SEXTO DOMINGO DE PASCUA
CICLO "B"


Primera lectura: Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48
Salmo responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 1 Juan 4, 7-10


EVANGELIO
Juan 15, 9-17

 9Igual que el Padre me demostró su amor, os he de­mostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. 10Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Pa­dre y me mantengo en su amor. 11Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.

12Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado. 13Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos. 14Vosotros sois amigos míos si hacéis lo que os mando. 15No, no os llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a vosotros os vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre os lo ha comunicado. 16No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure; así, cualquier cosa que le pidáis al Padre en unión conmigo, os la dará.  17Esto os mando: que os améis unos a otros.

 


 

COMENTARIOS

 
I

 EL CAMINO DE LA AMISTAD

 Unos le llamaban Hijo de David sin que nada en su exterior diera signos de realeza; los maestros de la época lo consideraban rabino como ellos; los más atrevidos le decían "Señor", y se postraban de rodillas dirigiéndole la súplica de turno. "Pasó la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo" (Hch 10,38). No mandó aprender de memoria ni cánones, ni libros,  ni discursos propagandísticos. No dejó escrito nada, ni siquiera sus memorias; de escribir se encargarían más tarde sus discípulos.

A pesar de ello, todos lo consideraron Maestro, con una autoridad e impronta personal que no tenían los doctores del tiempo.

El, sin embargo, prefería que lo reconocieran como "amigo" a secas. Como tal había pasado por la vida: con la mano tendida hacía todos, con el dedo denunciando la opresión del pobre; con la voz, la amenaza y el gesto adusto de quien lucha contra la hipocresía y anuncia una nueva sociedad: la sociedad del amor mutuo.

Como amigo no tuvo nunca secretos: todo lo que había dentro de si lo comunicó, lo compartió. Al final, en su última cena, lo dejó dicho claramente: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).

Un amigo: esto fue Jesús. Amigo que ama hasta el colmo, dispuesto siempre a servir, sin secretos ni trastienda ni dobles intenciones; amigo que da y se da hasta perderse. Algo que, según el libro del Eclesiástico (6,14) "no tiene precio ni se puede pagar su valor: quien lo encuentra, encuentra un tesoro".

Daba su amistad a cuantos la aceptaban; la brindaba a todos. Sólo ponía una condición: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando"(Jn 15,14). Y lo que mandaba era algo realmente difícil de mandar y que, si no surge de dentro, por mucho que se mande no se realiza: "Que os améis unos a otros como Yo os he amado" (Jn 15,12). No hay amistad sin amor, ni amor sin comunicación, ni comunicación sin entrega total, ni entrega sin situarse al mismo nivel de la persona amada, dejando títulos, privilegios, derechos o superioridades.

Enseñó a sus discípulos todo lo que había oído de su padre-Dios; en resumidas cuentas: que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios y ha nacido para ser libre y amar y que, al final, todo se reduce a esto; sin esto nada tiene sentido desde el principio.

Después de aquella cena -la última- sabemos lo que pasó: el odio del mundo lo quitó de en medio. Sus verdugos, sin saber lo que hacían, lo colocaron en lo alto de un monte para que todos, al mirarlo, aprendiéramos el camino de la amistad y del amor. Los demás caminos son callejones sin salida para el corazón humano.



 

II

 
LA EXPERIENCIA DEL AMOR COMPARTIDO

 Lo que Dios quiere de los hombres no es que le demos gloria (además, ¿qué es lo que nosotros podemos darle a Dios? ¿Qué es lo que Dios puede necesitar de nosotros?). Lo que Dios quiere es que seamos felices y que nuestra alegría llegue al colmo.

 
A MAYOR GLORIA DE DIOS

Dar gloria a Dios es la razón de nuestra existencia. Esto nos han dicho durante mucho tiempo. Y es verdad. Lo que pasa es que lo que se nos decía que era dar gloria a Dios (organizar ceremonias muy solemnes, aumentar cada vez más el número de afiliados a las organizaciones religiosas, a las cofradías..., dar mucho prestigio a las instituciones eclesiásticas...) todo eso no es seguro que coincida con la gloria que Dios quiere que se le dé y se le reconozca.

En el evangelio de Juan, la gloria de Dios no es ni más ni menos que el amor de Dios que se ve y se reconoce, el amor leal que se puede experimentar y contemplar en Jesús de Nazaret. Ya desde el principio del evangelio queda claro en qué consiste esta gloria de Dios: «Así que la Palabra se hizo hombre, acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre-: plenitud de amor y lealtad» (Jn 1,14). Y cuando está para consumarse su entrega, al final del largo discurso con el que Jesús se despide de sus discípulos después de la última cena, Jesús hace una oración, dirigida al Padre, que empieza con estas palabras: «Padre, ha llegado la hora: manifiesta la gloria de tu Hijo para que el Hijo manifieste la tuya... Yo he mani­festado tu gloria en la tierra dando remate a la obra que me encargaste realizar» (Jn 17,1.4). Ésta es la gloria de Dios, la gloria que Dios quiere que se le reconozca: su amor sin límite manifestado en el amor sin límite de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios que entrega su vida por amor a los hombres, para que los hombres aprendan a hacerse hijos de Dios entre­gando su vida por amor a los hombres.

 

«MANTENEOS EN MI AMOR»

Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor.

La frase inmediatamente anterior al evangelio de este do­mingo es ésta: «En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos» (Jn 15,8). Ésta es la gloria que Dios quiere que le demos: que nos quedemos siempre dentro del ámbito de su amor y que actuemos en consecuen­cia; que demos fruto, como decíamos el domingo pasado, practicando el amor fraterno y agrandando cada vez más el espacio donde se practica el amor.

Por eso el evangelista repite dos veces más el mandamiento nuevo, el que sustituye a todos los demás mandamientos: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado:» Este es el fruto que Dios quiere. Esta es la gloria que Dios quiere recibir de nosotros.

Si realmente queremos darle gloria a Dios, como Dios quiere que se la demos, no tenemos otro camino que éste: amar a nuestros hermanos con el amor que, a través de Jesús, recibimos del Padre.

Es importante destacar que, al formular este mandamien­to, Jesús se olvida de Dios. No nos exige que amemos a Dios, sino que nos dejemos querer por él, que permitamos que su amor fluya a través de nosotros y se comunique a nuestros hermanos; de esta manera, brilla, se manifiesta y puede ser contemplada la gloria de Dios.

 

EL COLMO DE ALEGRÍA

Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo. Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado.

Pero lo que Dios quiere no es la gloria para sí; el manda­miento de Jesús no está orientado a mayor gloria de Dios. Lo que Dios quiere no es mostrar a los hombres que es infinita­mente bueno; esto es algo que se producirá de una manera indirecta. Lo que Dios quiere, lo que Dios busca, lo que Dios pretende -porque él es infinitamente bueno-, es el bien del hombre la felicidad del hombre: «Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.» Él sabe que sólo el amor puede dar a los hombres la felicidad y, primero, nos muestra su amor en el amor de Jesús, para después decirnos que sólo en la medida en que seamos capaces de amar al estilo de Jesús, la felicidad podrá ir adueñándose de este mundo en el que hemos dejado que eche raíces tanto odio, tanto egoísmo, tanta violencia, tanto sufrimiento, tanta muerte y, por eso, tanta tristeza.

Si le hacemos caso, por supuesto que en el mundo resplan­decerá la gloria de Dios. Pero ese resplandor no será otra cosa que la alegría de los hombres, la profunda felicidad que se encuentra en la gozosa experiencia del amor compartido.



  

III

 9-11 «Igual que el Padre me demostró su amor, os he de­mostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Pa­dre y me mantengo en su amor. Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo».

El Padre de­mostró su amor a Jesús comunicándole la plenitud de su Espíritu (1,32s), su gloria o amor fiel (1,14). Jesús demuestra su amor a los discípulos de la misma manera, comunicán­doles el Espíritu que está en él (1,16; 7,39). La unión a Jesús-vid, expuesta en la perícopa anterior (15,lss), se expresa ahora en términos de amor. Como respuesta permanente al amor que les ha mostrado, pide Jesús a sus discípulos que vivan en el ámbito de ese amor suyo (cf. 15,4). Tal es la atmósfera gozosa en que se mueve el seguidor de Jesús.

Pone en paralelo la relación de los discípulos con él y la suya con el Padre (10,15); la fidelidad del amor se expresa en ambos casos por la respuesta a las necesidades de los hombres (cumplir los mandamientos del Padre / de Jesús). Los mandamientos o encargos del Padre a Jesús se identifican con su misión, la de ofrecer a la humanidad la plenitud de vida.

 El criterio objetivo que permite verificar la unión del discípulo con Jesús y con el Padre es el amor de obra (cf. 1 Jn 3,14); éste amor demuestra la autenticidad de la experiencia interior. Es decir, la praxis de los discípulos asegurará la unión con Jesús, la permanencia en el ámbito de su amor. No existe amor a Jesús sin compromiso con los demás.

La alegría es objetiva, por el fruto que nace (15,8), y subje­tiva, porque el amor practicado renueva en el discípulo la experiencia del amor del Padre. Los discípulos, por entregarse como Jesús, viven circundados por su amor. Pero además, Jesús comparte con ellos su propia alegría, la que procede del fruto de su muerte y de su experiencia del Padre; así lleva a su colmo la de los discípulos. Éstos, por tanto, deben integrar su experiencia de alegría en otra más amplia, la de Jesús, pues el fruto que producen ellos es parte del que produce en el mundo entero el amor de Jesús demostrado en su muerte, y la experiencia del Padre que tienen ellos es una participación de la plena comunión con el Padre que posee Jesús.

Como se ve, la relación de los discípulos con Jesús no tiene un carácter adusto, sino alegre; a continuación va a formlarse en términos de amistad.

 

12-15 «Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado. Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos. Vosotros sois amigos míos si hacéis lo que os mando. No, no os llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a vosotros os vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre os lo ha comunicado».

El mandamiento que constituye la comunidad y le da su identidad (13,34) es, al mismo tiempo, el fundamento de la misión. Por eso, Jesús lo enuncia por segunda vez, ahora en relación con el fruto. No se puede proclamar el mensaje del amor si no es apoyados en su experiencia. Y donde no existe comunidad de amor mutuo como alternativa a la sociedad injusta, no puede haber misión.

Señala Jesús cuál es la cima del amor a los amigos, llegar a dar la propia vida por ellos. A continuación explica la adhesión a él en términos de amistad. Ésta nace de la comunidad de ideal y de la común vivencia de entrega, efectos de la posesión del mismo Espíritu. Ha pasado de la metáfora local usada antes (15,4: seguir inser­tados en la vid) a la relación personal (amigos).

El amor mutuo hace hijos de Dios y da a los discípulos la característica de Jesús. Por eso requiere Jesús que la relación entre los suyos y él se conciba como amistad. Siendo el centro del grupo, no se coloca por en­cima de él; se hace compañero de los suyos en la tarea común.

En el contexto de misión, la amistad con Jesús se traduce en la colaboración en un trabajo que es de todos y se considera responsabilidad de todos; por eso la alegría de la misión se comparte con él (v. 11).  La igual­dad y el afecto crean la libertad. La comunicación de vida no produce subordinación, sino compenetración e intimidad.

La diferencia entre el siervo y el amigo estriba en la ausencia o realidad de la confianza. Jesús, que va a morir por los suyos, no tiene secretos para ellos.  Lo que ha oído del Padre y les ha comunicado por entero es el designio divino sobre el hombre y los medios para realizarlo. La relación entre amigos no es ya la de maestro y discípulo; ha terminado el aprendizaje, pues Jesús se lo ha comunicado todo a ellos. No se reserva ninguna doctrina, no imparte ninguna enseñanza esotérica ni forma ningún círculo privilegiado.

 

16-17 «Más que elegirme vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure; así, cualquier cosa que le pidáis al Padre en unión conmigo, os la dará. Esto os mando: que os améis unos a otros».

El dicho de Jesús se refiere a todo discípulo. En cierto modo, él ha elegido a la humanidad entera, pues ha venido a que el mundo por él se salve (3,17; 12,47); al acercarse el individuo a él, esa elección general queda concretada y realizada por la acogida que Jesús le hace.

La frase expresa la experiencia de cada cris­tiano, pues éste, aun siendo consciente de su opción libre por Jesús, sabe que no puede atribuir sólo a su iniciativa la condición de miembro de la nueva comu­nidad; había un amor precedente, en cuyo ámbito él ha entrado. Esta conciencia funda la acción de gracias.

Jesús los elige para la misión; los discípulos son colaboradores suyos. No los admite ni los envía en condiciones de inferioridad, sino en el plano de la amistad y de la cooperación.

Los discípulos han de recorrer, en medio de la humanidad, su camino hacia el Padre, el de su entrega a los demás. Secundarán así el propósito de Jesús, que es llevar a su fin la creación del hombre, hacer hombres adultos, libres y responsables, animados por su mismo Espíritu, que reproduzcan sus rasgos en medio del mundo y se sumen a su obra. A través de ellos se irá realizando la salvación.

La labor de los suyos debe tener un efecto duradero que vaya cambiando la sociedad (que vuestro fruto dure). La eficacia de la tarea no se mide tanto por su extensión como por su profundidad, de la que depende la duración del fruto.

La dedicación a realizar las obras de Dios (9,4), que es la sustan­cia de la misión, pone a disposición de los discípulos la fuerza del Pa­dre. A través de ellos se vierte en el mundo el torrente de su amor.

Para terminar la sección sobre el amor, repite Jesús su mandamiento (cf. v. 12), que enuncia la condición para estar vinculados a él y producir fruto. La repetición es, al mismo tiempo, un aviso: si no existe esta calidad de amor, falta lo esencial.

 



IV

 La imagen de la vid y los sarmientos es empleada por Juan para hacer referencia a la necesidad que tiene la comunidad cristiana de estar con Jesús, especialmente en los momentos de crisis y de persecución. Este texto es un llamado urgente a la comunidad del discípulo amado a mantenerse firme en el proyecto alternativo iniciado por Jesús, tal como los sarmientos se deben a la vid, con el fin de permanecer vivos y fecundos.

Dentro de este pasaje encontramos uno de los dichos más frecuentes en el evangelio de san Juan: “Yo Soy”; este dicho tiene una característica particular en el texto que leemos hoy; no sólo se refiere a Jesús (Yo soy la Vid), sino que se hace extensivo a los discípulos (Ustedes son los sarmientos), lo cual nos indica, por medio de la terminología “yo soy/ustedes son”, la relación viva entre Jesús y sus seguidores, entre Dios y su Pueblo, a ejemplo del Antiguo Testamento en donde vemos a Israel como la viña de Dios (Cfr. Is 5,1-7). Siguiendo este esquema propuesto por el AT, Jesús es la Vid y sus seguidores, el Nuevo Israel. La unión íntima de Jesús con el Padre lo convierte en una vid fecunda, viva y radiante, a diferencia de Israel, que muchas veces se separó de Dios, perdiendo su identidad como pueblo elegido. La comunidad de discípulos se convierte entonces en el Nuevo Israel, en los nuevos sarmientos de la vid llamados a ser fieles, para que no sean separados de Jesús y no se sequen y se consuman en el fuego.

 

Como podemos ver, la permanencia, la vitalidad y la fecundidad de los sarmientos/creyentes, dependen totalmente de la unión a la vid; dependen de la fidelidad a Jesús. Sin Jesús la comunidad de discípulos es estéril; separados de él no pueden hacer nada, no tienen razón de ser en el mundo; al separarse de la fuente de la vida sólo sirven para alimentar el fuego. Pero, si se mantienen unidos al Señor, darán fruto y serán premiados con la salvación venida del mismo Dios.

 

De los frutos de esa permanencia fiel a Jesús nos habla Juan en su primera carta, afirmando que el amor y el creer son las consecuencias del pertenecer a la vid verdadera. El creyente que dice amar debe expresarlo en sus obras con espíritu de verdad; debe amar con sinceridad, con transparencia, con buena voluntad, con un corazón humilde que transparente la bondad y la misericordia de Dios para con sus hijos. Los frutos de la vinculación íntima con Jesús se expresan en la disposición de cada uno de los creyentes a guardar y vivir los mandamientos y a hacer lo que es agradable a Dios.   

Es urgente para la Iglesia de hoy, con sus luces y sus sombras, aferrarse mucho más al que es la Vid Verdadera, con el fin de dar los frutos propios de su vocación: creer fielmente en Jesús resucitado y amar apasionadamente a la humanidad. Estos dos rasgos de la Iglesia son fundamentales para que realmente sea ella testigo de la voluntad más entrañable de Dios, que consiste en acercar cada vez más a la humanidad, por medio del amor incondicional a los demás, a la salvación y a la liberación. La Iglesia libera y salva del egoísmo y de la muerte cuando hace creíble en el mundo el mandamiento del amor. Cuando la Iglesia tiene como prioridad el amor, evidenciado en sus obras, está demostrando que se ha mantenido fiel a su Maestro y que, por lo mismo, tiene sentido en el mundo; si no ama, si no es solidaria con la causa de los débiles quiere decir que se ha apartado de su Señor y, como consecuencia de ello, será tirada “afuera como el sarmiento, y se secará”.

 

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La primera lectura de este domingo, el famoso episodio de la visita de Pedro a Cornelio, en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, refleja simbólicamene un momento importante del crecimiento del «movimiento de Jesús»: su transformación en una comunidad abierta, transformación que le llevará más allá del judaísmo en el que nació. Dejará de identificarse con una religión étnica, una religión casada con una etnia y su cultura, religión étnica que se tenía por la elegida, y que miraba a todas las demás por encima del hombro considerándolas «los gentiles», dejados de la mano de Dios. Es un tema muy importante, y relativamente nuevo, en todo caso, desatentido por la teología tradicional. Para una homilía puede merecer la pena, más que insistir en el tema eterno del amor...

El pasaje se presta además para toda una lección de teología. Es bueno recomendar a los oyentes que no se queden con la referencia entrecortada que habrán escuchado en la lectura (una selección de unos cuantos versículos salteados), sino que la lean en casa despacio (sin más: “el capítulo 10” de los Hechos, y que saquen sus conclusiones. También se puede recomendar a los grupos e estudio de la comunidad parroquial que lo tomen para su estudio.

Pedro ni sus compañeros de comunidad, todavía no se llamaban «cristianos»... eran simplemente judíos conmovidos por la experiencia de Jesús. Y observaban todas las leyes del judaísmo. Una de ellas era la de no mezclarse con «los gentiles». Y eran leyes sagradas, que eran normalmente observadas por todos, y cuyo incumplimiento implicaba incurrir en «impureza» y obligaba a molestas prácticas de purificación.

Pero Pedro da varios saltos hacia adelante. En primer lugar deja de considerar profano o impuro a ninguna persona, a pesar de que se lo mandaba la ley; es como el levantamiento de una condenación de impureza que pesaba sobre las “otras” religiones desde el punto de vista del judaísmo. Y en segundo lugar «cae en la cuenta» de que Dios no puede tener acepción de personas, ni de religiones, sino que no hace diferencia entre las personas según su etnia o su cultura-religión: acepta a quien practica la justicia, sea de la nación que sea. Es un salto tremendo el que dio Pedro.

 

Respecto al primer punto, de la valoración negativa de las demás religiones, en la historia subsiguiente se retrocedería: se llegaría a pensar que las otras religiones serían... no sólo inútiles, sino falsas, o incluso negativas, hasta diabólicas. Por poner sólo un ejemplo: el primer catecismo que se escribió en América Latina, nada menos que por el profético Pedro de Córdoba, superior de la comunidad dominica de Antonio Montesinos, declara en su primera página: «Sabed y tened por cierto que ninguno de los dioses que adoráis es Dios ni dador de vida; todos son diablos infernales».

Respecto al segundo punto, la «no acepción de personas por parte de Dios en lo que se refiere a razas, culturas y religiones», o lo que es lo mismo, la igualdad básica ante Dios de todos los seres humanos –incluyendo todas sus culturas y religiones-, hoy mismo continuamos en retroceso con relación a Pedro: la posición oficial de la Iglesia católica dice que las «otras» religiones «están en situación salvífica gravemente deficitaria» (Dominus Iesus 22).

Paradójicamente, la posición de Pedro en los Hechos de los Apóstoles resulta más afín a la mentalidad de hoy que nuestra teología oficial actual. Es por ello por lo que, en este domingo, confrontarse con la Palabra de Dios puede traducirse en una aplicación concreta a nuestras maneras de pensar respecto a las otras religiones. En el guión subsiguiente proporcionamos algunas cuestiones para un tratamiento pedagógico del tema.

 

El evangelio de hoy, de Juan, es el del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Pocas palabras deben saturamos tanto en el lenguaje cotidiano como ésta: «amor». La escuchamos en la canción de moda, en la conductora superficial de un programa de televisión (tan superficial como su animadora), en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela (más superficial aún que la animadora, si eso es posible)... Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. ¡Pero, sin embargo, la palabra es la misma!

El amor en sentido cristiano no es sinónimo de un amor «rosado», sensual, placentero, dulzón y sensiblero del lenguaje cotidiano o posmoderno. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida».

Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone la exigencia -«mandamiento»- que nace del mismo amor, y por tanto es libre, de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar «como» él movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Ese amor no tendrá la liviandad de la brisa, sino que permanecerá, como permanece la rama unida a la planta para dar fruto. Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre. Esto genera una unión plena entre todos los que son parte de esta «familia», y que llena de gozo a todos sus miembros donde unos y otros se pertenecen mutuamente aunque siempre la iniciativa primera sea de Dios.



 

Para la revisión de vida

El amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón como una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo muestro yo mi amor a Dios y al prójimo, con sentimentalismos o, como Él nos dice, cumpliendo su voluntad?; ¿vivo mi fe como un «asunto del corazón» o como un asunto de mi vida entera?; ¿recuerdo y vivo aquello de «obras son amores y no buenas razones»?

 

Para la reunión de grupo

«Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y practica la justicia, sea de la nación que sea», dice Pedro en casa del gentil Cornelio. Ser «de otra nación» significaba entonces ser de otra religión, no ser del «pueblo elegido»... Este principio que Pedro proclama en los Hechos de los Apóstoles, ¿sería una afirmación del principio teológico del «pluralismo religioso»? (O sea, de que la salvación no está mediada necesariamente por el judaísmo ni por el cristianismo, sino únicamente por Dios?

El «amor» ha sido considerado siempre, con razón, una expresión del núcleo mismo del mensaje del cristianismo. Sin embargo aparece pocas veces explícitamente en el mensaje de Jesús (fuera de las palabras que Juan pone en su boca). Tampoco «Iglesia» es una palabra que aparezca un número significativo de veces, teniendo en cuenta que Jesús habría venido «a fundar la Iglesia». ¿Cuál es la categoría que sí fue la central y la «obsesiva» para el Jesús histórico, aquello de lo que él hablaba explícitamente e insistía, aquello con lo que constantemente soñaba y por lo que luchaba?

Feuerbach decía que «Juan dijo que Dios es amor, pero la verdad es que el amor es Dios». ¿Hay contradicción entre una afirmación y otra? ¿Se puede establecer algún tipo de conciliación?

El Espíritu es la fuerza que nos capacita para cumplir la tarea que Dios nos asigna a personas y comunidades; sin Espíritu, la religión se queda en magia; con Espíritu se convierte en vida; ¿cómo celebra nuestra Iglesia los sacramentos: como ritos mágicos, como celebraciones folclóricas? ¿En qué sentido?

 

Para la oración de los fieles

Por la Iglesia, para que siempre sea consciente de que su vida no está en sus normas e instituciones sino en dejarse llegar por el Espíritu, y no se anuncie a sí misma sino el Reino de Dios. Roguemos al Señor.

Por todos los creyentes, para que sintamos siempre el gozo y la alegría de haber recibido la Buena Noticia y sintamos también el impulso de anunciarla a los demás. Roguemos al Señor.

Por todos los que ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres, para que nuestro testimonio les abra una puerta a la esperanza. Roguemos al Señor.

Por los jóvenes, esperanza del mundo del mañana, para que se preparen a construir un mundo mejor, más solidario, más justo y más fraterno. Roguemos al Señor.

Por todos los pobres del mundo, para que los cristianos, con nuestra fraternidad solidaria, seamos causa real de su esperanza en verse libres de sus limitaciones. Roguemos al Señor.

Por todos nosotros, para que formemos una verdadera comunidad en la que se alimente nuestra fe y nuestra esperanza, de modo que podamos transmitir nuestro amor a los demás. Roguemos al Señor.

 

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, has hecho renacer nuestra esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva; te pedimos que nos hagas apasionados seguidores de su Causa, de modo que sepamos transmitir a nuestros hermanos, con la palabra y con las obras, las razones de la esperanza que nos sostiene. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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