DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: 2 Reyes 4, 42-44
Salmo responsorial: Salmo 144
Segunda lectura: Efesios 4, 1-6
 

EVANGELIO
Juan 6, 1-15

 6 1Algún tiempo después se fue Jesús al otro lado del mar de Galilea (de Tiberíades). 2Solía seguirlo una gran multi­tud porque percibían las señales que realizaba con los en­fermos.

3Subió Jesús al monte y se quedó sentado allí con sus discípulos. 4Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los Judíos. 5Jesús levantó los ojos y, al ver que una gran multitud se le acercaba, se dirigió a Felipe:

-¿Con qué podríamos comprar pan para que coman éstos? 6(Lo decía para ponerlo a prueba, pues él ya sabía lo que iba a hacer.)

7Felipe le contesto:

-Doscientos denarios de plata no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo.

8Uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

9-Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de ce­bada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?

10Jesús les dijo:

-Haced que esos hombres se recuesten.

Había mucha hierba en el lugar.

Se recostaron aquellos hombres, adultos, que eran unos cinco mil. 11Jesús tomó los panes, pronunció una acción de gracias y se puso a repartirlos a los que estaban recos­tados, y pescado igual, todo lo que querían.

12Cuando quedaron satisfechos dijo a sus discípulos:

-Recoged los trozos que han sobrado, que nada se eche a perder.

13Los recogieron y llenaron doce cestos con trozos de los cinco panes de cebada, que habían sobrado a los que habían comido.

14Aquellos hombres, al ver la señal que había realizado, decían:

-Ciertamente éste es el Profeta, el que tenía que venir al mundo.

15Jesús entonces, dándose cuenta de que iban a llevár­selo por la fuerza para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.

 


 

COMENTARIOS

I

El hambre es la enfermedad que causa más muertes: decenas de millares de niños cada día, decenas de millones de seres humanos cada año. Pero el hambre no es sólo una enfermedad: para el que todavía no ha muerto, es la primera esclavitud. Jesús nos indica el camino para salir de ella. No es una revolución más, es más que cualquier revolución.

 

UN NUEVO EXODO

Subió Jesús al monte y se quedó sentado allí, con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua,  la fiesta de los judíos. Jesús levantó los ojos, y al ver que una gran multitud se le acercaba...

La Pascua era la fiesta de la liberación de Israel. En ella se recordaba la ultima noche de esclavitud pasada en Egipto, con la certeza de que ya la libertad estaba cerca (Ex 12,1-14). Pero la Pascua que se iba a celebrar había perdido gran parte de su valor al ser integrada por un sistema religioso que, aunque seguía invocando con la boca al Dios liberador, se había convertido en instrumento de opresión y de esclavitud del pueblo. Por eso Juan la llama la Pascua, la fiesta de los judíos; es la fiesta oficial de aquel sistema que, recordando las palabras del evangelio del domingo pasado, había extravia­do al pueblo, que vagaba desamparado «como ovejas sin pas­tor» (Mc 6,34). Son, el del domingo pasado y el de éste, dos textos en los que se muestra el camino para salir definitivamente de la esclavitud, en los que se propone un nuevo éxodo, un nuevo proceso de liberación, abierto ahora para toda la humanidad y en el que, por supuesto, también participa, por medio de Jesús, el Señor que liberó a los israelitas de aquella antigua, pero aún no vencida, esclavitud.

La dirección ahora es la contraria a la del primer éxodo: entonces las tribus de esclavos se encaminaron hacia la tierra de Canaán; ahora sale (éxodo significa salida) de esa tierra una gran multitud, que busca, al otro lado del mar, en tierra de paganos, a Jesús, quien, sentado en el monte (lugar de la presencia de Dios; véase Ex 3,1; 4,27; 18,5; 24,1.9.12-13.15.18; Nm 10,33; 1 Re 19,8; Is 2,2-5; 11,9; Ez 28,14.16; Sal 24,3; 68,16-17), les va a enseñar el camino de la definitiva libertad.

 

ROMPER CON ESTE SISTEMA

...se dirigió a Felipe: -¿Con qué podríamos comprar pan para que coman ésos? (Lo decía para ponerlo a prueba, pues él ya sabía lo que iba a hacer.) Felipe le contestó: -Doscientos denarios de plata no bastarán para que a cada uno le tocase un pedazo.

Uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

-Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es eso para tantos?

La plata, el dinero, no resuelve el problema. Felipe no sale bien de la prueba a que lo somete Jesús. No encuentra el camino para saciar el hambre de aquella gente. No conoce otro medio que la compraventa, y por ese camino sólo se soluciona el hambre de unos pocos a costa del hambre de la mayoría. Y hoy, ya casi en el siglo XXI, está más que probado que el hambre de los países pobres no es sino la consecuencia del empacho de los países ricos. Más aún: el bienestar de las clases trabajadoras de estos países ricos no se debe a que haya más justicia, sino que es efecto de la injusticia que sufren los pueblos del Tercer Mundo; el capital sigue explotando, aun­que la mayoría de las víctimas queden algo más lejos. Hay, por tanto, que romper con este sistema.

Andrés, sin embargo, parece que sí conoce la solución: que los que, siguiendo a Jesús, han decidido ponerse al servi­cio de la humanidad (a ellos, al grupo de Jesús, a la comunidad cristiana, representa el muchacho que tiene los panes y los peces), compartan todo lo que tienen, aunque sea poco, aun­que sólo sean cinco panes y un par de pescados. Pero a Andrés le falta confianza, no está seguro de que sólo compartiendo se pueda resolver completamente el problema: «¿qué es eso para tantos?»

 

EL SEÑOR, EL ÚNICO DUEÑO

Jesús les dijo: -Haced que esos hombres se recuesten. Había mucha hierba en el lugar. Se recostaron aquellos hombres, adultos, que eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, pronunció una acción de gracias y se puso a repartirlos a los que estaban recostados, y pescado igual, todo lo que querían.

El nuevo éxodo empieza con una comida, como el antiguo. Pero en éste la libertad ya se empieza a gozar. Ahora los que comen lo hacen recostados, como los hombres libres: silos hombres, en lugar de acumular lo que a otros les falta, lo comparten como manifestación de amor, nadie tendrá que convertirse en esclavo para poder ver satisfechas sus necesida­des más primarias. El amor y la solidaridad son siempre fuente de libertad.

Pero para que esto sea posible es necesario aceptar que el Señor es el único dueño de lo que los hombres necesitan para vivir. Eso es lo que reconoce Jesús cuando, con el pan y los pescados en la mano, pronuncia una acción de gracias: la vida y el alimento necesario para la vida del hombre son regalos de Dios. Los panes y los peces no son de aquel muchacho, no son propiedad de la comunidad: son fruto del amor de Dios, y el amor de Dios, si no se comparte, se rechaza.

La tierra entera es un regalo de Dios a toda la humanidad. El la entregó a los hombres para que todos disfrutaran de sus frutos. Por eso nadie tiene derecho a acumular lo que a otros les falta.

¿Verdad que silos cristianos nos tomáramos esto en serio sería algo más, mucho más, que cualquier revolución? Y, además, debemos hacerlo sin triunfalismos, sin convertirnos en líderes de masas. Después de repartir panes y peces, Jesús, «dándose cuenta de que iban a llevárselo por la fuerza para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo».

 


 

II

 1-2 Algún tiempo después se fue Jesús al otro lado del mar de Galilea (de Tiberíades). Lo fue siguiendo una gran multi­tud, porque percibían las señales que realizaba con los en­fermos.

La sección anterior había terminado con la apelación de Jesús a sus obras como testimonio del Padre en su favor (5,36); ellas ponían de manifiesto su sintonía con el Padre en una actividad rehabilitadora del hombre que no conoce descanso (5,17). Estas obras han provocado la ruptura entre Jesús y los dirigentes, quienes se han propuesto darle muerte (5,18). La salida del territorio de Israel escenifica esta ruptura por parte de Jesús.

Jesús va al otro lado del mar. Se alude aquí al mar que atravesaron los judíos en el antiguo éxodo. El lago-mar lleva un doble nombre (de Galilea, de Tiberíades, cf. 21,1), uno tradicional hebreo; el otro, reciente, de sabor pagano. Con esto indica el evangelista la mezcla de población judía y pagana en la región. El éxodo de Jesús está abierto a todos.

El punto de partida del éxodo de Jesús es el territorio de Israel, antigua tierra prometida, que, dominada ahora por los dirigentes, se ha convertido en tierra de esclavitud. Pero, al pasar el mar, Jesús no se lleva detrás a las multitudes. No es un caudillo que arrastra. Los hombres tendrán que dar el paso también ellos si quieren estar con Jesús. La nueva comunidad se funda en una opción libre.

Por primera vez en este evangelio una multitud  sigue a Jesús, porque ve en él un liberador: la acción de Jesús con el hijo del funcionario (4,46b-51) y con el paralítico de la piscina (5,3-9), ambos figuras del pueblo oprimido, ha despertado en muchos (una gran multitud) la esperanza de que pueda llevarlos a una vida más humana. Lo que no fueron capaces de entender los dirigentes lo ha entendido la multitud maltrecha: que las obras de Jesús con los enfermos eran señales de algo más decisivo, y eso los mueve a seguirlo. Aunque los que forman la multitud no están enfermos, son también ellos débiles.

 

3-7 Subió Jesús al monte y se quedó sentado allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los Judíos. Jesús levantó los ojos y, al ver que una gran multitud se le acercaba, se dirigió a Felipe: «¿Con qué podríamos comprar pan para que coman éstos?» (Lo decía para ponerlo a prueba, pues él ya sabía lo que iba a hacer.) Felipe le contestó: «Doscientos denarios no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo».

Jesús sube al monte, como Moisés (Éx 24,l-2.9.12). El monte es símbolo de la esfera divina; representa el lugar donde reside la gloria de Dios, que en este evangelio se identifica con su amor fiel, manifestado en Jesús. Jesús se queda sentado en el monte, su lugar propio. Los discípulos están con él: la esfera de Dios está abierta a los hombres.

Aparece de nuevo la Pascua como fiesta de los dirigentes (de los Judíos, cf. 2,13; 5,1). Su sentido primigenio como fiesta de la liberación del pueblo, es ya un sarcasmo; no es más que una fiesta del régimen. Para celebrarla, la gente debía subir a Jerusalén; esta multitud, sin embargo, en vez de ir en peregrinación a la capital, sigue a Jesús; comienza a zafarse del yugo de sus dirigentes. Jesús, situado al otro lado del mar, representa una alternativa frente al sistema judío.

La presencia de la multitud da pie al diálogo con Felipe, el discípulo que Jesús fue a buscar (1,43) y que seguía aferrado a las categorías de la tradición judía (1,45). Jesús prevé la necesidad del pue­blo, no espera a que le rueguen (cf. Éx 16,1-4). El dador de vida se preocupa de lo necesario para vivir.

Enfrenta a Felipe con la realidad que tiene delante. La multitud ha optado por Jesús, deseando verse libre de la opresión: se presenta el problema de la subsistencia de estas personas. Se esperaba la justicia y la abundancia para el tiempo del Mesías y Jesús ya ha sido reconocido como tal (cf. 1,41.45.49). Jesús pone a prueba a Felipe (cf. Éx 15,25; 16,4; Dt 33,8) para ver cómo reacciona.

Felipe muestra su desaliento: en la economía del dinero, única que comprende, no hay solución para el hambre; ateniéndose a los principios de la sociedad, resulta imposible a los discípulos satisfacer la necesidad de los pobres. Confiesa su impotencia: no se puede hacer nada. Además, la cantidad de dinero que él ha calculado (doscientos denarios, más de medio año de jornal) no bastaría para cubrir la necesidad, sino solamente para engañar el hambre (un pedazo). Para Felipe, el éxodo fracasa.

 

8-9 Uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de ce­bada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Interviene Andrés. Es el hermano de Simón Pedro, quien, aunque está presente, no toma la palabra ni propone iniciativa alguna. Se mencionan así los representantes de los tres grupos que siguieron a Jesús o se encontraron con él al principio del evangelio: Felipe, representante de los israelitas fieles a la tradición, llamado por Jesús (1,43); Andrés, el discípulo de Juan Bautista que oyó su declaración sobre Jesús y espontáneamente lo siguió para quedarse a vivir con él (1,39), y Simón Pedro, quien, al contrario de los dos anteriores,  no mostró entusiasmo alguno al encontrarse con Jesús (1,42).

La intervención de Andrés no es respuesta a una pregunta de Jesús, habla espontáneamente. Ve la situación y quiere informar sobre los medios de que se dispone. El mucha­cho, que se encuentra en el mismo lugar de los discípulos (aquí), es figura de éstos en cuanto servidores  de la multitud. Así se explica que Andrés hable de los panes y peces como de algo de lo que puede disponer.

El número cinco de los panes puede aludir a los libros de Moisés, a los que se llamaba "la Ley". La mayoría de los discípulos están aún en la línea de la Ley, siguen los principios del judaísmo. La precisión: panes de cebada, alude a un episodio de Eliseo, quien, con veinte panes de cebada, satisfizo el hambre de cien personas (2 Re 4,42-44). Los dos peces completan el número de siete, que indica la totalidad de las provisiones de que dispone la comunidad.

Andrés, representando al grupo, está dispuesto a poner a disposición de la multitud los recursos de su pobreza. Vislumbra que la solución del problema está en el amor-solidaridad y querría mostrarlo compartiendo lo que tienen, pero está seguro de que no basta. Tampoco Andrés ve posible que el éxodo de Jesús pueda tener éxito.

 

10 Jesús les dijo: «Haced que esos hombres se recuesten». Había mucha hierba en el lugar.

Jesús no hace caso del pesimismo de los discípulos y les da una orden. Los que antes eran multitud (v. 5) indiferenciada, son llamados ahora hombres, es decir, individuos, personas con rostro propio. Comer recostado era propio de hombres libres. Particularmente en la cena pascual, se veía en ello el paso de la esclavitud a la libertad. La orden de Jesús a sus discípulos tiene, por tanto, ese significado. En el éxodo-Pascua de Jesús, los oprimidos han de tomar conciencia de su libertad y dignidad; éste es el primer efecto de la acción de Jesús.

La nueva Pascua no se come de pie y deprisa como la antigua (Éx 12,11); ésta es la de los hombres libres, no la de los esclavos, y no hay largo camino que recorrer para llegar a la nueva tierra prome­tida.

La mucha hierba representa la promesa de  fecundidad propia del tiempo mesiá­nico (cf. Sal 72,16), que va a traducirse muy pronto en abundancia. La nueva comunidad no va a errar en un desierto; está desde el principio en un lugar de vida.

 

10b Se recostaron aquellos hombres, adultos, que eran unos cinco mil.

Los que se recuestan, al adoptar la postura de los hombres libres, son hombres adultos. De la masa de gente que se le había acercado, Jesús hace personas independientes y emancipadas, responsables de sí mismas. Este es el primer paso, presupuesto para toda la labor subsiguiente.

El número cinco mil (cf. Mt 14,21; Mc 6,44; Lc 9,14; Hch 4,4) es múltiplo de cinco (número de los panes/Ley) y de cincuenta (número de los miembros de una comunidad de profetas, cf. 1Re 18,4.13; 2Re 2,7.15-17). Con esta doble correspondencia indica el evangelista que la Ley queda sustituida por el Espíritu. El espíritu de Moisés se comunicó a los jefes (Nm 11,25); Jesús comunica el Espíritu de Dios a todo el que responde a su llamada (1,33: el que va a bautizar con Espíritu Santo).

 

11 Jesús tomó los panes, pronunció una acción de gracias y se puso a repartirlos a los que estaban recos­tados, y pescado igual, todo lo que querían.

Jesús va a poner remedio a la escasez con un signo que explicará cómo se produce la abundancia mesiánica. No busca panes fuera, toma los de la comunidad: ésta ha de encontrar la solución por sí misma, sin depender de estructuras explotadoras que, al controlar los medios de vida, privan de la libertad.

La acción de gracias de Jesús introduce un nuevo personaje, Dios Creador-Padre. Pronunciar la acción de gracias significa reconocer que algo que se posee es don del amor de Dios y alabarlo por ello. Y al reconocer que el origen de los panes está radicalmente en Dios, quedan desvinculados de su poseedor humano para convertirse en bien de todos, como la creación misma.

La señal que da Jesús o el prodigio que cumple consiste precisamente en liberar los bienes creados del acaparamiento egoísta, para que recuperen su sentido de don gratuito y universal de Dios. Al reconocer el hombre el amor que se manifiesta en ellos, debe disponerse a compartir para manifestar su propio amor: compartiendo prolonga hacia otros el amor de Dios, multiplicando el acto creador. El milagro es el amor, por parte de Dios y por parte de los hombres: ofrecerlo todo sin reservarse nada.

Frente a la confianza en el dinero está la confianza en el amor- solidaridad. Los comensales reciben todo lo que querían: se subraya la abundancia. El maná del desierto estaba tasado (Éx 16,16: “lo que pueda comer, dos litros por cabeza”). Jesús no traza reglas; él responde a la necesidad humana hasta la satisfacción total.

Jesús mismo distribuye el pan y los peces, se hace servidor de los que están recostados. No se trata de un reparto asistencial: el pan va acompañado del servicio, que es el don de la persona. Jesús no da limosna, expresa solidaridad. Con su acción, enseña a los discípulos cuál es la misión de la comunidad: la de manifestar la generosidad del Padre, compartiendo los dones que de él ha recibido.

 

12-13 Cuando quedaron satisfechos dijo a sus discípulos: «Recoged los trozos que han sobrado, que nada  se desperdicie». Los recogieron y llenaron doce cestos con trozos de los cinco panes de cebada, que habían sobrado a los que habían comido.

Todos quedan satisfechos: se ha superado la imposibilidad; el límite lo han puesto los mismos comensales. Hay muchas sobras que no deben desperdiciarse: deberán dar principio a otras abundancias. Los discípulos recogen los trozos que han sobrado. Los dones de Dios son copiosos, pero no superfluos.

El núnero doce de los cestos alude a Israel (las doce tribus) e indica que compartiendo puede satisfacerse el hambre de la nación entera. Vuelven a mencionarse los panes de cebada. El motivo de la repetición es claro: en los comentarios del tiempo a Sal 72,16: "que abunden las mieses del campo, etc.", se afirmaba que en tiempos del Mesías, como señal de abundancia, estaría el suelo cubierto de panes de cebada. Esta alusión hace ver que lo sucedido no es sólo un signo profético, como el de Eliseo, sino mesiánico. Lo perciben los discípulos, que recogen los trozos. Jesús les hace ver cómo él realiza la abundancia mesiánica.

 

14-15 Aquellos hombres, al ver la señal que había realizado, decían: «Ciertamente éste es el Profeta, el que tenía que venir al mundo». Jesús entonces, dándose cuenta de que iban a llevár­selo por la fuerza para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.

Los que habían comido, al ver la abundancia (la señal), llegan a una conclusión: Jesús es más que Eliseo, es el Profeta (cf. 1,22, pregunta a Juan Bautista) que tenía que venir al mundo. Hay en estas palabras una alusión a las de Moisés en Dt 18,15.18 (“un profeta como yo”). Para ellos, Jesús es, como lo fue Moisés, un enviado de Dios destinado a Israel.

Pero la señal que ha dado Jesús no era sólo profética; tenía un claro sentido mesiánico, pues al dar de comer a la multitud ha renovado los signos del éxodo, en particular el del maná, y, según se pensaba, el nuevo y definitivo éxodo había de ser obra del Mesías.

Por eso, además de la reacción general, surge otra manera de concebir la figura de Jesús: hay quienes piensan en hacerlo rey, sin duda los que han percibido el sentido mesiánico de su acción, entre ellos los discípulos. Pretenden conferirle el poder, imponerle el programa mesiánico propio de la mentalidad judía.

Pero este propósito está en abierta contradicción con la actitud que Jesús ha adoptado antes, poniéndose a servir a los que estaban recostados. En vez de aceptarlo como servidor del hombre, quieren darle una posición de superioridad y de fuerza. Jesús pretendía hacer al pueblo libre; éstos quieren renunciar a su propia libertad. Jesús les pedía generosidad y amor; ellos eligen rendirle obediencia. No aceptan la condición de adultos; prefieren continuar siendo súbditos pasivos.

Ante esa perspectiva, Jesús, como Moisés después de la idolatría (Ex 34,3-4), se retira o huye solo al monte. La situación es el reverso de la que presentaba el principio de la perícopa, cuando aparecían Jesús y los discípulos en el monte y la multitud se les acercaba. Ahora, la soledad de Jesús expresa una ruptura. Es la crisis.

 


 

III

2Re 4, 42-44

La actividad profética de Eliseo tuvo lugar en el Reino del Norte. Eliseo es un profeta taumaturgo, a través de sus milagros intentó conducir al pueblo a Dios. En la liturgia de hoy se nos presenta la multiplicación de los panes. Aunque parece que no van a alcanzar para tanta gente, sin embargo, al repartirlos alcanza y sobra. La fuerza de este pan es más de orden espiritual: basta un poco de pan compartido con gusto y con alegría, para sentir su fuerza y su energía.

 

Ef 4, 1-6

Este texto es una exhortación a la unidad. Pablo desde la prisión suplica a los Efesios que vivan de acuerdo con la vocación a la que han sido llamados y se esfuercen por mantener la unidad, ya que han recibido un mismo bautismo. El reconocimiento de la paternidad de Dios nos lleva a reconocer en los demás a nuestros hermanos.

Una intachable conducta de vida corresponde a la vocación que han recibido los que antes eran gentiles. La vida digna del llamamiento a la esperanza se muestra en el hecho de que los miembros de la Iglesia guarden la unidad obrada por el Espíritu en el único cuerpo.

Se habla de la relación con la Iglesia y en la Iglesia como comunión que los abraza. La desintegración de la unidad es señal de desesperanza de los miembros de la Iglesia. Presupuestos internos para la unidad son: tener en más estima a los otros que a sí mismo, saber apreciar los dones que Dios ha dado a los demás, pensar y sentir unánimemente... Todo esto presupone apartarse de todas las formas de ambición. La humildad y la modestia desempeñan un gran papel donde hay amenaza contra la unidad. La mansedumbre, la apacibilidad, la dulzura son comportamientos con el prójimo que alejan toda clase de riñas, evitan la acritud y el sentimiento de superioridad. La paciencia es un rasgo esencial del amor, hace posible y salvaguarda la unidad de la paz.

El llamamiento que se hace a los que antes eran gentiles es un llamamiento hacia los otros, a respetar el espacio interno y externo, a permitirles que sean ellos mismos y a poderles apreciar en el amor. El Espíritu es el poder que crea y conserva la unidad y esta unidad es la que hay que guardar.

 

Jn 6, 1-15

Mucha gente acudía a escuchar a Jesús. A veces venían de lejos, y era lógico que vinieran preparados para pasar unos días. Venían atraídos por la fama de los milagros y señales que realizaba. Jesús aprovecha el momento para dar una lección a sus oyentes. Comienza preguntándole a Felipe que con qué comprarían panes para dar de comer a la multitud. Felipe le dice que no bastarían doscientos denarios. Andrés le dice que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero que eso no es nada para tanta gente. Es la misma pregunta que el criado le hace a Eliseo.

Jesús enseña que la dinámica del Reino es el arte de compartir. Quizá todo el dinero del mundo no fuese suficiente para comprar el alimento necesario para los que pasan hambre... El problema no se soluciona comprando, el problema se soluciona compartiendo.

La dinámica del mundo capitalista es precisamente el dinero. Creemos que sin dinero nada se puede hacer y tratamos de convertirlo todo en dinero, no sólo los recursos naturales sino también los recursos humanos y los valores: el amor, la amistad, el servicio, la justicia, la fraternidad, la fe, etc. En el mundo capitalista nada se nos da gratuitamente, todo tiene su precio, todo se tasa y se comercializa. Se nos ha olvidado que la vida acontece por pura gratuidad, por puro don de Dios.

Jesús en esta multiplicación de los panes y de los peces parte de lo que la gente tiene en el momento. El milagro no es tanto la multiplicación del alimento, sino lo que ocurre en el interior de sus oyentes: se sintieron interpelados por la palabra de Jesús y, dejando a un lado el egoísmo, cada cual colocó lo poco que aún le quedaba, y se maravillaron después de que vieron que al alimento se multiplicó y sobró. Comprendieron entonces que si el pueblo pasaba hambre y necesidad, no era tanto por la situación de pobreza, sino por el egoísmo de los hombres y mujeres que conformados con lo que tenían, no les importaba que los demás pasaran necesidad. El gesto de compartir marca profundamente la vida de la primeras comunidades que siguieron a Jesús. Compartir el pan se convierte en un gesto que prolonga y mantiene la vida, un gesto de pascua y de resurrección. Al partir el pan se descubre la presencia nueva del resucitado.

Si somos hijos de un mismo Padre como reconoce Pablo en la lectura que hemos hecho, no se entiende por qué tantos hombres y mujeres viven en extrema pobreza mientras unos cuantos viven en abundancia y no saben qué hacer con lo que tienen. En el mundo actual es mucho el dinero que se invierte en guerra, en viajes extraterrestres, en tratamientos para adelgazar. Los que tienen el capital crean condiciones cada vez más injustas y pretenden hacer más dinero, explotando los recursos que quedan, aunque destruyan todo y acaben con las condiciones de vida sobre la tierra. Ningún ser humano debiera morir de hambre, pues la tierra tiene suficiente para albergarnos a todos. Los cristianos no debemos olvidar el compartir: ésta es la clave para hacer realidad la fraternidad, para reconocernos hijos de un mismo Padre. Cuando se comparte con gusto y con alegría el alimento se multiplica y sobra. La multitud, al ver lo que Jesús ha hecho, intenta llevárselo para proclamarlo rey pero Jesús huye solo a la montaña.

 



Para la revisión de vida

 Dios está por encima de todas nuestras divisiones; nosotros estamos guiados, movidos y animados por un mismo y único Espíritu. ¿Veo las diferencias que pueda haber entre nosotros como las riquezas que el Espíritu nos da para que construyamos juntos la unidad, o prefiero la uniformidad que mata la pluralidad de carismas?

 Moisés, en el desierto, fue incapaz de alimentar al pueblo y tuvo que recurrir a Yahvé. Jesús, él solo es capaz de alimentar a la multitud, a cuantos tienen hambre, de modo que “todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga una vida imperecedera”. ¿Con qué “pan” alimento yo mi vida: el del afán de dinero, o de fama, o de comodidad… o con el pan del servicio?

 

Para la reunión de grupo

 Eliseo, siervo del Señor, aprovecha el pan que le es ofrecido para que haga un sacrificio al Señor y lo emplea para dar de comer, en época de carestía, a la gente que busca al Señor pero que no tiene con qué alimentarse. Y es que el profeta de Dios tiene que llevar la palabra a las gentes, pero lo primero de todo es que las gentes tengan qué comer para estar vivas. ¿Qué es más importante que demos a los demás: el pan de la palabra o la palabra del pan? Profundizar en es dialéctica entre el hambre material y el hambre espiritual... ¿Se puede establecer divisiones y contraposiciones? ¿Qué pensar, en ese sentido, del "materialismo" de Mt 25, 31ss?

 

Para la oración de los fieles

Por toda la Iglesia, para que seamos capaces de alimentar a cuantos tienen hambre y sed de justicia. Oremos.

Por todos los gobernantes del mundo, para que en sus gestiones sea cuestión primordial la atención a los indigentes. Oremos.

Por todos los niños que siguen muriendo de hambre, para que su sacrificio sea estímulo que nos una a todos en la lucha contra el hambre. Oremos.

Por todos los cristianos, para que nunca olvidemos nuestra vocación de animadores y propagadores de la vida, el amor, la justicia y la esperanza. Oremos.

Por nuestra comunidad, para que se mantenga siempre fiel al ejemplo de Jesús a la hora de comprometerse en la lucha por resolver las necesidades de las personas. Oremos.

 

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro, protector de todos los que en ti confían; danos el pan de cada día, que alimenta nuestro cuerpo para seguir esforzándonos en la construcción de tu Reino; y danos el pan de tu palabra, que nos da luz y sentido para nuestras vidas. Te lo pedimos por Jesucristo N.S.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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