DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
Salmo responsorial: Salmo 29
Segunda lectura: 2 Corintios 8,7.9.13-15
 

EVANGELIO
Marcos 5, 21-43

 21Cuando Jesús atravesó de nuevo al otro lado, gran multitud de gente se congregó adonde estaba él, y él se quedó junto al mar.

22Llegó un jefe de sinagoga, de nombre Jairo, y al verlo cayó a sus pies, 23rogándole con insistencia:

-Mi hijita está en las últimas; ven a aplicarle las manos para que se salve y viva.

24aJesús se fue con él.

24bLo seguía gran multitud de gente, apretujándolo.

25Una mujer que llevaba doce años con un flujo de sangre, 26que había sufrido mucho por obra de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía sin aprovecharle nada, sino más bien poniéndose peor, 27como había oído hablar de Jesús, acercándose entre la multitud, le tocó por detrás el manto. 28Porque ella se decía: «Si le toco aunque sea la ropa, me salvare». 29lnmediatamente se secó la fuente de su hemorragia, y notó en su cuerpo que estaba curada de aquel tormento.

30Jesús, dándose cuenta interiormente de la fuerza que había salido de él, se volvió inmediatamente entre la multi­tud preguntando:

-¿Quién me ha tocado la ropa?

31Los discípulos le contestaron:

-Estás viendo que la multitud te apretuja ¿y sales pre­guntando «quién me ha tocado»?

32El miraba a su alrededor para distinguir a la que ha­bía sido. 33La mujer, asustada y temblorosa, consciente de lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. 34É1 le dijo:

-Hija, tu fe te ha salvado. Márchate en paz y sigue sana de tu tormento.

35Aún estaba hablando cuando llegaron de casa del jefe de sinagoga para decirle:

-Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al maes­tro?

36Pero Jesús, sin hacer caso del mensaje que transmi­tían, le dijo al jefe de sinagoga:

-No temas; ten fe y basta.

37No dejó que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38Llegaron a la casa del jefe de sinagoga y contempló el alboroto de los que lloraban gritando sin parar 39Luego entró y les dijo:

-¿Qué alboroto y que lloros son éstos? La chiquilla no ha muerto, está durmiendo.

40Ellos se reían de él.

Pero él, después de echarlos fuera a todos, se llevó consigo al padre de la chiquilla, a la madre y a los que ha­bían ido con él y fue adonde estaba la chiquilla.

41Cogió a la chiquilla de la mano y le dijo:

-Talitha, qum (que significa: «Muchacha, a ti te digo, levántate»).

42Inmediatamente se puso en pie la muchacha y echó a andar (tenía doce años). Se quedaron viendo visiones. 43Les advirtió con insistencia que nadie se enterase y en­cargó que se le diera de comer.

 


 
COMENTARIOS

I

 Jesús había roto con la institución judía Pero todos los que sentían cerca la muerte por culpa de aquella institución, hasta un jefe de sinagoga, tuvieron que ir en busca de Jesús El les devolvió La vida. Y salió de aquel lugar.

 
DIOS NO HIZO LA MUERTE

 «Dios no hizo la muerte», dice el libro de la Sabiduría (1ª lectura). La muerte, o es consecuencia de nuestra misma naturaleza -la muerte física-, o, en el sentido en el que se habla de la muerte en el evangelio de este domingo, es el fruto podrido de alguna ideología que, aunque se presente como religiosa, impide al hombre realizarse como imagen de Dios, ejercer como señor de la creación y gozar la vida y comunicarla.

A esa situación de muerte había llevado la ins­titución religiosa judía al pueblo, representado en las dos mujeres que aparecen en el evangelio de hoy: una, que llevaba doce años en los que toda actividad sexual le estaba prohibida por la ley y que, además, por su enfermedad, era estéril. La otra, una muchacha en edad de tomar marido, estaba a punto de morir, también ella, infecunda. La institución religiosa a la que pertenecían no les daba esperanza alguna: a una la declaraba «impura»; a la otra... es posible que le predicara resignación ante la inapelable voluntad de Dios. Dios no hizo la muerte; pero siempre ha habido quienes la manipulan en su nombre.

 

UN JEFE DE SINAGOGA

 Llegó un jefe de sinagoga, de nombre Jairo, y al verlo cayó a sus pies, rogándole con insistencia:

-Mi hijita está en las últimas; ven a aplicarle las manos para que se salve y viva...

Una mujer que llevaba doce años con un flujo de sangre... como había oído hablar de Jesús, acercándose entre la multitud, le tocó por detrás el manto. Porque ella se decía: «Si le toco aunque sea la ropa, me salvaré.»

 El jefe de la sinagoga era algo así como un párroco. Un representante de la institución y, a un nivel no muy alto, miembro de la jerarquía religiosa judía. Jairo era un hombre de buena voluntad que quizá todavía se mantenía fiel al Dios liberador que sacó a sus antepasados de Egipto. La institución a la que él pertenece no le ofrece ninguna solución a su problema. Y tiene que ir a buscarla fuera de ella.

Jesús había roto públicamente con la institución religiosa judía (Mc 3,13-19.22-30). Pero aquel hombre, jefe de sinagoga, se acerca a Jesús para ver si en él encuentra la vida que su sinagoga no puede ofrecer á su hija.

Hay en este relato del evangelio dos procesos de liberación expresados por el evangelista con una gran belleza.

Por un lado, el jefe de la sinagoga tiene que ir haciendo cada vez más profunda la ruptura con la institución que él mismo represen­ta: llega él solo y se presenta ante Jesús, fuera del ámbito de la institución religiosa judía; en el camino hacia su casa, en su presencia, Jesús lo alaba por su fe y devuelve la salud a una mujer, quien, para conseguirla, viola la ley de Moisés (la que el jefe de la sinagoga enseñaba y que decía que cualquier mujer con flujo de sangre que tocara a otra persona cometía un pecado: Lv 15,19-31); poco después, ante unos correligio­narios suyos, y a pesar de la noticia que le dan, la muerte de su hija, él mismo tiene que reafirmar su fe en Jesús, el hereje. Finalmente, y delante de una multitud de adeptos, tiene que abrir la puerta de su casa a quien los miembros más cualifica­dos de su religión habían declarado aliado de Satanás.

Y, por otro lado, se da un proceso de liberación de la muchacha, que, poco a poco, se va soltando del sometimiento a su padre, del dominio de la sinagoga. Esto lo expresa el evangelista usando distintas palabras para nombrarla: al prin­cipio son palabras que indican minoría de edad y dependen­cia, «mi hijita», «hijita», para pasar a «chiquilla», que ya no indica dependencia, aunque sí minoría de edad, y terminar con «muchacha», que se refiere a una joven casadera y, por tanto, a punto de abandonar la tutela de su padre. Entonces recupera la vida.


LEVÁNTATE

 Cogió a la chiquilla de la mano y le dijo:

-Thalitha, qum (que significa: «Muchacha, a ti te digo, levántate»).

Inmediatamente se puso en pie la muchacha y echó a andar (tenía doce años). Se quedaron viendo visiones. Les advirtió con insistencia que nadie se enterase y encargó que se le diera de comer.

Levántate. La vida no se impone; se ofrece y hay que acogerla y cuidarla -«encargó que se le diera de comer»- y dejar que madure hasta que sea capaz de entregarse para dar más vida.

Jairo y su hija -y también la mujer con flujo de sangre- representan la misma realidad: el conjunto de hombres y mujeres, que son unas veces víctimas y otras cómplices de un sistema religioso que, en lugar de contribuir a la felicidad del ser humano, tiene como único objetivo el perpetuarse a sí mismo, y, pervirtiendo su función, acaba por impedir la relación de la criatura con su Creador, del viviente con la fuente de la vida, del hombre libre con el Dios liberador, del hijo con el Padre...

La institución religiosa y la ley, convertidas en absolutos, en fin en si mismas, habían condenado a estas dos mujeres a la infecundidad y la muerte. Tuvieron que romper con la Ley y abandonar la institución para poder encontrarse con Jesús, para quien el hombre está por encima de toda ley y de toda institución. Y el encuentro con Jesús les devolvió salud y vida, dignidad y esperanza.

«Y salió de aquel lugar». No se queda a reformar una institución que se había aliado con la muerte, que ya no tenía arreglo; pero antes... Jesús insiste: Levántate, muchacha; le­vántate, pueblo: acepta la vida y construye tu libertad.

 


 
II

 v. 21: Cuando Jesús atravesó de nuevo al otro lado, una gran multitud se congregó adonde estaba él, y se quedó junto al mar.

Una gran multitud judía acude a Jesús, el que ha roto con la institu­ción, mostrando su descontento con ella. Jesús vuelve de Gerasa: la mul­titud que acude a él aceptando su contacto con los oprimidos paganos, muestra que también ella ve en Jesús una esperanza de liberación.

A continuación desdobla Marcos en dos personajes esta multitud de opri­midos por el régimen religioso judío: la hija de Jairo, que representa al pueblo sometido a la institución (23: hijita del jefe de sinagoga) y la mujer con flujos (5,24b-34), que representa al pueblo marginado por ella (impura). Tanto los fieles de la institución religiosa como los excluidos de ella son víctimas de la opresión que ella ejerce.

v. 22:  Llegó un jefe de sinagoga, de nombre Jairo, y al verlo cayó a sus pies...

Con la figura de la niña, hija del jefe de sinagoga, describe Marcos la dra­mática situación de los judíos integrados en la institución religiosa y sometidos a ella. El tema había sido iniciado en el episodio del hombre con el brazo atrofiado (3,1- 7a), donde se mostraba al pueblo como un inválido sin capacidad de acción, debido a la paralizante observancia de la Ley que se le impone. El legalismo mantiene a estas personas en una situación de dependencia tal, que se encuentran privados de toda liber­tad, creatividad e iniciativa y, por lo mismo, infantilizados (niña).

Los fariseos, que imponen este modo de proceder (3,1-7a), no apare­cen en esta perícopa, indicando que no se interesan por el estado del pueblo. Marcos presenta en cambio, a un funcionario, encargado de la admi­nistración y organización de la sinagoga, quien, ante la imposibilidad de encontrar solución dentro de la institución que él mismo representa, se atreve, por amor al pueblo, a acudir a Jesús, el rechazado por el sistema religioso del que él forma parte.

v. 23  ...rogándole con insistencia: «Mi hijita está en las últimas; ven a apli­carle las manos para que se salve y viva».

El problema está en que la opresión legalista va llevando a ciertos sectores del pueblo a un estado de indiferencia y de inacción que equiva­le a una muerte en vida (mi hijita está en las últimas).

El jefe de sinagoga (cargo) no encuentra remedio en su sistema y opta como persona (Jairo) por acudir a Jesús, el excomulgado por ella. Piensa que Jesús puede evitar el desastre infundiendo vida en el contex­to de las instituciones del pasado (para que se salve y viva); espera una revitalización del pueblo antes que éste pierda la capacidad de reacción.

24a:  Y se fue con él.

Sin decir palabra, Jesús lo acompaña, mostrando su entera disponibi­lidad para ayudar al que recurre a él.

v. 24b:  Lo seguía una gran multitud que lo apretujaba.

Aparece otra multitud, ésta de seguidores de Jesús (lo seguía, cf. 2,15) que no proceden de la institución judía (cf. 3,32.34; 4,10: «los que estaban en torno a él»); su cercanía y adhesión a Jesús las expresa aquí Marcos con la observación lo apretujaba.

vv. 25-26:  Una mujer que llevaba doce años con un flujo de sangre, que había sufrido mucho por obra de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía sin aprovecharle nada, sino mas bien poniéndose peor...

En este punto intercala Marcos el episodio de la mujer con flujos, repre­sentante del otro sector oprimido dentro de la sociedad judía. Enlaza temáticamente con el episodio del leproso (1,39-45), prototipo de los marginados por la institución religiosa, y expone la alternativa que ofre­ce Jesús a este sector del pueblo. Su colocación central, entre las dos par­tes de la narración sobre la hija de Jairo, muestra la importancia que tiene el problema de la marginación y la estrecha conexión que existe entre los dos modos de opresión.

La mujer, impura por su enfermedad (Lv 15,25-30), enferma y estéril, representa al Israel (doce años) marginado por la institución sinagogal. Tras intentar innumerables veces encontrar una solución, ha constatado la imposibilidad de salir de su situación dentro del marco de la Ley, mediante los ritos religiosos que ésta determina, pues es el legalismo fariseo el que la mantiene en ese estado, sometiéndola al mismo tiempo a una explotación económica.

vv. 27-29:  ... como había oído hablar de Jesús, acercándose entre la multitud, le tocó por detrás el manto, porque ella se decía: «Si le toco aunque sea la ropa, me salvaré». Inmediatamente se secó la fuente de su hemorragia, y notó en su cuer­po que estaba curada de aquel tormento.

Por eso, los grupos marginados representados por ella se vuelven hacia Jesús, de quien han oído hablar, animados por la presencia en torno a él de una multitud de seguidores que no proceden del judaísmo.

Tienen plena confianza en que Jesús puede acabar con su estado. Ahora, mezclada con el grupo no israelita, la mujer viola la Ley que prohibía el contacto con ella (Lv 15,25) y, al dejarla de lado y dar la adhesión a Jesús, experimenta su libertad ante la institución y la nueva vida que él comu­nica. La fuerza de vida que sale de Jesús es el Espíritu.

vv. 30-33: Jesús, dándose cuenta interiormente de la fuerza que había salido de él, se volvió inmediatamente entre la multitud preguntando: «¿Quién me ha tocado la ropa?» Los discípulos le contestaron: «Estás viendo que la multitud te apretuja ¿y sales preguntando «quién me ha tocado»?» El miraba a su alrededor para distinguir a la que había sido. La mujer, asustada y temblorosa por ser consciente de lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad.

Es decir, los marginados de Israel encuentran en Jesús una alternati­va a su situación; no se atreven, sin embargo, a hacerlo público. Pero Jesús no quiere que estos grupos mantengan oculto nada de lo que ha sucedido. Con su decisión han ejercido su libertad y asumido su respon­sabilidad; ahora deberán afrontar la oposición de los círculos observan­tes haciendo saber el cambio que se ha producido en ellos por la ruptura con la institución y la adhesión a él.

v. 34: El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Marchate en paz y sigue sana de tu tormento».

Así se integrarán en su alternativa (márchate en paz). El apelativo hija alude de nuevo a Israel (cf. Sof 3,14; Zac 9,9: «hija de Sión»); tu fe te ha salvado indica, a nivel narrativo, la curación; a nivel teológico, la salva­ción (el don de Espíritu) obtenida por la fe.

vv. 35-36: Aún estaba hablando cuando llegaron de casa del jefe de sinagoga para decirle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al maestro?» Pero Jesús, sin hacer caso del mensaje que transmitían, le dijo al jefe de sinagoga: «No temas; ten fe y basta».

Vuelve Marcos al problema de los sometidos a la institución (la hija de Jairo). Para mostrar la fuerza de Jesús y la diferencia radical de su proyec­to con lo pasado, lleva la situación hasta el límite: la niña / pueblo muere.

La muerte significa que este pueblo, víctima de la opresión religiosa, pierde su fe en la institución, quedando sin objetivo en la vida y sin acce­so a Dios (cf. 6,34). Sin embargo, no hay situación desesperada para el que confía en Jesús. El estado de muerte sería irreversible si no hubiera alternativa, pero Jesús ofrece la suya. El pueblo desilusionado, sin espe­ranza y anulado por la opresión que ha sufrido no está definitivamente perdido; en la adhesión a Jesús tiene una nueva posibilidad de vida, independiente de las instituciones del pasado, que lo han llevado a la muerte.

vv. 37-42:  No dejó que lo acompañara nadie mas que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a la casa del jefe de sinagoga y contempló el alboroto de los que lloraban gritando sin parar. Luego entró y les dijo: «¿Qué alboroto y qué llantos son éstos? La chiquilla no ha muerto, está durmiendo». Ellos se reían de él. Pero él, después de echarlos fuera a todos, se llevó consigo al padre de la chiquilla, a la madre y a los que habían ido con él y fue adonde estaba la chiquilla. Cogió a la chiquilla de la mano y le dijo: «Talitha, qum» (que signi­fica: «Muchacha, a ti te digo, levántate»). Inmediatamente se puso en pie la muchacha y echó a andar (tenía doce años). Se quedaron viendo visiones.

Los tres discípulos que acompañan a Jesús forman el primer grupo de la lista de los Doce, a los que Jesús dio sobrenombres que indicaban su resistencia al mensaje (cf. 3,16s). Jesús los toma consigo para que com­prendan y sean testigos de que la fuerza de vida que hay en él es más potente que la muerte misma.

Entra Jesús en un ámbito donde reina la desesperanza (lloraban gri­tando sin parar) y la total incredulidad a que la situación tenga remedio (se reían de él).

Las designaciones de la niña van cambiando: en boca de Jairo es mi hijita, indicando dependencia y cariño (23); los emisarios la llaman tu hija, mera dependencia (35); Jesús, la chiquilla, que subraya su edad imnadura, pero no denota dependencia (40.41); luego se dirige a ella lla­mándola muchacha (joven casadera), señalando su independencia y el porvenir fecundo que le espera. Jesús, que da vida y fecundidad a este pueblo, es «el Esposo» (2,19).

v. 43  Les advirtió con insistencia que nadie se enterase y encargó que se le diera de comer.

 6,1a Y salió de aquel lugar.

La orden que nadie se entere, incongruente en el plano histórico, mues­tra el sentido teológico de la perícopa. Al contrario de lo sucedido con los marginados, representados por una mujer adulta (5,25-34), este pueblo, sometido desde siempre a la doctrina de los letrados y a una moral heterónoma y estricta (la observancia legalista) está infantilizado (niña). Por eso no se encuentra preparado para hacer frente a la oposición de los dirigentes si publica su adhesión a Jesús. Ésta, por el momento, debe mantenerse secreta; el grupo cristiano tiene que ayudarle a crecer y desa­rrollarse humanamente hasta que haga suya la propuesta de Jesús y tenga fuerza en sí mismo (que se le diera de comer). Solamente entonces será capaz de resistir el embate del sistema religioso, que se opone con todas sus fuerzas a este programa y actividad.

 


 
III

 v. 21  Cuando Jesús atravesó de nuevo al otro lado, una gran multitud se congregó adonde estaba él, y se quedó junto al mar.

Una gran multitud judía acude a Jesús, el que ha roto con la institu­ción, mostrando su descontento con ella. Jesús vuelve de Gerasa: la mul­titud que acude a él aceptando su contacto con los oprimidos paganos, muestra que también ella ve en Jesús una esperanza de liberación.

A continuación desdobla Mc en dos personajes esta multitud de opri­midos por el régimen religioso judío: la hija de Jairo, que representa al pueblo sometido a la institución (23: hijita del jefe de sinagoga) y la mujer con flujos (5,24b-34), que representa al pueblo marginado por ella (impura). Tanto los fieles de la institución religiosa como los excluidos de ella son víctimas de la opresión que ella ejerce.

 

v. 22 Llegó un jefe de sinagoga, de nombre Jairo, y al verlo cayó a sus pies...

Con la figura de la niña, hija del jefe de sinagoga, describe Mc la dra­mática situación de los judíos integrados en la institución religiosa y sometidos a ella. El tema había sido iniciado en el episodio del hombre con el brazo atrofiado (3,1- 7a), donde se mostraba al pueblo como un inválido sin capacidad de acción, debido a la paralizante observancia de la Ley que se le impone. El legalismo mantiene a estas personas en una situación de dependencia tal, que se encuentran privados de toda liber­tad, creatividad e iniciativa y, por lo mismo, infantilizados (niña).

Los fariseos, que imponen este modo de proceder (3,1-7a), no apare­cen en esta perícopa, indicando que no se interesan por el estado del pueblo. Mc presenta en cambio, a un funcionario, encargado de la admi­nistración y organización de la sinagoga, quien, ante la imposibilidad de encontrar solución dentro de la institución que él mismo representa, se atreve, por amor al pueblo, a acudir a Jesús, el rechazado por el sistema religioso del que él forma parte.

 

v. 23  ...rogándole con insistencia: «Mi hijita está en las últimas; ven a apli­carle las manos para que se salve y viva».

El problema está en que la opresión legalista va llevando a ciertos sectores del pueblo a un estado de indiferencia y de inacción que equiva­le a una muerte en vida (mi hijita está en las últimas).

El jefe de sinagoga (cargo) no encuentra remedio en su sistema y opta como persona (Jairo) por acudir a Jesús, el excomulgado por ella. Piensa que Jesús puede evitar el desastre infundiendo vida en el contex­to de las instituciones del pasado (para que se salve y viva); espera una revitalización del pueblo antes que éste pierda la capacidad de reacción.

 

v. 24a  Y se fue con él.

Sin decir palabra, Jesús lo acompaña, mostrando su entera disponibi­lidad para ayudar al que recurre a él.

 

v. 24b  Lo seguía una gran multitud que lo apretujaba.

Aparece otra multitud, ésta de seguidores de Jesús (lo seguía, cf. 2,15) que no proceden de la institución judía (cf. 3,32.34; 4,10: «los que estaban en torno a él»); su cercanía y adhesión a Jesús las expresa aquí Mc con la observación lo apretujaba.

 

v.v. 25-26  Una mujer que llevaba doce años con un flujo de sangre, que había sufrido mucho por obra de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía sin aprovecharle nada, sino mas bien poniéndose peor...

En este punto intercala Mc el episodio de la mujer con flujos, repre­sentante del otro sector oprimido dentro de la sociedad judía. Enlaza temáticamente con el episodio del leproso (1,39-45), prototipo de los marginados por la institución religiosa, y expone la alternativa que ofre­ce Jesús a este sector del pueblo. Su colocación central, entre las dos par­tes de la narración sobre la hija de Jairo, muestra la importancia que tiene el problema de la marginación y la estrecha conexión que existe entre los dos modos de opresión.

La mujer, impura por su enfermedad (Lv 15,25-30), enferma y estéril, representa al Israel (doce años) marginado por la institución sinagogal. Tras intentar innumerables veces encontrar una solución, ha constatado la imposibilidad de salir de su situación dentro del marco de la Ley, mediante los ritos religiosos que ésta determina, pues es el legalismo fariseo el que la mantiene en ese estado, sometiéndola al mismo tiempo a una explotación económica.

 

v.v. 27-29  ... como había oído hablar de Jesús, acercándose entre la multitud, le tocó por detrás el manto, porque ella se decía: «Si le toco aunque sea la ropa, me salvaré». Inmediatamente se secó la fuente de su hemorragia, y notó en su cuer­po que estaba curada de aquel tormento.

Por eso, los grupos marginados representados por ella se vuelven hacia Jesús, de quien han oído hablar, animados por la presencia en torno a él de una multitud de seguidores que no proceden del judaísmo.

Tienen plena confianza en que Jesús puede acabar con su estado. Ahora, mezclada con el grupo no israelita, la mujer viola la Ley que prohibía el contacto con ella (Lv 15,25) y, al dejarla de lado y dar la adhesión a Jesús, experimenta su libertad ante la institución y la nueva vida que él comu­nica. La fuerza de vida que sale de Jesús es el Espíritu.

 

v.v. 30-33 Jesús, dándose cuenta interiormente de la fuerza que había salido de él, se volvió inmediatamente entre la multitud preguntando: «¿Quién me ha tocado la ropa?» Los discípulos le contestaron: «Estás viendo que la multitud te apretuja ¿y sales preguntando «quién me ha tocado»?» El miraba a su alrededor para distinguir a la que había sido. La mujer, asustada y temblorosa por ser consciente de lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad.

Es decir, los marginados de Israel encuentran en Jesús una alternati­va a su situación; no se atreven, sin embargo, a hacerlo público. Pero Jesús no quiere que estos grupos mantengan oculto nada de lo que ha sucedido. Con su decisión han ejercido su libertad y asumido su respon­sabilidad; ahora deberán afrontar la oposición de los círculos observan­tes haciendo saber el cambio que se ha producido en ellos por la ruptura con la institución y la adhesión a él.

 

v. 34 El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Márchate a la paz y sigue sana de tu tormento».

Así se integrarán en su alternativa (márchate a la paz). El apelativo hija alude de nuevo a Israel (cf. Sof 3,14; Zac 9,9: «hija de Sión»); tu fe te ha salvado indica, a nivel narrativo, la curación; a nivel teológico, la salva­ción (el don de Espíritu) obtenida por la fe.

 

vv. 35-36 Aún estaba hablando cuando llegaron de casa del jefe de sinagoga para decirle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al maestro?» Pero Jesús, sin hacer caso del mensaje que transmitían, le dijo al jefe de sinagoga: «No temas; ten fe y basta».

Vuelve Mc al problema de los sometidos a la institución (la hija de Jairo). Para mostrar la fuerza de Jesús y la diferencia radical de su proyec­to con lo pasado, lleva la situación hasta el límite: la niña / pueblo muere.

La muerte significa que este pueblo, víctima de la opresión religiosa, pierde su fe en la institución, quedando sin objetivo en la vida y sin acce­so a Dios (cf. 6,34). Sin embargo, no hay situación desesperada para el que confía en Jesús. El estado de muerte sería irreversible si no hubiera alternativa, pero Jesús ofrece la suya. El pueblo desilusionado, sin espe­ranza y anulado por la opresión que ha sufrido no está definitivamente perdido; en la adhesión a Jesús tiene una nueva posibilidad de vida, independiente de las instituciones del pasado, que lo han llevado a la muerte.

 

vv. 37-42 No dejó que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a la casa del jefe de sinagoga y contempló el alboroto de los que lloraban gritando sin parar. Luego entró y les dijo: «¿Qué alboroto y qué llantos son éstos? La chiquilla no ha muerto, está durmiendo». Ellos se reían de él. Pero él, después de echarlos fuera a todos, se llevó consigo al padre de la chiquilla, a la madre y a los que habían ido con él y fue adonde estaba la chiquilla. Cogió a la chiquilla de la mano y le dijo: «Talitha, qum» (que signi­fica: «Muchacha, a ti te digo, levántate»). Inmediatamente se puso en pie la muchacha y echó a andar (tenía doce años). Se quedaron viendo visiones.

Los tres discípulos que acompañan a Jesús forman el primer grupo de la lista de los Doce, a los que Jesús dio sobrenombres que indicaban su resistencia al mensaje (cf. 3,16s). Jesús los toma consigo para que com­prendan y sean testigos de que la fuerza de vida que hay en él es más potente que la muerte misma.

Entra Jesús en un ámbito donde reina la desesperanza (lloraban gri­tando sin parar) y la total incredulidad a que la situación tenga remedio (se reían de él).

Las designaciones de la niña van cambiando: en boca de Jairo es mi hijita, indicando dependencia y cariño (23); los emisarios la llaman tu hija, mera dependencia (35); Jesús, la chiquilla, que subraya su edad inmadura, pero no denota dependencia (40.41); luego se dirige a ella lla­mándola muchacha (joven casadera), señalando su independencia y el porvenir fecundo que le espera. Jesús, que da vida y fecundidad a este pueblo, es «el Esposo» (2,19).

 

v. 43  Les advirtió con insistencia que nadie se enterase y encargó que se le diera de comer.

La orden que nadie se entere, incongruente en el plano histórico, mues­tra el sentido teológico de la perícopa. Al contrario de lo sucedido con los marginados, representados por una mujer adulta (5,25-34), este pueblo, sometido desde siempre a la doctrina de los letrados y a una moral heterónoma y estricta (la observancia legalista) está infantilizado (niña). Por eso no se encuentra preparado para hacer frente a la oposición de los dirigentes si publica su adhesión a Jesús. Ésta, por el momento, debe mantenerse secreta; el grupo cristiano tiene que ayudarle a crecer y desa­rrollarse humanamente hasta que haga suya la propuesta de Jesús y tenga fuerza en sí mismo (que se le diera de comer). Solamente entonces será capaz de resistir el embate del sistema religioso, que se opone con todas sus fuerzas a este programa y actividad.

 


 
IV

 Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “el ha venido para que tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta...” Para quien cree –y Jairo ha comenzado ya a adherirse a Jesús, a creer en él, en la medida en que se ha distanciado de la sinagoga-, la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necrópolis (= ciudad de los muertos) cementerio (= dormitorio). No lo ve así la gente que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se reía de él considerando la situación irreversible. Ante tanta incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra adonde está la niña con sus padres junto con tres de sus discípulos a quienes quiere mostrar especialmente la fuerza de vida que hay en él.

Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá que salir al encuentro del maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”. Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre, solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema mundano que ha marginado a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.

Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera.. Dios creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”...

 Añadamos una «nota crítica» de precaución. Una lectura no crítica de la primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de paso: el pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente en ese supuesto, y hablar del mal o de la muerte, con toda naturalidad, como fruto del pecado o -peor aún- como «introducida en el mundo por el diablo envidioso». Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son y merecen que se les hable como a tales. Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica que le ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta para los tiempos de hoy.

Todos, los predicadores de las homilías, y también los oyentes, tenemos la obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita -con frecuencia simplemente por pereza, por falta de estudio, o por miedo- las manidas afirmaciones míticas tradicionales, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales («descriptivas» de algo que realmente hubiera sucedido) se tratara. Se puede evocar el mundo simbólico del pasado para explicarlo pedagógicamente, pero siempre con la obligación de hacer un discernimiento sobre él y de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones «simbólicas», que en otro tiempo fueron ingenuamente tomadas como «literalmente reales» (así fue, y hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo son simbólicas, es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero que en su sentido literal no son históricas, o que incluso pueden realmente ser contrarias a la verdad histórica.

En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones Obelisco, Barcelona / Buenos Aires 2002].



 

Para la revisión de vida

 Nos gusta la vida, nos gusta estar vivos, tenemos eso que se llama “instinto de supervivencia” y que nos hace alejarnos rápida y eficazmente de todo lo que amenaza nuestra existencia, pero que también nos puede llevar a poner en el centro de todo (como absoluto, como "dios" camuflado) nuestra propia supervivencia, dejando muy al margen la preocupación por la vida de los demás. Nuestro Dios es un Dios de vida y de vivos, que tiene su mayor gloria en las personas vivas, que envió a su Hijo para que "tuviésemos vida y vida en abundancia" (Jn 10,10)...

  ¿Soy de los que se preocupan por la vida de todos, por la vida de todo (también de la naturaleza), por la vida sobre todo de los que la tienen más amenazada, por aquellos para quienes sobrevivir es una dura tarea diaria, porque el mundo se organice en favor de la Vida, de la vida para todos y especialmente para los más pequeños?

 

Para la reunión de grupo

Ya el Antiguo Testamento proclama que Dios no es el autor de la muerte sino el autor de la vida. Pero nosotros solemos reaccionar ante el mal con expresiones como «Si Dios lo ha querido...», o «Estaba de Dios que...». ¿De dónde nos viene esa tendencia a atribuir a Dios el mal, las desgracias naturales, la enfermedad, la muerte de los amigos...?

Si Dios es un Dios de Vida y quiere "la vida en abundancia"... ¿de dónde nos viene en la tradición ascética el pensar que podemos agradar a Dios ofreciendo "sacrificios", "morti-ficándonos", actuando contra nosotros mismos ("ágere contra")...? ¿Son acaso influencias extra-bíblicas o extra-cristianas? Vistas con nuestra sensibilidad actual, ¿no son también anti-cristianas en su dimensión profunda?

Podemos refugiarnos en la excusa de que nosotros no tenemos capacidad para resucitar a nadie, como hacía Jesús (evangelio de hoy) ¿Podemos hacer alguna otra cosa a favor de la vida? Si lo pienso en serio, ¡cuántas cosas puedo hacer, aun desde mi pequeñez, desde mi pobreza, desde mis limitaciones, a favor de la vida de las personas!

 

Para la oración de los fieles

Por la Humanidad, para que se una en defensa de la vida de todos los seres humanos, especialmente de los más pequeños y humildes, de los marginados y explotados, roguemos al Señor.

Por todos los hombres y mujeres que habitamos esta casa común que es el planeta: para que como "hermanos mayores" de todas las criaturas asumamos el cuidado de la creación con amor, con ternura incluso, con responsabilidad, roguemos al Señor.

Por todas las religiones de la humanidad, para que comprendan que todas ellas son destellos únicos del Dios único, y que el "Dios de todos los nombres" quiere la paz y la armonía entre todas las religiones de la tierra, roguemos al Señor.

Para que las religiones de la humanidad comprendan que el Dios de la Vida las quiere a todas en una alianza macroecuménica, rindiéndole el culto del cuidado de la vida de la naturaleza y del ser humano, roguemos al Señor.

Por nuestra Iglesia católica, para que haga su aportación específica a este concierto universal según la voluntad de Dios, roguemos al Señor.

Por esta comunidad nuestra, para que reviva su vida comunitaria con el compromiso por la defensa y la promoción de la Vida, roguemos al Señor.

 

Oración comunitaria

 Señor, Dios, Padre nuestro, que no quieres la muerte de las personas ni te complaces con los sacrificios, sino que has puesto tu gloria en el ser humano vivo, en la Vida en plenitud. Haz que te sepamos imitar acogiendo, defendiendo y promoviendo la vida, sobre todo la de nuestros hermanos necesitados u oprimidos. Nosotros te lo pedimos siguiendo el ejemplo y la inspiración de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org