TERCER DOMINGO DE CUARESMA
CICLO "B"


Primera lectura: Éxodo 20,1-17
Salmo interleccional: Salmo 18
Segunda lectura: 1 Corintios 1,22-25

EVANGELIO
Juan 2, 13-25

 13Estaba cerca la Pascua de los Judíos y Jesús subió a Jerusalén.

14Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas instalados. 15Haciendo­ como un azote de cuerdas, a todos los echó del templo, lo mismo a las ovejas que a los bueyes; a los cambistas les desparramó las monedas y les volcó las mesas 16y a los que vendían palomas les dijo:

-Quitad eso de ahí: no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios.

17Se acordaron sus discípulos de que estaba escrito: "La pasión por tu casa me consumirá".

18Respondieron entonces los dirigentes judíos, dicién­dole:

-¿Qué señal nos presentas para hacer estas cosas?

19Les replicó Jesús:

-Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré.

20Repusieron los dirigentes:

-Cuarenta y seis años ha costado construir este san­tuario, y ¿tú vas a levantarlo en tres días?

21Pero él se refería al santuario de su cuerpo.

22Así, cuando se levantó de la muerte se acordaron sus discípulos de que había dicho esto y dieron fe a aquel pa­saje y al dicho que había pronunciado Jesús.

23Mientras estaba en Jerusalén, durante las fiestas de Pascua, muchos prestaron adhesión a su figura al presen­ciar las señales que realizaba. 24Pero Jesús no se confiaba a ellos, por conocerlos a todos; 25no necesitaba que nadie lo informase sobre el hombre, pues él conocía lo que el hombre llevaba dentro.

 


 

COMENTARIOS

I

 DE SUMA ACTUALIDAD

A mí no me extraña que Jesús de Nazaret entrara en el templo de Jerusalén y haciendo un azote de cordeles echara fuera a muchos. No era para menos; más que un templo, parecía un banco, siendo de hecho el centro financiero más importante del país.

 Las máximas autoridades de aquella entidad eran cuatro sacerdotes de la alta aristocracia sacerdotal: el Sumo Sacerdote, su vicario, el guardián o encargado de llaves y el tesorero. Los cuatro gozaban de privilegios de todo tipo y se lucraban a costa del templo, cuyas finanzas comprendían gran cantidad de inmuebles, tesoros y joyas, la administración de los tributos, ofrendas y capitales privados depositados en él.

 La adquisición de los productos necesarios para el culto, el control de la venta de aves y otros artículos para los sacrificios, y el cuidado de conservar en buen estado y reparar los utensilios de plata, ofrecían al sacerdote tesorero -presidente del consejo de administración de la "entidad bancaria" del templo- un amplio campo de actividad con una gran número de empleados bajo su control.

 Un espectáculo deplorable. El templo, además, acuñaba su propia moneda, pues no se podían aceptar en el lugar santo monedas que llevasen la imagen de reyes, emperadores u otros personajes, lo que hacía que hubiera numerosas oficinas de cambio en sus dependencias Debido a las estrictas prescripciones de pureza ritual que se exigían para poder sacrificar un animal al Dios de Israel, también se instaló junto al templo una feria de ganado, bajo el control de la administración del clero.

 Vergonzoso montaje económico en el que hasta el perdón de Dios se lograba con dinero: bastaba para ello comprar un animal y ofrecerlo a Dios. En los alrededores del templo, para mayor inri había numerosas tiendas de maderas preciosas, de pieles -de los animales degollados en los sacrificios- y de objetos turísticos que abastecían de recuerdos a los piadosos peregrinos, al tiempo que engrosaban las arcas ya, de suyo boyantes, del templo.

 Jesús no pudo contenerse aquel día. Al encontrar semejante panorama -verdadero maridaje entre Dios y dinero, templo y mercado, banca y clero- "haciendo un azote de cordeles, echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre".

 Las palabras de Jesús tienen suma actualidad.

 


 
II

 EL TEMPLO NO ES LA CASA DE DIOS

Dios no cabe entre cuatro paredes por mucho que en el transcurso de los siglos lo hayan intentado encerrar los manipuladores de la fe de los pueblos Dios sólo cabe en el Hombre; en el hombre que, por amor, entrega y gasta la vida por la libertad de sus semejantes. Y en los grupos de hombres en los que ese amor es la característica que los idéntica.

 

EL TEMPLO DE JERUSALÉN

Desde muchos siglos antes de Jesús, en Palestina sólo había un templo. En una sociedad tan religiosa, si sólo se podía encontrar a Dios en un lugar, los intermediarios de ese encuentro, los que controlaban el acceso a ese lugar adqui­rían, por ese hecho, el mayor poder que un hombre puede pretender: la capacidad para facilitar o impedir la relación de los hombres con Dios. Los sumos sacerdotes, que se atribu­yeron en exclusiva ese poder, muy pronto lo aprovecharon en beneficio propio. En tiempos de Jesús, controlaban directa o indirectamente la venta de animales -corderos, bueyes y palomas- para los sacrificios (las ceremonias de aquella reli­gión incluían casi siempre el sacrificio de un animal, el impuesto religioso y el cambio de moneda (sólo se podía pagar ese impuesto en moneda oficial del templo; Mt 21,12; Jn 2,15). El tesoro del templo funcionaba también como banco en el que se depositaban las grandes fortunas y, además, el templo poseía grandes extensiones de tierra; era la primera empresa de Palestina. Y todo porque aquélla, de­cían, era la casa de Dios; y ellos tenían la llave. Jesús va a acabar con esta situación.

 

SE ACABÓ EL TEMPLO

Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas insra1ados, y haciendo como un azote de cuerdas, a todos los echó del templo, lo mismo a las ovejas que a los bueyes; a los cambistas les desparramó las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo:

-Quitad eso de ahí: no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios.

 Los antiguos profetas habían denunciado repetidamente que los dirigentes de la nación explotaban al pueblo en bene­ficio propio y habían anunciado que Dios estaba dispuesto a intervenir para poner las cosas en su sitio. La purificación del templo era una función que se atribuía al Mesías, a quien se imaginaba, según las tradiciones judías, con un azote en la mano para castigar a los responsables del desorden establecido. Según esas mismas tradiciones, el tem­plo y las demás instituciones resultarían fortalecidos tras esta purificación. Pero el plan de Jesús -el plan de Dios- no coincide con estas esperanzas; según él, el templo no es una casa, el Hombre es el templo.

Jesús se presenta con un azote en la mano (el evangelio no dice que lo utilice contra nadie): él es el Mesías, y como tal se muestra. Pero lo que hace y lo que dice va mucho más allá de lo que todos esperaban.

En primer lugar, Jesús desbarata todo aquel montaje. No puede consentir que lo que debería haber sido un lugar de encuentro con el Dios liberador se haya convertido en un negocio para explotar a los pobres. Su gesto es una acusación contra los dirigentes religiosos de Israel que manejan la fe del pueblo para enriquecerse; pero, al mismo tiempo, echando fuera a los animales, está indicando que ya no van a hacer falta para dar culto a Dios. Dios, ya se había dicho muchos siglos antes, no necesitaba para nada la sangre de los animales; lo que él quería era que los hombres practicaran la justicia y el derecho; ésas eran las ceremonias religiosas que Dios agradecía.

La expulsión de las ovejas tiene un simbolismo aún más profundo (el evangelio de Juan, al que pertenece este pasaje, utiliza en varios lugares la imagen de las ovejas para referirse al pueblo; véase, por ejemplo, el capítulo 10, el pasaje más conocido): Jesús está anunciando con este gesto que su tarea es liberar al pueblo de toda opresión, sobre todo cuando ésta se justifica en nombre de Dios. El va a empezar un nuevo éxodo (con este nombre se conoce la salida de los israelitas de la esclavitud de Egipto y el libro en que se cuenta), un nuevo proceso de liberación que comienza precisamente por sacar al pueblo de la institución religiosa.

A los dirigentes, representados por los vendedores de pa­lomas (la ofrenda de los pobres; Lv 5,7), los denuncia por su actuación: «quitad eso de ahí»; pero no les cierra la puerta: «no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios». En las palabras de Jesús se contiene una invitación para que se liberen de su injusticia también ellos.

 

EL NUEVO TEMPLO

-Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré

Repusieron los dirigentes:

-Cuarenta y seis años ha costado construir este santuario ¿y tú vas a levantarlo en tres días?

Peto él se refería al santuario de su cuerpo.

 La reacción de los dirigentes es lamentable: ni se enmien­dan ni se explican; exigen a Jesús que demuestre su autoridad para hacer aquello: «¿Qué señal nos presentas para hacer estas cosas?» Ese es todo su problema: no la vida, no el bien, no la verdad; sólo la Ley.

La respuesta de Jesús, explicada por el evangelista, revo­luciona toda su mentalidad: «Suprimid este santuario... Pero él se refería al santuario de su cuerpo. » Dios ya no habita en el templo. Dios está presente en un cuerpo, el del Hombre que da su vida (suprimid este santuario) por amor a sus seme­jantes. Dios revela su gloria en el amor leal que se manifiesta en la entrega de ese Hombre en la cruz y en la vida que, por la fuerza del amor de Dios, acabará venciendo a la muerte, y seguirá manifestando su gloria y haciéndose presente en cada hombre y en cada grupo que intenten amar con la misma lealtad.

La religión, ¿un negocio? Esta ha sido una acusación que se ha hecho repetidamente contra las instituciones religiosas. Lo terrible del caso sería que esa acusación hubiera podido hacerse alguna vez, con razón, contra la comunidad cristiana. Que cada cual saque sus consecuencias.

 



III

vv. 13-17 Estaba cerca la Pascua de los Judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas instalados y, haciendo­ como un azote de cuerdas, a todos los echó del templo, lo mismo a las ovejas que a los bueyes; a los cambistas les desparramó las monedas y les volcó las mesas y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad eso de ahí: no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios». Se acordaron sus discípulos de que estaba escrito:”La pasión por tu casa me consumirá”.

La Pascua de los Judíos (no “la Pascua del Señor”, como en Éx 12,11.48; Lv 23,5; Nm 9,10 14, Dt 16,1, etc.) es la fiesta oficial que no conserva el carácter liberador de la antigua Pascua. En este evangelio, la expresión “los judíos” no designa  ordinariamente a la totalidad del pueblo, sino a los dirigentes y a sus partidarios.

El templo, centro religioso y símbolo nacional de Israel, está con­vertido en lugar de comercio y explotación. El azote de cuerdas era un conocido símbolo mesiánico. Jesús se presenta como Mesías cuando está próxima la fiesta de Pascua y acuden peregrinos a Jerusalén. Con la expulsión del ganado, anuncia su propó­sito de sacar (éxodo) al pueblo (representado por las ovejas, cf. Jn 10,lss; Ez 34) fuera de la institución religiosa,  de la que es víctima.

La acción de Jesús alude al texto del profeta Zacarías (14,21): "Y no habrá mercaderes en el templo del Señor... aquel día". Con eso, "el día del Mesías", el de la actividad de Jesús, se identifica con "el día del Señor" (Zac 14,1), el final y definitivo, cuando "el Señor va a ser rey de todo el mundo" (Zac 14,9).

Los cambistas, por su parte, representan en este episodio el sistema bancario y administrativo del templo, y el tributo (medio siclo = dos dracmas) que todos los varones, residentes lo mismo en Palestina que en el extranjero, habían de pagar anualmente a partir de los veinte años de edad. De hecho, el culto y el funcionamiento del templo se mantenían en gran parte con el dinero que los dirigentes recaudaban del pueblo, invocando para ello la voluntad divina. La acción de Jesús muestra que tampoco acepta esta forma de despojo, que hace aparecer a Dios como explotador del pueblo.

Pero los principales acusados son los vendedores de palomas. La paloma se usaba para los sacrificios expiatorios, en particular de los pobres. Como se ha visto a propósito de las tinajas de Caná (2,6), la religión oficial pro­metía falsamente la reconciliación con Dios; ahora se descubre que con ello explotaba económicamente a los más débiles. Los vendedores de palomas son así figura de la jerarquía del templo, que, aprovechándose del sentimiento religioso de los pobres, los despojaba con el fraude de lo sagrado. El Dios del templo ya no es el Padre, sino el dinero: es un templo idolá­trico.

Al llamar a Dios “mi Padre”, hace Jesús una nueva afirmación mesiánica (cf. Sal 2,7: "Hijo mío eres tú"). Pero este apelativo muestra al mismo tiempo que la relación con Dios ya no se formula en términos religiosos, sino familiares (Padre); no hay en ella temor, sino amor y confianza.

Los discípulos interpretan la acción de Jesús en clave del celo de Elías (1 Re 19,10.14.15-18; 2 Re 10.1-28; Mal 3,lss.23; Eclo 48,1-11): ven en Jesús un Mesías que va a reformar las instituciones por la violencia ("La pasión por tu casa me consumirá").

 

vv. 18-21 Respondieron entonces los dirigentes judíos, dicién­dole: «¿Qué señal nos presentas para hacer estas cosas?» Les replicó Jesús: «Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré». Repusieron los dirigentes: «Cuarenta y seis años ha costado construir este san­tuario, y ¿tú vas a levantarlo en tres días?» Pero él se refería al santuario de su cuerpo.

Los dirigentes del templo, representados antes por los vende­dores de palomas, no hacen caso de la exhortación de Jesús a que dejen de explotar al pueblo (v. 16: Quitad eso de ahí); al contrario, le piden sus creden­ciales como Mesías. Consideran que su propia autoridad es legítima por  institución divina y se arrogan la facultad de juzgar sobre la validez de la pretensión de Jesús.

La función del templo era expresar la gloria de Dios y significar su presencia ac­tiva en medio del pueblo (cf. Éx 40,34-38). Ellos han ocultado esa gloria y anulado esa presencia, haciendo del templo un mercado.

Este templo va a ser sustituido. Jesús, en quien habita la gloria-Espíritu (1,14), es el nuevo santuario que invalida todos los anteriores. Matando a Jesús (Suprimid este santuario), los dirigentes intentarán eliminar definitivamente la presencia de Dios, al que ya han desalojado del templo, pero su intento será vano (en tres días lo levantaré).

Ellos no entienden el dicho de Jesús y piensan en una reconstrucción milagrosa del templo material. Pero Jesús sabe bien lo que dice, pues ya prevé el desenlace del conflicto que ahora empieza.  La expresión el santuario de su cuerpo / persona, que el evangelista refiere a Jesús (cf. 19,31.38.40; 20,12), será extensible a todos los que po­sean el Espíritu (7,38; 19,34); también ellos serán santuario de Dios en el mundo.

 

v. 22 Así, cuando se levantó de la muerte se acordaron sus discípulos de que había dicho esto y dieron fe a aquel pa­saje y a las palabras que había pronunciado Jesús.

Sólo cuando Jesús resucite comprenderán los discípulos que su celo lo había llevado a dar la vida por los hombres, no a quitar la vida a otros. Mientras tanto, a todo lo largo del relato evangélico, la adhesión a Jesús (2,11) coexistirá en el grupo con la interpretación errónea de su misión.

vv. 23-25 Mientras estaba en Jerusalén, durante las fiestas de Pascua, muchos prestaron adhesión a su figura al presen­ciar las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos; no necesitaba que nadie lo informase sobre el hombre, pues él conocía lo que el hombre llevaba dentro.

La primera reacción es la de un grupo numeroso, aunque indeterminado, que, al igual que los discípulos (2,17), viendo que la actuación de Jesús ha sido una denuncia de las institución central del sistema judío y de sus dirigentes (las señales que realizaba), le da su adhesión esperando que sea un reformador (a su figura); tal es su idea del Mesías. Se trata, por tanto, de gente descontenta con el sistema judío, que ve en Jesús un líder político. Sin embargo, Jesús no establece contacto con ese grupo, pues, conociendo bien las aspiraciones populares (lo que el hombre llevaba dentro), sabe que sus expectativas sobre él son contrarias a su propósito.

 



IV

 El evangelio de Juan coloca la manifestación mesiánica de Jesús al comienzo de su actividad pública y en el contexto de una fiesta de Pascua en Jerusalén. Para Juan es muy importante relacionar a Jesús y su comunidad en el marco de la sucesión de las fiestas judías. Eso lo vemos a lo largo de todo el evangelio, pues no hay ningún acontecimiento fuera de ese marco. Juan optó por encuadrar toda la actividad pública de Jesús en el tiempo religioso de los que su propio Evangelio define como “los judíos”. Al organizar la narración en función de una serie de fiestas judías, deja entrever una construcción ideológica y cultural rica, articulada e intencionada. La pascua judía es confrontada por Jesús y su comunidad discipular tres veces en el evangelio de Juan. Es evidente el simbolismo. Con Jesús irrumpe una nueva Alianza (tres siempre simboliza el nacimiento de algo nuevo). El tiempo del Reino construye una nueva festividad. El tiempo de las fiestas judías es contrapuesto por un tiempo inusual y alternativo. El relato centra su interés en la dialéctica entre la estructura simbólica y temporal del judaísmo y una estructura nueva alternativa que se quiere afirmar e institucionalizar.

El simbolismo de la revelación mesiánica de Jesús es sumamente resaltado en la confrontación con el templo. El relato necesita hacerlo, al fin y al cabo se está construyendo y afirmando una nueva identidad. El templo de Jerusalén es el centro de las instituciones y símbolo de la gloria y el poder de la nación judía (tanto la residente en Palestina como la que se encuentra en la Diáspora). El evangelio emplea un símbolo conocido para indicar la presentación mesiánica de Jesús: el “látigo con cuerdas”. Era proverbial la frase “el látigo del Mesías” para significar la violencia que implica la irrupción de la era mesiánica. El uso que Jesús hace del “látigo” no deja la menor duda a cerca de su identidad y del proyecto que encarna: con él arroja fuera del templo el ganado que se vendía para los sacrificios, las ovejas y los bueyes. Sacrificios, como ovejas y bueyes, así como sus potenciales compradores (sólo los ricos podían ofrecer este tipo de ganado en el sacrificio) son puestos fuera del horizonte del nuevo proyecto mesiánico-profético.

Al echar todos afuera del templo con sus ovejas y sus bueyes, declara Jesús la invalidez del culto de los potentados, del que los sacrificios constituían el momento cumbre. Jesús no denuncia solamente, como habían hecho los profetas, el culto que encubre la injusticia, sino que declara infame el culto que es en sí mismo una injusticia, por ser medio de explotación, pero sobre todo por ser legitimación religiosa de la injusticia y del crimen. No propone una reforma del culto, sino la abolición.

La expulsión de los bueyes tiene que ver con la misma constitución de la sociedad tributaria-monárquica. El primer rey de Israel se constituyó a partir del “grupo de campesinos propietarios de bueyes”. No es de extrañar que a partir de entonces, latifundistas, bueyes y sacrificios en el templo estén articulados en un solo proyecto y se correspondan ideológica y religiosamente. Además el dios Baal de los agricultores cananeos se representaba con un buey. La agricultura y la ganadería necesitan su propio dios y su propio culto. Fueron los latifundistas aliados importantes de Herodes para la consolidación de su poder y éste en retribución mantuvo en forma opulenta al templo. Así podemos entender por qué el templo estaba lleno de bueyes, si la ideología religiosa dominante cuyo centro simbólico estaba allí, era la justificación principal para al sistema social estratificado y concentrador en Palestina desde la Reforma de Josías.

La expulsión de las ovejas del templo tiene también un rico sentido simbólico. Las ovejas son figura del pueblo, encerrado en el recinto donde está condenado al sacrificio. Los dirigentes explotan y asesinan al pueblo, verdadera víctima del culto, sacrifican y destruyen al rebaño, a cuya costa viven. Jesús no se propone reformar aquella institución religiosa, propósito por cierto inútil, sino rescatar al pueblo de ella.

Todos los grupos judíos esperaban el Reino, y la agitación del primer siglo hizo a muchos pensar que la hora estaba próxima. Para los celotas era la hora de tomar las armas era la hora de tomar las armas contra la ocupación romana para instaurar el reino de Dios en el cual el templo y su personal ya no estuvieran sujetos a ningún imperio. Los saduceos no esperaban activamente el Reino y se contentaban con mantener como mejor podían el culto del templo con la ayuda de las autoridades romanas. Los esenios como los celotas estaban listos para tomar las armas por el Reino pero se habían retirado al desierto en espera del momento oportuno (kairós), considerando que el templo estaba en manos ilegítimas. Los fariseos también consideraban que para que llegara el Reino había que acabar con el dominio extranjero y restaurar la autonomía del templo. Sin embargo, no entraron a ninguna guerrilla y se dedicaron a la más riguroso observancia de la ley.

A diferencia de los grupos anteriores, la actitud de Jesús y de su comunidad discipular es de tajante oposición al templo, lo que aparece de una manera mucho más radicalmente - no solo como rechazo de un culto de los poderosos - en las acciones contra los cambistas a quienes les desparrama las monedas, y contra los vendedores de palomas a quienes les ordena quitar de en medio su mercancía.

Los cambistas representaban “el sistema financiero” de la época. Todos los varones judíos mayores de 21 años estaban obligados a pagar un tributo anual al templo, e infinidad de donativos en dinero iban a parar al tesoro del templo. Además, en la antigüedad, los templos, por la inmunidad que les confería su carácter sagrado, era el lugar elegido por los pudientes para depositar sus tesoros. El templo de Jerusalén llegó a ser uno de los mayores bancos de la antigüedad. Para pagar el tributo y los donativos no se podía hacer en monedas que llevasen la efigie imperial, considerada idolátrica por los judíos. El templo acuñaba su propia moneda y los que iban a pagar tenían que cambiar sus monedas por las del templo. Los cambistas cobraban, naturalmente su comisión. Al volcar sus mesas y desparramar sus monedas, Jesús estaba atacando directamente el tributo al templo y, con él, al sistema económico religioso dominante. El templo es para Jesús una empresa que explota económicamente al pueblo. De hecho, el culto proporcionaba enormes riquezas a la ciudad y a los comerciantes, sostenía a la nobleza sacerdotal, al clero y a los empleados. La acción de Jesús toca, por tanto, un punto neurálgico: el sistema económico e ideológico que representaba el templo en Israel.

La acción contra los vendedores de palomas es igualmente de enorme impacto ideológico. Las palomas eran animales sacrificiales de menor importancia, pues con ellas los pobres ofrecían sus cultos a Dios; sin embargo el hecho que sus vendedores hayan sido los únicos a quienes Jesús se dirige y a los que hace responsables de la corrupción del templo, deja ver la enorme preocupación de Dios por la suerte de los pobres y su enojo por quienes hacen negocio con su pobreza. En contraste con las dos acciones anteriores, Jesús no ejecuta acción alguna, sino que se dirige a los vendedores mismos acusándolos de explotar a los pobres por medio del culto, del impuesto, y del fraude de lo sagrado.

El templo es “casa del mercado” y allí el dios es el dinero. Al llamar a Dios mi Padre, Jesús no lo identifica con el sistema religioso del templo. La relación con Dios no es religiosa sino familiar, está en el ámbito de la casa familiar. La relación se desacraliza y se familiariza. En la casa del Padre ya no puede haber comercio ni explotación, siendo casa-familia acoge a quien necesite amor, intimidad, confianza, afecto.

Aún, Jesús da un paso más en su confrontación radical con el templo al proponerse él mismo como santuario de Dios. Frente al poder de Herodes (cuarenta y seis años de construcción del templo) emerge el poder del resucitado (tres días). En el Reino de Dios no se requiere templos sino cuerpos vivos. Estos son los santuarios de Dios, en donde brilla su presencia y su amor si viven dignamente. Jesús no viene a continuar la línea religiosa tradicional. Vino a proponer una humanidad restaurada a partir del principio de la ultimidad de la vida en cuerpos que viven con dignidad. Sobre esta base es posible soñar y construir otra manera de vivir y otra manera de creer.



  

Para la revisión de vida

¿Qué significan para mí «los diez mandamientos»? ¿Están en el centro de mi visión moral, o los he superado y transcendido en el mandamiento de Jesús, el «mandamiento nuevo»?

¿Los tomo demasiado como «mandamientos», como una orden, como si fueran algo así como una orden irracional, o los he interiorizado y hecho míos?

¿Vivo pendiente de la ley, o de alguna manera vivo ya en el espíritu de la ley, sin vivir atenazado por la «obligación»?

 

Para la reunión de grupo

Se nos enseñó que para hacer nuestro «examen de conciencia» siguiéramos «los diez mandamientos de Dios y los 5 de la Iglesia»… Todavía hay personas cuyo «guión de examen» contiene en primer lugar o exclusivamente esos 15 mandamientos. ¿Es correcto ese planteamiento? ¿Por qué? ¿Pueden ocupar este espacio de la conciencia los mandamientos del Primer Testamento? ¿Y los mandamientos de Jesús? ¿Cuáles?

Tener como referencia moral unos «mandamientos» puede tener un peligro: el de creer que las cosas malas son malas por estar prohibidas, que su pecaminosidad procede simple o principalmente del hecho de que han sido prohibidas. Santo Tomás de Aquino hizo famoso un adagio: «las cosas malas no son malas porque estén prohibidas, sino que están prohibidas porque son malas» (non mala quia prohibita, sed prohibita quia mala). Entender esto o no, posibilita dos tipos de espiritualidad o de moral: uno legalista y esclavo, otro adulto y libre.

En la Edad Media europea hubo una corriente filosófica de lo que se llamó un «voluntarismo ético»: Dios ha mandado unos preceptos y con ello queda para nosotros claro la ética y la moral, pero en realidad podría haber mandado las cosas al revés, porque el bien y el mal éticos los dicta y los crea la «voluntad de Dios». Comentar esta posición teológica.

Los diez mandamientos es uno de tantos elementos que en la biblia están repetidos, contados dos veces, y para más extrañeza, elencados de forma diversa. Están en Ex 20,1 y en Dt 5, 1. El estudio moderno de la Biblia comenzó precisamente observando repeticiones como ésta, y tratando de deducir su significado. El grupo puede hacer el intento de interpretar la diferencia de las dos redacciones.

Si se quiere completar toda una sesión de trabajo y formación sobre la base de los mandamientos, se puede tocar el tema del abandono del segundo mandamiento (prohibición de hacer imágenes) y el desdoblamiento del décimo para recuperar el número de diez (“deca”-logo). Ambas cosas (abandono y desdoblamiento) tienen un significado teológico digno de profundizar.

Que el "Templo" pueda convertirse en una "cueva de ladrones" no se refiere sólo a la mercantilización de la religión (hoy más improbable que en el tiempo de Jesús), sino también a su connivencia profunda con el gran capital. En un sistema capitalista neoliberal como el actual, que reconocidamente produce una concentración de la riqueza y una exclusión creciente de los pobres, ¿qué tendría que hacer la religión para «no ser ni parecer» legitimadora del desorden económico mundial actual? Si en el mundo 20/80 (el mundo en el que el 20% de la población acapara el 80% de los recursos) ese 20% más rico "es" cristiano, ¿qué pensar del "Templo" cristiano? Si los máximos multimillonarios actuales "son" cristianos, ¿qué decir de sus “capellanes”?

 

Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia, con sus actuaciones liberadoras y de servicio a los pobres, demuestre que adora a Dios en espíritu y en verdad, y no al Dios dinero. Oremos.

Para que los derechos humanos no se queden en una hermosa declaración de buenas intenciones, sino que se respeten y sean tenidos en todos los pueblos como una norma fundamental de la convivencia humana. Oremos.

Para que el sostenimiento económico de la comunidad cristiana sea llevada por los mismos creyentes, con su propia contribución, y en todos los países la Iglesia sea independiente de rentas y de privilegios del Estado. Oremos.

Para que sean muchos los evangelizadores que, como san Pablo, se autofinancien con su propio trabajo, para que resplandezca siempre la evangelización como una tarea gratuita ajena a todo interés lucrativo. Oremos.

Para que cada día prestemos más atención a los templos vivos que son las personas, que a los edificios de piedra. Oremos.

Por los que se declaran cristianos públicamente y están en los puestos donde se toman las decisiones graves sobre la economía del mundo, para que siempre actúen como Dios nos pide: mirando justicia, la fraternidad y la preferencia por los más pobres. Oremos

 

Oración comunitaria

Dios de la Vida, Padre «todo-bondadoso», que nos has señalado como Ley suprema el Amor: ayúdanos construir una comunidad mundial de hermanos y hermanas que, más allá de toda diferencia religiosa o cultural, te den siempre culto en espíritu y en verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.

 O bien:

 Dios de la Vida y del Amor -de quien procede todo don-, que has puesto todos los bienes de la Tierra bajo la responsabilidad del ser humano, no para que los domine y explote despóticamente, sino para que cuide de todos ellos y de sí mismo como hermano mayor, con fraternidad y «sororidad»; haz que todos los que en ti creemos seamos denodados luchadores contra la destrucción de la naturaleza, el acaparamiento de riquezas y el olvido de los pobres. Como nos enseñó Jesús, tu Hijo, nuestro hermano, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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