperar a esta mujer, que no sólo recupera su salud, sino su capacidad de servicio. Al atardecer muchos vinieron a buscarlos, y relata el evangelista que Jesús continuó sanando. Era común en la época de Jesús que los enfermos fueran tenidos por malditos o poseídos por espíritus malos, de manera que eran alejados, excluidos y nadie se atrevía a acercarse a ellos. Jesús, al contrario, se entrega con amor y dedicación a su cuidado, siendo su servidor.

La práctica de curación, la lucha contra el mal, es decir, la praxis liberación del ser humano... es la práctica habitual de Jesús. Tan importante como hacer el bien, es evitar el mal, y luchar contra él: dar la vida en la tarea de procurar la paz, la salud, el bienestar, la felicidad... a todos aquellos que la han perdido. Ser cristiano es, entre otras muchas cosas, luchar contra el mal, no quedarse de brazos cruzados o ensimismado en los propios asuntos, cuando vivimos en un mundo con las cifras escalofriantes de pobreza y miseria que hoy padecemos.

«Anunciar hoy el Reino» no es cuestión de sólo palabras; exige simultáneamente construirlo. La «evangelización», la nuestra, ha de ser como la de Jesús. Su «anunciar» la buena noticia no es cuestión de simplemente transmitir información... sino de hacer, de construir, de luchar contra el mal, de sanar, curar, rehabilitar a los hermanos, ponernos a su servicio, acompañar y dignificar la vida que, en todas sus manifestaciones, es manifestación de la mano creadora de Dios.



 

Para la revisión de vida

¿Cómo me afectan los momentos bajos de la vida, los momentos de cansancio, de depresión, cuando el tiempo se hace largo y uno echa en falta el entusiasmo del vivir?

 ¿En qué momentos de mi vida la imagen lejana que tenía de Dios se ha tornado más cercana y presente en la vida?

  ¿Cómo he alimentado en mí la verdadera libertad de los hijos de Dios?

  ¿Me acerco a las personas valorando su condición o juzgo y rechazo a quienes son diferentes a mí?

 

Para la reunión de grupo

¿Qué está viviendo Job que le hace decir las palabras que escuchamos de su boca?

Ante el dolor y lo problemas, ¿somos capaces de acompañar y respetar a los otros o simplemente respondemos con frases aprendidas frías e indiferentes?

¿Cómo se observa en nuestro entorno la manipulación que se hace del mensaje de Jesús en beneficio de personas o grupos?

¿Cómo podemos desarrollar en nuestro grupo la libertad de anunciar el Evangelio, sin manipulaciones ni intereses egoístas?

¿En qué gestos concretos nos hacemos cercanos a los hermanos que sufren o están marginados de la sociedad?

 

Para la oración de los fieles

Por quienes sufren el hambre, la guerra y el abandono para que encuentren en los cristianos personas capaces de acompañar y comprometerse en el mejoramiento de su vida.

Por las Iglesias de Jesús para que defiendan cada día la libertad ante cualquier forma de poder o manipulación para que puedan ser autenticas servidoras de la vida.

Para que en las Iglesias se supere toda forma de exclusión, dominio, o alejamiento de la vida y las necesidades de las personas.

Para que la evangelización, la catequesis, el servicio pastoral, el apostolado... sea siempre, en la Iglesia de Jesús, algo que brota del entusiasmo y se hace por vocación generosa, y no por oficios pastorales remunerados apetecibles económicamente.

 

Oración comunitaria

Padre creador, que escuchas y atiendes los clamores de la humanidad, y que en Jesús nos mostraste el proyecto de Bondad y libertad para tus hijos e hijas. Haz de nosotros creyentes audaces, que libres de todo afán de dominio o ganancia, sepamos ser servidores de todos, especialmente de tus hijos solos y abandonados. Que seamos constructores de un mundo sin exclusiones en el que todos y todas quepamos con igual dignidad e iguales oportunidades, para que la humanidad y la creación que sufre pueda también un día levantarse, y realizarse plenamente en paz y bienestar. Tú que vives y amas por los siglos de los siglos.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org