QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
CICLO "B"


Primera lectura: Jeremías 31,31-34
Salmo interleccional: Salmo 50
Segunda lectura: Hebreos 5,7-9

EVANGELIO
Juan 12, 20-33

 20Algunos de los que subían a dar culto en la fiesta eran griegos; 21éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron:

- Señor, quisiéramos ver a Jesús.

22Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fue­ron a decírselo a Jesús. 23Jesús les respondió:

- Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria del Hombre 24Sí, os lo aseguro: Si el grano de trigo una vez caído en la tierra no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto. 25Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva. 26E1 que quiera ayudarme, que me siga, y así, allí donde yo estoy, estará también el que me ayuda. A quien me ayude lo honrará el Padre.

27Ahora me siento fuertemente agitado; pero ¿qué voy a decir: «Padre líbrame de esta hora»? ¡Pero si para esto he venido, para esta hora! 28¡Padre, manifiesta la gloria de tu persona!

Vino entonces una voz desde el cielo:

- ¡Como la manifesté, volveré a manifestarla!

29A esto, la gente que estaba allí y la oyó decía que ha­bía sido un trueno. Otros decían:

- Le ha hablado un ángel.

30Replicó Jesús:

- Esa voz no era por mí, sino por vosotros. 31Ahora hay ya una sentencia contra el orden este, ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera, 32pues yo, cuando sea le­vantado de la tierra, tiraré de todos hacia mi.

33Estó lo decía indicando con qué clase de muerte iba a morir.

 


 

COMENTARIOS

 I

 Jesús sintió miedo ante la hora que se le avecinaba. La reacción de los guardianes de la Ley, cuyo código legal había cuestionado, la ortodoxia de los teólogos conservadores e inmovilistas, la inhibición de los políticos y la maleabilidad del pueblo que hoy dice sí y mañana no, estaban a punto de descargar sobre él un zarpazo mortal. La muerte en el patíbulo le acechaba cada día como posible. Aún estaba a tiempo de rectificar, de abandonar el camino, dejando en la estacada su maravillosa pero conflictiva doctrina evangélica.

Lleno de miedo, se paró a reflexionar. Atrás quedaba la semilla de Evangelio, ahogada por las zarzas del sistema mundano; aunque a su alrededor permanecía aún el grupo de discípulos, día a día, se iba quedando solo, terriblemente solo, acorralado y asediado por la violencia y el odio de quienes, instalados en la cúspide del poder, buscaban el momento oportuno para quitarlo de en medio.

Arriba, allá en lo alto del cielo, se encontraba su Padre Dios; a punto estuvo de pedirle que lo librara de pasar aquel mal trago. Tenía miedo a morir y dijo a sus discípulos; "Ahora me siento fuertemente agitado, pero ¿qué voy a decir: Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido, para esta hora! Padre, manifiesta la gloria de tu persona". Y decidió seguir adelante.

Al instante de tomar esta decisión, dice el evangelista Juan, "se oyó una voz del cielo: Acabo de manifestar mi gloria y volveré a manifestarla". La gloria, la manifestación del Dios-Amor tenía su aparición más perfecta en Jesús de Nazaret.

"Ante esto la gente que estaba allí escuchando decía que había sido un trueno; algunos decían que le había hablado un ángel". Bella imagen para confirmar desde arriba la decisión de Jesús, como trueno que hace estremecerse, como voz de un mensajero divino dirigida a todos cuantos aún dudaban del camino del Maestro: "Esta voz no era por mí, sino por vosotros" -precisó Jesús.

Antes de pronunciar estas palabras había declarado: "Sí, os lo aseguro: si el grano de trigo caído en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto". Estaba convencido de que no se puede producir vida sin dar la propia; la vida es fruto del amor y no brota si el amor no es pleno, si no llega al don total. Amar es darse sin escatimar nada; hasta desaparecer, si es necesario. En la imagen del grano que muere en la tierra, la muerte es condición para que se libere toda la energía vital que contiene. El fruto comienza en el mismo grano que muere. Dar la propia vida es la suprema medida de amor: "Quien tiene apego a la propia vida, la pierde". Jesús era consciente de que sólo queda lo que damos. Y se decidió a dar lo único que le quedaba: la vida.

Sin posesiones, sin dinero, sin honores, sin dignidad, sin amigos, solo, subió al patíbulo. Su muerte, semilla de vida, fue consecuencia inevitable de un amor sin límites a los despojados de la sociedad, de un compromiso solidario con el pueblo, de una denuncia tenaz y abierta de la opresión. Fue la hora de la verdad. Bendita hora...



 

 II

 Cuando nos enseñaron el catecismo nos dijeron que uno de los enemigos del alma era el mundo Y es cierto: el mundo es uno de los peores enemigos del alma y del cuerpo, del hombre y de la mujer, de los individuos y de los pueblos. El mundo, el orden este.

 

EL ENEMIGO DE LA VIDA

 Hay quienes llaman «mundo» a todo lo que no es religioso. Esa idea procede del lenguaje de los monjes, que llamaban «el mundo» y «mundano» a todo lo que no cabía en el con­vento: las fiestas, los bailes, la alegría de la vida y todo lo que tuviera que ver con el sexo, incluso dentro del matrimonio, todo eso recibía el nombre de «el mundo».

Por otro lado, en nuestra mentalidad han influido mucho otras ideas que consideran al hombre un compuesto de dos partes totalmente distintas: el alma se consideraba la parte buena y todo lo relacionado con el cuerpo era malo. Pero ése no es el modo de pensar y de hablar de los escritores del Nuevo Testamento.

La palabra «mundo» en el evangelio de Juan puede signi­ficar distintas cosas: el universo, la tierra, la humanidad..., obras de Dios y objeto de su amor. Pero, a veces, con esa palabra se refiere a una realidad negativa, mala. El mundo, en este sentido, es la desdichada manera de organizar la socie­dad que los hombres tenemos, es el «orden» social que tiene como pilares básicos «los bajos apetitos, los ojos insaciables, la arrogancia del dinero», según palabras del mismo evange­lista en su primera carta (2,16). El mundo es todo sistema social y/o religioso en el que no se respeta la dignidad del ser humano, y, por tanto, no se respeta a Dios.

Por otro lado, para la mentalidad hebrea, el hombre no es un compuesto de dos partes distintas, sino una unidad que puede ser vista de distintas maneras: como carne, el hombre entero en cuanto mortal; como cuerpo, esto es, capaz de rela­ción con los demás; como alma, o sea, como ser vivo; y como espíritu, dotado de unas capacidades superiores a las de los demás vivientes y exclusivas de la persona humana. El alma es la vida; que «el mundo es enemigo del alma» significa que es enemigo de la vida: que la sociedad humana se ha organi­zado de tal modo que en ella la vida del hombre está en constante peligro.

 

EL ORDEN ESTE

 ... si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto. Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva. El que quiera ayudarme, que me siga, y así. allí donde yo estoy, estará también el que me ayuda.

 "... si el grano de trigo caído en tierra no muere..."

Algunos quizá piensen que esta frase significa que Dios quiere que su Hijo muera para salvar a la humanidad. No. Dios no quiere que ni su Hijo ni nadie muera; pero la muerte de Jesús será inevitable por la maldad del orden este. El sufrió, y, como él, todos los que se comprometan en la tarea de organizar el mundo de otra manera, como un mundo de hermanos, sufrirán el acoso de los defensores del mundo, del orden este. Todos los que gozan de privilegios obtenidos a costa de la opresión de los demás se resistirán a perderlos, aunque para ello tengan que matar; de hecho, sus privilegios son ya instrumento de muerte, pues sus sobras son falta de vida para los pobres. Por eso no es una contradicción esta otra frase: «Tener apego a la propia vida es destruirse, despre­ciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva». Lo absurdo es querer vivir en medio de un orden de muerte, en medio de una organización en la que sólo algunos -y sólo aparentemente- viven. Y para vivir de esa manera no tienen más remedio que matar. Como algunos quizá piensen que estamos exagerando, que hablen los hechos. Dos ejemplos de hoy:

- En nuestro mundo hay alimentos suficientes para que cada ser humano de la tierra coma cada día lo que necesita para vivir y para que sobre un 10 por 100 aproximadamente. Pero, mientras tanto, el hambre es la causa -directa o indirec­ta- de la muerte de 100.000 seres humanos. Y, entre tanto, en Estados Unidos hay almacenados excedentes, alimentos que sobran, por valor de 400 billones (400.000.000.000.000) de pesetas; y, mientras tanto, la Comunidad Europea paga a los agricultores para que no produzcan alimentos, para que dejen sus tierras ¡en barbecho! ¿Es demagogia decir que este es un orden de muerte?

- Cada año, el Tercer Mundo gasta en armas cerca de tres billones (3.000.000.000.000) de pesetas que podrían ha­berse gastado en producir alimentos. Por dos veces matan las armas a los pobres: violentamente cuando se usan y de hambre cuando se compran; la riqueza producida con el trabajo de los pobres sirve para matar a los pobres. ¿Es demagogia decir que el mundo así organizado es un orden de muerte?

 Ese es el mundo que mató a Jesús y tratará de matar a sus seguidores y a todos los que intenten impedir que siga matando. Y es a ese mundo, no a Dios; al que hay que temer. Y no porque nos pueda quitar la vida. No puede quitárnosla: Dios la defiende. Pero, contaminándola, nos la puede pudrir. E impedir que colaboremos en la construcción de un nuevo mundo en el que podamos vivir y compartir una nueva y verdadera vida que brotará del grano caído en tierra que no muere para siempre, sino para dar más vida. Y, además, el mundo este no durará por siempre: «Ahora hay ya una senten­cia contra el orden este, ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera, pues yo, cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí.» De nosotros depende que esa sentencia se ejecute cuanto antes.

 



III

 20-23 Algunos de los que subían a dar culto en la fiesta eran griegos; éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fue­ron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió: «Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria  del Hijo del hombre».

«Los griegos» del texto podían ser judíos helenistas, paganos prosélitos o simples simpatizantes del judaísmo. En todo caso, pertenecen a otra cultura, que, en aquella época, podía llamarse universal. 

De este modo, al cortejo que sigue a Jesús se suma gente de otros pueblos. Se verifica la frase de los fariseos: todo el mundo se ha ido detrás de él. Los griegos subían a Jerusalén para dar culto, pero, al encontrar a Jesús, renuncian a su propósito. Comienzan a acercarse las ovejas que no son del recinto de Israel (10,16), para ser reunidas por Jesús.

Felipe era natural de Betsaida (“Lugar de pesca”, posible alusión a la misión) (1,44), situada fuera del territorio de Israel, en la tetrarquía de Filipo. Los griegos le manifiestan su deseo de conocer a Jesús. Felipe, el hombre de la tradición que no ha salido de las categorías del judaísmo (1,45; 6,5-7), el que había invitado a Natanael a acercarse a Jesús (1,46), no se atreve a hacer lo mismo con los griegos. Acude a Andrés, el que “se quedó a vivir con Jesús” (1,39), es decir, el que vive en la esfera del Espíritu y comprende el mensaje (6,8-9), pero tampoco Andrés se atreve a tomar la iniciativa. Ambos van a consultar a Jesús. Refleja este pasaje la dificultad que tuvieron las primeras co­munidades, de raíz judía, para abrirse a los paganos (cf. Zac 9,13; Sof 3,9).

Jesús no habla directamente a los griegos: la misión con los pa­ganos tocará a sus seguidores. Declara que la hora anunciada desde el principio (2,4) ha llegado, y que en ella se hará patente la gloria del Hijo del hombre, su amor fiel hasta el don de la vida, terminando de realizar en sí mismo el proyecto divino, el Hombre-Dios (1,2).

El ideal del hombre que se realiza en Jesús no coincide con los tradicionales de la cultura griega: no se identifica con el héroe que aspira a la gloria militar y a la fama imperecedera, ni con el filósofo que cultiva la sabiduría. La plenitud del hombre no está en la fama ni se centra en el saber. Hay un nivel infinitamente más alto, que excluye algunos de estos aspectos y completa otros: ese nivel es la condición divina, que se alcanza por el don de sí mismo, por el amor a todos hasta el fin, reproduciendo el ser y la actividad del Padre, único Dios verdadero.

Es singular que este anuncio lo haga Jesús precisamente cuando hombres de cultura griega se interesan por él. Quiere decir que la manifestación en Jesús de la gloria del Hombre es el hecho decisivo para la misión en el mundo pagano. Para la humanidad en general, lo más importante acerca de Jesús no será reconstruir en detalle su itinerario en ambiente judío, sino descubrir en él la condición divina del Hombre.

En consecuencia, los discípulos no deberán proponer en primer lugar una doctrina o una ideología, ni presentar a Jesús como un mero individuo histórico (Jesús de Nazaret), sino que han de mostrar realizada en él la plenitud humana en la manifestación suprema de la gloria-amor. La figura de Jesús pone al hombre en el centro, le devuelve su valía y su dignidad y, por encima de toda ideología, es el modelo que permite a la humanidad encaminarse hacia su plena realización.

 

24-26  «Sí, os lo aseguro: Si el grano de trigo, una vez caído en la tierra, no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto. Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva. E1 que quiera ayudarme, que me siga, y así, allí donde yo estoy, estará también el que me ayuda. A quien me  ayude lo honrará el Padre».

En esta declaración solemne y central explica Jesús cómo se producirá el fruto de la misión, suya y de los discípulos. No se genera vida sin dar la propia. La vida es fruto del amor y brota según la medida del amor. Amar hasta el fin es darse sin escatimar.

En la metáfora del grano que muere en la tierra, la muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que contiene; la vida allí encerrada se manifiesta entonces de una forma nueva. Jesús afirma con esto que el hombre posee muchas más potencialidades de las que aparecen, y que solamente el don de sí hasta el fin las libera para que ejerzan toda su eficacia.

Jesús usa aquí una formulación extrema. En realidad, la muerte de que habla no es un suceso aislado, sino la culminación de un proceso de donación de sí mismo; se presenta como el último acto, que sella definitivamente la entrega continua. El dicho de Jesús implica que la fecundidad no depende de la transmisión de un mensaje doctrinal, sino de la práctica de un amor hasta el fin. El amor es el mensaje.

El temor a perder la vida es el gran obstáculo a la entrega. Poner límite al compromiso por apego a la vida es condenarla al fracaso, pues este apego lleva a todas las abdi­caciones. Por el contrario, estar dispuesto a arriesgar la vida, desafiando la hostilidad de la sociedad injusta, no significa frustrar la propia existencia, sino llevarla a su completo éxito. Infundir temor es la gran arma del orden injusto. Quien no teme morir, lo desarma. Es totalmente libre y puede amar totalmente.

Ha advertido Jesús que el secreto de la fecundidad está en la entrega de la propia vida. Ahora invita a seguirlo en ese camino (el que quiera ayudarme, que me siga), es decir, colaborar en su misma tarea, aun en medio de la hostilidad y persecución. Es el mismo mensaje contenido en la exigencia de  “comer su carne y beber su sangre” (6,35).

El lugar de Jesús (allí donde yo estoy) es el de la plenitud del amor que va a demostrar en la cruz, de donde brotará el fruto. El hombre libre creado por Jesús (8,32) es dueño de su vida y por eso puede darla como él. Posee su presente, y en cada ocasión puede entregarse al máximo. Eso precisamente significa “morir”: no en primer lugar perder la vida porque otros la arrebaten, sino ir entregándola como don libre de sí. Esa entrega va comunicando vida a otros y acrecentándola en el hombre mismo. Con esta actividad de amor, el discípulo se va haciendo “hijo de Dios”, y, aunque "el mundo" lo margine y le quite la honra, el Padre lo honrará acogiéndolo como a hijo suyo.

 

27-29 Ahora me siento fuertemente agitado; pero ¿qué voy a decir: “Padre líbrame de esta hora”? ¡Pero si para esto he venido, para esta hora! 28¡Padre, manifiesta la gloria de tu persona! Vino entonces una voz desde el cielo: «¡Como la manifesté, volveré a manifestarla!» 29A esto, la gente que estaba allí y la oyó decía que ha­bía sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel».

Jesús ha desafiado a la institución judía, denunciando su injusticia, y su actitud va a costarle la vida. Ahora, el ser de Jesús se rebela ante la muerte que lo amenaza (me siento fuertemente agitado). Él es la vida, la antítesis de la muerte. Pero, además, la suya no va a ser una muerte natural, sino prematura, en la flor de la edad (8,57). Será efecto del  paroxismo del odio y del máximo de la injusticia. Él, que ofrece amor y vida, se ve rechazado y condenado a muerte por los suyos. Su turbación nace del horror que siente el amor ante el odio.

Jesús rechaza la tentación de recurrir al Padre para obtener una intervención que lo saque de la situación crítica en que se encuentra (líbrame de esta hora); es la idea del Dios-solución, que permite esquivar la propia responsabilidad y escapar de las consecuencias de la propia actuación.

Jesús reacciona contra su estado de ánimo reafirmando su decisión de llevar a cabo su obra. Afirma que el sentido de su vida entera depende de “su hora”, que será la de su enfrentamiento final con el mundo homicida y la manifestación suprema de su amor al hombre. Su hora es la consecuencia y el coronamiento de toda su vida. Desde el principio la tenía presente (2,4).

Aparece aquí, muy real, la humanidad de Jesús. Hace su opción consciente en contra de su inclinación natural. No va a la muerte con la sonrisa en los labios; la empresa es muy seria y dolorosa. Pero en la paradoja de que el hombre de carne pueda amar hasta ese punto, brilla su gloria y la de Dios mismo. Su amor supera la debilidad de la carne.

Pide al Padre que manifieste su gloria, que es su amor fiel (1,14). Hasta ahora la ha manifestado en la obra de Jesús, ahora éste le pide que la manifieste en él una vez más, al afrontar la prueba final. La petición de Jesús al Padre es, al mismo tiempo, una petición por el pueblo, por la humanidad entera, pues de esa manifestación de amor-vida depende la salvación del mundo.

 La respuesta del cielo confirma la actitud de Jesús. La bajada del Espíritu (1,32: bajar del cielo) fue la manifestación a Jesús del amor del Padre; ahora habrá una manifestación visible para todos, la nueva teofanía (volveré a manifestarla), el Hombre en la cruz de quien fluirá la vida (3,14s; 7,37-39).

La multitud reconoce la procedencia celeste de la voz. El término voz significa también “trueno” (Éx 19,16.19), y así lo interpreta una parte de los presentes. Para éstos es una manifestación divina sobrecogedora, y quizá amenazadora (trueno, cf. Sal 29,3ss); para otros, en cambio, es un mensaje de Dios a Jesús (ángel). Se perfila un contraste de actitudes entre el pueblo.

 

30-33 Replicó Jesús: «Esa voz no era por mí, sino por vosotros. Ahora hay ya una sentencia contra el orden este; ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera, pues yo, cuando sea le­vantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí». Esto lo decía indicando con qué clase de muerte iba a morir.

Jesús les interpreta lo sucedido. Era un mensaje, pero no estaba destinado a él, sino a ellos; la voz pretendía confirmarles su  misión divina.

"El orden este", el sistema injusto, es el enemigo de Jesús y de sus discípulos (cf. 8,23). "Su jefe" personifica el círculo de poder, los dirigentes, mostrando el singular la común motivación y la unidad de intento; son los hijos y agentes del Enemigo (“el diablo”), del asesino y embustero (8,44), es decir, del dios-dinero instalado en el templo (8,20; cf. 2,16).

Jesús había venido para abrir un proceso contra el orden este (9,39). Ahora está ya dada la sentencia, pues la han dictado ellos mismos al negarse a aceptar a Jesús (3,19). Creyendo excluirlo, son en realidad ellos los que van a ser excluidos. Así, ante Dios, se invierten los papeles: los que creen juzgar, serán juzgados; los que pretenden expulsar, serán expulsados; los que piensan estar dentro, quedarán fuera.

El acto mismo de levantar a Jesús de la tierra, velada alusión a la cruz, sellará la sentencia del orden injusto y anunciará su ruina. Pero esa acción, en vez de representar la ignominia extrema, va a significar la máxima exaltación. En ese momento, que será el de la manifestación esplendorosa del amor de Dios al hombre,  Jesús va a convertirse en centro que atraerá a los hombres (Os 11,4) a un nivel como el suyo, a una entrega como la suya, la del Hombre-Dios, para crecer hacia su plenitud.

 


 

IV

 En medio de la aflicción que se siente al ver Jerusalén destruida y los judíos divididos entre los que se quedaron y fueron deportados, se oyen las palabras del profeta Jeremías como un canto al perdón y la esperanza. Con razón los expertos llaman a estos capítulos de Jeremías el «libro de la consolación». Dios quiere comenzar de nuevo con su pueblo, proponiendo sellar una «nueva alianza», que genere relaciones nuevas entre Dios y su pueblo. ¿Qué tipo de alianza? Una que ya no esté escrita en tablas sino en el corazón mismo del ser humano. Dios deja claro que no es la simple ley, por sí misma, sino su espíritu, lo que nos acerca a Dios. Cuando se tiene a Dios «en el corazón», la ley se humaniza, se des-absolutiza, se acata desde el corazón, sin legalismos, con sinceridad, y el ser humano entra a formar parte del pueblo de Dios. Con ello, el otro regalo que nos hace Dios es acceder gratuitamente a su conocimiento. No hay que pagar ni matrícula ni mensualidades, no hay que ser mayor o menor, ni de una raza u otra: Dios se revela en la historia de cada pueblo, sin discriminaciones, sin olvidar a ninguno.

La carta a los hebreos destaca las actitudes de Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. El pasaje recuerda la escena del huerto de los Olivos, cuando Jesús ora al Padre ante la posibilidad de ser librado de la muerte. La oración tuvo como efecto el fortalecer a Jesús para llevar a cabo su misión, no ahorrarle la realización de la misión. Los cristianos tenemos mucho que aprender en este sentido, pues, la mayoría de las veces, nuestras palabras más que oraciones o súplicas parecen órdenes dadas a Dios para que no se haga su voluntad. El texto nos acerca también al sufrimiento que asume Jesús como prueba de su obediencia a los designios del Padre. Oración y sufrimiento de Jesús son signos concretos de esta solidaridad que comparte con toda la Humanidad. Por este acercamiento tan perfecto a la voluntad del Padre es por lo que Jesús se convierte en manifestación de la presencia de Dios entre nosotros, camino y modelo de salvación abierto a todos los hombres y mujeres del mundo.

En el evangelio de Juan vemos a judíos -o convertidos al judaísmo- que vienen a Jerusalén con motivo de la fiesta pascual. En medio de la caravana aparecen algunos griegos que aprovechan para pedir a Felipe: «quisiéramos ver a Jesús». La pregunta no es «¿dónde está?», a lo que probablemente cualquiera les hubiera respondido con una información adecuada, sino una petición que va unida al deseo de la mediación de los discípulos para conocer personalmente a Jesús. Los discípulos son reconocidos por su cercanía al maestro y se convierten en mediadores, testigos y compañeros de camino para quienes quieren ver a Jesús. El hecho de que sean griegos quienes buscan a Jesús tal vez quiera ser un símbolo de universalidad del evangelio, pues «incluso los paganos buscan a Jesús». La ocasión es aprovechada para anunciar que el tiempo de las palabras y los signos está llegando a su fin, pues se acerca la «hora» del «signo» mayor: su pasión y muerte en la cruz para alcanzar la redención del mundo.

Jesús acude a una breve parábola. Sólo el grano de trigo que muere de mucho fruto. Esta brevísima parábola presenta una vez más, de otro modo, la lección fundamental del Evangelio entero, el punto máximo del mensaje de Jesús: el amor oblativo, el amor que se da a sí mismo, y que por ese perderse a sí mismo, por ese morir a sí mismo, genera vida.

Estamos ante una de las típicas «paradojas» del evangelio: «perder» la vida por amor es la forma de «ganarla» para la vida eterna (o sea, de cara a los valores definitivos); morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir, entregar la vida es la mejor forma de retenerla, darla es la mejor forma de recibirla… «Paradoja» es una figura literaria que consiste en una «contradicción aparente»: perder-ganar, morir-vivir, entregar-retener, dar-recibir… Parecen dimensiones o realidades contradictorias, pero no lo son en realidad. Llegar a darse cuenta de que no hay tal contradicción, captar la verdad de la paradoja, es descubrir el evangelio.

Y estamos ante un punto alto de la revelación cristiana. En Jesús, se expresa una vez más el acceso de la Humanidad a la captación esta paradoja. En la «naturaleza», en el mundo animal sobre todo, el principal instinto es el de la auto-conservación. Es cierto que hay mecanismos diríamos «altruistas» controlados hormonalmente para acompañar los momentos de la reproducción y la cría de la descendencia o para la defensa de la colectividad, pero no se trata verdaderamente de «amor», sino de instinto, un instinto puntual excepcional sobre el gran instinto de la auto-conservación, que centra al individuo sobre sí mismo. La naturaleza animal está centrada sobre sí misma. Lo que pueda ser contrario a esta regla no es más que una excepción que la confirma.

El ser humano, por el contrario, se caracteriza por ser capaz de amar, por ser capaz de salir de sí mismo y entregar su vida o entregarse a sí mismo por amor. La humanización u hominización sería ese «descentramiento» de sí mismo, que es centramiento en los demás y en el amor. La parábola que estamos reflexionando expresa un punto alto de esa maduración de la Humanidad; tanto, que puede ser considerada como una expresión sintética de la cima del amor. En el fondo, esta parábola equivale al mandamiento nuevo: «Este es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros ‘como yo’ les he amado; no hay mayor amor que ‘dar la vida’» (Jn 15,12-13). Las palabras de Jesús tienen ahí también pretensión de síntesis; ahí se encierra todo el mensaje del Evangelio. Y en realidad se encierra ahí todo el mensaje religioso: también las otras religiones han llegado a descubrir el amor, la solidaridad… el «descentramiento» de sí mismo como la esencia de la religión. Jesús es una de esas expresiones máximas de la búsqueda de la Humanidad, y del avance de la presencia de Dios en su seno…

Si las semillas somos nosotros, ¿a qué debemos morir? Esta hora neoliberal que vive el mundo de hoy, aunque se haya dado un notable avance en aspectos como la tecnología, la intercomunicación mundial, y hasta un notable desarrollo económico (tremendamente desequilibrado), no podemos dejar de descubrir un cierto «retroceso» en humanización: frente al pensamiento utópico, a las «ideologías» (en el sentido positivo de la palabra) que buscaban la «socialización» humana, la realización máxima posible de la solidaridad entre los humanos y la colectividad, la realización de una sociedad fraterna y reconciliada, tras el fracaso simplemente económico, militar o tecnológico de alguno de los sectores en conflicto, ha acabado por imponerse la vuelta a una economía supuestamente «natural», descontrolada, sin intervención, dejada al azar de los intereses de los grupos, llegándose a proclamar que «la persecución del propio interés sería la mejor manera de contribuir para el bien común» [fisiocracia, Tableau de Quesnay…]. El neoliberalismo, con su programa de «adelgazamiento del Estado», su disminución de los programas sociales y la proclamación de un mercado supuestamente «libre», ha vuelto a hacer de la sociedad humana una «ley de la selva», donde cada uno busca su propio interés incluso creyendo que colabora al bien común. Es una proclamación enteramente contraria al Evangelio, y contraria al mensaje de todas las religiones. Espor eso que podemos considerarla como la proclamación de una nueva religión, las del egoísmo insolidario. Afortunadamente hay cada vez más señales de que este eclipse de la solidaridad y este retroceso de hominización trasluce cada vez más su verdadera naturaleza, y la inconformidad surge por doquier. «Otro mundo es posible», a pesar del esfuerzo de la propaganda neoliberal por convencernos de que «no hay alternativa» y de que estamos en el «final (insuperable) de la historia»... Si, con el evangelio, creemos que «no hay mayor amor que dar la vida», que la ley suprema es «morir como el grano de trigo para dar vida» (evangelio de este domingo), deberíamos comprometernos para que la sociedad se concientice sobre la necesidad de superar políticas económicas tan «naturales» y tan poco «sobrenaturales» como la actual política neoliberal.

 

Posdata crítica sobre el evangelio de Juan

El evangelio de ese domingo y de estas semanas es el de Juan. Un evangelio bien diferente de los sinópticos. El último que se escribió. Un evangelio que refleja una reflexión y una elaboración teológica muy sofisticada, de difícil comprensión con frecuencia. El evangelio de la comunidad de Juan.

El Jesús que en este evangelio se refleja, el Jesús que discute con «los judíos» no es en absoluto el Jesús histórico. Todas esas frases lapidarias, solemnes, autoritativas, cuasidogmáticas... no son de Jesús. Han sido puestas por el evangelista en boca de Jesús para expresar la reflexión teológica que la comunidad ha elaborado…

En la predicación, en la catequesis, en el comentario bíblico, es muy fácil «no entrar en profundidades» y comentar sin más las palabras de Jesús «como si» de hecho fueran palabras directas, históricas. Pero hacer esto hoy día, no explicitar claramente al auditorio que se trata de reflexión teológica y que su significado no puede entenderse en directo según lo que la narración misma dice, es un error pastoral. Es el error de mantener al pueblo cristiano en la ignorancia de lo que los exegetas hace muchos años que afirman unánimemente. Es el error de presentar involuntariamente una imagen falsa del Jesús histórico: un Jesús que lo sabe todo, que no tiene psicología ni conciencia humana, porque una supuesta conciencia divina habría desplazado el núcleo interior de su ser humano... Si se interpreta como histórico el Jesús presentado por el evangelio de Juan caemos casi inevitablemente en la herejía monofisista (Jesús como solamente divino, no humano). Leer y proclamar o comentar el evangelio de Juan sin un comentario exegético mínimo, y, por omisión, no evitar una interpretación directa literal del mismo, es un flaco servicio a la fe del pueblo cristiano.

El asunto es largo, pero bien conocido. Necesitamos hacer un esfuerzo de catequesis siempre que se proclame este evangelio, porque sin ella nuestro pueblo mantiene y confirma la visión de Jesús que fue clásica durante siglos en las Iglesias, pero que desde hace tiempo se ha evidenciado como inexacta, no histórica, y peligrosa, si no va acompañada de una aclaración hermenéutica.

Al respecto recomendamos, por ejemplo, el libro de E.P. SANDERS, La figura histórica de Jesús, Verbo Divino, Estella 2001. 

 



Para la revisión de vida

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. ¿Me resisto a dar vida y a dar la vida en las pequeñas cosas de cada día y en los grandes momentos de la vida? ¿He captado la ley evangélica es de dar la vida por amor? ¿Estoy dispuesto a aceptar esa «muerte» para vivir?

 

Para la reunión de grupo

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. El grano de trigo ha de entregarse, enterrarse, perderse... para ser fecundo. La condición de la fecundidad es saber morir a muchas cosas. ¿Se puede encontrar en estas palabras de Jesús el fundamento cristiano de la mortificación, del ofrecer sacrificios a Dios para pedirle algo o simplemente para agradarle? ¿Por qué?

El mensaje de esta pequeña parábola del grano de trigo, ¿es una «revelación única» del Evangelio, o ha sido revelada en otras religiones? ¿Es una verdad natural o revelada? ¿Puede el ser humano descubrirla por sí mismo? El mensaje que Jesús propone, ¿es una «revelación» venida de lo alto a la que nunca podríamos haber llegado si él no nos la hubiera manifestado?

Encontrar textos o mensajes equivalentes a esta parábola [Jn 15, 12-13: nadie tiene mayor que dar la vida…; Mt 7, 12 y Lc 6, 31: la «regla de oro»; Lc 17,33: el que se guarde su vida la perderá…]. ¿Se trata de un principio moral simplemente o de un principio evangélico fundamental? ¿Por qué?

Jeremías anuncia que llegará un tiempo (escatológico) en el que la ley de Dios no será un código externo al que haya que someterse, sino que estará en el corazón mismo del ser humano… Encontrar paralelos de esta visión profética neotestamentaria en el nuevo testamento. [La letra y el espíritu de la ley…].

 

Para la oración de los fieles

Por la Iglesia, para que sea portadora de esperanzas, en medio de la desesperanza, roguemos al Señor...

Para que en este tiempo de cuaresma sepamos romper las cadenas que nos atan a una vida cómoda y sin compromiso, confiados en el crucificado que hoy, resucitado, es nuestro compañero de camino, roguemos al Señor...

Por todos nosotros que estamos reunidos aquí, para que nos concienciemos, de la necesidad del testimonio de la entrega de la propia vida, roguemos al Señor...

Por nuestra comunidad, para que en un testimonio colectivo de servicio, de fe y de compromiso muestre al mundo que el amor y la vida vencen el odio y la muerte, roguemos al Señor...

Para que las Iglesias cristianas se descentren de sí mismas, eviten concentrarse en sus problemas y en su propio bienestar, y estén dispuestas a desvivirse por el bien de los hijos e hijas de Dios, roguemos al Señor…

 

Oración comunitaria

Dios Padre-Madre Nuestro, te pedimos que nos mantengas nuestra fe, nuestra caridad, y sobre todo nuestra esperanza, para que nos comprometamos crecientemente en hacer crecer la vida, aunque para ello debamos entregar la nuestra cada día. Que con ello podamos acelerar la llegada de tu Reino de Justicia, Paz y Solidaridad. Te lo pedimos en nombre de Jesucristo nuestro hermano mayor. Amén.

 O bien:

 Dios Todobondadoso: en Jesús nuestro hermano mayor vemos realizado el ejemplo del grano de trigo que se entregó a sí mismo y supo dar la vida por amor. A nosotros que nos confesamos seguidores de su misma actitud ante la vida, ayúdanos a reproducir en nuestra existencia su entrega generosa, creadora de vida y de fecundidad. Por el mismo Jesucristo nuestro hermano mayor.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org