DECIMOCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: Éxodo 16, 2-4. 12-15
Salmo responsorial: Salmo 77
Segunda lectura. Efesios 4, 17. 20-24

 

EVANGELIO
Juan 6, 24-35

 24Así, al ver la gente que Jesús no es­taba allí ni sus discípulos tampoco, se montaron ellos en los botes y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

 25Lo encontraron al otro lado del mar y le preguntaron:

- Maestro, ¿desde cuándo estás aquí?

26Les contestó Jesús:

- Sí, os lo aseguro. Me buscáis no por haber visto se­ñales, sino por haber comido pan hasta saciaros. 27Trabajad, no tanto por el alimento que se acaba, cuanto por el alimento que dura dando vida definitiva, el que os va a dar el Hijo del hom­bre, pues a éste el Padre, Dios, lo ha marcado con su sello.

28Le preguntaron:

- ¿Qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?

29Respondió Jesús:

- Éste es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhe­sión al que él ha enviado.

 

30Le replicaron:

- Y ¿qué señal realizas tú para que viéndola te creamos?, ¿qué obra haces? 31Nuestros padres comieron el maná en el desierto; así está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”.

32Entonces Jesús les respondió:

- Pues, sí, os lo aseguro: nunca os dio Moisés el pan del cielo; no, es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. 33Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

34Entonces le dijeron:

- Señor, danos siempre pan de ése.

35Les contestó Jesús:

- Yo soy el pan de la vida. Quien se acerca a mí nunca pasará hambre y quien me presta adhesión nunca pasará sed. 36Pero, como os he dicho, me habéis visto en persona y, sin embargo, no creéis.

 


 

 COMENTARIOS

I

22-24 Al día siguiente, la multitud que se había quedado al otro lado del mar se dio cuenta de que allí no había ha­bido más que un bote y que no había entrado Jesús con sus discípulos en aquella barca, sino que sus discípulos se habían marchado solos. Llegaron de Tiberíades otros botes cerca del lugar donde habían comido el pan, cuando el Señor pronunció la acción de gracias. Así, al ver la gente que Jesús no es­taba allí ni sus discípulos tampoco, se montaron ellos en los botes y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

La datación (Al día siguiente) muestra la conexión con el episodio anterior. Aquella noche, los discípulos habían intentado separarse de Jesús. La gente, en cambio, había permanecido en el mismo lugar; querían continuar en la situación que había puesto remedio a su indigencia. Desean encontrar de nuevo a Jesús.

Se dan cuenta, por una parte, de que allí no había habido más que una barca, la que habían cogido los discípulos, y, por otra, de que Jesús no se había embarcado con ellos.

Entretanto, se ofrece una solución: nuevas barcas llegan de Tiberíades cerca del lugar donde estaban, donde habían comido. La nueva mención de la acción de gracias de Jesús muestra su importancia: fue ella la que hizo posible que todos comieran. Como "acción de gracias" se dice en griego "eukharistía", el título el Señor indica que el evangelista está leyendo el episodio desde la praxis eucarística de la comunidad.

La multitud se convence de que Jesús no está allí y, aprovechando las barcas que han llegado, va en su busca.

 

25-27 Lo encontraron al otro lado del mar y le preguntaron: «Maestro, ¿desde cuándo estás aquí?» Les contestó Jesús: «Sí, os lo aseguro. Me buscáis no por haber visto se­ñales, sino por haber comido pan hasta saciaros. Trabajad, no tanto por el alimento que se acaba, cuanto por el alimento que dura dando vida definitiva, el que os va a dar el Hijo del hom­bre, pues a éste el Padre, Dios, lo ha marcado con su sello».

Jesús está de nuevo entre la gente. Al encontrarlo, lo saludan con un título de respeto: Maestro (Rabbí). Es la primera vez que la multitud habla con Jesús y muestra deseo de aprender de él. No se explican cómo se encuentra en esta orilla del lago y le preguntan cuánto tiempo lleva allí.

Jesús no responde a la pregunta, sino al deseo de encontrarlo. Han sido los beneficiarios del amor de Dios expresado a través de Jesús y los suyos, pero lo que ellos recuerdan es la satisfacción del hambre; por eso buscan a Jesús. Repartirles el pan había sido una invitación a la generosidad. No era solamente darles algo (el pan), sino que expresaba con el servicio la entrega de la persona. Al retener sólo el aspecto material, la satisfacción de la propia necesidad, lo han vaciado de su contenido y no han respondido al amor.

Jesús les da un aviso, reprochándoles la estrechez de su horizonte: el alimento es factor de vida, pero ellos buscan sólo sustentar la vida física; por eso se afanan únicamente por el alimento perecedero, que no evita la muerte. Centrarse en obtener ese alimento equivale a renunciar a los valores más nobles de lo humano, a negar en sí mismo la dimensión del Espíritu y reducirse a ser "carne", cuya vida termina.

Pero el hombre no debe conformarse con una vida mediocre y efímera, debe aspirar a una vida plena y sin término, y ésta necesita su particular alimento. Ahora bien, es el Hijo del hombre, el que es modelo de Hombre, quien va a dar el alimento que no perece y que, por eso, producirá vida para siempre. En otras palabras,  no basta esforzarse para subvenir a la necesidad material, hay que aspirar a la plenitud humana, y también esto requiere la colaboración y el esfuerzo del hombre (Trabajad).

El don del pan ha sido expresión del amor, y es éste el alimento permanente que desarrolla la vida del hombre; el que lo construye y lo realiza. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir que es el portador del Espíritu y lleva así la marca indeleble del Padre (sellado por el Padre), es decir, de Dios como dador de vida que culmina la obra creadora. Él hace de Jesús el Hijo del hombre, el poseedor de la plenitud humana. Y es Jesús quien, de su plenitud, va a dar el alimento que no se acaba, el amor y la lealtad (1,16-17).

 

28-29 Le preguntaron: «¿Qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: «Este es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhe­sión al que él ha enviado».

Ellos entienden que hay que trabajar, pero no saben cómo ni en qué. Acostumbrados por la Ley a que Dios dicte mandamientos, preguntan a Jesús cuáles son lo que ahora prescribe. No conocen el amor gratuito; creen que Dios pone precio a sus dones.

Jesús corrige el presupuesto de la pregunta. Dios no va a imponer nuevos preceptos u observancias. El trabajo que Dios requiere es único: dar la adhesión a Jesús como enviado suyo. Es una adhesión continua, que conlleva el deseo por acercarse al modelo de Hombre, Jesús, en su ser y en su actividad. Ese deseo de plenitud es el norte por el que el hombre tiene que orientarse. Trabajar para obtenerla es la tarea noble, la propiamente humana, más allá con mucho de la mera supervivencia.

 

30-31 Le replicaron: «Y ¿qué señal realizas tú para que viéndola te creamos?, ¿qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto; así está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”».

No se esperaban esto. Estaban dispuestos a manifestar su adhesión a Dios, de la manera que él pidiese. Habían visto en Jesús "el Profeta" (6,14). Y un profeta es instrumento de Dios y reclama fidelidad a Dios, no adhe­sión a su propia persona.

Ahora la multitud comprende que Jesús se declara Mesías y, para darle la adhesión, exigen un prodigio como los del antiguo éxodo, semejante al del maná, el llamado pan del cielo (Neh 9,15; Éx 16,15; Nm 11,7-8; Sal 78,24). Oponen los prodigios de Moisés a la falta de especta­cularidad de la obra de Jesús. Exigen lo portentoso, lo que deslumbra sin comprometer, en vez de lo personal, cotidiano, profundo y de efica­cia permanente.

Hablan de "sus padres", cuando Jesús les ha hablado de "el Padre" (v. 27); siguen apegados a su linaje y se refugian en el pasado. Jesús, en cambio, tiene una perspectiva universal: mientras que "sus padres" son los de Israel; "el Padre" lo es de la humanidad entera.

 

32-33 Entonces Jesús les respondió: «Pues, sí, os lo aseguro: nunca os dio Moisés el pan del cielo; no, es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

La respuesta de Jesús es tajante: el maná no era pan del cielo; es además cosa del pasado. El pan de Dios es cosa del presente y consiste en una comunicación incesante de vida que él hace al mundo. Como el maná llovía de lo alto, este pan baja del cielo, pero sin cesar; y no se limita a dar vida a un pueblo; da vida a toda la humanidad.

Como se ha visto en el episodio precedente, el pan expresa el amor de Dios crea­dor; el pan del cielo es una manifestación de ese amor superior a la del pan material.

 

34 Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre pan de ése».

La multitud manifiesta su deseo de ese pan. Llaman a Jesús "Señor", creen en sus palabras, adivinan que puede satisfacer todos sus anhelos. Con respeto le piden su pan, pero no se comprometen al trabajo; no acaban de darle su adhesión. Siguen en su actitud pasiva, dependiente; quieren recibir el pan sin propio esfuerzo (danos siempre pan de ése), encontrar la solución sin su colaboración personal.

 

35-36 Les contestó Jesús: «Yo soy el pan de la vida. Quien se acerca a mí nunca pasará hambre y quien me presta adhesión nunca pasará sed. Pero, como os he dicho, me habéis visto en persona y, sin embargo, no creéis».

Jesús se había presentado como dador de pan; ahora se identifica él mismo con el pan (Yo soy el pan de la vida). Él es el don continuo del amor del Padre a la humani­dad.

Comer ese pan significa dar la adhesión a Jesús, asimilarse a él; es la misma actividad formulada antes en términos de trabajo (vv. 27.29). La unión a él comunica a los hombres la vida de Dios. Él es el alimento que Dios ofrece a los hombres, con el que se obtiene la calidad de vida que los encamina a su plenitud.

La Ley dejaba una continua insatisfacción, por proponer un modelo y exigir una fidelidad inalcanzables (Eclo 24,21: "el que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed"; cf. Jn 4,13a-14). Por el contrario, la  adhesión a Jesús satisface toda necesidad y toda aspiración del hombre (el que me come nunca pasará hambre, el que me da su adhesión nunca pasará sed), porque no lo centra en la búsqueda de su propia perfección, sino en el don de sí mismo. Mientras la perfección tiene una meta tan ilusoria y tan lejana como el ideal que cada uno se fabrique, el don de sí mismo es concreto e inmediato y sus metas se van alcanzando con la práctica de cada día, pudiendo llegar al extremo, como en el caso de Jesús. Con la búsqueda de la perfección el hombre va edificando su propio pedestal; con la adhesión a Jesús, se pone al servicio de los demás y crea la igualdad en el amor. 

Han tenido delante a Jesús, pero no descubren el sentido de su acción ni la calidad de su persona; en el hombre no ven al Hijo. Desean el pan, pero no dan el paso, no se acercan a él. Quieren un don suyo, pero no el de su persona; se mantienen a distancia. Pretenden separar el don del amor que contiene, haciéndole perder su sentido. Quieren recibir, pero se niegan a amar.

 



II

 
EL REPARTO DE PANES Y PECES

Mt 14, 13-21

 Siempre me ha llamado la atención el relato evangélico de la multiplicación de panes y peces. He pensado instintivamente en Jesús, especie de prestidigitador, pero con poder divino para obrar lo imposible: alimentar a cinco mil con sólo cinco panes y dos peces, sobrando, para colmo, doce cestas. Cinco mil, sin contar mujeres y niños, que ya es gente...

             Rebuscando en las páginas de la Biblia veo que Jesús tuvo su predecesor en el profeta Eliseo, quien dio de comer a cien personas con veinte panes. También en aquella ocasión se saciaron todos y sobró. Jesús, no obstante, supero con creces a este antiguo profeta.

             Personalmente nunca he llegado a comprender el por qué de este relato. ¿Pudo suceder así como se narra? ¿No será éste un relato simbólico o metafórico? Basado en esta sospecha, voy a proponer otra interpretación; la de siempre ya la conocemos; a pesar de ser muy extraña, a fuerza de oírla nos parece normal y natural. ¿Normal hacer un milagro de este calibre? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene?

             Los discípulos de Jesús, en esta ocasión, me parecen sensatos: “Estamos en despoblado –le dicen al Maestro-, y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ellos no esperaban milagros aparatosos. Además, si estaban con Jesús en un lugar apartado de la gente, tenían sus motivos: se habían enterado del asesinado de Juan Bautista por parte de Herodes y temían que a su Maestro le sucediera otro tanto. Como Juan, Jesús no tenía pelos en la lengua. Había que pasar a la clandestinidad. Por eso, la presencia de la gente los incomoda. Lo ideal era despedirlos, disolver la manifestación para que las cosas no fuesen a más. Que Jesús deje de enseñar al pueblo...

             Pero Jesús no está de acuerdo con estas sensatas propuestas “Dadles vosotros de comer”, les dice. Me imagino que se miraría unos a otros, pensando que el Maestro no estaba en sus cabales...

            Cinco panes y dos peces son todo un símbolo. Hasta Jesús, el pueblo judío se alimentaba de la doctrina-pan del Antiguo Testamento. (En arameo, doctrina (“hamira”) y pan de levadura (“amira”) suenan igual. Cinco son los libros del Pentateuco; dos, el resto de las Sagradas Escrituras: los Profetas y los Escritos. Pan y pez, alimento básico en el norte del país junto al lago. Los panes y los peces representan la enseñanza contenida del Antiguo Testamento, alimento que no satisfacía al pueblo que estaba infraalimentado como oveja sin pastor...

             Jesús, pan de vida, “tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente”.

             Esto es lo que Jesús hacía a diario: interpretar las Escrituras, explicarlas  a partir de la realidad de su persona.

             Y gracias a esta enseñanza, nace el nuevo pueblo de Dios, el pueblo cristiano, formado por cinco mil, como cuenta el libro de los Hechos (4,4), los convertidos al Evangelio.

             Jesús, escrutando-interpretarndo-superando la Antigua Ley, se convierte en el verdadero alimento-pan-doctrina que sacias al nuevo pueblo de Dios, la comunidad cristiana. Un pueblo, que, como el antiguo Israel, también tiene doce pilares –los discípulos- cuya doctrina, recibida de Jesús, sacia a la comunidad. Sobraron doce cestas, una por cada tribu.

             Más que ante un milagro o prodigio, estamos, a mi juicio, ante un relato simbólico. Por otro lado, dificilmente podemos afirmar o negar, desde el punto de vista histórico, si Jesús multiplicó los panes o no. La palabra “multiplicar” no aparece para nada en la narración evangélica y no olvidemos que los números juegan un papel muy importante, con categoría de símbolos, en todo el Antiguo Testamento.

 


 

III

 UN BUEN EJEMPLO

Decíamos el domingo pasado que la opción por el reino de Dios y la necesaria renuncia a todo lo que es incompatible con él debe ser causa y efecto de la alegría de haber encontrado una mejor manera de vivir. El evangelio de este domingo pre­senta un ejemplo concreto: hay que renunciar a la riqueza no porque sea bueno pasar hambre, sino para que nadie la sufra.

 

PANES Y PECES

El evangelio de hoy es el relato conocido como «la multi­plicación de los panes y los peces», aunque, como vetemos, sería más acertado el título «el reparto de los panes...».

A continuación del discurso en parábolas, Jesús se entera de que alguien le ha dicho a Herodes que él, Jesús, es Juan Bautista -que había muerto asesinado por orden del rey-, que ha resucitado. El evangelio no explica por qué, pero al conocer esta noticia Jesús se marcha en la barca hacia un lugar despoblado.

La gente no había aceptado el contenido de su predicación, pero, quizá por curiosidad, quizá porque había empezado a despertarse en ellos una cierta inquietud, averiguan el lugar al que se dirige Jesús, se ponen en camino y, cuando él llega, se encuentra con que lo espera «una gran multitud».

Como habían rechazado su mensaje (véase Mt 13,53-58), Jesús no insiste, no sigue enseñando; peto no deja de manifes­tar su amor ofreciendo vida a quienes están faltos de ella: «le dio lástima de ellos y se puso a curar enfermos».

En lugar despoblado, se hace tarde. Los discípulos se dan cuenta de que aquellas gentes no habían traído nada para co­mer y proponen a Jesús que los despida para que «compren» provisiones con las que sustentarse. Pero Jesús les da una res­puesta sorprendente: «No necesitan ir; dadles vosotros de co­mer». Los discípulos, en tono que seguramente revelaba su asombro, le dicen: « ¡ Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces! » Jesús pide que se lo lleven todo, los cinco panes y los dos peces; manda sentar a la gente, «y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a las multitudes. Comieron todos hasta quedar saciados y recogieron los trozos sobrantes: doce cestos. Los que comieron eran hombres adultos, unos cinco mil, sin mujeres ni niños».

La lección que da Jesús a sus discípulos es ésta: si renun­cian a quedarse con aquellos alimentos, que, según los criterios de este mundo, les pertenecen, y, reconociendo que son un don de Dios, los ponen a disposición de todos, su renuncia no les causará hambre; al contrario, saciará el hambre de todos.

 
EL NUEVO ÉXODO

La misión de Jesús incluye la realización de un nuevo éxo­do, de un nuevo proceso de liberación abierto esta vez a todos los que estén faltos de libertad.

La mayor de las esclavitudes -¡vigente todavía en nuestro mundo!- es el hambre. Por eso este episodio sirve como modelo del proceso de liberación que promueve Jesús.

La tierra de esclavitud son las ciudades y aldeas de las que procede la gente; allí rige la ley de lo mío y lo tuyo; y siempre hay alguien a quien le pertenece lo que a otros les falta. Allí, quien no puede comprar tiene que pasar hambre o, lo que es peor, tiene que renunciar a su libertad y a su dignidad para conseguir lo mínimo necesario para seguir viviendo. También allí hay una religión que distrae la atención de los pobres con minucias sin importancia y los mantiene quietos mediante el miedo al castigo divino, olvidándose de sus orígenes: la formi­dable intervención liberadora del Señor en favor de aquel pu­ñado de esclavos.

Salir de esa tierra de esclavos, romper con ese sistema so­cial y religioso es dar comienzo al nuevo éxodo, es emprender de nuevo el camino hacia la libertad, ahora definitiva.

En el primer éxodo Dios tuvo que alimentar a los israeli­tas que caminaban por el desierto enviándoles el maná; ahora Dios no va a hacer ningún prodigio. En este nuevo camino la intervención de Dios ya se ha producido: la lección que da Jesús con el reparto de panes y peces (cuando se comparte con amor, hay para todos y sobra) garantiza el alimento para todo el camino.

La meta del primer éxodo fue la tierra de Canaán, la tierra prometida; ahora toda la tierra se convierte en tierra prome­tida: está allí donde hay un grupo que ha comprendido el men­saje de Jesús, ha confiado en su palabra, ha descubierto que ese mensaje es el más valioso de todos los tesoros y se ha pues­to en marcha, camino de la libertad.

 

DICHOSOS LOS POBRES

A la luz de este relato podemos entender mucho mejor la primera bienaventuranza, «dichosos los que eligen ser pobres» (Mt 5,3). No se trata de buscar la pobreza porque ésta sea una virtud. Se trata de luchar contra ella de la manera más eficaz: renunciando a la riqueza, negándose a aceptar que pueda ser «mío» lo que el otro necesita para vivir, sustituyendo el insa­ciable deseo de tener por la alegría de compartir.

Y ahora se entiende también mucho mejor la respuesta de Jesús a la primera tentación («Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan... Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que Dios vaya diciendo»: Mt 4,3-5). Y lo que Dios dice por medio de Jesús es que el hambre no se vence con milagros espectaculares y portentosos, sino con el no menos portentoso milagro de la solidaridad entre los hombres.

 


 
IV

 La primera lectura, del Éxodo, nos recuerda cómo el desierto es la carencia de todo. A toda persona le llega de vez en cuando su desierto: la situación crítica en la que parece que no se encuentran soluciones de ayuda para sobrevivir a tan crítica situación. Al pueblo de Israel le era muy provechoso el tener que estar en el desierto donde todo falta, para que pudiera experimentar el portentoso modo que Dios tiene para ayudar a los que en Él confían. En el desierto el Pueblo de dios aprende a experimentar la condición de “pobre”, de “necesitado de todo” del auxilio de Dios. Esto le será útil para el crecimiento de su fe y de su esperanza en las ayudas milagrosas. En la península del Sinaí hay un arbusto llamado “tamarisco”. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Sería esto lo que Dios le proporcionó a su pueblo, multiplicándolo claro está, de manera prodigiosa? Lo cierto es que los israelitas consideraron siempre la aparición de este alimento como una demostración de la intervención milagrosa a favor de su pueblo. Lo llamaron “maná”, porque los niños al comerlo preguntaban: “¿qué es esto?, “lo que en su idioma se dice: “Man-ah?”. También es llamado por los salmos “pan del cielo” (Sal 78) y el libro de la Sabiduría dice que, “sabía a lo que cada uno deseaba que supiera” (Sab16,20). Jesús dirá que el Verdadero Pan bajado del cielo será su cuerpo y su sangre. O sea que este maná milagroso del desierto era un símbolo y aviso de lo que iba a hacer Dios más tarde con sus elegidos, dándoles como alimento el cuerpo de su propio Hijo divino.

La segunda lectura continuada de la carta a los Efesios pide a los creyentes que se dejen renovar por el Espíritu Santo y pasen de un modo de obrar no digno del ser humano, a un modo de obrar digno de quien tiene fe en Cristo. Pide que abandonemos nuestro estilo anterior de vida pecaminosa y marchemos en adelante por un nuevo camino de vida cristiana. Se nos invita a no dejarnos guiar por esta “vaciedad de criterios”. En estos pocos versículos continúa la exhortación a buscar la unidad y a vivir dignamente la propia vida cristiana, guiada y fundamentada en un verdadero conocimiento de Cristo. Pablo desarrolla este argumento jugando con la antítesis del ser humano viejo y el ser humano nuevo (Col 3,9-10; 1Cor 5,7-8). Elegir la novedad, lo nuevo, es elegir a Cristo. Esto significa romper con el viejo ser humano pecaminoso, con el pecado del mundo, para estar dispuestos a una continua renovación en el Espíritu, a vivir en la justicia y santidad y ser justos y rectos. Este texto es una clara respuesta a quienes piensan que el cristianismo simplemente es una cosa del pasado.

El evangelio de hoy, de Juan, el discurso del pan de vida, se desenvuelve en tres afirmaciones lógicamente sucesivas, y la primera que presenta este texto es: el real o verdadero “pan del cielo” no es el maná dado una vez por Moisés, contrariamente a lo que la gente pensaba (v.31). Es literalmente el pan que ha bajado del cielo. Dios, no Moisés, es quien da este pan (v.32). Jesús ha realizado signos para revelar el sentido de su persona (domingo anterior), pero la gente sólo lo han entendido en la línea de sus necesidades materiales (6,26.12). Jesús ha querido llevarnos a la comprensión de su persona, porque sólo a través de la fe pueden entender quien es él y sólo así podrá donarse a ellos como comida: pero para hacer esto es necesario trabajar o procurar por un alimento y una vida que no tienen término y que son dones del Hijo del hombre (v.27). Los judíos piensan de inmediato en las obras (v.28; Rm 9,31-32), pero Jesús replica que sólo una obra deben cumplir: creer en él (v.29; Rm 3,28), reconocer que tienen necesidad de él, como se tiene necesidad del alimento material. Al considerar la exigencia de Jesús muy grande es por lo que piden una demostración de los que afirma realizando una señal que al menos se compare con aquellas realizadas por Moisés (vv. 30-31), pues aquellas que acaba de realizar (6,2) no se consideran suficientes. Jesús responde afirmando que es más que Moisés, pues en él (Cristo) se realiza el don de Dios que no perece. Su pan se puede recoger (6,13), el maná se pudrió (Ex 16,20).

 “Yo soy el pan de vida” es una fórmula de fuerza extraordinaria, parecida a aquellas otras que sólo a Jesús se podría atribuir: “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el buen pastor”... el que viene a Jesús no tendrá hambre ni sed, no necesita de otras fuentes de gozo para saciar sus anhelos y aspiraciones. Jesús es fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego y de paz. Jesús es el lugar y fundamento de la donación de la vida que Dios hace al ser humano. En Jesucristo, Dios está por completo a favor del ser humano, de tal modo que en él se le abre su comunión vital, su salvación y su amor, y en tal grado que Dios quiere estar al lado del ser humano como quien se da y comunica sin reservas. En la comunión con el revelador –Cristo- se calma tanto el hambre como la sed de vida que agitan al ser humano. 

 



Para la revisión de vida

 ¿Es capaz nuestra fe de descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos pequeños y grandes de nuestra existencia?.

  Nuestro corazón busca la felicidad pero ¿dónde solemos hacerlo: en las migajas pasajeras que ofrece el mundo o en el pan de vida eterna?.

  ¿Soy de los que buscan más el pan material que el pan que lleva a la eternidad?.

 

Para la reunión de grupo

Investigar la “tipología del maná” recorriendo los textos de Ex 16; Nm 11,4-9. 31-33).

Leer algo más del maná y las codornices como fenómenos objetivos y naturales.

¿Qué otras interpretaciones ha recibido el milagro del maná? (cf. Filón de Alejandría).

 

Para la oración de los fieles

Para que vivamos con confianza la seguridad de que a través de las vicisitudes de la historia, en medio del caos, siempre se manifiesta una Fuerza misteriosa que auto-organiza las fuerzas en concurso y crea una nueva posibilidad, superior, para continuar ascendiendo y convergiendo.

 Para que todos los cristianos tengamos siempre hambre y sed de Cristo, hambre y sed de que se realice su Utopía, y nos alimentemos en la mesa de la palabra y del pan de vida para tener fuerzas para llevarla a término.

 Por los aquí presentes, para que la misma fe que nos ha hecho adorar la Eucaristía, el “pan vivo bajado del cielo”, nos haga reconocer a Cristo en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados.

 

Oración comunitaria

 Dios Padre bueno que en Jesús de Nazaret nos has presentado verdaderamente el pan del cielo, aumenta nuestra fe para que, recibiéndolo, sacie el hambre de Verdad que hay dentro de cada ser humano



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org