TRIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


Primera lectura: 1 Reyes 17, 10-16
Salmo responsorial:  Salmo 145
Segunda lectura: Hebreos 9, 24-28
 

EVANGELIO
Marcos 12, 38-44

 38Entre lo que enseñaba, dijo:

-¡Cuidado con los letrados! Esos que gustan de pa­searse con sus vestiduras y de las reverencias en la calle, 39de los primeros asientos en las sinagogas y de los pri­meros puestos en los banquetes; 40esos que se comen los hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy severa.

41Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. 42Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto. 43 Convocando a sus discípulos, les dijo:

-Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que na­die, os lo aseguro.  44Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida.

 


 
COMENTARIOS


I


LA LIMOSNA DEL POBRE

La limosna desempeñaba un gran papel en la piedad. El rabino Hilel enseñaba: "Muchas limosnas, mucha paz". Por Jerusalén circulaba este proverbio: "La sal de la riqueza es la práctica de la caridad". Cuentan de Rabí Naqdemon ben Gorión que para hacer limosna empleaba el siguiente procedimiento: mandaba extender mantas de lana sobre el camino que le conducía a la casa de estudios para que pudiesen recogerlas los pobres que venían detrás; ostentoso procedimiento que Jesús se encargaría de condenar: "Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha (Mt 6,3).

En el mismo templo de Jerusalén, entre los distintos cepillos que había para recoger limosnas, había uno cuyo dinero se empleaba en socorrer a los pobres vergonzantes de las buenas familias, venidas a menos. También había dos salas: una se llamaba Sala de los Silenciosos o de los Pecadores; la otra, Sala de los Utensilios. En la Sala de los Silenciosos, los que tenían miedo de sus pecados depositaban (sus dones) en secreto y los pobres de buena familia eran también socorridos allí en secreto.

Junto a uno de estos cepillos se sentó Jesús un día, frente a la Sala del Tesoro del Templo de Jerusalén y "observaba cómo la gente iba echando dinero en el cepillo; muchos ricos echaban en cantidad. Se acercó una viuda pobre y echó unos cuartos. Llamando a sus discípulos les dijo: "esa viuda, que es pobre, ha echado en el cepillo más que nadie, os lo aseguro. Porque todos han echado en el cepillo de lo que les sobra, mientras que ella ha echado de lo que le hace falta, todo lo que tenía para vivir".

Maravillosa lección de una pobre viuda que, con su comportamiento, anuncia la venida de un mundo nuevo, de un cambio en el modo de ser y de vivir de cara a Dios y a los hombres. Aquel sistema religioso había enseñado a la viuda cómo Dios se complace en la limosna, y ella, que amaba a Dios sobre todas las cosas, entregó para su templo todo lo que tenía. Los demás daban de su abundancia, ella de su indigencia. Sólo ella mereció la alabanza de Jesús: "Esa viuda, que es pobre, ha echado en el cepillo más que nadie, os lo aseguro". Para Jesús, la limosna del rico, que da de lo que le sobra, aun cuando dé en cantidad, no tiene valor ante Dios. Sólo merece ante El quien da hasta el punto de confiarse por entero en sus manos.

Poco sabía aquella pobre mujer de la explotación que había en el templo, de la inmensa riqueza que allí se acumulaba, de cómo los sacerdotes tesoreros del templo distribuían a placer aquel inmenso tesoro, y cómo se beneficiaban de aquello los que, diciendo servir a Dios, se servían de la gente para incrementar sus propias arcas. Ella, víctima del sistema religioso, demostró con aquel gesto su amor a Dios sobre todas las cosas. Sabía que Dios lee en lo oculto del corazón y salió aquel día justificada del recinto del templo.

Con su comportamiento abrió un camino nuevo, al que Jesús animará a sus discípulos: el camino del "desprendimiento radical" frente al sistema de los ricos que acaparan en sus manos lo que otros necesitan para sobrevivir. La religión, aliada de los poderosos, había practicado el sistema de la limosna -dar de lo que sobra- para tranquilizar las conciencias de quienes, en contra del mandamiento divino del amor, acaparaban injustamente los bienes de los demás. Pero esta limosna no agrada a Dios, ni tiene mérito alguno; es más bien una ofensa a la dignidad humana.

La limosna de aquella pobre viuda, sin embargo, anuncia el fin de un mundo -representado en el templo de Jerusalén- en el que se daba culto al dinero. No en vano, a continuación de esta escena, Jesús anuncia la destrucción del templo, centro de aquella religiosidad, acaparadora de injusticias, tranquilizadora de conciencias. Cuando llegue ese día "los cimientos del orbe se conmoverán..."

 


 
II


EMBAUCADORES Y EXPLOTADORES

Jesús parece que la tiene tomada con los fariseos, con los letrados, con los ricos. Sin embargo, a todos, en alguna ocasión, los invita a entrar en la familia del Dios-Padre. Eso sí, tienen que abando­nar a sus dioses y dejar de embaucar y explotar al pueblo, cosa que, además, hacen en nombre de Dios.

 

¡CUIDADO CON LOS LETRADOS!

¡Cuidado con los letrados! Esos que gustan de pasearse con sus vestidu­ras y de las reverencias en la calle, de los primeros asientos en las sinagogas y de los primeros puestos en los banquetes; esos que se comen los hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy severa.

 

Eran los más peligrosos, pues presentaban una apariencia de santidad que engañaba a la gente sencilla. Por eso Jesús gasta gran parte de sus energías en desenmascararlos ante el pueblo. Esta es la razón de que, en la mayoría de las disputas que mantiene Jesús, los adversarios sean los letrados, que pertenecían casi todos al partido fariseo.

Los letrados eran los principales responsables de que la religión de Israel estuviera en una situación como la que describíamos en el comentario del domingo anterior. Cierto que no eran los únicos responsables; los sumos sacerdotes habían conver­tido la religión en un auténtico y rentable negocio. Pero los sumos sacerdotes quedaban lejos de la mayoría de la gente, en el templo de Jerusalén, y estaban bastante desprestigiados a los ojos del pueblo, ante el que, por el contrario, los letrados tenían mucho prestigio y mucha influencia. Ya se preocupa­ban ellos de dar una buena impresión, de hacer creer a la gente sencilla que ellos eran los únicos santos, los únicos que vivían de acuerdo a la voluntad de Dios, los únicos que trans­mitían la auténtica doctrina; igualmente tenían buen cuidado de procurar que los que no pertenecían a su partido se sintie­ran malos y pecadores; así su santidad resultaba mucho más evidente. Y su autoridad moral ante el pueblo se hacía cada vez mayor. Lo malo es que esa autoridad moral la utilizaban no para ayudar al pueblo a organizarse de acuerdo con el proyecto de Dios, viviendo según su voluntad, ni para contri­buir a que los hombres y mujeres de Israel fueran más libres y más justos, más felices. No, lo que les preocupaba era su propio prestigio, mantener y aumentar esa autoridad moral en la sociedad, defender sus propios intereses, satisfacer su propio orgullo: vestiduras especiales, exigencia de que la gente les hiciera reverencias, gusto por los primeros puestos en las ceremonias religiosas... y llenar la tripa (¡ellos, tan espiritua­les!) a costa de los más pobres -las viudas- «con pretexto de largos rezos».

Y para conseguir todo esto manipulaban la imagen de Dios, olvidaban y hacían olvidar que el Dios de Israel quería -exigía- la libertad de su pueblo y, ya lo comentábamos el domingo pasado, entretenían al pueblo con ceremonias vacías que ni acercaban el hombre a Dios ni acercaban a los hombres entre si.

 
SACÁNDOLO DE SU FALTA

Se sentó enfrente de la sala del tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto. Convocando a sus discípulos, les dijo:

-Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie, os lo aseguro. Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida.

 La religión de Israel, que nació como proceso de liberación para todos, se había convertido en el negocio de unos pocos. Los fariseos y los letrados eran los ideólogos del sistema; pero los que disfrutaban de la mayoría de los beneficios eran los sumos sacerdotes, que controlaban la gran empresa: el templo de Jerusalén. Había allí -y ésta no era su mayor fuente de ingresos- un cepillo en el que todos los que entraban depo­sitaban su limosna. Cuenta el evangelio que los ricos dejaban grandes limosnas «de lo que les sobraba». Y seguro que se sentían satisfechos. No les debía resultar demasiado difícil ser generosos. Primero, porque les sobraba el dinero; después, porque no les costaba mucho trabajo ganarlo: el sudor lo derramaban los jornaleros, a quienes, según el testimonio del apóstol Santiago, los ricos defraudaban el jornal (Sant 5,1-6); además, porque aquella religión les convenía, pues haciendo creer a la gente que la solución a los problemas que tenían bajaría del cielo, sin que ellos pudieran hacer nada más que rezar y ser individualmente buenos, domesticaba a los pobres y evitaba conflictos a los ricos, y, finalmente, porque, algunos al menos, estarían convencidos de que con sus limosnas al templo estaban comprando la amistad con Dios y la vida eterna.

Jesús quiere que sus discípulos tengan las ideas claras: hacía poco que había denunciado que los sumos sacerdotes habían convertido el templo en un negocio: «en una cueva de bandidos» (Mc 11,17). Ahora quiere dejar claro qué es lo que tiene valor: no el dinero, por mucho que éste sea, sino el don de sí mismo; lo que Dios valora no es la «generosidad» de los explotadores, de los ricos, de los que dan lo que les sobra, sino la propia entrega, que, además, es señal de confian­za plena en Dios. Ni siquiera alaba Jesús el hecho de que el dinero se dé para el templo: no tardará mucho en poner de manifiesto que la entrega que Dios quiere deberá ser no para un templo de piedra que ya ha dejado de ser el lugar de la presencia de Dios y que muy pronto será destruido, sino en favor de la humanidad, por quien Jesús entregará hasta la última gota de su sangre (véase Mc 13).

Saquemos las consecuencias pertinentes, pues estas ense­ñanzas del evangelio siguen estando de permanente actualidad y se escribieron también para nosotros.

 


 

III

 
v. 38:  Entre lo que enseñaba, dijo: «¡Cuidado con los letrados! Esos que gus­tan de pasearse con sus vestiduras y de las reverencias en la calle,»...

Jesús previene al pueblo contra los letrados (¡Cuidado!) y pone en evi­dencia su conducta. Muestran un ansia desmedida de honores: visten de manera especial para señalar su categoría y recibir muestras de respeto (vestiduras, reverencias) y aceptan con gusto las señales de deferencia (pri­meros puestos). Al reconocimiento de su superioridad corresponde la sumisión del pueblo.

 

v. 39:  ... «de los primeros asientos en las sinagogas y de los primeros puestos en los banquetes»;...

Por su deseo de preeminencia y prestigio, quieren ser siempre «pri­meros», ponerse por delante de los demás. Es lo contrario de lo que debe suceder entre los seguidores de Jesús (9,35; 10,44). Subrayando su supe­rioridad, crean la desigualdad y afirman su poder sobre el pueblo. Y eso en todos los terrenos: lugares públicos (la calle), asamblea religiosa (las sinagogas), actos sociales (los banquetes).

 

v. 40:  ... «esos que se comen los hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy severa.»

En el ámbito privado, utilizan la religión para aprovecharse de gente desamparada e indefensa, cuyo prototipo eran las mujeres viudas (cf. 7,6s). Ellos, los hombres ejemplares, se hacen intercesores ante Dios; disfrazan su ansia de dinero de buena obra, y sus víctimas tienen todavía que estarles agradecidas por la injusticia de que son objeto. Su sentencia será muy severa porque explotan a los más desvalidos usando el nombre de Dios.

Jesús no hace acusaciones vagas e imprecisas, invita a la gente a darse cuenta de lo que tienen ante los ojos. Quiere que el pueblo adquie­ra espíritu crítico y así se haga libre: que no se someta a superioridades inmerecidas, que no tribute respetos impuestos, que dé a las personas su valor real. La apariencia de virtud de los letrados es falsa, en realidad están muy lejos de Dios (cf. 7,6s). Si el pueblo es capaz de ver los hechos, no se dejará guiar por tales maestros.

 

v. 41:  Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad.

Terminados los encuentros con los dirigentes, Jesús se sienta ante la Sala del Tesoro, punto neurálgico del templo explotador. Su postura lo presenta como antagonista permanente de ese lugar, que almacena el expolio hecho al pueblo por los dirigentes.

La multitud, aunque ha quedado impresionada por la enseñanza de Jesús en la que denunciaba la explotación (11,18), y a pesar de ser vícti­ma de ésta, sigue apoyando al templo (iba echando monedas). El halo reli­gioso de que la institución se rodea tiene más fuerza que la denuncia de Jesús. Un grupo numeroso, los ricos, contribuyen con grandes sumas de dinero (echaban en cantidad); su generosidad muestra que aprueban los métodos de la institución injusta y la sostienen con gusto.

 

v. 42:  Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto.

A la gente y a los ricos se contrapone la figura de una viuda pobre, miembro débil, indefenso, de la sociedad (viuda, 12,40) y sin relieve social (pobre). Su oferta es insignificante; no es en realidad una contribu­ción al sostenimiento del templo, sino un acto de devoción, un símbolo de amor.

 

v. 43:  Convocando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el tesoro mas que nadie»,...

Jesús convoca a los discípulos, que no habían comprendido su exi­gencia de dejar la riqueza (10,23-26). Les enseña a interpretar los hechos: compara el comportamiento de los ricos y el de la viuda pobre. Su dicho es solemne (Os aseguro) y enuncia una paradoja: lo que es menos vale más, lo poco del pobre vale más que lo mucho del rico. Va a explicarlo a continuación.

 

v. 44:  «Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándo­lo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida».

Da un juicio general: todos han echado de lo que les sobra: es una multitud que no se entrega, para la que Dios no es el valor supremo. Dar de lo superfluo significa no dar lo esencial, que es la persona. No son los ricos de Israel quienes valen a los ojos de Dios, sino los que ponen su confianza en él.

Con su óbolo, la viuda se da a sí misma; hace de Dios el valor supre­mo, por encima de su propia persona, y hace depender su vida de él, pues no tiene más medios de subsistencia. Las expresiones; todo lo que tenía, todos sus medios de vida reflejan el mandamiento principal cita­do antes por Jesús (12,30: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, etc.»). Este ha de ser el criterio de los discípulos: una entrega par­cial, como la de los ricos, aunque muy aparente, tiene menos valor que una entrega total, aunque de apariencia modesta. Lo que vale es la totali­dad del don. La viuda es ejemplo de un amor total a Dios, expresado en el total desprendimiento del dinero; es la antítesis de los dirigentes, infieles a Dios por su amor al dinero.

La viuda representa al Israel fiel a Dios. Los discípulos, en cambio, estiman más la gloria que la entrega. Cuando se trató el tema de la rique­za, ellos se extrañaron de la exigencia de Jesús al rico y se preguntaban: «Entonces, ¿quién puede subsistir?» (10,26); la respuesta que les dio Jesús: «Con Dios todo es posible» (10,27), es la que se hace patente en el comportamiento de la viuda, que da todo lo que tenía para vivir. Esta con­fianza equivale a la del discípulo (10,21: «tendrás en Dios tu tesoro»). En ella, no en el esplendor, está la verdadera gloria de Israel.

 


 

IV

 La primera lectura tomada de 1Re nos presenta el caso de una viuda que comparte lo poco y único que tiene con el profeta Elías. El pasaje está ambientado en una sequía que el mismo profeta había pedido a Yavé para Israel. Ante una situación tan extrema, todo el mundo evita gastar lo poco que tiene como una forma de mantenerse aferrado a la vida. Eso es lo que ha hecho esta viuda. Sin embargo se ve «obligada» por el profeta a compartir con él aquello que solamente le proporcionará unas horas más de vida. Este gesto de la viuda tiene un final feliz: no faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra. Significa esto que cuando se comparte con generosidad lo poco que se tiene, parece que se multiplicara, y esa es una de las características principales del pobre. Donde más disponibilidad hay para compartir, donde más desprendimiento uno encuentra es entre los pobres; con toda razón se puede decir que los pobres nos evangelizan. Con razón están ellos en primer lugar en el corazón de Dios, no sólo porque es Él lo único que a ellos les queda, sino porque entre ellos, los signos de la presencia de Dios son más visibles; son ellos por medio de los cuales Dios se hace ver con mayor claridad en el mundo; ellos son el sacramento de Dios en el mundo y el testimonio permanente de cuán lejos estamos del proyecto de solidaridad y de la igualdad querido por Dios.

Nos encontramos en el reino del Norte, el país está pasando por una de las etapas más difíciles de su historia: la dinastía de Omrí ha ido dejando el país en la miseria; el último de los monarcas de esa monarquía, Ahab, gobierna veintidós años (nunca un largo gobierno es benéfico para ninguna institución, termina por arruinarla), y también él ha hecho su aporte al desastre nacional: se casó con una extranjera: Jezabel, hija de Et-Baal, rey de Sidón, y acabó por adorar y rendir culto a Baal (1Re 16,29-31). Es fácil entonces imaginar el ambiente del reino en todas sus ámbitos: político, económico, social y religioso. El autor bíblico lo simboliza en una sequía que el profeta hace venir sobre Israel. En esa situación de extrema urgencia, el profeta hará ver que sólo Yavé es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres. En el Segundo Testamento vamos a encontrar esta misma realidad: Dios actuado en medio de los pobres, y con los pobres llama a la construcción de un orden de cosas distinto en donde los pobres parece que fueran los únicos capaces de aportar.

El evangelio de hoy nos presenta dos perícopas: la primera, todavía en conexión con la del domingo anterior sobre la declaración del mandamiento más importante o, mejor, los dos mandamientos más importantes. Jesús previene a sus discípulos para que no repitan el modo de ser de los escribas que se las dan de mucho cuando en su interior no existe ni amor a Dios ni al prójimo, sólo amor a sí mismos.

La segunda perícopa está más en consonancia con la primera lectura del primer libro de los Reyes. El dar implica renuncia, desprenderse no de lo que abunda y sobra, sino desde la misma escasez.

A Jesús, que observa como los fieles van pasando a depositar su ofrenda para el tesoro del templo, no lo ha impresionado como al común de los observadores, la cantidad que cada rico ha depositado en el cofre de las ofrendas; sus criterios y parámetros de juicio son completamente diferentes a los criterios mercantilistas y economicistas que se basan en la cantidad, en el binomio inversión ganancia (costo beneficio se diría hoy).

A partir de esta imagen Jesús instruye a sus discípulos y en definitiva alecciona hoy a las iglesias. Esa viuda que a duras penas sobrevive, objeto de la caridad y del recibir, se mete a pesar de todo en la fila para dar, no desde lo que le sobra, y sin intención alguna de aparentar, todo lo contrario lo haría con cierto disimulo para que nadie viera la «cantidad» que depositó. Aún si pensáramos que ella también deposita lo que tiene con el fin de ser retribuida, y lo más seguro es que así fue porque ya la falsa religión había alienado su conciencia, aún admitiendo eso, no deja ser un caso aleccionador que Jesús no deja pasar por alto. Mientras los demás teniendo ya suficiente para vivir desean tener mucho más, para lo cual realizan la inversión que sea, esta mujer echa lo único que tiene y seguro lo ha hecho con amor, con toda seguridad no se atreve a pedirle a Dios le multiplique esa mínima cantidad, tal vez su único «interés» es que Dios no le falte con aquello con lo cual sobrevive.

Desde la óptica de Jesús, esta pobre viuda, representación de lo más pobre entre los pobres, salió del templo justificada; fue quien recibió un mayor don a cambio de su desprendimiento: la gracia divina, mas desde la óptica de un donante rico, esta mujer tendría muy poca, casi ninguna recompensa.

El reino que Jesús proclama no puede regirse por los mismos criterios de personas como los dirigentes de Israel; el reino se construye desde los criterios de la calidad y disponibilidad para aportar desde una genuina generosidad, desde las propias carencias, no desde lo superfluo.

Se necesita discernir continuamente nuestro comportamiento y actitudes con aquellas personas que dan generosas ofrendas a nuestros centros religiosos comparado con aquellos que ofrecen poco o definitivamente no tienen nada qué ofrecer, ¿quiénes son los de mayor objeto de nuestra «consideración» y aprecio? Seamos sinceros en esto y reconozcamos con humildad que las más de las veces nos sentimos muy a gusto con aquellos que dan más, que tienen más y mejores medios; y el evangelio... ¿dónde está?

La viuda del evangelio que hoy escuchamos simboliza aquella porción del Israel empobrecido, que entró en la dinámica de Jesús, que está dispuesto a dar, a darse, a entregarse con lo que tiene a la causa del reino del Padre. Esos que dedican tiempo desinteresadamente en nuestras obras nos evangelizan con su generosidad, y especialmente ellas que no escatiman nada para que la obra del reino continúe su marcha, ¿captan esas personas nuestra atención como aquella viuda a Jesús, y nos dejamos interpelar realmente por ellas?

 



Para la revisión de vida

En qué grado de estima tengo o tenemos en la comunidad o grupo a las personas que según nosotros «no aportan mucho»? Nos hemos puesto a pensar que tal vez esas personas son las que mayor aporte están haciendo para la instauración del reino?


Para la reunión de grupo

Una de las ideas que saltan cuando volvemos a leer el pasaje de la ofrenda de la viuda es la realidad «ricos y pobres». Quizás nos sentamos preocupados por eso y de ahí que tratamos en vano de mover el corazón de los ricos para que «compartan» con los pobres. También se nos ha ido la mano en cualquier momento promoviendo actividades que solo se quedan en el asistencialismo. ¿Están ambas posiciones en línea con el Evangelio? ¿No estaremos por el contrario «desevangelizando»? Procuremos conseguir el artículo «¿Asistencialismo o solidaridad? De Pablo Bonavía, que se puede tomar de <http://servicioskoinonia.org/relat/119.htm>, y confrontemos esa realidad ricos y pobres con las acciones que se emprenden en los lugares donde estamos. En lo posible socialicemos con otros grupos nuestras conclusiones.

 

Para la oración de los fieles

Roguemos al Padre por nuestras iglesias para que cada día sientan mayor compromiso de compartir con generosidad la Palabra y los bienes con los más necesitados, roguemos.

Por quienes administran los bienes y la economía para que en sus proyectos políticos y económicos tengan siempre como prioridad la justicia y la equidad, roguemos.

Por nuestros grupos y equipos de evangelización para que practicando la generosidad entre nosotros mismos, podamos también promoverla en los ambientes donde nos movemos, roguemos.

 

Oración comunitaria

Dios Padre nuestro, que nos has mostrado tu gusto por la autenticidad, la entrega generosa y la coherencia entre la fe y la vida: robustece nuestra fe, fortalece nuestra sinceridad, y ayúdanos a estar, como Jesús, siempre atentos al amor de los pequeños. Nosotros te lo pedimos por Jesús, nuestro Hermano Mayor, Transparencia tuya. Amén.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org