DECIMONOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: 1 Reyes 19, 4-8
Salmo responsorial: Salmo 33
Segunda lectura: Efesios 4,30-5,2
 

EVANGELIO
Juan 6, 41-52

 41Los judíos del régimen lo criticaban porque había di­cho: «Yo soy el pan bajado del cielo», 42y decían:

-Pero ¿no es éste Jesús, el hijo de José, de quien nosotros conocemos el padre y la madre? ¿Cómo dice ahora:

«He bajado del cielo»?

43Replicó Jesús:

-Dejaos de criticar entre vosotros. 44Nadie puede lle­gar hasta mí si el Padre que me envió no tira de él, y yo lo resucitaré el último día. 45Está escrito en los profetas: «Se­rán todos discípulos de Dios»; todo el que escucha al Padre y aprende se acerca a mí. 46No porque alguien haya visto personalmente al Padre, excepto el que procede  de  Dios; ése ha visto personalmente al Padre.

47Pues sí, os lo aseguro: El que cree posee vida defini­tiva. 48Yo soy el pan de la vida. 49Vuestros  padres comieron el maná en el desierto, pero murieron; 50éste es el pan que baja del cielo para comerlo y no morir. 51Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que come pan de éste vivirá para siempre. Pero, además, el pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva.

52Los judíos aquellos discutían acaloradamente unos con otros diciendo:

-¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

 


 

COMENTARIOS

 I

 Todas las religiones afirman, de un modo u otro, que la salvación del hombre viene del cielo. Y es verdad; sólo que Dios ha deci­dido que la vida definitiva se ponga al alcance de la humanidad entera a través del Hijo del hombre que se entrega para que el mundo viva. Eso sí, en esa humanidad que se entrega se manifiesta la fuerza de la vida y el amor de un Dios que es Padre.

 
NO SE LO PODÍAN CREER

Los judíos de! régimen lo criticaban porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: -Pero ¿no es éste Jesús, e! hijo de José, de quien nosotros conocemos el padre y la madre? ¿Cómo dice ahora: «He bajado del cielo»?

No. No se lo podían creer. Ellos llevaban mucho tiempo dedicados a alejar (ellos dirían ensalzar o enaltecer) a Dios de este mundo, a poner de relieve la infinita distancia entre Dios y los hombres, y ahora viene uno, al que conocieron de pequeño, de quien conocen a toda su familia, con quien algu­nos seguro que jugaron de niños y trabajaron de mayores... y dice que ha bajado del cielo.

Las tradiciones judías anunciaban un enviado de Dios que bajaría del cielo de manera portentosa, aparecería en el templo en un momento en el que sus atrios estuvieran repletos de gente para que quedara claro ante todos su origen divino (véase Mt 4,5-6; Lc 4,9-11). Pero a Jesús lo conocían bien, carne de su misma carne y hueso de sus mismos huesos, sabían de dónde venía, conocían incluso a sus abuelos...

Pero no conocían al Padre. Esa es la respuesta de Jesús a sus críticas. No acepta, por el momento, la discusión sobre su origen, sino que pone de relieve la causa última por la que ellos no pueden aceptar que él, un hombre de carne y hueso, tenga un origen divino: no conocen al Padre, no conocen ni les interesa conocer a Dios como Padre; prefieren un Dios dueño, legislador...; no han comprendido que la grandeza de Dios no consiste en su distancia respecto al hombre, sino en su inmensa capacidad de dar vida, en su infinito amor, que lo hace estar siempre cerca del mundo y que se manifiesta en una constante oferta de libertad y de vida definitiva en favor del hombre; si conocieran al Padre, lo aceptarían a él: « ... todo el que escucha al Padre y aprende, se acerca a mí.»

 

EL PAN DE LA LIBERTAD

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron; éste es el pan que baja del cielo para comerlo y no morir.

 El éxodo, el proceso de liberación que dio origen al pueblo de Israel, no logró plenamente sus objetivos. Los que habían sido esclavos no llegaron a completar el camino hacia la tierra prometida; por no fiarse de Dios, por no creer en su amor, por renegar una y otra vez de la libertad (Nm 14,2; Dt 1,27.32), murieron antes de llegar a la tierra de Canaán (Nm 14,22; Dt 1,34.37; Jos 5,6; Sal 95,7-11), y aunque dejaron de ser esclavos, no llegaron a vivir en la prometida tierra de la libertad. Aquel maná no fue para ellos suficiente garantía de libertad y de vida. Para el nuevo proceso de liberación, el Padre ofrece otro pan, ahora a todos los hombres, que garantiza una vida de una calidad nueva, una vida plenamente lograda que ya ha vencido a la muerte.

Para conseguir esa vida hay que comer de ese pan, esto es, hay que asimilarse al Hombre que se ofrece como pan, que se entrega como amor, que se da como expresión de solidaridad; hay que comprender y aceptar la señal contenida en el reparto de los panes y de los peces... Y lo mismo que en el antiguo éxodo deberían haber aceptado sin recelo la libertad ofrecida y conseguida por el Señor, de la misma manera ahora deben aceptar a este Hombre a través del cual Dios asegura una libertad que no será vencida ni siquiera por la muerte: «Nadie puede llegar hasta mí si el Padre, que me envió, no tira de él, y yo lo resucitaré en el último día.»

 

PAN VIVO... PARA QUE EL MUNDO VIVA

Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que come pan de éste vivirá para siempre. Pero, además, el pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva.

 Entre los diversos modos de nombrar al ser humano en el Nuevo Testamento, «carne» se refiere al hombre en su aspecto débil, mortal, terreno. La frase con la que finaliza hoy la lectura del evangelio, fuerte y provocadora, quiere destacar precisamente lo que con más dureza se resistían a aceptar los judíos del régimen: que la salvación que Dios ofrece pasa necesariamente por la humanidad de Jesús y la de todos aquellos que, con él, acepten a Dios como Padre y, por con­siguiente, reconozcan a los hombres como hermanos. Lo que va a asegurar la vida y a garantizar la libertad de la humanidad toda es el don que el Hijo del hombre hace de su propia vida y el que otros hombres harán tras él. Porque, y ésta es otra dife­rencia importante en relación con el primer éxodo, ahora la salvación de Dios no se ofrece sólo a un pueblo, sino que se abre para todo el mundo.

La encarnación es el hecho central de nuestra fe; sin embargo, demasia­do a menudo no pasa de ser una verdad teórica a la que se buscan explicaciones filosóficas más o menos convincentes. Pero, a la hora de la verdad, ¿aceptamos o no aceptamos la humanidad de Jesús? ¿Seguimos afirmando que todo lo huma­no es malo, que el cuerpo es una cárcel para el alma y cosas por el estilo? ¿Seguimos insistiendo en que Dios está lejos y que para acercarse a Dios hay que alejarse del mundo y del hombre? Si no nos convencemos de que Dios ha querido acercarse al hombre, tomar rostro de hombre y salvar al mun­do mediante el hombre mismo, estaremos escondiendo, una vez más, la vida y la libertad que Dios ofrece para la salvación del mundo.

 


 
II

 41-42 Los judíos del régimen lo criticaban porque había di­cho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían: «Pero ¿no es éste Jesús, el hijo de José, de quien nosotros conocemos el padre y la madre? ¿Cómo dice ahora: “He bajado del cielo”?»

Los adversarios de Jesús no admiten que un hombre pueda tener condición divina. La piedra de escándalo es el origen humano de Jesús, bien conocido, que, según ellos, excluye por sí mismo todo origen divino. Siendo un hombre, está usurpando el puesto de Dios (cf. 5,18). Sin embargo, es precisamente en esa carne y sangre, recibida de su linaje humano, donde está la plenitud del Espíritu (1,32s), que hace de Jesús la presencia de Dios en la tierra.

Ellos alejan a Dios del hombre; no creen en su amor, generoso y gratuito, que lo lleva a comunicarse. Los adeptos de la Ley no conocen un Dios cercano.

 

43-46 Replicó Jesús: «Dejaos de criticar entre vosotros. 44Nadie puede lle­gar hasta mí si el Padre que me envió no tira de él, y yo lo resucitaré el último día. 45Está escrito en los profetas: "Se­rán todos discípulos de Dios"; todo el que escucha al Padre y aprende se acerca a mí. 46No porque alguien haya visto personalmente al Padre, excepto el que procede de Dios; ése ha visto personalmente al Padre».

Jesús no entra en la discusión sobre su origen divino o humano. Interrumpe el comentario de ellos, para poner al descubierto la actitud que delatan sus críticas. Para acercarse a Jesús hay que dejarse impulsar por el Padre; pero ellos no reconocen que Dios es Padre, dador de vida a los seres humanos.  El Padre impulsa hacia Jesús, porque éste es su don de vida a la humanidad, la expresión de su amor. Ellos, que no se interesan por el bien del hombre, no esperan ese don ni lo desean. La actividad de Jesús a favor de los oprimidos no los interpela, y, sin embargo, ésta es el único criterio para entender quién es Jesús, su misión divina y la presencia del Padre en él.

La resurrección era admitida y defendida por la escuela farisea como premio a la observancia de la Ley. Jesús afirma que la resurrección no depende de esa observancia, sino de la adhesión a él. No hay más resurrección que la que él da y que va incluida en la vida que él comunicará “el último día”, el de su muerte (cf. 6,39).

Jesús reinterpreta el texto de Is 54,13 (cf. Jr 31,33s): el Padre no enseña a observar la Ley, sino a dar la adhesión a Jesús. El texto del profeta decía: "Todos tus hijos (los de Jerusalén) serán discípulos del Señor". Jesús suprime la mención de "tus hijos" y así universaliza el sentido. "El Señor" del profeta queda sustituido por “el Padre”; no es ya el Dios de Israel, sino el Padre universal.

Según este pasaje, Dios no elige a algunos privilegiados para que crean en Jesús, su acción se dirige a todos los hombres. Pero cada uno ha de aprender del Padre y dejarse impulsar por él. Cómo Dios impulsa al hombre lo explica el apelativo "Padre", que lo designa como creador de vida; es él quien ha puesto en el hombre la aspiración a la vida plena y quien lo induce a encontrarla. Todo el que mantenga viva esa aspiración fundamental (el que aprende del Padre), se sentirá llevado hacia Jesús, el que posee la plenitud humana y da la posibilidad de alcanzarla. Pero, inseparablemente, el Padre está lleno de amor a todos los  hombres: quien  sea sensible a los males de la humanidad y vea en Dios un aliado del hombre se sentirá atraído hacia Jesús, que libera a los débiles.

No hacía falta una experiencia extraordinaria para entender esto; a los judíos les bastaba prestar atención a su antigua historia para comprender que Dios está en favor de los oprimidos.

El Padre no es inmediatamente accesible; sólo Jesús, que tiene  la plena experiencia de Dios como Padre, puede explicar lo que es Dios. Es más, él es el único que puede manifestar su designio sobre el hombre y establecer la condiciones para realizarlo (6,39-40).

 

47-51 «Pues sí, os lo aseguro: El que cree posee vida definitiva. 48Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron; éste es el pan que baja del cielo para comerlo y no morir. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que come pan de éste vivirá para siempre. Pero, además, el pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva».

Después de la denuncia anterior, pronuncia Jesús una declaración solemne. Para el hombre, el efecto de la adhesión personal a él es poseer una nueva calidad de vida que, por su plenitud, es definitiva. Ella lo hace superar la muerte, asegurando así el éxito de su existencia.

Jesús, el pan de la vida, se contrapone al maná, que no consiguió llevar al pueblo a la tierra prometida (Nm 14,21-23; Jos 5,6; Sal 95,7ss), y a la Ley, que, como fuente de vida, era llamada “pan”. Se pensaba que el maná daba vida para este mundo; la Ley, para el mundo futuro. Pero es Jesús, como pan, quien desde ahora comunica al hombre la vida propia del mundo definitivo.

Hay una incensante comunicación de vida procedente de Dios (baja del cielo), el Espíritu, (cf. 6,33), que fluye a través de Jesús (6,35) y es comunicado por él. En un momento determinado, el hombre debe hacer suyo este don permanente (comerlo); así evitará el fracaso (y no morir).

Siguiendo la simbología del éxodo, pasa Jesús de la figura del maná a la del cordero (mi carne). El Espíritu no se da fuera de su realidad hu­mana; “su carne” lo manifiesta y lo comunica. A través de lo humano el don de Dios se hace concreto, adquiere realidad para el hombre. En Jesús, Dios se expresa en la historia y manifiesta su voluntad de diálogo con la humanidad. Es en el hombre y en el tiempo donde se encuentra a Dios, donde se le acepta o se le rechaza.

Jesús dará su carne "para que el mundo viva". La expresión supone que la humanidad carece de vida, es decir, lleva una vida que no merece ese nombre.

La objeción de los judíos reflejaba el escándalo que provoca el Hombre-Dios. Mientras Dios pone todo su interés en acercarse al hombre y establecer comunión con él, el hombre tiende continuamente a alejarlo de su mundo, relegándolo a una esfera cerrada y transcendente.

 

52-55 Los judíos aquellos discutían acaloradamente unos con otros diciendo: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Les dijo Jesús: «Pues sí, os lo aseguro: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida defini­tiva y yo lo resucitaré el último día,  porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Las palabras anteriores de Jesús no provocan ahora sólo una crítica, sino una discordia entre sus adversarios. La mención de “su carne” los ha desorientado y les ha quitado la seguridad. Mientras Jesús se mantuvo en la metáfora del pan, creían comprender; podían aún interpretar que se presentaba como un maestro de sabiduría enviado por Dios. Pero Jesús ha precisado que ese pan es su misma realidad humana (su carne), no una doctrina. Ya no entienden qué puede significar “comer su carne”.

Jesús hace una nueva declaración, que explica la anterior: comer y beber significan asimilarse a él, aceptar y hacer propio el amor expresado en su vida (su carne) y en su muerte (su sangre). En el éxodo de Egipto, la carne del cordero fue alimento para la salida de la esclavitud, y su sangre liberó a los israelitas de la muerte por mano del exterminador (Éx 12,1-14). En el nuevo éxodo, la carne de Jesús es alimento permanente, y su sangre no libera momentáneamente de la muerte, sino, como su carne, da vida definitiva, que la supera.

La doble fórmula "comer la carne" y "beber la sangre" distingue entre la realidad histórica de Jesús (carne = hombre mortal) y su entrega hasta el fin (sangre = don de su vida). Se subraya así el doble aspecto de la adhesión: significa en primer lugar la identificación del discípulo con Jesús, el Hombre pleno, y la aspiración a alcanzar la plenitud mediante una actividad como la suya en favor de los hombres. En segundo lugar, y como expresión de la identificación interior, no cesar en esa labor, no retroceder ni siquiera ante la prueba extrema.

La frase de Jesús: no tenéis vida en vosotros, es decisiva; no hay realización del hombre si no es por la asimilación a Jesús, obra del Espíritu que de él se recibe y que  lleva a una en­trega y a una calidad humana como la suya.

 


 

III

 La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.

La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.

El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo.

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo.

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer.

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10).

 



Para la revisión de vida

 ¿Busco a Dios? ¿Vivo hambriento de sabiduría? ¿O me entretengo con alimentos que no sacian?

  ¿Comulgo con la esperanza cierta de que Dios quiere que todas sus criaturas tengan vida y vida en abundancia? ¿Enseño a otros esta gran noticia?

 

Para la reunión de grupo

 En 1Re 19,4-8, descubrir los dos momentos contrapuestos de descenso (desánimo) y de ascenso (levantarse). ¿En qué se refleja la superioridad de éste último?

  ¿Qué relación encontramos en Jn 6,45 y los textos de Is 54,13; Jer 31,33s?

  Leer e investigar más sobre la expresión «carne» en el evangelio de Juan.

 

Para la oración de los fieles

 Por la Iglesia, para que la celebración eucarística aumente la comunión entre los cristianos

 Por la familia cristiana: para que reconstruyan alrededor de la mesa de la comida terrena, el amor y la comunión que proclama la Iglesia alrededor de la mesa de la Eucaristía.

 Por los que participamos en esta eucaristía: para que sepamos compartir en la vida diaria esta palabra que el Señor hoy nos ha dirigido.

 

Oración comunitaria

 Oh Dios, Padre nuestro, Madre nuestra: te pedimos que nos comprometas a hacer crecer «el pan de vida» en todo el mundo, para que la Humanidad sea feliz y refleje tu felicidad y tu Amor. Nosotros te lo pedimos animados por Jesús, tu Hijo, nuestro Hermano.

            Oh «Dios de todos los nombres», que siempre has alimentado a todos tus hijos e hijas con el pan de tu revelación y tu asistencia a todos los pueblos; te rogamos que nunca falte a la Humanidad la acción de tu Espíritu en todos los rincones del mundo, para que en todas las lenguas y bajo todos los nombres podamos sentirnos unidos a Ti y movidos por tu amor. Tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org