SANTÍSIMA TRINIDAD
CICLO "B"


Primera lectura: Deuteronomio 4, 32-34. 39-40
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: Romanos 8, 14-17


EVANGELIO
Mateo 28, 16-20

 16Los once discípulos fueron a Galilea al monte donde Jesús los había citado. 17A1 verlo se postraron ante él, los mismos que habían dudado. 18Jesús se acercó y les habló así:

-Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tie­rra. 19Id y haced discípulos de todas las naciones, bauti­zadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo  20y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mi­rad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad.


 

COMENTARIOS

 I

 Esto de la Trinidad, tal y como lo han predicado, suena a "música celestial". Es un misterio, se ha dicho; no hay quien lo entienda. Al fin y al cabo, por mucho que nos esforcemos, nunca vamos a poder desvelarlo. "Un sólo Dios y tres personas distintas. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios".

Cuando para la mayoría de los cristianos el misterio de la Trinidad está entre paréntesis, hablar ahora de ella y de sus implicaciones en la vida ciudadana puede parecer el colmo de la paradoja. Pero, a pesar de todos los pesares, vamos a intentarlo porque, si creemos que el hombre está hecho a imagen de Dios, nos debe preocupar conocer su verdadero rostro para entender el nuestro.

Las ideas que tenemos de Dios, por regla general, no son demasiado cristianas, digámoslo abiertamente. Se han infiltrado en el cristianismo cuando éste se sumergió en la cultura griega. En el mejor de los casos son herencia del judaísmo.

Para unos Dios es "ese algo que mueve todo esto por ahí arriba", el principio y fin de todo, lo del "motor inmóvil" de Aristóteles, o aquello de la "inteligencia creadora" que apunta Platón en el Filebo. Para otros, Dios es alguien, pero implacable, irascible, celoso, vengativo, justiciero, aguafiestas, tapahuecos, inmóvil, impasible... Imágenes de un Dios cancelado por Jesús hace veinte siglos. Dios no es así.

Dios no es algo, sino alguien. Nos lo dijo Jesús: "Cuando oréis decid: Padre..." (en arameo, la lengua hablada de Jesús: "abbá" = papá). Que a Dios se le llamaba Padre estaba dicho y descubierto muchos siglos antes de Jesús. En oraciones sumerias como el Himno de Ur a Sin, dios lunar, el orante lo invoca como "Padre magnánimo y misericordioso en cuya mano está la vida de la nación entera". Lo nuevo y provocativo es que Jesús le llame "papá".

Pero hoy que está en crisis la imagen del padre, que hay crisis de autoridad, ¿debemos seguir hablando de Dios como Padre-papá? ¿No será contraproducente? ¿Qué clase de padre es Dios?

Dios, el Dios de Jesús, es padre, pero no paternalista ni autoritario. En esto radica la crisis de autoridad que atravesamos. Juan dice en su Evangelio: "El padre y yo somos una misma cosa" y Jesús dice a su Padre: "Yo sé que siempre me escuchas". La primacía del Padre en la Trinidad no se ejerce en menosprecio o anulación del Hijo, sino con una autoridad que resulta paradójica: "El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos". Confianza y entrega plena es el clima de las relaciones entre Padre e Hijo.

Dios es también Hijo (palabra que proviene del latin "filius" y ésta de "filum"= hilo). Dicho de otro modo, Dios es dependiente. En toda familia, el hijo depende al nacer de los padres, pero para subsistir como persona tiene que cortar el cordón umbilical. Dependencia originaria y autonomía consecuente. En nuestra sociedad se da actualmente un rechazo del padre por parte de los hijos, de la autoridad por parte de los gobernados; se puede hablar ya de un mundo que abandona su ser patriarcal. ¿Y no será porque el padre corta la aspiración del hijo y porque el hijo, al subrayar su libertad, no reconoce su dependencia del padre? En la Trinidad divina no sucede así. El Hijo no rechaza al Padre. Es camino e imagen del mismo. "Quien me ve a mí ve al Padre". No hay dominación sufrida por el Hijo, ni anarquía reivindicada en Jesús. Hay amor que lo iguala todo, gracias al Espíritu.

Porque Dios, finalmente, es Espíritu. Como viento y fuego, calor, libertad, amor. Sin el Espíritu la relación Padre-Hijo se convierte en tortura y martirio de frialdad y desamor.

Y aquí es donde la Trinidad se convierte en lección de vida ciudadana. Autoridad y paternidad en nuestra sociedad, sí; pero no autoritarismo ni paternalismo. Dependencia de hijos a padres, pero sin atentar contra la autonomía de cada uno. Y sobre todo amor, libertad, escucha, calor de hogar.



 

II

Esta es la Buena Noticia, el corazón del evangelio: Dios ya no se llama Dios, sino Padre, o mejor, «Papá», que sería la expresión española más cercana a la que usaba Jesús, «abba», y que, según San Pablo, es también la que gritan, a una sola voz, el Espíritu y nuestro espíritu (Rom 8,15-16).

"Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad".

 
VINCULADOS AL PADRE...

No. Dios no es un amo. Y nosotros no somos sus siervos. A pesar de algunas expresiones que se conservan todavía en ciertas oraciones del Misal Romano. Dios no quiere siervos, quiere hijos.

Si observamos con atención la imagen de Dios que ofrecen las distintas religiones de la tierra, al menos las más conocidas, veremos que en todas ellas Dios es presentado como el amo absoluto de todas las cosas: de la vida y de la muerte, de la felicidad y de la desgracia, de las cosas y de las personas. Y esta imagen de un dios-amo acaba siempre siendo utilizada para justificar la existencia de otros amos, éstos de tejas para abajo.

Esta es la inmensa revolución que se produce con el men­saje de Jesús de Nazaret: Dios ya no se llama «el Señor», se llama ¡Padre! Ya no se puede justificar ninguna esclavitud; ninguna actitud servil está justificada. Porque los hombres, para Dios, ya no son siervos, sino hijos.

A este respecto, es interesante recordar la respuesta que recibe de su padre - figura de «el Padre»- el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Éste se quejaba porque su padre, para celebrar la vuelta de su hermano menor -que había abandonado a su padre y a su familia y que volvía después de haberse dado la buena vida y de haber despilfarra­do toda su herencia-, había mandado matar el ternero ceba­do, mientras que a él, que siempre había sido muy obediente y sumiso, jamás le había dado ni siquiera un cabrito para celebrar una fiesta con sus amigos. A esta queja el padre responde: «Hijo, ¡ si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!». Aquel pobre muchacho era seguramente muy bue­no..., pero ¡no sabía vivir como hijo! «... en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo... » Con estas palabras había iniciado su queja ante su padre. Y quizá porque no sabía vivir como hijo no era capaz de comportarse como hermano.

 
...Y AL HIJO..

No le bastó con negarse a ser amo para ser Padre; Dios quiso también ser hermano. Y en el Hijo del Hombre se hizo presente en el mundo de los hombres. Y lo hizo tan en serio, que desde ese mismo momento ya no se puede llegar al Padre si no es a través del Hijo del Hombre. Y no se puede ser hijo si no se quiere ser hermano.

No hay más remedio que aceptarlo así, porque él así lo ha querido, o mejor, porque ésa es la realidad de Dios, porque Dios es así.

Para conocer a Dios, al Padre, tenemos que empezar por conocer a aquel que, sin demasiadas teologías, sino con su vida, con la entrega de su vida, con su muerte por amor..., ha sido y sigue siendo la explicación de Dios, a quien nadie ha visto jamás (Jn 1,18).

Y para vincularse al Padre hay que vincularse al Hijo y solidarizarse con él en la realización del proyecto de liberación que, por medio de él, el Padre ofreció y sigue ofreciendo a la humanidad: convertir este mundo en un mundo de her­manos.

 
Y AL ESPÍRITU

Ese Espíritu que nos hace hijos. Y porque nos hace hijos nos hace libres y nos hace hermanos.

El Espíritu es la vida que el Padre nos comunica, es el amor con que nos ama y la fuerza con que nos capacita para amar. Y porque es garantía y es amor, es garantía y testimonio de liberación y de libertad: «No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor; recibisteis un espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar ¡Abba! ¡Padre!» (Rom 8,15).

Ya no se puede seguir diciendo que el principio de la sabiduría es temer al Señor (Prov 1,7); el Espíritu de Jesús, que es el espíritu de amor, se encarga de que no volvamos a recaer en el temor... porque «el amor acabado echa fuera el temor» (1 Jn 4,18).

Bien están las teologías que intentan explicar cómo Dios puede ser a la vez uno y trino; pero quizá el evangelio lo que nos propone es que intentemos vivir vinculados al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo sin permitir que otras cadenas hagan ineficaz la sangre del Mesías.

 


 

III

 Mt 28,16.17: Los once discípulos fueron a Galilea al monte donde Jesús los había citado. 17A1 verlo se postraron ante él, los mismos que habían dudado.

. «Los once discípulos»: falta uno, Judas el traidor, repre­sentante del Israel histórico que ha pedido la crucifixión de Jesús. El Israel mesiánico se forma sin integrar al antiguo pueblo como tal. La expresión «los once discípulos», que excluye la existencia de otros discípulos (cf. 10,1: «sus doce discípulos»), muestra cla­ramente que el número es simbólico y que «los Doce / Once» abar­can a todos los discípulos de Jesús, fuese cual fuese su número.

En relación con la defección del Israel histórico está la ida a Galilea. Jerusalén, capital de Israel, queda atrás y no va a ser objeto de misión. La misión en Israel la han hecho Jesús (15,24) y los discípulos (10,6). Ahora que Israel ha rechazado al Mesías, la misión se dirigirá a los paganos. Galilea es el punto de arran­que, pues es la tierra limítrofe con las naciones paganas (cf. 8,28; 15,21). «El monte», como en 5,1, representa la esfera divina, la del Espíritu; desde ella va a enviar Jesús a los suyos. La presencia de Jesús en Galilea conecta al resucitado con el Jesús histórico, que ejerció su actividad en esa región.

Los discípulos se postran ante Jesús, mostrando su fe en él como Hijo de Dios (cf. 14,33), pero al mismo tiempo dudan  El verbo «dudar/vacilar» se encuentra en el evangelio solamente aquí y en 14,31, donde delataba la falta de fe de Pedro, que lo llevó a hundirse en el agua. La escena está también en relación con la transfiguración: la realidad de Jesús ahora es la misma que se manifestó allí; la transfiguración anticipaba la resurrección. Teniendo en cuenta estos datos, la duda significa que los discípulos no tienen fe suficiente para asumir el destino de Jesús. Según Mt, es la primera vez que tienen experiencia del resucitado, el vencedor de la muerte; saben que han de afrontar la muerte para llegar a este estado. Como Pedro en 14,31, no se sienten capaces de realizar en sí mismos la condición divina que ven en Jesús.

v.v.18-20: Jesús se acercó y les habló así: -Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tie­rra. 19Id y haced discípulos de todas las naciones, bauti­zadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo  20y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mi­rad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad.

. Durante la vida mortal de Jesús, «el Hombre» había tenido potestad «en la tierra» (9,6); ahora, después de su resurrec­ción, sentado a la derecha del Padre (26,64), su autoridad, como la de éste, se extiende a tierra y cielo. A través de la cruz ha llegado a la plena condición divina.

En virtud de esa autoridad universal, los manda en misión al mundo entero. Va a realizarse la promesa de Dios a Abrahán (Gn 17,4s; 22,18); toda la humanidad va a constituir el Israel definitivo. «Id» muestra que Galilea es el punto de partida. La misión con­siste en hacer discípulos, en proclamar el mensaje de Jesús para que los hombres sigan sus enseñanzas, aprendan su mensaje y lo practiquen.

Para ello, el primer medio es el bautismo. En el evangelio han aparecido dos bautismos, el de Juan, con agua, y el de Jesús, en su aspecto positivo, con Espíritu; en su aspecto negativo (atribui­do por Juan Bautista y que no pertenece a la misión), con fuego (cf. 3,11). El bautismo con agua es signo de arrepentimiento y en­mienda (3,6.8); sólo el bautismo con Espíritu vincula con el Pa­dre, con Jesús y con el Espíritu mismo. Mt indica la vinculación personal (= nombre) que se produce en el bautismo: el hombre queda vinculado al Espíritu, que completa su ser y lo pone en la línea del «Hombre» (cf. 3,16); por ser el Es­píritu, exhalado por Jesús en su muerte, el mismo Espíritu de Jesús, vincula a él porque produce la unidad de Espíritu; pero el Espíritu que recibió Jesús era el Espíritu de Dios (3,16), que lo hacia Hijo; por él reciben también los hombres la calidad de hijos del Padre y hermanos de Jesús (28,10). A la escucha y aceptación del mensaje sigue, pues, el bautismo del Espíritu, dado directa­mente por Jesús (3,11). Mt, que tiene una fuerte tradición judía, incluye probablemente en el encargo «bautizadlos» ambos bautis­mos el de agua, administrado por los discípulos, y el del Espíritu, obra de Jesús.

El segundo medio para hacer discípulos es la instrucción o en­señanza que lleva a la práctica. No se trata ya de un primer acer­camiento a Jesús por la audición del mensaje, sino de la práctica de éste. Jesús no encarga a sus discípulos enseñar doctrina (cf. 23, 8), sino «practicar todo cuanto os he mandado». Hay que aclarar el contenido de la enseñanza. En Mt, el verbo «mandar», con su­jeto Jesús, ha aparecido solamente en 17,9, donde prohibe a Pedro, Santiago y Juan decir nada de la visión que han tenido (la transfi­guración) hasta después de su resurrección. Esta orden no ofrece paralelo con el contenido de 28,20. Para encontrar un paralelo hay que remitirse al término entolé, «orden, mandamiento, encargo», de la misma raíz. Ahora bien, la única vez que aparece «manda­miento» sin referirse a los del AT (cf. 15,3; 19,17; 22,36.38.40) es en 5,19, donde denota las bienaventuranzas. Éstas son los manda­mientos de Jesús que toman el puesto de los de Moisés. Por otra parte, la frase «todo lo que yo os he mandado» es la misma que se usa a menudo para referirse a la antigua Ley (cf. Ex 23,22; 25,21; 29,35; 34,11.18.32; 40,16; Dt 1,41; 61.3, etc.). Jesús encarga a los suyos enseñar el código de la nueva alianza (cf. 26,28), que se com­pendia en las bienaventuranzas propuestas en su primer discurso (5,3-10). Nótese la oposición entre 5,19: «el que se exima de uno de estos mandamientos mínimos y lo enseñe así a los hombres» (motivo de exclusión del reino), y la totalidad que exige Jesús en la enseñanza y observancia: «todo lo que os he mandado».

Los que van a enseñar esto a las naciones han de practicarlo (cf. 5,19: «el que lo practica y enseña»). La comunidad con su modo de obrar y su fidelidad al mensaje de Jesús, constituye la escuela de iniciación para los nuevos adeptos.

La última frase de Jesús es una promesa que mira sobre todo a la misión. No van a estar solos en ella, Jesús va a acompañar­los en su labor (cf. Ag 1,13). Así se cumplirá el contenido de su nombre, Emmanuel: «Dios entre nosotros» (1,23). Juntos van a beber el vino nuevo de la entrega total (cf. 26,29). Tal situación du­rará hasta el fin de esta edad, que coincide con el del mundo, es decir, durante todo el tiempo del reinado de «el Hombre» en la historia (13,41). Después quedará solamente el reinado del Padre (13,48; 26,29), fase definitiva del reinado de Dios.

 


 

IV

 Conscientes de que el material teológico para una predicación tradicional sobre la Trinidad es muy fácil de encontrar entre las varias decenas de servicios bíblico-litúrgicos que se ofrecen actualmente en internet, nosotros, fieles a nuestro «carisma», vamos a tratar de completar los enfoques tradicionales con algunas perspectivas críticas, para las comunidades que no quieren simplemente repetir lo de siempre, sino replanteárselo.

La reflexión teológica podría centrarse en la «trinidad» misma, o sea «el hecho de que Dios sea TRES personas», y la relación de esta trinidad con el monoteísmo. Veamos.

Jesús era y fue siempre judío, y como tal, fue absoluta y celosamente monoteísta. Jesús nunca habló de, ni siquiera pudo pensar en una «trinidad» de personas en Dios, lo que le hubiera sonado prácticamente a una blasfemia. Para Jesús, Dios es uno y sólo uno y nada más que uno.

Ello quiere decir algo que muchos cristianos no saben, y que algunos se extrañan al llegarlo a saber: que la doctrina de la Trinidad no es del tiempo de Jesús, sino muy posterior. De hecho se adjudica al Concilio de Nicea (325) su primera formulación definitiva. Ello quiere también decir que los evangelios no nos pueden hablar de la Trinidad directamente tal como nosotros la conocemos, y que esas frases que la citan –como la del evangelio de este domingo- son inclusiones posteriores.

Si la doctrina de la Trinidad es una elaboración de los primeros siglos de la Iglesia, que sólo en el siglo IV comenzaron a adquirir una formulación que quedaría luego consegrada oficialmente, ello significa que tiene un componente de construcción teológica, «construcción humana», pues. No es, como dice la simplificación al uso, que Jesús vino del cielo a revelarnos este misterio que no sabíamos, y que nos lo contó, como se daba por supuesto que el Evangelio decía.

Otro filón importante de este bloque temático es la tremenda huella de la filosofía griega que la doctrina de la Trinidad transpira: persona, sustancia, naturaleza, hipóstasis... Todo en ella es una articulación de conceptos de la filosofía griega. De alguna manera, la doctrina de la Trinidad es la respuesta que el cristianismo de aquel momento histórico dio, en una sociedad imbuida de filosofía griega, con la que estaba tratando de dialogar el cristianismo, a la pregunta por el dios en que creía esa religión que estaba saliendo de las catacumbas y luchaba por conseguir un puesto reconocido en la sociedad. No cabe duda de que la doctrina de la Trinidad es un modelo ejemplar de lo que es la «inculturación» de una religión en una cultura ajena. El judeocristianismo, que no sabía nada de aquellas categorías filosóficas helénicas, acabó expresándose, reformulándose a sí mismo en un lenguaje que nada tenía que ver con el lenguaje bíblico neotestamentario. Esta «inculturación» ha sido puesta frecuentemente como «modelo» de lo que debería ser la inculturación de la fe cristiana en otras culturas. Es la «helenización del cristianismo», tan ejemplar por una parte, como nefasta por otra. 

El problema es que aquella filosofía griega hoy sólo se puede encontrar en los libros de historia; en la vida real nadie echa mano de aquella filosofía para responder a las preguntas actuales. Mientras el mundo y la cultura han dejado de creer en la fiosofía griega, la Iglesia sigue formulándose a sí misma –y sus doctrinas- en aquella filosofía, y teniendo esas fórmulas como oficiales. Más aún, como intocables, y en no pocos casos como ininterpretables.

(Un ejemplo distinto al de la Trinidad, pero no al margen del domingo: la «transubstanciación», que es «hilemorfismo» aristotélico, pura filosofía griega, de la que nadie echa mano para comprender cosmológicamente la realidad... De ahí que un elemento central de la eucaristía resulte ininteligible para todo cristiano de hoy que no comparta esa filosofía de hace 25 siglos. En el último diálogo teológico que hubo al respecto, los censores romanos desecharon toda otra explicación –se habían presentado varias, muy buenas- y decidieron que sólo la explicación de la «transubstanciación» era reconocida oficialmente como correcta. Desde entonces se acabó el diálogo teológico y pastoral sobre ese tema. Quedó sobreseído y archivado).

Otro elemento es el mismo concepto de «persona». Se trata de un concepto también griego, y más ampliamente occidental, pero que no es universal. En toda su concreta riqueza cultural resulta intraducible a otras culturas, en las que esa categoría no cuadra exactamente. Pero a los occidentales nos parece la categoría suprema, como «lo máximo» que podríamos atribuir a Dios, y también como un mínimo que no podríamos dejar de atribuirle. Así, frente al hinduismo, al budismo, a la espiritualidad «no dual»... a muchos cristianos les resulta imposible aceptar una idea de Dios menos «personal»... Pero si lo pensamos bien, Dios no es persona... Llamarle así no deja de ser un «antropocentrismo». No debiéramos estar tan seguros de que «persona» es una categoría bien aplicada a Dios, un concepto que «le calza bien»... No hay ninguna palabra en la que quepa Dios... y tampoco cabe en la palabra «persona». Más que «personal», puede ser que tuviéramos que decir que Dios es transpersonal, suprapersonal...

Un último elemento de reflexión respecto a la teología trinitaria es la frecuencia con la que los cristianos entendemos mal la doctrina oficial misma de la Trinidad. En la práctica muchos cristianos guardan en su espiritualidad la imagen de «tres personas como tres dioses», a pesar de la proclamación meramente verbal de la unicidad de Dios... Transcribimos más abajo algunas cautelas que Schillebeeckx expresara al respecto.

 

Habría todo otro tema a revisar, debajo mismo del plano de la Trinidad, y sería el tema del «teísmo» mismo. Demasiado fácilmente hablamos de «Dios», como si supiéramos lo que decimos, y como si en esa palabra sí que cupiera Dios, y le viniera justa la talla... No es tema para desarrollar ahora, pero sí que puede ser bueno simplemente apuntarlo: «Dios tampoco es dios», no es theos, no se le ajusta ese concepto... En los últimos siglos muchos hombres y mujeres no han aguantado lo mal que se sentían ante esa creencia de identificar el Misterio de la Realidad con un theos, esa forma de creer que lo llama «Dios», y tuvieron que optar por el «a-teísmo» para no asfixiarse. Hoy, a estas alturas de los tiempos, afortunadamente, ya muchas personas sabemos que el «teísmo» no es más que un «modelo», una forma de modelar mentalmente ese Misterio de la Realidad, para entendernos. Y por eso mismo sabemos que no hay que darle más importancia a lo que es simplemente un modelo. La alternativa ya no es teísmo/ateísmo. Ahora conocemos la posibilidad del pos-teísmo... Podemos seguir creyendo en el Misterio de la Realidad, en todo aquello que nuestros abuelos y ancestros modelaron en la categoría theos, dios, sabiendo que no es sino un modelo, y desestimándolo si no nos sirve. Si aquellas creencias no nos resultan asumibles –en cuanto creencias, en cuanto modelos útiles- hoy podemos ser igualmente espirituales, e incluso concretamente cristianos, sin tener que ser teístas, ni ateos, sino «pos-teístas». El tema sería largo... Recomendamos para los interesados solamente el libro de John Shelby Spong, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org).

 Transcribimos estas citas del libro de Schillebeeckx, Soy un teólogo feliz (Sociedad de educación Atenas, Madrid 1994):

« Para mí, la Trinidad es el modo de Dios de ser persona. Todas las exigencias del dogma las admito sin correr el riesgo de hablar de tres personas, de una especie de familia y, de hecho, de un triteísmo, que es bastante popular en la fe cristiana. (p. 85/86)

En verdad no comprendo la especulación sobre la Trinidad. Respeto las especulaciones de Santo Tomás, por ejemplo, pero no le dicen nada a mi espiritualidad. Se especula demasiado sobre la Trinidad. ¿Dónde está la utilidad para la fe de todas estas especulaciones?

Dios es Trinidad (¡esto es dogma!), pero no es tres personas. Sería triteísmo. No he escrito nunca sobre este tema porque tengo miedo. No quiero hacer especulaciones. Hay una Trinidad en la naturaleza personal de Dios. (86)

Soy por tanto muy modesto, casi agnóstico con relación a una teología trinitaria. Confieso la Trinidad, pero es necesario tener una especie de reticencia respecto a la racionalización de las relaciones de las tres personas. (87)

No estoy en contra de estas especulaciones, pero no veo qué añaden a mi vida espiritual. Diría que no añaden nada (88). » 

 



Para la revisión de vida

-¿Me dejo inundar por la vida de Dios?

-¿Estoy atento a la "vida comunitaria" para que mi comunidad se parezca a «la mejor Comunidad»?

 

Para la reunión de grupo

Dios estableció una Alianza con el pueblo judío basada en la Ley; pero luego renovó esa Alianza, con toda la humanidad, basándola en el amor y sellándola no en unas tablas de piedra sino en una persona: su Hijo Jesús. ¿Mi fe se basa en el cumplimiento de la ley, o en la relación de amistad y amor con Dios?

Alegría, gusto por el progreso espiritual, fraternidad, un corazón común y vivir en paz: ¿es éste el clima de nuestras asambleas litúrgicas, de nuestra comunidad?

En su libro-entrevista del final de su vida, «Soy un teólogo feliz», Edward Schillebeeckx presenta varias reflexiones sobre la Trinidad, que se prestan a un buen debate en la reunión de estudio...

 

Para la oración de los fieles

Por todos los que se esfuerzan por crear comunidad en el mundo, por encima de las fronteras políticas, ideológicas, étnicas, culturales y religiosas... roguemos al Señor...

Por todos los que están solos, aislados, o se sienten "sin nadie en el mundo", sin comunidad, o lejos o incomunicados de los que les aman; para que sientan la "comunidad con Dios" más poderosa que toda lejanía o incomunicación...

Para que la Iglesia sea un modelo de comunidad, en la que reina la fraternidad, la participación, la comunión... más que el poder, la jerarquización, la exclusión, los privilegios, la falta de participación y de democracia...

Por nuestras comunidades cristianas: para que cada una de ellas sea reflejo de la Trinidad, que es "la mejor comunidad"...

 

Oración comunitaria

Oh Dios-Trinidad, "la mejor comunidad", misterio eterno, insondable, del que apenas podemos balbucir una lejana aproximación. Aviva en nosotros tu misma Vida, la que creaste y depositaste en cada una de tus criaturas, para que nos sintamos convocados a acrecentar la Vida, arrollados por esa corriente original y eterna de vida en comunión que tú mismo eres: Trinidad santa, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 Señor, Dios, que eres nuestro Padre, nuestro Hermano Jesucristo y el Espíritu que nos consuela y nos fortalece; ayúdanos a vivir en auténtica y sincera comunidad, y que lo que celebramos en la liturgia lo expresamos en toda nuestra vida, que traduzcamos nuestra fe en obras de justicia y amor, que no busquemos sólo en tener una fe correcta sino, sobre todo, una vida correcta, que sea siempre y en todo conforme a tu voluntad de que todos seamos hermanos. Por Jesucristo.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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