TRIGESIMOPRIMER DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: Deuteronomio 6, 2-9

Salmo responsorial: Salmo 17

Segunda lectura: Hebreos 7, 23-28



EVANGELIO

Marcos 12, 28b-34

 

28Se le acercó un letrado que había oído la discusión y notado lo bien que respondía, y le preguntó:

-¿Qué mandamiento es el primero de todos?

29Respondió Jesús:

-El primero es: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor; 30amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». 31El segundo, éste: «Amarás a tu pró­jimo como a ti mismo». No hay ningún mandamiento mayor que éstos.

32El letrado le dijo:

-Muy bien, Maestro, es verdad lo que has dicho, que es uno solo y que no hay otro fuera de él; 33y que amarlo  con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a uno mismo supera todos los holocaustos y sacrificios.

34Viendo Jesús que había respondido inteligentemente, le dijo:

-No estás lejos del reino de Dios.

Y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas.




I

 

EL VERDADERO CULTO


En la religión de Israel todo giraba en torno al templo y al culto con sus sacrificios de animales. Por más que los profetas se habían empeñado en minar aquel sistema pseudo-religioso que había recluido a Dios y a la religión en el reducido espacio del templo, no lo habían conseguido.

Jeremías, de pie a la puerta del templo, a la salida tal vez de una celebración, había gritado como loco a la gente: "Os hacéis ilusiones con razones falsas, que no sirven: ¿De modo que robáis, matáis, cometéis adulterio, juráis en falso.., y después entráis a presentaros ante mí en este templo que lleva mi nombre, y decís: "Estamos salvados, para seguir cometiendo tales abominaciones?". ¿Creéis que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre? Atención, que yo lo he visto -oráculo del Señor. Andad, id a mi templo de Siló, al que di mi nombre antaño y mirad lo que hice con él, por la maldad de Israel, mi pueblo" (Jr 7,8-12). El templo de Siló estaba entonces en ruinas, y Jeremías anunciaba la ruina de aquella religión, centrada en un culto desconectado de la vida.

Con su altar cuadrado de 25 metros de lado por 7.5 de alto, al que se subía por unas escaleras, el templo de Jerusalén se asemejaba más a un incinerador u horno crematorio sin sistemas de recuperación ni filtros de humos; lo esencial del culto consistía en quemar animales enteros (holocaustos) o al menos sus vísceras o su grasa. Lo único que no se quemaba era la sangre y la piel. Esta pasaba a propiedad de los sumos sacerdotes que tenían un negocio de peletería bien montado en los anejos del templo. En aquel ambiente, para atenuar el olor a carne quemada, se consumía incienso en cantidad: sólo así se podía decir que aquellos sacrificios eran de "olor agradable" a Yahvé.

Todos los días se inmolaban a Dios dos corderos añojos, uno por la mañana y otro por la tarde. (Jesús murió a la hora en que se ofrecía en el templo el sacrificio vespertino, con lo que el evangelista quiere anunciar que es el verdadero cordero, la víctima agradable a Dios). Durante la jornada los fieles ofrecían sus sacrificios. Había tal demanda que era necesario concertar previamente la fecha para el sacrificio, algo similar a lo que pasa hoy en algunas parroquias con las intenciones de misas...

El templo, con sus holocaustos y sacrificios, era el centro de la religión judía. Los cristianos nos hemos judaizado haciendo del templo también el centro de nuestro catolicismo.

Jesús, no. Cuenta el evangelista Marcos que "se acercó un letrado a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?". Le preguntaba por uno, pero Jesús responde con dos. "El primero es: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas". El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento mayor que éstos". Aquel letrado aprendió bien la lección y apostilló: "Muy bien, Maestro, tienes razón en decir que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios..."

Admirable respuesta, tratándose de un letrado judío. Más que todos los holocaustos y sacrificios, las misas, rosarios, novenas, procesiones, triduos y rezos varios, más que todo eso, agrada a Dios el amor al prójimo. Más aún, podemos decir que el culto cristiano -tan judaizado por la Iglesia- no tiene otra liturgia que el amor.

 



II

 

EXAMEN DE INGRESO


La respuesta de Jesús al letrado que le preguntaba sobre el principal mandamiento no nos afecta directamente a los seguido­res de Jesús, para quienes él dejó un mandamiento nuevo; sin embargo, es muy importante para conocer quiénes están más o menos cerca del reino de Dios. Seria importante que nos pregun­táramos si nosotros estamos preparados para aprobar este exa­men de ingreso.

 

DISCUSIONES DE ERUDITOS


Se le acercó un letrado que había oído la discusión, y notando lo bien

que respondía, le preguntó:

¿Qué mandamiento es el primero de todos?

 

La religión de Israel tuvo su origen en el proceso de liberación de un grupo de esclavos del Egipto de los faraones. Los que vivieron aquella experiencia liberadora sintieron al mismo Dios comprometido en la lucha por la libertad. El Señor los había elegido a ellos para liberarlos de la esclavitud a la que estaban sometidos y hacer de ellos un pueblo de hombres libres, y para que no se repitiera entre ellos la situa­ción de injusticia que habían soportado en la tierra de opre­sión, hizo con ellos un pacto, una alianza, mediante la cual el Señor se comprometía a ser siempre el Dios de aquel pueblo si ellos cumplían los mandamientos que, por medio de Moisés, les mandaba (Ex 19-20; Dt 5,1-27). El contenido de los man­damientos era éste: quedaba prohibido ir tras otros dioses, justificadores de la esclavitud y la injusticia, y se exigía un comportamiento justo y respetuoso con los derechos y la dig­nidad de los demás; así, entre los miembros del pueblo que había sido liberado por Dios de la esclavitud, nadie volvería a vivir sometido a la opresión.

En tiempo de Jesús, la religión judía pasaba por uno de sus momentos de decadencia más acusados. El proyecto de Dios se había olvidado y la misma religión se había convertido en un instrumento de opresión de los pobres. Los teólogos oficiales, los que apoyaban el régimen vigente, se habían de­dicado a abrumar a las gentes con innumerables mandamien­tos, que en nada contribuían a mejorar la vida de las personas y, menos aún, la convivencia entre ellas. Y en lugar de presen­tar al pueblo el proyecto liberador del Señor, se perdían en discusiones interminables acerca de minucias sin importancia o, lo que es peor, presentaban los mandamientos de Moisés dándoles un sentido totalmente distinto del que habían tenido en su origen.

 

EL PRINCIPAL MANDAMIENTO


Uno de sus temas de discusión era cuál de los mandamien­tos de Moisés era el más importante de todos. Este plantea­miento -considerar cada uno de los mandamientos como algo independiente de los demás- era ya un error de bulto. Pero las conclusiones a las que llegaban ponían de manifiesto que no habían entendido para nada cuál había sido el propó­sito de Dios al entregar a Moisés aquellos mandatos.

La mayoría de aquellos teólogos del régimen habían llegado a la conclusión que el mandamiento más importante era cum­plir con el precepto del sábado (la obligación de no trabajar el último día de la semana). Este mandamiento, en su origen, trataba de asegurar que los trabajadores descansaran al menos un día a la semana, y en los textos más antiguos se justificaba recordando el tiempo en el que no gozaban de ningún descan­so, la época de la esclavitud de la que los israelitas habían sido liberados (Ex 23,12; Dt 5,12-15); al final, en tiempos de Jesús, se explicaba sólo como una obligación puramente reli­giosa (no se debía trabajar para poder asistir a las funciones religiosas que se celebraban el sábado, día sagrado, dedicado exclusivamente a Dios. Incluso el curar a un enfermo era considerado un pecado grave si aquél no estaba en peligro de muerte). Lo más importante, por tanto, acabó siendo lo que nosotros llamamos la práctica religiosa. Aunque eran minoría, también había algunos teólogos/letrados que no estaban de acuerdo con estos planteamientos. Uno de ellos, probablemente, es el que plantea la pregunta a Jesús: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

 

AMOR, NO CEREMONIAS


Respondió Jesús:

El primero es: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tus fuerzas.» El segundo, éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay ningún mandamiento mayor que éstos.

 

La respuesta de Jesús es que no hay uno, sino dos manda­mientos fundamentales. Y recuerda dos textos que no forman parte de los mandamientos de Moisés y que no aparecen juntos en el Antiguo Testamento, pero que resumen entre los dos el espíritu más auténtico de la religión judía: amar a Dios, amar al prójimo; «no hay ningún mandamiento mayor que éstos».

Se ve que el letrado aquel era un contestatario, pues no se muestra de acuerdo con los planteamientos de la teología oficial, ya que ratifica lo dicho por Jesús y, además, añade que el amor a Dios y al prójimo «supera todos los holocaustos y sacrificios», esto es, es más importante que todas las ceremo­nias religiosas juntas. Algo así como si dijéramos que el amor es más importante que todas las misas, todas las procesiones y todos los rosarios juntos.

Jesús felicita al letrado: «No estás lejos del reino de Dios», le dice; porque, aunque los dos mandamientos que cita per­tenecen ya a la antigua religión, son lo más genuino de la misma. Por eso aquel letrado, al contrario que sus colegas, está cerca del reino de Dios, está preparado para, si acepta el mensaje de Jesús, incorporarse a la tarea de culminar el proceso de liberación que Dios inició en Egipto y que ahora Jesús ofrece en plenitud a toda la humanidad. El tiene ya aprobado su examen de ingreso. ¿Podríamos asegurar que también nosotros lo tenemos aprobado?

 



III

 

v. 28:  Se le acercó un letrado que había oído la discusión y notado lo bien que respondía, y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Hasta ahora se han presentado grupos, ahora lo hace un individuo, un letrado, que, según el esquema de Mc, es fariseo. En dos ocasiones (3,22; 7,1) han sido letrados de Jerusalén los que han vigilado la activi­dad de Jesús y se han opuesto a ella. Este hombre es una excepción. Aunque pertenece al círculo de los adversarios de Jesús (11,27b), su con­ciencia personal domina sobre su pertenencia al grupo dirigente. No pretende comprometer a Jesús, sino que, al ver la maestría con que inter­preta la Escritura, busca solución a una cuestión muy debatida. El fondo de su pregunta es éste: qué es lo más importante para Dios según la tra­dición de Israel, cuál es la expresión suprema de su voluntad y lo prima­rio en el comportamiento del hombre.

 

vv. 29-31:  Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nues­tro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas". El segundo, éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay ningún mandamiento mayor que éstos».

Jesús comienza su respuesta haciendo suyo el llamamiento a Israel de Dt 6,4-5 (Escucha, Israel). No solamente va a enunciar el mandamiento, sino que va a proclamarlo, tomando la exhortación de Moisés al pueblo; pero no nombra a Moisés ni cita explícitamente la Escritura, hace un lla­mamiento personal suyo, que es una invitación implícita a la enmienda (cf. 1,15).

Recuerda a todo Israel que su único Señor es Dios, no los dirigentes que explotan al pueblo (11,17), ni el César que lo somete (12,16) ni el dios de muertos (12,27). Rectifica la pregunta del letrado: en la antigua alian­za no había un solo mandamiento principal, sino dos, pues el amor-fide­lidad a Dios era inseparable del amor-lealtad al prójimo. Para ser verda­dero, el amor a Dios tenía que traducirse en amor al hombre.

Dios era el valor absoluto (con todo tu corazón, etc.), el hombre, relati­vo (como a ti mismo), pero el mandamiento tendía a crear una sociedad de iguales. Su práctica habría sido la preparación para la plena realidad del Mesías.

Con la afirmación que sigue (no hay ningún mandamiento mayor que éstos) relativiza Jesús todos los demás, que aparecen como secundarios, accesorios, dispensables. Son estos dos los que deben regular la vida del israelita; ninguna otra práctica es esencial. Del amor a Dios no se deriva el culto religioso, sino el amor al hombre, su imagen.

Jesús echa así abajo la pretensión de muchas piedades religio­sas, entre ellas la farisea, que pretenden honrar a Dios olvidándose del hombre.

El ideal de amor propio del Reino será propuesto en la institución de la eucaristía (14,22-25; cf. 10,45; 13,37).

 

vv. 32-33:  El letrado le dijo: «Muy bien, Maestro, es verdad lo que has dicho, que es uno solo y que no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a uno mismo supera todos los holocaustos y sacrificios».

El letrado manifiesta su pleno acuerdo con Jesús (Muy bien) y ahora, ante la respuesta de éste, lo llama Maestro. Funde en un solo bloque la relación con Dios y con el prójimo y explicita la relativización hecha antes genéricamente por Jesús: el culto religioso según la Ley pierde su importancia. Invierte la escala de valores existente, según la cual el obje­tivo primordial de la vida del hombre era dar culto a Dios; se alinea con los profetas contra los sacerdotes (cf. Os 6,6: «misericordia quiero, no sacrificios; conocimiento de Dios [= justicia], no holocaustos»). En el templo, donde están Jesús y el letrado, se pretende dar culto a Dios opri­miendo y explotando al pueblo: han eliminado el amor al prójimo.

 

v. 34:  Viendo Jesús que había respondido inteligentemente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas.

Jesús aprecia la respuesta del letrado (inteligentemente), viendo que es un hombre a quien interesa la verdad. Quien está por el bien del hombre no está lejos del Reino. Jesús abre al letrado el horizonte del reinado de Dios, que deja atrás toda la antigua época (1,15). Hay en sus palabras una invitación implícita: ya que ha aprobado su primera respuesta, des­pués de la frase elogiosa (no estas lejos) debería buscar mayor cercanía. La dificultad está en que el letrado quiere ser fiel a Dios, pero dentro de su tradición, sin deseo de novedad. Ha reconocido en Jesús un maestro, pero, como aparece en la perícopa siguiente, no puede darle su adhesión como Mesías.

Al ver el acierto y el rigor de las respuestas de Jesús, que ha puesto en su sitio a los saduceos y corregido al letrado, nadie se atreve a hacerle mas preguntas.

 



IV

 

En las estepas de Moab, Moisés da sus últimas instrucciones al pueblo que se prepara para entrar a la tierra de Canaán. Atrás quedó Egipto, debió quedar. Y atrás quedó también el desierto donde supuestamente el pueblo tuvo que haber aprendido muchas cosas que tendrán que ser muy útiles para su proyecto como pueblo en la tierra de la libertad. Egipto será un lugar para nunca volver, al desierto será necesario volver cuando el pueblo olvide o pierda su horizonte ya que ése es el espacio ideal para el reencuentro con su Dios, para dejarse reconquistar por él (cf. Os 2,14). Aquí, pues, en su despedida, Moisés insiste en lo más importante para que el pueblo tenga vida: cumplir las instrucciones y normas que el Señor ha dado. El texto del Deuteronomio que leemos hoy es el alma, la guía, la hoja de ruta que Israel no puede descuidar ni cambiar por otra cosa so riesgo de perderse y perecer como nación. La connotación en hebreo del verbo shemá lleva implícito el imperativo de obedecer, poner en práctica, y eso era lo que tenía que haber hecho el pueblo: escuchar obedeciendo, escuchar poniendo en práctica.

La redacción de este pasaje, aunque aparenta ser de una época previa a la conquista y posesión de la tierra, en realidad es de una época en la cual Israel ha probado y experimentado en carne propia lo que significa no escuchar poniendo en práctica los mandatos y preceptos del Señor. Estamos en la llamada época del post-exilio, Israel ha pasado por las experiencias históricas más crueles y difíciles: desaparición del sistema solidario tribal, aparición de la monarquía (punto de partida de todos sus pecados), división del reino, destrucción de ambos reinos, deportación... En todo momento Israel fue instruido por medio de los profetas que siempre lo invitaban a reorientar su camino, pero la queja de Dios fue siempre constante: «Israel no me escucha» (Sof 3,2), no me obedece, va camino a la perdición...

Las experiencias históricas obligan a Israel a aprender qué significa escuchar a su Dios y poner en práctica su Palabra, su instrucción. Con base en todo lo que le ha pasado, Israel descubre que los mandatos del Señor no buscan atarlo, cerrarle horizontes ni poner a todo un pueblo bajo la dirección de un Dios caprichoso. No es un Dios cualquiera el que libre y espontáneamente ha optado por este pueblo, es un Dios de Vida que sólo busca orientar al pueblo por sendas de vida. Israel no entendió siempre así el propósito de Dios y se fue detrás de otros dioses, y cuando se metió en el proyecto de otras divinidades empezó a perderse, se confundió y resultó siendo peor que otros pueblos que no conocían al verdadero y único Dios. Así pues, después de sobrevivir a las más duras experiencias, Israel vuelve a recordar cuál era desde el principio la propuesta de su Dios: amarlo sólo a él, buscarlo sólo a él y no confiarse de ninguna otra propuesta por más llamativa que fuera para no volver a caer en un fracaso peor.

 

El evangelio nos presenta la versión marquiana de la pregunta a Jesús sobre el mayor y más importante de los mandamientos. La versión mateana (Mt 22,34-40) tuvimos oportunidad de reflexionarla hace unos días. Ambas versiones están ubicadas en el mismo contexto de la discusión de los saduceos con Jesús a cerca de la resurrección de los muertos. Cuando los fariseos ven que Jesús ha callado a los saduceos, se juntan con los escribas para ponerlo ellos también a prueba, pensarán que con ellos tal vez no saldrá tan bien librado. Y es que «pasar el examen» con los fariseos y maestros de la ley, seguramente no era fácil dado que para ellos la ley no era sólo aquella que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés, recordemos que en tiempos de Jesús esta gente manejaba ¡más de medio millar de mandatos y preceptos! Dependiendo de su forma de ver y de pensar, un mandato podía variar de importancia para unos y para otros, pues como es normal había distintas tendencias o escuelas, alguna muy liberal otra no tanto. ¿Cuál de ellas está representada aquí? No lo sabemos. Por la respuesta del escriba a Jesús, uno podría pensar que se trataba de una tendencia bastante liberal (vv. 32-33), al punto que a Jesús le pareció simpática su respuesta y le advierte lo cerca que está del reino de Dios.

Jesús se encuentra con que su pueblo cumple con una norma de varios siglos. Todos los días, tres veces al día todo israelita varón recita el «Escucha Israel... el Señor nuestro Dios es uno sólo, a él amarás...», el shemá, pero como sucedía desde, ese shemá se quedó solo en el campo auditivo, al campo de la práctica no se ve, y eso es lo que Jesús denuncia a lo largo de su ministerio, muchas palabras, muchas normas y preceptos, mucho apelo a Dios para todo, muchas frases de la ley en los bordes del manto, en el marco de las puertas, en el brazo, en la frente, pero nada en el corazón y menos aún en la vida ordinaria, en la práctica cotidiana.

En la comunidad de Marcos se están presentando situaciones similares a las del judaísmo. Las normas y preceptos que conocen los primeros cristianos son necesariamente aquellas que vienen del mundo judío; ahora, ¿serán de obligatorio cumplimiento todos esos preceptos en esta nueva experiencia de vida que se supone está animada por la presencia viva del Señor resucitado? Lo primero y más importante que los creyentes deben tener en cuenta es que no se trata de una adhesión a una divinidad distinta a la del judaísmo. Es el mismo Dios revelado a pueblo de Israel y en la Escritura, es el mismo Dios de Jesús, por tanto lo que primero tiene que hacer el cristiano es profesar su fe, amor y adhesión a ese Único Dios en términos de «escuchar» su Palabra y ponerse en función de obedecerle. Ese es el proyecto de vida de Jesús, eso fue lo que movió toda su vida y su obra y eso es lo que tiene que mantener vivo al cristiano, su adhesión a ese único y verdadero Dios a quien no le interesa otra cosa que el amor y adhesión a El lo vivan sus fieles en el amor mutuo y fraterno. No tiene sentido para Jesús hablar del amor a Dios sin tener en cuenta la ÚNICA puerta de acceso a Él: el prójimo. 

 



Para la revisión de vida

También yo soy invitado a «escuchar», escuchar y obedecer la Palabra, ¿qué valor doy a la Palabra de Dios que escucho frecuentemente? ¿Me impulsa de verdad a obedecer, a cambiar mis actitudes?


 

Para la reunión de grupo

La exigencia fundamental, la que está a la base de todo compromiso religioso es el amor a Dios, pero que debe estar mediatizado por el amor a los hermanos. Ésta es la base primordial de la espiritualidad de Jesús, la que le permite aquella absoluta sintonía entre su opción por Dios como Padre, y su consecuente opción por el Reino del Padre que en la percepción es la preocupación por los débiles y marginados. En este sentido, nuestra espiritualidad no puede cambiar de referente, ¡a no ser que queramos cambiar el evangelio! Traten por todos los medios posibles de tomar y leer el artículo «Creer como Jesús: la espiritualidad del Reino», de José María Vigil, se puede bajar, http://servicioskoinonia.org/relat/191.htm <http://servicioskoinonia.org/relat/> Leerlo por bloques, confrontándolo con nuestra experiencia actual de creyentes y de trabajadores del Reino.

 


Para la oración de los fieles

Por las iglesias del mundo, para que sean las primeras en obedecer a la Palabra, oremos.

Por los gobernantes, políticos y dirigentes sociales, para también ellos sientan que sus proyectos deben estar en línea con la Palabra de Dios, oremos.

Por nuestros grupos y nuestras comunidades para que sus programas y acciones sean la concreción obediente de la Palabra que los convoca y los motiva, oremos.

Por cada uno de nosotros para que en el diario vivir seamos capaces de mantener una actitud de escucha obediente a la Palabra de Dios, oremos.

 


Oración comunitaria

Oh Realidad suprema y trascendente, que escapas de nuestra capacidad de percepción, pero que estás presente y a la vez trasciendes la historia de nuestros pueblos, que te buscan desde el inicio de su peregrinar en este mundo. Te reconocemos como el Misterio que late en toda vida, que inspira en toda búsqueda, que acompaña todo amor. Nos sentimos felices contemplando cómo todos los pueblos, de una manera u otra, Te sienten cercano y reciben tu Luz. Nosotros concretamente, nos acercamos a Ti por medio de Jesús, nuestro Hermano Mayor, Transparencia tuya. Amén.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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