EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
CICLO "B"


Primera lectura: Éxodo 24, 3-8
Salmo responsorial: Salmo 115
Segunda lectura: Hebreos 9, 11-15


EVANGELIO
Marcos 14, 12-16. 22-26

 12El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron sus discípulos:

-¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

13Él envió a dos de sus discípulos diciéndoles:

-Id a la ciudad, os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, 14y donde entre decidle al dueño: «El Maestro pregunta dónde está su posada, donde va a celebrar la cena de Pascua con sus discípulos». 15Él os mostrará un local grande, en alto, con divanes, preparado; preparádnosla allí.

16Salieron los discípulos, llegaron á la ciudad, encontra­ron las cosas como les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

22Mientras comían cogió un pan, pronunció una bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo:

-Tomad, esto es mi cuerpo.

23Y, cogiendo una copa, pronunció una acción de gracias, se la pasó y todos bebieron de ella. 24Y les dijo:

-Esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos. 25Os aseguro que ya no beberé más del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba, nuevo, en el reino de Dios.

26Y después de cantar salieron para el Monte de los Olivos.

 


 

COMENTARIOS

I

 Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.

Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidos mil espectadores.

En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de Las Vegas del Mundo Mediterráneo. "Vivir como un corintio" era sinónimo de depravación; "corintia", el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba "corintizar".

En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.

Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.

Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran grupos insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que "mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban" (1Cor 11,17ss). ¡Qué actual es todo esto!.

Desde Éfeso, Pablo les dirigió una dura carta pastoral para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte cuando, "mientras comían, cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. Y les dijo: Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos.. "(Mc 14,22-26).

Poco hemos entendido estas palabras los católicos. La teología concluyó que lo que Jesús mandó fue ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.

Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico y el pobre, si entra, sale igual. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: "Es imposible comer así la cena del Señor". Dicho de otro modo, "así no vale la misa", pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, como condición para la validez, partir, repartir y compartir.

La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe, no puede ni debe celebrarse la cena del Señor.

 


 

II

 La Eucaristía no puede ser, entre nosotros, una ceremonia más, rutinaria y vacía. La Eucaristía recuerda y renueva el don de Jesús, su entrega a la muerte, consecuencia del odio de los pode­rosos y manifestación de su extremo amor. La Eucaristía renueva también el compromiso sellado con sangre de quienes han deci­dido hacer de la vida y la muerte de Jesús la norma de la propia vida.

 
LA PASCUA Y LA ALIANZA

Dos pasajes del Exodo resuenan hoy en el evangelio. El primero (Ex 12,1-20) habla de la Pascua, fiesta que celebraban cada año los israelitas en recuerdo de la última noche de esclavitud en Egipto, noche en la que sus antepasados sintie­ron con fuerza la presencia liberadora del Señor. En cada familia se sacrificaba y se comía un cordero, el cordero pas­cual, como aquel cordero de Egipto cuya sangre salvaguardó la vida de los primogénitos israelitas y cuya carne les dio fuerzas para emprender el camino (Ex 12,1-14); el padre debía explicar a sus hijos qué significa lo que estaban hacien­do: «Esto es lo que el Señor hizo en mi favor cuando salí de Egipto» (Ex 13,8). Era, por tanto, un día de acción de gracias por la liberación conseguida gracias a la intervención de Dios.

El segundo pasaje (primera lectura) se refiere a la ratifica­ción de la Alianza. «A los tres meses de salir de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí...» (Ex 19,1). Allí el Señor les propuso hacer un pacto, una alianza. Él, que los había librado de la esclavitud (Ex 20,2), se comprometía a estar siempre presente entre ellos, su pueblo, su propiedad privada a partir de ese momento; ellos, a su vez, debían comprometerse a obedecer los mandatos de Dios (Ex 19,5-6; Jr 7,23; 11,4; 24,7; Ez 11,20; 14,11), que, fundados en la experiencia de la liberación (Ex 20,2; Dt 5,6), les exigían dar culto sólo a él, Dios liberador, y respetar la dignidad y los derechos de la persona, cuya violación habían sufrido siendo esclavos en Egipto (Ex 20 3 17 Dt 5 7 21) El pacto fue iniciativa de Dios (Ex 19,4), los israelitas, ya hombres libres, libremente lo aceptaron (Ex 19 8 24 3). Entonces se celebro una ceremonia para ratificar la alianza: se mato un novillo; la mitad de la sangre se derramo en el altar y con la otra mitad Moisés roció al pueblo, diciendo «Esta es la sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros a tenor de estas cláusulas» (Ex 24,8)

 
NUEVA PASCUA, NUEVA ALIANZA, NUEVAS EXIGENCIAS

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron sus discípulos: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de la Pascua?... Mientras comían, cogió un pan, pronunció una bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: -Tomad, esto es mi cuerpo. Y cogiendo una copa... se la pasó y todos bebieron de ella. Y les dijo: -Esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos.

La misión de Jesús está llegando al final. Todo lo que tenía que hacer para animar a los hombres a incorporarse al proceso de liberación que él debía iniciar está prácticamente hecho. Ahora, en un clima de clandestinidad –"los sumos sacerdotes y los letrados andaban buscando cómo darle muer­te prendiéndolo a traición" (Mc 14,1)-, va Jesús a celebrar la Pascua con sus discípulos; como la primera vez, habrá que esperar a que pase la noche (Ex 12,22) para que, cuando amanezca un nuevo día (Mc 16,2), al vencer la vida a la muerte, se abran definitivamente las puertas de la libertad.

Marcos no da detalles sobre la cena; no dice que se obser­vara el ritual de la Pascua judía. Centra la atención en dos gestos de Jesús que expresan el sentido de la nueva Pascua y de la nueva Alianza. El primero no está recogido en el leccionario oficial para la fiesta de hoy: Jesús denuncia ante sus discípulos que uno de ellos lo va a traicionar entregándolo a quienes pretenden darle muerte (Mc 14,17-20). Es uno que está compartiendo la misma fuente de comida con él: alguien a quien él está ofreciendo su amistad y con quien está dispues­to a compartir la vida. La denuncia de Jesús tiene un doble valor: por un lado, la advertencia al traidor es una muestra de amor más, un último intento de ganarlo para su causa, la de Jesús (y si lograra comprenderlo, el mismo traidor descu­briría que es la causa que a él mismo de verdad le conviene). Para Jesús supone la aceptación de la propia muerte. No porque él busque morir, sino porque su compromiso de amor con la liberación de la humanidad así lo exige.

Una vez aceptada la muerte, Jesús realiza otro gesto que recuerda el reparto de los panes y los peces; pero ahora, al repartir el pan, Jesús añade: «Tomad, esto es mi cuerpo.» El pan que ahora se reparte es la misma persona de Jesús. Jesús se ofrece a sus discípulos, quiere que lo acepten como el nuevo cordero, como el alimento que garantiza sus vidas y les da fuerza para caminar hacia la libertad definitiva. Además, este gesto completa la exigencia significada en el reparto de los panes: hay que compartir el pan de cada día; pero esto no basta: es necesario estar dispuesto a darse personalmente en favor de la vida y la libertad de todos.

Después, Jesús pasa una copa de vino; cuando han bebido todos, les explica el significado de aquel trago: si han aceptado su vida, eso supone que aceptan también sus exigencias, las de una nueva alianza, «la alianza mía». La copa contiene la sangre de esa nueva alianza; no es sangre de un animal; aquella sangre es el Hombre que se entrega a la muerte para que los hombres vean que es posible el amor sin límite alguno. Y nadie la rocía sobre el grupo: cada uno debe coger y beber la copa, aceptando personalmente la nueva alianza. Aquella sangre, vida que se entrega, es la exigencia misma: si dejamos que corra por nuestras venas es porque estamos dispuestos a derramarla por la misma causa por la que pronto va a ser vertida: para mostrar el amor por el hombre, fieles hasta el final al proyecto de Jesús.

Y porque en esa nueva alianza se compromete también el Dios de la vida y la libertad, el pan y el vino se reparten y se comparten después de bendecir al Señor y darle gracias.

La Eucaristía es, por tanto, acción de gracias al Padre y solidaridad con el Hijo del Hombre y con los hombres; fuente de vida y exigencia de amor; presencia de Jesús y compromiso en favor de la justicia y de la igualdad; acción de Dios Padre y experiencia de vivir en un mundo que se va haciendo de hermanos.

 



III

 v. 12: El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Nueva datación (cf. 14,1): el primer día de los Ázimos era la víspera de Pascua; la cena pascual se celebraba a la puesta del sol, cuan­do, según el cómputo judío, daba comienzo el día de Pascua. La festivi­dad duraba siete días, durante los cuales no se comía pan fermentado (Ex 23,15; 34,18). La mención del sacrificio del cordero pone a toda la narración siguiente, hasta la muerte y sepultura de Jesús, bajo el signo de la Pascua. La iniciativa de celebrarla no es de Jesús, sino de los discí­pulos (seguidores israelitas), que pretenden preparar la cena pascual judía; Jesús les indicará qué pascua es la que tienen que preparar.

v. 13: El envió a dos de sus discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os encon­traréis con un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo.»

Jesús envía dos discípulos a la ciudad, el centro que domina al pueblo con su ideología y su aparato institucional (no aparece ya el nombre de Jerusalén), como antes los había enviado a «la aldea», subordinada a ella (11,2).

Para que lleguen al lugar donde Jesús va a celebrar su Pascua, les da una señal: encontrarán un hombre que, contra la costumbre, lleva un cán­taro de agua (tarea propia de mujeres). El individuo sabe lo que tiene que hacer, conducir a los discípulos a un lugar determinado. Todo el episodio tiene sentido figurado: el hombre que lleva el agua alude a Juan Bautista, el que bautizaba con agua (1,8), como señal de cambio de vida. Seguir al hombre del cántaro significa que tienen que cambiar, rompiendo con un pasado. Han acompañado a Jesús aferrados a su mentalidad; como no se desprendan de ella, no participarán de la Pascua que él va a celebrar.

v.v. 14-15 «y donde entre decidle al dueño: "El Maestro pregunta dónde está su posada, donde va a celebrar la cena de Pascua con sus discípulos". 15El os mos­trará un local grande, en alto, con divanes, preparado; preparadnosla allí».

El hecho de que el hombre del cántaro guíe a los discípulos subraya la misión de Juan como precursor que, como tal, lleva a Jesús: mi posada indica el fin del camino (1,2); Jesús va a celebrar la Pascua verdadera; el local en alto, alude sin duda al monte donde se realizó la antigua alianza (Ex 24,4-8) y a la cruz, levantada sobre la tierra; es grande, porque está destinado a «muchos» (14,24); está preparado por parte de Jesús, pero los discípulos, después de romper con la injusticia (1,4: «enmienda»), haciendo caso a Juan, han de colaborar en la realización de la nueva Pas­cua (preparadnosla allí); lo harán con su entrega personal (alusión a los puestos a la derecha y a la izquierda, 10,37).

Jesús va a celebrar en medio de Israel una pascua alternativa que dará realidad a lo que anunciaba la antigua; será liberación definitiva, creará el nuevo pueblo de Dios, que se extenderá a toda la humanidad. Los discípulos tienen que contribuir a la preparación de ese nuevo éxodo siempre abierto en la historia.

En medio de este sistema opresor (Jerusalén) se celebra la verdadera liberación.

v. 16:  Salieron los discípulos, llegaron a la ciudad, encontraron las cosas como les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Los discípulos ejecutan las instrucciones. En el plano narrativo, se trata de la preparación de la cena; en el teológico, de la disposición personal a una entrega como la de Jesús.

v. 22: Mientras comían cogió un pan, pronunció una bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».

En la comida, Jesús ofrece el pan (Tomad) y explica que es su cuerpo (gr. sôma). En la antropología del tiempo, el sôma significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar Jesús a tomar el pan / cuerpo, invita a asimilarse a él, a aceptar su perso­na y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello (pan / alimento). No se indica que los discípulos coman el pan.

vv. 23-24: Y, cogiendo una copa, pronunció una acción de gracias, se la pasó y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos».

Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que todos bebieron de ella. Las palabras que expli­can el significado de la copa las pronuncia Jesús después que todos han bebido (y les dijo: etc.)  La sangre... derramada significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. Beber de la copa significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte (8,34; 10,38.45; 13,37; 14,3; cf. 10,38, «el trago/copa»);  a este compromiso responde el don del Espíritu (cf. 1,10).

Como se ha dicho, en este evangelio Jesús ofrece el pan, pero no la copa; por el contrario, no se menciona que los discípulos coman el pan, pero se subraya que todos bebieron de la copa. Estos datos indican que «comer el pan» y «beber de la copa» son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya, por causa suya y del evangelio (cf. 8,35). De este modo, la partici­pación en la eucaristía renueva el compromiso hecho en el bautismo de seguir a Jesús hasta el final. Es precisamente el contenido del manda­miento de Jesús a sus seguidores (13,34.35.37: «mantenerse despierto»).

El segundo aspecto de la Cena, propio del nuevo Israel (los Doce) está expresado sobre todo en la explicación de la copa: Esta es la sangre de la alianza mía. Por alusión a Ex 24,8b, Jesús les interpreta su muerte en términos de alianza; quiere hacerles comprender que, para el nuevo Is­rael, la alianza del Sinaí queda sustituida por la suya (cf. 2,19s, «el Espo­so / novio»).

Los paralelos con la institución de la primera alianza son numerosos: Moisés cogió el libro/código de la alianza, que contenía la Ley; Jesús coge el pan (a la Ley se la llamaba «pan»). A la lectura de la Ley hecha por Moisés en presencia de todos corresponden las palabras de Jesús: esto es mi cuerpo: su persona y actividad son el pan/Ley de su alianza. Con la lectura de la Ley pretendía Moisés que el pueblo se comprometie­ra a cumplir el código de la alianza; la invitación de Jesús: Tomad, exhor­ta a los Doce a adoptar su persona como norma de vida.

A la aceptación del antiguo pueblo corresponde en Mc el acto de beber de la copa efectuado por los Doce, el nuevo Israel. A la declaración de Moisés cuando roció al pueblo con la sangre: «He aquí la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros», corresponden las palabras de Jesús: Esta es la sangre de la alianza mía. Existe, pues, una alianza de Jesús que deroga la antigua. Moisés roció con la sangre al pueblo y el altar, expresando la unión de Dios con Israel. En la Cena, en cambio, el vino/sangre se bebe: su penetración en el interior del hombre expresa la comunicación del Espíritu, fuerza divina que lo capacita para cumplir el código propuesto. Pero, además, la sangre de Jesús no se derrama sólo por Israel, sino por muchos/todos (cf. Is 53,12). Es una alianza universal.

v. 25  «Os aseguro que ya no beberé mas del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba, nuevo, en el Reino de Dios».

Termina Jesús con un dicho solemne (Os aseguro): no basta ya el fruto de la antigua vid/Israel (12,1ss.29-31: los dos mandamientos); el día aquel es el de su muerte-exaltación (2,20), cuando dará el Espíritu (15,37: «expiró»); el vino/amor nuevo (2,21), expresado en el mandarniento de Jesús (13,34.37), será la vida entregada de sus seguidores (8,34s), figura­da en la unción hecha por la mujer en Betania (14,3); en el Reino de Dios, es decir, en la sociedad nueva cuya primicia es la nueva comunidad: Jesús estará presente en ella en la misión y en la eucaristía (2,15; 9,1; 10,15s).

v. 26: Y después de cantar salieron para el Monte de los Olivos.

Salen para el Monte de los Olivos. El punto de partida es «el local gran­de, en alto», situado en «la ciudad» (14,13.16), donde se ha celebrado la eucaristía (14,15), que simbolizaba anticipadamente la muerte voluntaria de Jesús, y donde el beber de la copa era señal del compromiso de los discípulos a entregarse como él. La meta final, el estado glorioso que sigue a la muerte está simbolizado por el Monte de los Olivos (13,3). Por eso, cuando pase Mc de la secuencia teológica a la narrativa, no se habla­rá de ese monte: Jesús y los discípulos llegarán simplemente a un terreno llamado Getsemaní.

 


 

IV

 Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.

Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidós mil espectadores. En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de «Las Vegas» del Mundo Mediterráneo. "Vivir como un corintio" era sinónimo de depravación; "corintia", el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba "corintizar".

En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.

Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.

Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que "mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban" (1 Cor 11,l7ss). (¡Qué actual es todo esto!).

Desde Éfeso, Pablo les dirigió una dura carta para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte, cuando, «mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. 23Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. 24Y les dijo: Esto es la sangre de la alianza mía que se derrama por todos».

Sería malentender a Jesús que lo que estaba haciendo era mandar ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo y compartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.

[Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico y el pobre, y salen igual que entran. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: "Es imposible comer así la cena del Señor". Dicho de otro modo, "así no vale la eucaristía", pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, para que el rito no sea una farsa, partir, repartir y compartir.

La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe no puede ni debe celebrarse la cena del Señor. Los israelitas en el desierto comprendieron bien que la alianza entre Dios y el pueblo los comprometía a cumplir lo que pide el Señor, sus mandamientos. Jesús, antes de partir, celebra la nueva alianza con su pueblo y le deja un único mandamiento, el del amor sin fronteras. Éste es el requisito para celebrar la eucaristía: acabar con todo signo de división y desigualdad entre los que la celebran].

Habrá que recuperar, por tanto, el significado profundo del rito que Jesús realiza. «La sangre que se derrama por ustedes» significa la muerte violenta que Jesús habría de padecer como expresión de su amor al ser humano; «beber de la copa» lleva consigo aceptar la muerte de Jesús y comprometerse con él y como él a dar la vida, si fuese necesario, por los otros. Y esto es lo que se expresa en la eucaristía; ésta es la nueva alianza, un compromiso de amor a los demás hasta la muerte. Quien no entiende así la eucaristía, se ha quedado en un puro rito que para nada sirve.

Una mala interpretación de las palabras de Jesús ha identificado el pan con su cuerpo y el vino con su sangre, llegándose a hablar del milagro de la «transustanciación o conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo». Los teólogos, por lo demás, se las ven y se las desean para explicar este misterio. Como si esto fuera lo importante de aquel rito inicial. El significado de aquellas palabras es bien diferente: «En la cena, Jesús ofrece el pan («tomad) y explica que es su cuerpo. En la cultura judía «cuerpo» (en gr. soma) significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar a tomar el pan/cuerpo, invita Jesús a asimilarse a él, a aceptar su persona y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello, al hacer pan/alimento. El efecto que produce el pan en la vida humana es el que produce Jesús en sus discípulos. El evangelista no indica que los discípulos coman el pan, pues todavía no se han asimilado a Jesús, no han digerido su forma de ser y de vivir, haciéndola vida de sus vidas. Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que «todos bebieron de ella». Después de darla a beber, Jesús dice que «ésa es la sangre de la alianza que se derrama por todos». La sangre que se derrama significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. «Beber de la copa» significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte. «Comer el pan» y «beber la copa» son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Éste es el verdadero significado de la eucaristía. Tal vez nosotros la hayamos reducido al misterio -por lo demás bastante difícil de entender y explicar- de la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

 


 

Para la revisión de vida

 Digo yo también, por dentro, al participar en la eucaristía, desde mi más honda opción: "tomad y comed, éste es mi cuerpo...", poniéndome en disposición de dejarme comer por el servicio a mis hermanos?

  Es mi vida realmente un "compartir"?

  Estoy sentado, participo en alguno de los "grupos de cincuenta" para reflexionar qué hacer frente al hambre del pueblo?

 

Para la reunión de grupo

La doctrina y la teología clásica (de los últimos siglos sólo, al fin y al cabo) sobre la Eucaristía ha estado centrada en el concepto de la transubstanciación. Compartir en el grupo lo que este concepto filosófico, escolástico, aristotélico en el fondo, comporta.

¿Es necesario aceptar la filosofía escolástica para estar en la verdad de la Iglesia sobre la Eucaristía? Explicitar las relaciones entre la fe en la eucaristía y las opiniones filosóficas involucradas en los conceptos con que se expresan las formulaciones oficiales de la fe.

 

Para la oración de los fieles

Por los 200 millones de niños menores de cinco años que están desnutridos; por los 11 millones de niños que mueren al año por desnutrición...

Por nuestras "eu-caristías", para que sean realmente una acción de gracias, una fiesta, una auténtica celebración...

Para que la liturgia de nuestra Iglesia se despoje de todo hermetismo hierático, acoja los símbolos de los pueblos, se inculture, asuma nuestras vidas, con sus problemas, sus esperanzas y todas sus riquezas culturales y espirituales...

Por todos los niños y niñas que en este día, en muchas iglesias locales, celebran su "primera comunión", su primera participación formal en la eucaristía: para que esa "primera" comunión no sea la última, ni sea demasiado distanciada su participación en la comunidad...

 

Oración comunitaria

Señor Jesús, que partiste y repartiste tu pan, tu vino, tu cuerpo y tu sangre, durante toda tu vida, y en la víspera de tu muerte lo hiciste también simbólicamente; te pedimos que cada vez que nosotros lo hagamos también "en memoria tuya" renovemos nuestra decisión de seguir partiendo y repartiendo, como tú, en la vida diaria, nuestro pan y nuestro vino, nuestro cuerpo y nuestra sangre, todo lo que somos y poseemos. Te lo pedimos a ti, que nos diste ejemplo para que nosotros hagamos lo mismo, Jesucristo, Nuestro Señor.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org