QUINTO DOMINGO DE PASCUA
CICLO "B"


Primera lectura: Hechos 9, 26-31

Salmo responsorial: Salmo 21

Segunda lectura: 1 Juan 3, 18-24

 

EVANGELIO
Juan 15, 1-8

 15        1Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador.

2Todo sarmiento que en mí no produce fruto, lo corta, y a todo el que produce fruto lo limpia, para que dé más fruto.

3Vosotros estáis y a limpios por el mensaje que os he comunicado. 4Seguid conmigo, que yo seguiré con vos­otros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no se­guís conmigo.

5Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que sigue conmigo y yo con él, ése produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. 6Si uno no sigue conmigo, lo tiran fuera como al sarmiento y se seca; los recogen, los echan al fuego y se queman.

7Si seguís conmigo y mis exigencias siguen entre vos­otros, pedid lo que queráis, que se realizará. 8En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis co­menzado a producir mucho fruto por haberos hecho discí­pulos míos.

 



COMENTARIOS

I

 DEMASIADAS FACILIDADES

 En el mercado eclesiástico hay infinidad de palabras devaluadas, desprovistas de significado, vacías de contenido. "Cristiano" es una de éstas. Cualquiera puede llevar hoy este calificativo, obtenido a bajo precio. Es cristiano, se suele decir, el que está bautizado. Para bautizarse no se requiere nada, basta con que los padres de la criatura quieran, sean o no creyentes, vivan o no en cristiano.

Tan fáciles se han puesto las cosas en la Iglesia, que, de un puñado de discípulos que tuvo el Maestro nazareno, ya somos muchos millones los que pertenecemos, al menos oficialmente, a su grupo. Somos tantos los bautizados que incluso el bautismo se ha devaluado, reduciéndose, en un altísimo porcentaje de casos, a un rito casi puramente social, realizado por el sacerdote, en presencia de padres y familiares, a quienes el Evangelio y el estilo de vida de Jesús les suele traer sin cuidado, no entrando dentro de las coordenadas de sus vidas.

No fue así al principio. Jesús era más exigente que la organización eclesiástica actual y no admitía así porque sí a cualquiera para formar parte de su grupo. También es verdad que él ni siquiera se preocupó de bautizar a nadie, cosa que mandaría hacer más tarde a sus discípulos.

Dado que entre los primeros cristianos había también buenos y malos, el evangelista Mateo pone en boca de Jesús el criterio para distinguir a unos de otros: "Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7,16).

No bastaba, según Jesús, para ser su discípulo con estar bautizado o pertenecer a un determinado país o raza. Había que demostrarlo con un estilo de vida en consonancia con su Evangelio: "No basta decirme: Señor, Señor, para entrar en el Reino de Dios" (Mt 7,21). Había que hacer mucho más.

"Ve, vende lo que tienes y repártelo a los pobres, que tendrás un tesoro en el cielo; y anda, vente conmigo" -dijo al joven rico (Le 18,22) Para ser cristiano Jesús exigía abandonar la riqueza y compartirla con quienes no tienen. "Amaos como Yo os he amado" (Jn 15,12), "amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen" (Mt 6,43): sólo quien ama así lleva con dignidad el nombre de cristiano. "El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir" (Mt 20,28); "dejad que se acerquen los niños y no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el Reino de Dios" (Lc 18,17). El cristiano tiene que servir a los demás, colocándose en la sociedad entre los que no cuentan, como los niños.

Estas y muchas más son las exigencias del maestro. Según el Evangelio, no basta para ser cristiano con estar bautizado o pertenecer a la Iglesia oficialmente. "Por sus frutos los conoceréis". Sólo es cristiano quien adopta el estilo de vida de Jesús y se une a él como el sarmiento a la vid. Sólo ese dará fruto abundante (Jn 15,1-8).

Quizás, con tanta organización y tanta estructura y tanta gente y tantas facilidades, hayamos olvidado lo más importante.

 


 

II

 
EN COMUNIÓN CON JESÚS

No somos cristianos por nosotros ni para nosotros mismos. Es nuestra unión a Jesús, nuestra comunión con él dentro de la comunidad, lo que nos hace cristianos, y lo somos para dar fruto: vivir como hijos luchando, para que todos los hombres puedan vivir como hermanos.

 
LA VIÑA VERDADERA

Los jerarcas de la religión judía habían pretendido apro­piarse de la viña del Señor, del pueblo de Dios. Empezaron por decir que sólo estando con ellos se podía estar con Dios y que, por tanto, sólo dentro de su institución era posible conseguir la salvación. En realidad, lo que habían hecho era convertir la religión en un negocio que les proporcionaba enormes beneficios económicos, privilegios, honores y poder; las instituciones religiosas eran, más que un medio para encon­trarse con Dios, un obstáculo para llegar a él, porque a aque­llos jerarcas ni les importaba el pueblo ni les importaba Dios: sólo sus propios intereses, su prestigio, su poder. Su último crimen fue matar al heredero o, utilizando la imagen del evangelio del domingo pasado, para seguir explotando al re­baño, mataron y pretendieron suplantar al verdadero pastor.

En la larga conversación que mantiene con sus discípulos después de la última cena, Jesús les advierte que tengan cui­dado para que no se repita esa traición a Dios y a su pueblo y, al mismo tiempo, les da,  o mejor, les repite desde otro punto de vista, una magnífica noticia: él no va a dejar este mundo; él no va a abandonar a los suyos: se quedará con aquellos que decidan poner en práctica el mensaje que él, de parte del Padre, les ha ofrecido. Y allí donde él esté, estará la viña, el pueblo de Dios: «Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador.» El acceso a Dios de los seguidores de Jesús no estará ya mediatizado por ningún tinglado humano, pues el Padre y Jesús vivirán allí donde se viva y se practique el amor: «Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él» (Jn 14,23).

 

SEÑALES DE COMUNIÓN

 Vosotros estáis limpios por el mensaje que os he comunicado. Seguid conmigo, que yo seguiré con vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no seguís conmigo.

Que estamos en comunión con Jesús se deberá notar fun­damentalmente por dos cosas: la primera es haber quedado limpios por el mensaje que Jesús nos ha comunicado. Esto es, para aceptar el mensaje de Jesús hay que romper antes con el orden este, hay que dejarse limpiar de sus valores. Y, si después de haber aceptado el mensaje volvemos a contaminar­nos con esos falsos valores, debemos dejar que el Padre vuelva a limpiarnos. Y es que si se quiere estar en comunión con Jesús no se puede estar en comunión con todo aquello que lo llevó a él a la muerte: el egoísmo y la riqueza, la ambición y el poder, el gusto por los honores y las desigualdades; y hay que mantener una permanente vigilancia para que esos valores no nos contaminen.

La segunda es dar fruto. Porque, por supuesto, el grupo de Jesús, las comunidades cristianas y la gran comunidad universal no son una realidad puramente espiritual ni una escuela de perfección individual: su vocación es ser un ámbito de libertad donde los hombres puedan vivir como hermanos, y su tarea ofrecer a todos los hombres ese modo de vida como alternativa al modo de vivir que impone el orden este. Por eso Jesús quiere que se nos conozca y se nos reconozca como seguidores suyos; sólo así podremos dar el fruto que él espera de nosotros: vivir y proclamar su mensaje,. y así actuar como mediadores entre los que aún no lo conocen, ni a él ni al Padre, para que puedan llegar a conocerlo y a quererlo y, entrando en comunión con él y con todos los que participan de esta comunión, se incorporen a esa vid verdadera en la que, después de dejarse limpiar de los valores de este mundo mediante la aceptación del mensaje del evangelio, puede injer­tarse todo el que quiera trabajar para que todos los hombres vivamos como hermanos.

 

 ESTOS SON LOS FRUTOS

 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que sigue conmigo y yo con él, ése produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada... Si seguís conmigo y mis exigencias siguen entre vosotros, pedid lo que queráis, que se realizará. En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos.

El fruto que Jesús espera de nosotros es, por tanto, una realidad que presenta dos aspectos distintos, uno es el creci­miento personal, el ir haciéndose cada vez más hijos de Dios mediante la práctica del amor fraterno; el otro es el crecimien­to de la comunidad. Pero cuidado: que este crecimiento no es una cuestión de prestigio; no se trata de que nos enorgu­llezcamos diciendo «¡qué grande es nuestra santa religión!»Nuestro objetivo es el bien de los hombres: que cada vez haya más personas que encuentren su felicidad en la práctica del amor, en saberse hijos de Dios y hermanos de todos los hombres que acepten a Dios como Padre y a sus hijos como hermanos.

Y estos frutos sólo son posibles si estamos en comunión con Jesús, comunión que debe darse dentro de la comunidad cristiana o llevar a ella, pero que no debe confundirse ni suplantarse por ninguna otra comunión.

 


 
III

 1-2 «Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no produce fruto, lo corta, y a todo el que produce fruto lo limpia, para que dé más fruto».

En varios pasajes del AT, la vid o viña es el símbolo de Israel como pueblo de Dios (Sal 80,9; Is 5,1-7; Jr 2,21; Ez 19,10-12). La afirmación de Jesús se contrapone a esos textos; no hay más pueblo de Dios (vid y sar­mientos) que la nueva humanidad que se construye a partir de él (la vid verdadera, cf. 1,9: la luz verdadera; 6,32: el verdadero pan del cielo). Como en el AT, es Dios, a quien Jesús llama su Padre, quien ha plantado y cuida esta vid.

Advertencia severa de Jesús, que define la misión de la comunidad. Él no ha creado un círculo cerrado, sino un grupo en expansión: todo miembro tiene un crecimiento que efectuar y una misión que cumplir. El fruto es el hombre nuevo, que se va realizando, en intensidad, en cada individuo y en la comunidad (crecimiento, maduración), y, en extensión, por la propagación del mensaje, en los de fuera (nuevo nacimiento). La actividad, expresión del dinamismo del Espíritu, es la condicion para que el hombre nuevo exista.

El sarmiento no produce fruto cuando no responde a la vida que recibe y no la comunica a otros. El Padre, que cuida de la viña, lo corta: es un sarmiento que no pertenece a la vid.

En la alegoría,  la sentencia toma el aspecto de poda. Pero esa sentencia no es más que el refrendo de la que el hombre mismo se ha dado: al negarse a amar y no hacer caso al Hijo, se coloca en la zona de la reprobación de Dios (3,36). El sarmiento que no da fruto es aquel que pertenece a la comunidad, pero no responde al Espíritu; el que come el pan, pero no se asimila a Jesús.

Quien practica el amor tiene que seguir un proceso ascendente, un desarrollo, hecho posible por la limpia que el Padre hace. Con ella elimina fac­tores de muerte, haciendo que el discípulo sea cada vez más auténtico y más libre, y aumente así su capacidad de entrega y su eficacia. Pretende acrecentar el fruto: en el discípulo, fruto de madurez; en otros,  fruto de nueva humanidad.

 

3-4 «Vosotros estáis ya limpios por el mensaje que os he comunicado. Seguid conmigo, que yo seguiré con vos­otros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no se­guís conmigo».

Hay una limpieza inicial (cf. 13,10) y otra sucesiva, para el creci­miento. Sintetizando datos, la limpieza o purificación inicial la produce la op­ción por el mensaje de Jesús, que es el del amor. Este separa del mundo injusto y quita, por tanto, el pecado (1,29). Cuando el mensaje se hace práctica en la vida del discípulo, la actividad del amor va profundizando la purificación. Según el significado de “limpio/puro”, sólo quien practica el amor a los demás agrada a Dios; y ése no sólo tendrá aceeso al Padre, sino que el Padre vendrá a habitar con él  (cf. 14,23: vendremos a él...).

Jesús exhorta a sus discípulos a renovar su adhesión a él, mirando al fruto que han de producir. La unión con Jesús no es algo automático ni ritual, pide la decisión del hombre; y a la iniciativa del discípulos responde la fidelidad de Jesús (yo me quedaré con vosotros). Esta unión mutua entre Jesús y los suyos, vistos aquí como grupo, es la condición para la existencia de la comunidad, para su crecimiento y para que produzca fruto. Los discípulos no tendrán verdadero amor al hombre sin el amor a Jesús (14,15), y sin amor al hombre no hay fruto posible.

El sarmiento no tiene vida propia y, por tanto, no puede dar fruto de por sí; necesita la savia, es decir, el Espíritu comunicado por Jesús. Interrumpir la relación con él significa cortarse de la fuente de la vida y reducirse a la esterilidad.

5-6 «Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que sigue conmigo y yo con él, ése produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si uno no sigue conmigo, lo tiran fuera como al sarmiento y se seca; los recogen, los echan al fuego y se queman».

Repite Jesús su afirmación primera, ahora en relación no con el Padre, sino con los discípulos. Entre él y los suyos existe una unión íntima; la misma vida circ­ula en él y en ellos, gracias a la asi­milación a él (6,56: comer su carne y beber su sangre).

El fruto de que se hablaba antes se especifica ahora como mucho fruto (cf. 12,24). Éste está en función de la unión con él, de quien fluye la vida. Sin estar unido a Jesús, el discípulo no puede comunicarla (sin mí no podéis hacer nada). .

Pasa Jesús a considerar el caso contrario, la falta de respuesta. El porvenir del que sale de la comunidad por falta de amor es “secarse”, es decir, carecer de vida. El final es la destrucción (los echan al fuego y se queman). La muerte en vida acaba en la muerte definitiva.

7-8 «Si seguís conmigo y mis exigencias siguen entre vosotros, pedid lo que queráis, que se realizará. En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discí­pulos míos».

Sigue el tema de la fecundidad. La respuesta a las exigencias concretas del amor crea el ambiente de la comunidad (entre vosotros, cf. 5,38). Jesús se hace colaborador en la tarea de los suyos, sin límite alguno (lo que queráis). La sintonía con Jesús, creada por el compromiso en favor del hombre, establece su colaboración activa con los suyos. Pedir signi­fica afirmar la unión con Jesús y reconocer que la potencia de vida pro­cede de él.

La gloria, que es el amor del Padre, se manifiesta en la actividad de los discípulos, que trabajan en favor de los hombres. Esta afirmación pone el dicho en el contexto de las comunidades posteriores.

 



IV

 

Para entender bien este texto es necesario saber que tanto la vid (o las uvas) o como la higuera (o los higos) son símbolos del pueblo de Dios en el AT. Así el profeta Oseas (9,10), refiriéndose al pueblo, dice: "Como uvas en el desierto encontré a Israel, como breva en la higuera descubrí a vuestros padres". Jeremías (24,1-10) cuenta una visión con estas palabras: "El Señor me mostró dos cestas de higos... una tenía higos exquisitos, es decir, brevas; otra tenía higos muy pasados, que no se podían comer". Los higos exquisitos aparecen como figura de los desterrados fieles a Dios; los «muy pasados que no se podía comer» son figura del rey, sus dignatarios y el resto de Jerusalén que han quedado en Palestina o residen en Egipto (v. 8).

Pero tanto la vid (que da agrazones en lugar de uvas) como la higuera (abundante en hojas, pero sin frutos) son figura del pueblo judío y de sus gobernantes, que no se han mantenido fieles a Dios. El fruto que Dios esperaba de Israel era el cumplimiento de las dos exigencias fundamentales de la Ley: el amor a Dios y el amor al prójimo como a sí mismo (12,28-31). Practicar ese amor, encarnado, según Is 5,7 (cf. Mc 12,1-2), en la justicia y el derecho, era la tarea preparatoria de la antigua alianza en relación con el reinado de Dios prometido. Sin embargo este pueblo no ha dado los frutos deseados a lo largo de la historia. Así Jeremías (8,4-13), después de constatar la corrupción de Jerusalén, que, a pesar de todo, se gloría de la Ley, termina descorazonado diciendo: «Si intento cosecharlos, oráculo del Señor, no hay racimos en la vid ni higos en la higuera».

El texto completo de este pasaje del profeta ilumina el sentido de la esterilidad: "Así dice el Señor: «¿No se levanta el que cayó?, ¿no vuelve el que se fue? Entonces, ¿por qué este pueblo de Jerusalén ha apostatado irrevocablemente? Se afianza en la rebelión, se niega a convertirse. He escuchado atentamente: no dice la verdad, nadie se arrepiente de su maldad diciendo: «¿Qué he hecho?». Todos vuelven a su extravío... mi pueblo no comprende el mandato del Señor. ¿Por qué decís: «Somos sabios, tenemos la Ley del Señor»?, si la ha falsificado la pluma falsa de los escribanos... Del primero al último sólo buscan medrar; profetas y sacerdotes se dedican al fraude".

Semejante es el lamento de Miq 7,1ss: "¡Ay de mí! Me sucede como al que rebusca terminada la vendimia: no quedan uvas para comer, ni brevas que tanto me gustan". La decepción del profeta proviene de que los piadosos y justos han desaparecido de la tierra y todos cometen malas acciones. A la higuera-Israel la conmina Jesús en el evangelio de Marcos de este modo: «Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti».

No le lanza una maldición que le desee directamente la muerte o algún mal.

Jesús no expresa odio o aborrecimiento hacia la higuera-institución. De hecho, no le dice: "No produzcas fruto", ni tampoco anuncia que no encontrarán fruto en ella, condenándola a la esterilidad. Le dice: "Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti". Expresa así Jesús el deseo vehemente de que ninguna persona, judía o no, recurra para su alimento-vida a la higuera-institución o dependa de ella; quiere que la humanidad repudie su doctrina y su ejemplo; que nadie busque nada en ella ni acepte nada de ella; que quede aislada al margen de la sociedad humana, y termine así su papel histórico.

 El juicio tan tajante de Jesús sobre el templo y la institución, que los presenta como el prototipo de lo aborrecible, se debe a que ésta ha sido infiel a la misión que Dios le había asignado, en dos aspectos diferentes que serán explicitados en la perícopa siguiente: hacia fuera ha traicionado el universalismo que debía encarnar, y hacia dentro del pueblo se ha convertido en instrumento de explotación.

Con ello, siendo la institución judía con el templo la única representante en la tierra del verdadero Dios, deforma su imagen, convirtiéndolo en un Dios particularista y legitimador de la injusticia. Apaga así el faro que debía iluminar a la humanidad y cancela todo horizonte de esperanza. Es el juicio del Mesías sobre las instituciones de Israel. Constata el fracaso de la antigua alianza y, por su parte, declara el fin de la misión de Israel en la historia.

Como se ve, las palabras de Jesús no tendrán efecto más que si los cada uno siguiendo su deseo, renuncia a buscar alimento en la higuera, es decir, si dejan de profesar la ideología que la institución propone o las ventajas que procura la adhesión a ella. El cumplimiento de estas palabras, depende de la opción libre de los seres humanos.

Frente a aquel pueblo que había sido infiel a Dios a lo largo de la historia, Jesús funda un nuevo pueblo, una comunidad humana nueva, verdadero pueblo de Dios, cuya identidad le viene de la unión con Jesús, que le comunica incesantemente el Espíritu, y el fruto de su actividad depende de ella.

La vid o la viña es el símbolo de Israel como pueblo de Dios (Sal 80,9; Is 5,1-7; Jr 2,21; Ez 19,10-12). La afirmación de Jesús se contrapone a esos textos; no hay más pueblo de Dios (vid y sarmientos) que la nueva humanidad que se construye a partir de él (la vid verdadera, cf. 1,9: la luz verdadera; 6,32: el verdadero pan del cielo). Como en el AT, es Dios, a quien Jesús llama su Padre, quien ha plantado y cuida esta vid.

Advertencia severa de Jesús, que define la misión de la comunidad. Él no ha creado un círculo cerrado, sino un grupo en expansión: todo miembro tiene un crecimiento que efectuar y una misión que cumplir. El fruto es el hombre nuevo, que se va realizando, en intensidad, en cada individuo y en la comunidad (crecimiento, maduración), y, en extensión, por la propagación del mensaje, en los de fuera (nuevo nacimiento). La actividad, expresión del dinamismo del Espíritu, es la condición para que el hombre nuevo exista.

El sarmiento no produce fruto cuando no responde a la vida que recibe y no la comunica a otros. El Padre, que cuida de la viña, lo corta: es un sarmiento que no pertenece a la vid.

En la alegoría, la sentencia toma el aspecto de poda. Pero esa sentencia no es más que el refrendo de la que cada uno se ha dado: al negarse a amar y no hacer caso al Hijo, se coloca en la zona de la reprobación de Dios (3,36). El sarmiento que no da fruto es aquel que pertenece a la comunidad, pero no responde al Espíritu; el que come el pan, pero no se asimila a Jesús.

Quien practica el amor tiene que seguir un proceso ascendente, un desarrollo, hecho posible por la limpia que el Padre hace. Con ella elimina factores de muerte, haciendo que el discípulo sea cada vez más auténtico y más libre, y aumente así su capacidad de entrega y su eficacia. Pretende acrecentar el fruto: en el discípulo, fruto de madurez; en otros, fruto de nueva humanidad.

El sarmiento no tiene vida propia y, por tanto, no puede dar fruto de por sí; necesita la savia, es decir, el Espíritu comunicado por Jesús. Interrumpir la relación con él significa cortarse de la fuente de la vida y reducirse a la esterilidad.

El fruto de que se hablaba antes se especifica como mucho fruto (cf. 12,24). Éste está en función de la unión con él, de quien fluye la vida. Sin estar unido a Jesús, el discípulo no puede comunicarla (sin mí no podéis hacer nada). El porvenir del que sale de la comunidad por falta de amor es «secarse», es decir, carecer de vida. El final es la destrucción (los echan al fuego y se queman). La muerte en vida acaba en la muerte definitiva. Qué bien lo había entendido Juan en su carta cuando sentencia: «Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó». El amor es lo único que conduce a la vida verdadera y definitiva.

 

Nota: No es recomendable comentar este evangelio prescindiendo absolutamente del tema de su historicidad, comentar estas palabras de Jesús, como si fueran históricamente literales, como si Jesús hubiese pensado así... «Hasta hace 100 años –como todavía hoy en círculos poco instruidos- se tenía por cierto que la creencia en Jesús como Dios encarnado sebasaba con toda certeza en la propia enseñanza de Jesús (...). Difícilmente habrá un estudioso competente del Nuevo Testamento que este preparad para dedender que las cuatro veces que aparece la frase «Yo soy» en Juan puedan atribuirse históricamente a Jesús» (cf. John Hick), La metáfora de Dios encarnado, Abyayala, Quito 2004, adquirible por internet, y en varias librerías españolas). Permitir que siga habiendo personas que se mantengan en una «ignorancia vencible» sobre este punto vendría a ser un flaco favor al pueblo de Dios.



  

Para la revisión de vida

¿Vivo realmente unido a un tronco, a unas raíces? ¿Cuál es el tronco en el que estoy establecido? ¿Cuáles son las raíces últimas que alimentan mi vida?

 ¿Estoy en verdad unido a Dios? ¿Soy realmente teocéntrico o me pierdo en ramas y sarmientos laterales, en mediaciones religiosas que me apartan del verdadero y absoluto centro?

 

Para la reunión de grupo

 Juan elabora su evangelio cargado de teología y de proclamación de fe. Hasta hace unos 70 años el cristianismo católico consideró las palabras puestas por Juan en boca de Jesús como literalmente históricas, pronunciadas además por una persona que tenía plena y absoluta conciencia de sí misma como Hijo de Dios. Hoy día, ningún biblista piensa así. ¿Dialogar en el grupo –con ayuda de algún experto si hace falta- sobre «la conciencia de Jesús».

Si esas palabras no son de Jesús, sino de Juan, ¿qué cambia? ¿Nada? ¿Algo? ¿Qué? ¿Su autoridad? ¿Su sentido? ¿La hermenéutica con que deben ser interpretadas?

 Cuando Jesús dice que es él la vid y que los sarmientos no pueden tener vida sino unidos a la vid… ¿lo está diciendo en un sentido absoluto y universal? ¿Todo ser humano se salva sólo por su unión a la vid que es Jesús? ¿Y quienes no conocen a Jesús se salvan? ¿Cómo? El lenguaje de la vid es metafórico o descriptivo? ¿Es real?

¿Cabe entender la imagen de la unión de la viña con los sarmientos como una justificación de una «vida espiritual» intimista, individual? ¿Puede mirarse también en perspectiva comunitaria?

Gianni Vattimo ha publicado un artículo en el que considera a las religiones como higueras secas... Puede ser objeto de un diálogo-debate en el grupo. (http://www.elpais.com/articulo/opinion/religion/enemiga/civilizacion/elpepiopi/20090301elpepiopi_12/Tes/).

 

Para la oración de los fieles

Para que toda la Iglesia siga siendo en medio del mundo el Camino, la Verdad y la Vida que fue y es Jesús para todos nosotros. Oremos.

Para que sepamos orientar a las personas, especialmente a los jóvenes, que buscan su camino en la vida. Oremos.

Para que seamos, con nuestro ejemplo de solidaridad con los pobres y necesitados, luz orientadora de los que buscan la verdad. Oremos.

Para que seamos fomentadores y transmisores de vida entre quienes andan en sombras de muerte. Oremos.

Para que con creatividad y solidaridad, construyamos el templo de piedras vivas que es la comunidad. Oremos.

Para que corroboremos siempre nuestras palabras con el testimonio vivo de nuestra propia vida. Oremos.

 

Oración comunitaria

Oh Dios, Misterio incomprensible, Presencia inasible, Amor inexpresable, Luz inefable. Ayúdanos a comprender que la Verdad está más allá de nuestras formulaciones, que la Vida eres Tú mismo, y que los Caminos que conducen a Ti son infinitos. Nosotros concretamente te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo y hermano mayor nuestro. Amén.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org