1 de enero

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
CICLO "C"


Primera lectura: Números 6,22-27
Salmo interleccional: Salmo 66
Segunda lectura: Gálatas 4,4-7

EVANGELIO
Lucas 2, 16-21

 16Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño recostado en el pesebre. 17Al verlo, les comuni­caron las palabras que les habían dicho acerca de aquel niño. 18Todos los que lo oyeron quedaron sorprendidos de lo que decían los pastores. 19María, por su parte, con­servaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su inte­rior. 20Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído; tal y como les habían dicho.

21Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circunci­dar al niño, le pusieron de nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 


 

COMENTARIOS

 I

 UNA FE PUESTA A PRUEBA

Los pintores han dibujado a María sobre las nubes, ro­deada de ángeles, «envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas», subiendo hacia Dios y despegando de la tierra.

Colocada entre Dios y los hombres, María parecía pertene­cer más a una esfera intermedia que al mundo de los huma­nos. Esta imagen 'en ascensión', basada en la interpretación tradicional de la Iglesia, que identifica a María con la mujer que lucha contra el dragón, descrita en el Apocalipsis (c. 12), parece haberla rescatado para Dios del mundo de los humanos.

De la escena de la anunciación, entendida al pie de la letra por predicadores e intérpretes del texto bíblico, se ha impues­to otra imagen de María, mujer clarividente que, desde el pri­mer momento, conoce de 'pe a pa' todo el plan de Dios sobre ella, acatándolo con un 'sí' tajante y decidido.

Pero una lectura atenta entre líneas del Evangelio de Lu­cas da a entender que la vida de María y su fe -su adhesión al plan de Dios encarnado en Jesús- se acercan más a la de los cristianos de a pie que se debaten entre dudas y preguntas, entre incertidumbres y contradicciones.

En los dos primeros capítulos de su Evangelio, Lucas lo pone de relieve: Los pastores «fueron corriendo y encontra­ron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Todos los que lo oyeron se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, me­ditándolo en su interior» (Lc 2,l6ss).

La noticia de un Mesías, niño, acostado en el pesebre, coge de sorpresa a todos. Aquello no entraba en el programa de la teología de entonces. ¡El mesías, el salvador, el heredero del trono de David su padre, acostado en un pesebre! ¡El hijo del Altísimo sumergido en la debilidad humana: un tierno niño, compartiendo ya desde el principio la condición de los humil­des y pobres de la tierra!

«María -comenta Lucas- conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior.» Difícil de digerir la escena; por eso María tendría necesidad de meditar en su interior estos acontecimientos, que rompían los esquemas que se ha­bían trazado sobre el mesías venidero.

Más adelante, cuando Simeón se refiere a Jesús como 'al salvador, colocado ante todos los pueblos, como luz para alum­brar a las naciones y gloria de Israel', el evangelista vuelve a comentar que «su padre y su madre estaban sorprendidos por lo que se decía del niño» (Lc 2,30-32). Tampoco era éste el mesías esperado, un mesías universalista que venía a alum­brar a las naciones y que se manifestaría en Israel. Se esperaba más bien un mesías 'de y para' el pueblo de Israel que firma­ría sentencia de castigo contra las naciones (los demás pueblos de la tierra, los no judíos o paganos).

Finalmente, cuando más tarde sus padres lo encuentran en el templo entre doctores, el evangelista apostilla de nuevo: «Ellos no comprendieron lo que quería decir. Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conser­vaba en su interior el recuerdo de todo aquello» (Lc 2,50-51).

El recuerdo de todos aquellos acontecimientos posibilitaría a María su comprensión.

Por estas frases de Lucas y otras que podemos leer entre líneas en los restantes evangelistas concluimos que el camino de fe de María hasta llegar a aceptar el plan de Dios en Jesús debió pasar, como el nuestro, por momentos de oscuridad, de duda, de sorpresa y extrañeza. La luz se haría a base de darle vueltas a los hechos, de meditar y reflexionar hasta llegar a comprender que el mesías esperado no era el mesías anun­ciado a bombo y platillo por las escuelas teológicas de la época.

 


 

II

 MARÍA DE LA LIBERACIÓN

«De modo que ya no eres esclavo, sino hijo.» Así se expresa Pablo en la carta a los Gálatas: lo que, en ultimo término, nos da el derecho a ser libres es que somos hijos de Dios, hermanos del hijo de Dios. Por eso, porque él quiso ser hermano nuestro en María y porque ella siempre fue fiel al Dios de la liberación, podemos llamarla María de la Liberación.

 
EL SEÑOR SE FIJE EN TI

En medio de una serie de instrucciones para los sacerdo­tes, el libro de los Números, que sitúa a los israelitas al pie del monte Sinaí, aún reciente la experiencia de la Alianza, indica cómo deberá ser bendecido el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz.» La paz, el resumen de todos los bienes que puede desear un hombre, el conjunto de todos los beneficios que puede el hombre recibir de Dios, la meta última de todo lo que Dios está haciendo por su pueblo: un hombre en paz consigo mismo y con sus semejantes; un pueblo en el que reina la paz entre sus miembros y que vive en paz con sus vecinos.

El pueblo de Israel tendrá que completar un largo proceso que empezó con la salida de Egipto y la liberación de la esclavitud, llegar a la tierra que Dios le va a entregar, organizar una sociedad en la que nadie sea esclavo de nadie y establecer unas relaciones de amistad con sus vecinos.

La paz es, por tanto, la meta; pero en nombre de la paz no se puede eludir el proceso: para llegar a la meta no hay más remedio que recorrer todo el camino. El fin último no es la liberación, sino la paz, pero la paz es incompatible con la opresión y la injusticia.

 

CUANDO SE CUMPLIÓ EL PLAZO

Esta bendición tiene al menos dos mil cuatrocientos años de antigüedad y sigue siendo una aspiración presente en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, una aspira­ción tristemente frustrada en tantas y tantas ocasiones. Su fracaso empezó a configurarse cuando lo que Dios había que­rido que fuera una garantía de libertad y justicia se convirtió en instrumento de opresión y de esclavitud: la Ley. Los man­damientos de Dios habían sido dados para que sirvieran al hombre (Lc 6,5; véase Mc 2,27); pero los funcionarios de la religión, traicionando su función y su fe, habían puesto al hombre al servicio de las normas; de ahí el rechazo de Jesús a la ley como medio de relación entre Dios y los hombres: a través de Jesús, Dios nos dice que, para los que quieran ser sus hijos, ya no hay leyes, sino sólo su Espíritu, que es vida y amor: «Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a vuestro interior al Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡ Padre! »

En la organización patriarcal de la familia, vigente en la Palestina de los tiempos de Jesús, convivían en la misma casa, en la casa del padre, tanto los hijos como los siervos. Todos estaban sometidos a la autoridad del padre, pero mientras unos, los hijos, eran considerados hombres libres, otros, los siervos, tenían un grado de libertad prácticamente inexistente. A estos últimos, a los siervos, compara Pablo los hombres sometidos a la Ley -se refiere a la Ley de Moisés-, y a los hijos, los que ya no están sometidos a ella; el paso de una situación a otra coincide con la adopción de la fe cristiana, con el don del Espíritu, con el ser recibidos como hijos en la casa del Padre Dios: el Espíritu, recibido y aceptado libre­mente, convierte al hombre en hijo de Dios, llevando así a término la tarea de Jesús: «rescatar a los que estaban someti­dos a la Ley, para que recibiéramos la condición de hijos».

 

MADRE DE LOS HIJOS DE DIOS

Para realizar esta misión, dice Pablo, «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción». Pablo quiere subrayar que esta tarea quiso reali­zarla el Padre desde abajo, haciéndose presente, en un hom­bre, en el mundo de los hombres. Jesús no fue un dios disfra­zado de hombre: la suya era carne nacida de una mujer, de una mujer pobre y sencilla en la que se fijó de manera especial la mirada de Dios (Lc 1,48), centrando en ella el cumplimiento de todas las promesas del Señor a su pueblo.

Ella fue una mujer que, como todos los seres humanos, tuvo que someterse a un proceso, a veces difícil, con momen­tos de especial dureza, como algunos de los episodios que comentábamos el domingo pasado, para ir alcanzando con la plenitud de la fe su propia liberación, para ir incorporando a su papel de madre su vocación de hermana. Seguro que le resultó difícil tener que dar a luz en un establo y acostar a su hijo en un pesebre; sin duda que se sintió sorprendida al ver a los pastores que llegaban buscando a su hijo recién nacido... Ella, «María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior».

Todo esto debemos agradecérselo a María: la aceptación de la tarea que Dios le propuso abrió para todos el camino del encuentro con un Dios que quiere ser Padre de todos los que acepten ser sus hijos. Y si el ser hijos equivale a ser libres, con toda justicia podemos llamar a María, María de la libera­ción... y de la paz.

 


 

III

 EL BELÉN, EL PESEBRE, EL NIÑO..., ¿SON UNA SEÑAL TODAVÍA PARA LOS MARGINADOS?

Los marginados, espoleados por aquella noticia tan sorpren­dente, van derechos al objetivo: quieren comprobar con sus propios ojos que su sueño se ha hecho realidad: «Cuando los dejaron los ángeles para irse al cielo, los pastores empezaron a decirse unos a otros: «Ea, vamos derechos a Belén a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor. Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño recostado en el pesebre» (2,15-16).

Dan con una pequeña comunidad familiar, descrita como toda comunidad bien constituida, con tres personajes. Se trata de un grupo humano real (nombres propios), con funciones bien diferenciadas: María, la madre, personificando el amor fiel y desinteresado; José, el padre / la tradición patria, quien ha pues­to su linaje al servicio de la causa de la humanidad; el niño (todavía sin nombre), recostado en un pesebre, impotente (Dios no debe ser tan Omnipotente como decimos), tan marginado como los mismos pastores (habla con hechos el mismo lenguaje). Es el inicio de un cambio de valores que hará historia.

 

DIVISIÓN DE OPINIONES ANTE UNA NOTICIA PROPALADA POR MARGINADOS

«Al verlo, revelaron el contenido de lo que les habían dicho acerca de aquel niño. Todos los que lo oyeron quedaron sorpren­didos de lo que les habían dicho los pastores» (2,17-18). No queda claro quiénes son esos «todos» a quienes los pastores comunicaron el contenido del oráculo celeste. Por analogía con 1,65-66, podría sugerirse que los pastores divulgaron la noticia por el vecindario. De hecho, nadie en Israel se esperaba semejan­te noticia, y menos todavía de labios de gente tan despreciada. Por eso no les dieron crédito.

La primera reacción, la de los oyentes, fue tan sólo de sorpre­sa. «María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior» (2,19). La reacción de María, figura del Israel fiel, es distinta. Aun cuando no lo comprenda, «conser­va el recuerdo», es decir, lo ha grabado en su memoria. El hecho de conservar la memoria de estos hechos «en su corazón» (lit.: cf. 1,66) y de «ponderarlos» posibilitará un día su comprensión. «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído; tal y como les habían dicho» (2,20). La tercera reacción, la de los marginados y asociales, es pareja a la de los ángeles («glorificando/gloria» y «alabando a Dios»). Han podido comprobar personalmente la veracidad del anuncio del ángel: les ha nacido un salvador que los va a sacar de su marginación, el Mesías de Israel y Señor de todas las naciones. Sólo ellos estaban capacitados para comprender aquel lenguaje tan crudo.

“Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al niño, le pusieron de nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción” (2,21). En  paralelo con Juan, pero no sin un contraste significativo, circuncidan al niño, integrándolo en la alianza que Dios hizo a Abrahán (cf. 1,59), y le ponen el nombre de Jesús, es decir, “Dios salva”, según el ángel se lo había ordenado (1,31), atendiendo a su calidad de “salvador”.

 


 

IV

 Litúrgicamente, hoy es la fiesta de «Santa María Madre de Dios»; es también la «octava de Navidad» y por tanto el recuerdo de «la circuncisión de Jesús», celebración judía que se celebraba al octavo día del nacimiento de los niños, y en la que se les imponía el nombre. Para el hombre y la mujer de la calle, esos tres componentes de la festividad litúrgica de hoy quedan muy lejos... tanto por el lenguaje que en que son expresados, como por el «imaginario religioso» que evocan...

Pero hoy es también el primer día del año civil, «¡Año Nuevo!», y la Jornada Mundial por la Paz, que aunque originalmente es una iniciativa eclesiástica católica, ha alcanzado una notable aceptación en la sociedad, gozando ya de un cierto estatuto civil.

Como se puede ver, pues, hay una buena distancia entre la conmemoración litúrgica y los motivos «modernos» de celebración. Esta distancia, que se repite en otras fechas, con bastante frecuencia, habla por sí misma de la necesidad de actualizar el calendario litúrgico, y, mientras esa tarea no sea acometida oficialmente por quien corresponde, será preciso que los agentes de pastoral tengan creatividad y audacia para reinterpretar el pasado, abandonar lo que está muerto, y recrear el espíritu de las celebraciones.

Pero veamos en primer lugar los textos bíblicos.

 Nm 2,22-27 es la llamada bendición aaronítica (de Aarón), porque se afirma que Dios la reveló a Moisés para que éste a su vez la enseñara a Aarón y a sus hijos, los sacerdotes de Israel, para que con ella bendijeran al pueblo. Seguramente fue usada ampliamente en el antiguo Israel. Incluso se ha encontrado grabada en plaquetas metálicas para llevar al cuello, o atada de algún modo al cuerpo, como una especie de amuleto. Arqueológicamente dichas plaquetas datan de la época del 2º templo, es decir, del año 538 AC en adelante. Bien nos viene una bendición de parte de Dios al comenzar el año: que su rostro amoroso brille sobre todos nosotros como prenda de paz. La paz tan anhelada por la humanidad entera, y lamentablemente tan esquiva. Pero es que no basta con que Dios nos bendiga por medio de sus sacerdotes. No basta que él nos muestre su rostro. Aquí no se trata de bendiciones mágicas sino de un llamado a empeñarnos también nosotros en la consecución y construcción de la paz: con nosotros mismos, en nuestro entorno familiar, con los cercanos y los lejanos, con la naturaleza tan maltratada por nuestras codicias; paz con Dios, Paz de Dios.

Buen comienzo del año éste de la bendición. El refrán popular ha consagrado ese deseo de "volver a comenzar" que sentimos todos al llegar esta fecha: "Año nuevo, vida nueva". Uno quisiera olvidar los errores, limpiarse de las culpas que molestan en la propia conciencia, estrenar una página nueva del libro de su vida, y empezarla con buen pie, dando rienda suelta a los mejores deseos de nuestro corazón... Por eso es bueno comenzar el año con una bendición en los labios, después de escuchar la bendición de Dios en su Palabra.

Bendigamos al Señor por todo lo que hemos vivido hasta ahora, y por el nuevo año que pone ante nuestros ojos: nuevos días por delante, nuevas oportunidades, tiempo a nuestra disposición... Alabemos al Señor por la misericordia que ha tenido con nosotros hasta ahora. Y también porque nos va a permitir ser también nosotros una bendición en este nuevo año que comienza: bendición para los hermanos y bendición para Dios mismo. Año nuevo, vida nueva, bendición de Dios.

 

Gál 4,4-7 es una apretada síntesis de lo que Pablo nos enseña en tantos otros pasajes de sus cartas. En primer lugar, nos dice que el tiempo que vivimos es de plenitud, porque en él Dios ha enviado a su Hijo, no de cualquier manera, sino «nacido de mujer y nacido bajo la ley», es decir, semejante en todo a nosotros, en nuestra humanidad y en nuestros condicionamientos históricos. Pero este abajamiento del Hijo de Dios, nos ha alcanzado la más grande de las gracias: la de llegar a ser, todos nosotros los seres humanos, sin exclusión alguna, hijos de Dios, capaces de llamarlo «Abba», es decir, Padre. Nuestra condición filial fundamenta una nueva dignidad de seres humanos libres, herederos del amor de Dios. Parecerían hermosas palabras, nada más, frente a tantos sufrimientos y miserias que todavía experimentamos, pero se trata de que pongamos de nuestra parte para que la obra de Jesucristo se haga realidad. Se trata de que nos apropiemos de nuestra dignidad de hijos libres, rechazando los males personales y sociales que nos agobian, luchando juntos contra ellos. Esto implica una tarea y una misión: la de hacernos verdaderos hijos de Dios, a nosotros y a nuestros hermanos que desconocen su dignidad.

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, nos recuerda Pablo (Gál 4,4). Nació en la debilidad, en la pobreza, fuera de la ciudad, en la cueva, porque no hubo para ellos lugar en la posada... Nace en la misma situación que el conjunto del pueblo, los sencillos, los humildes, los sin poder.

Este nacimiento real y concreto es asumido por Dios para abrazar en el amor a todos los que la tradición había dejado fuera. Es la visita real de aquel que, por simple misericordia, nos da la gracia de poder llamar a Dios con la familiaridad de Abba -"papito"- y la posibilidad de considerar a todos los hombres y mujeres hermanos muy amados.

En Jesús, nacido de María -la mujer que aceptó ser instrumento en las manos de Dios para iniciar la nueva historia- todos los seres humanos hemos sido declarados hijos y no esclavos, hemos sido declarados coherederos, por voluntad del Padre. La bendición o benevolencia de Dios para los seres humanos da un gran paso: Dios ya no bendice con palabras, ahora bendice a todos los seres humanos y aun a toda la creación, con la misma persona de su Hijo, que se hace hermano de todos. Y nadie queda marginado de su amor.

"Ha aparecido la bondad de Dios" en Jesús, y es hora de alegría estremecida, para hacer saber al mundo -y a la creación misma- que Dios ha florecido en nuestra tierra y todos somos depositarios de esa herencia de felicidad.

 

Lc 2,16-21, en el lenguaje «intencionado» que por ser un género literario (“evangelio de la infancia”) utiliza con sus signos, Jesús no nace entre los grandes y poderosos del mundo sino, muy en la línea de Lucas, entre los pequeños y los humildes; como los pastores de Belén, que no son meras figuras decorativas de nuestros «belenes», pesebres o nacimientos, sino que eran, en los tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de incapaces de cumplir la ley religiosa judía. A ellos en primer lugar llaman los «ángeles» a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, «guardaba y meditaba estos acontecimientos en su corazón», y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios por ellos, y estaba dispuesta a testimoniarlo delante de los demás, como lo hizo delante de Isabel, entonando el Magníficat.

Todo ello dentro de una composición teológica más elaborada de lo que su aparente ingenuidad pudiera insinuar. En todo caso, la simplicidad, la pobreza, la llaneza del relato y de lo relatado casan perfectamente con el espíritu de la Navidad.

 

La «maternidad divina de María», motivo oficial de la celebración litúrgica de hoy, y uno de los tres «dogmas» marianos -si se puede hablar así-, es una formulación que hace tiempo «chirría» en los oídos de quien la escucha desde una imagen de Dios adulta y crítica. Como ocurre con tantos otros «dogmas» y tradiciones tenidas como tales, el pueblo cristiano las ha amalgamado fantásticamente con los evangelios, llegando a pensar que provienen directamente del evangelio.

El versículo Gál 4,4 que hoy leemos, es todo lo que Pablo dice de María. Ni siquiera cita su nombre. La maternidad divina de María en el cristianismo es, claramente, una construcción eclesial. Los evangelios no saben nada de ella, y no será formulada y declarada hasta el siglo V.

En este contexto, es importante desempolvar y recordar la historia de tal «dogma», con la conocida «manipulación» del concilio de Éfeso, en el año 431, cuando Cirilo de Alejandría forzó y consiguió la votación antes de que llegaran los padres antioqueños, que representaban en el Concilio la opinión contraria. Se dice que el Pueblo cristiano acogió con entusiasmo esta declaración mariana, pero hay que añadir que se trata de los habitantes de Éfeso, la ciudad de la antigua «Gran Diosa Madre», la originaria diosa-virgen Artemisa, Diana... La fórmula de Éfeso, en cualquier caso, ha sido siempre tenida como sospechosa de concebir la filiación divina y la encarnación en términos monofisitas, que hasta cosifican a Dios, como si se pudiera procrear a Dios y no más bien a un hombre en el que, en cuanto Hijo de Dios, Dios mismo se nos hace patente a la fe... (Nos estamos refiriendo a lo que dice Hans Küng, en Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, pág. 584ss).

El título «madre de Dios» no es bíblico, como es sabido. Para el evangelio María es siempre, nada más y nada menos que «la madre de Jesús», título tan entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia bajo un montón de otros títulos y advocaciones construidos eclesiásticamente. San Agustín (siglos IV y V) todavía no conoce himnos ni oraciones ni festividades marianas. El primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V, en el himno latino Salve Sancta Parens.

La Edad Media europea dará rienda suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. Mientras los primitivos Padres de la Iglesia todavía hablan de las imperfecciones morales de María, en el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del personal como del «original». En el mismo siglo XII aparece el Avemaría. El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV. El mes de María y el mes del rosario en el XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución serán la definición de la «inmaculada concepción de María» (1854, por Pío IX) y la definición de la «asunción de María en cuerpo y alma al cielo» (1950, por Pío XII). Momentos finales de este apogeo mariano son la «consagración del mundo al Corazón de María» en 1942 y 1954, por Pío XII.

Pero todo este marianismo remitió con sorprendente rapidez con el Concilio Vaticano II, que renunció a nuevos «dogmas» marianos, desechó la anterior mariología «cristotípica» (característica de la escuela mariológica española preconciliar), dando paso a una comprensión mariológica mucho más sobria, bíblica e histórica, en la línea «eclesiotípica» (de la escuela alemana principalmente). Aunque la veneración a María (hyper-dulía), superior a la tributada a los santos (dulía), siempre fue distinguida teóricamente de la dada a Dios (latría), lo cierto es que en la religiosidad popular muchas veces María fungió como un verdadero «correlato femenino de la divinidad», y su condición de criatura y de discípula de Jesús y miembro de la Iglesia casi fueron olvidadas (en forma paralela a lo que ocurrió con Jesús respecto de su humanidad).

Hoy, la imagen conciliar de María que la Iglesia tiene es la de «la madre de Jesús», desmitificada, despojada de tantas adherencias fantásticas como se le habían puesto encima a lo largo de la historia: María es una cristiana, muy cercana a Jesús, una discípula suya, un destacado miembro de la Iglesia: la «madre de Jesús», en un título insustituible que le da el mismo evangelio, y a cuyo uso muchos creyentes vuelven en la actualidad, prefiriéndolo al creado en el siglo V. La Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, en su capítulo octavo (nn. 52-69) ofrece todavía la mejor síntesis de la mariología para nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II nos sigue marcando el camino, también en mariología. A la hora de predicar sobre María, debemos remitirnos, necesariamente, a ese capítulo octavo de la Lumen Gentium.

 Concluimos. Seguimos estando en tiempo de Navidad, tiempo en el que la ternura, el amor, la fraternidad, el cariño familiar... se nos hacen más palpables que nunca. La ternura de Dios hacia nosotros, que se expresó en el niño de Belén, inunda nuestra vida, en las luces de colores, los adornos navideños, los villancicos y las reuniones familiares. Todo ayuda a ello en este tiempo todavía de Navidad. Dejemos recalar estos sentimientos en nuestro corazón, para que perduren a lo largo de todo el año.

Al comenzar el año, al poner el pie por primera vez en este nuevo regalo que el Señor nos hace en nuestra vida, vamos a agradecerle con todo el corazón la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.

Otro enfoque válido y provechoso de la homilía podría orientarse hacia el tema de la Jornada Mundial de la Paz... así como hacia el hecho del Año Nuevo, que si bien es algo simplemente convencional, astronómicamente insignificante, tiene el valor simbólico inevitable y profundo de recordarnos el inexorable paso del tiempo...

 


 

Para la revisión de vida

 Hacer un retiro personal (o un tiempo al menos) haciendo examen de mi vida en el año pasado

 Participar en alguna celebración penitencial comunitaria, pedir perdón de mis pecados y reconciliarme con Dios y con los hermanos.

  Hacerme un plan de vida al comenzar el año ("año nuevo...: ¡vida nueva!").

  Seguir viviendo con el espíritu de la navidad en los diversos ambientes: familia, barrio, trabajo, lugar de compromiso...

 

Para la reunión de grupo

Ver: ¿cómo está el mundo, nuestro país, nuestro barrio...? ¿En paz? ¿Cuáles los principales obstáculos para la paz en el país, barrio, comunidad, familia...)?

Cuál es actualmente la mayor amenaza para la paz y la mayor fuente de inestabilidad en el orden internacional? ¿Por qué?

La crisis económica internacional, ¿se superará simplemente salvando a los bancos y al sistema financiero internacional... o superando el capitalismo, el sistema que produce inevitablemente estas crisis periódicas cada vez más profundas?

El terrorismo, ¿es una causa original o derivada?

Juzgar: ¿Cómo enjuiciar la situación del mundo a la luz de la fe? ¿Cuál es el papel del cristianismo en un mundo en tensión como el nuestro?

Actuar: ¿Cómo tendrá que evolucionar el mundo para hacer posible la paz? ¿Qué podemos hacer nosotros, el cristianismo, yo mismo?

 

Para la oración de los fieles

Por la paz del mundo, en esta Jornada Mundial por la Paz, par que el Espíritu de Dios mueva los corazones de todos los hombres y mujeres hacia la reconciliación, la tolerancia, la igualdad entre los sexos, el respeto de las diferencias culturales, y la Justicia, de la cual es fruto la paz, roguemos al Señor.

Por los gobernantes de todos los países, para que aúnen esfuerzos sinceros en favor de la paz...

Por las instituciones internacionales, para que evolucionen hacia formas acordes con los nuevos tiempos mundializados que vivimos y puedan ser instrumentos más útiles al servicio de la humanidad...

Para que aprovechemos ahora la oportunidad que tenemos de hacer verdad en nuestra vida el refrán: «Año nuevo, vida nueva»...

Por nuestros hogares, para que continúen en el espíritu familiar de la navidad...

Por todos los que no acabarán el año que ahora comienza, para que se reconcilien a tiempo con la verdad de su vida...

Por todos nuestros amigos y conocidos que nos dejaron el año que acaba de pasar, por su eterno descanso...

Para que se extienda en la sociedad la conciencia de la necesidad de un orden internacional fuerte y unificado, para todo el mundo, al que todas las naciones se sometan, sin excepciones ni privilegios ni actos de fuerza...

 

Oración comunitaria

 - Dios de la Vida, Creador del Universo, que nos has concedido el espacio y el tiempo para vivir desarrollar la Vida, para ser felices y hacer felices a los demás; al comenzar un Año Nuevo te pedimos nos enseñes a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato y vivamos responsable y agradecidamente el don del tiempo que nos concedes. Por Jesucristo nuestro Señor...

   - Dios de la Paz, Padre y Madre de todos los hombres y mujeres, que quieres que vivamos como hermanos en unidad fraterna. En este día que da comienzo al nuevo año, te pedimos con todo el corazón nos concedas la Paz, don tuyo y a la vez fruto de la Justicia, y que hagas de nosotros esforzados constructores de la Paz, para que merezcamos la bienaventuranza que anunció Jesús, Hijo tuyo y hermano nuestro, por los siglos de los siglos. Amén.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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