SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Isaías 62, 1-5
Salmo responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: 1 Corintios 12, 4-11
 

EVANGELIO
Juan 2, 1-11

 2 1Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús; 2y fue invitado Jesús, como también sus discípulos, a la boda.

3Faltó el vino, y la madre de Jesús se dirigió a él:

-No tienen vino.

4Jesús le contestó:

-¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.

5Su madre dijo a los sirvientes:

-Cualquier cosa que os diga, hacedla.

6Estaban allí colocadas seis tinajas de piedra destinadas a la purificación de los Judíos; cabían unos cien litros en cada una.

7Jesús les dijo:

-Llenad las tinajas de agua.

Y las llenaron hasta arriba.

8Entonces les mandó:

-Sacad ahora y llevadle al maestresala.

Ellos se la llevaron. 9Al probar el maestresala el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), llamó al novio 10y le dijo:

-Todo el mundo sirve primero el vino de calidad, y cuando la gente está bebida, el peor; tú, el vino de calidad lo has tenido guardado hasta ahora.

11Esto hizo Jesús en Caná de Galilea, como principio de las señales, manifestó su gloria, y sus discípulos le  die­ron su adhesión.

 


 

COMENTARIOS

I

 AGUA O VINO

¿Quién no ha oído hablar de la boda de Caná? Pero ¿quién ha leído con detención este relato para ver lo que dice exactamente? Da la impresión de que los comentaristas de este evangelio y la imaginación popular -que quiere ver cosas prodigiosas por todos sitios- se han quedado en la superficie. Casi todo lo que ahí se narra es extraño.

Extraña, en principio, que unos novios no calculen el vino necesario para su fiesta de boda -una fiesta sin vino abun­dante no es tal-, pero extraña más todavía que el maestre­sala, encargado del banquete, no se diera cuenta de esta falta y tuviera que ser precisamente una invitada, María, la que constatara la triste situación. Llama la atención que Jesús, siempre atento a las necesidades del prójimo, responda a su madre con unas palabras que pueden sonar a descortesía o falta de interés por resolver el problema: «¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Jesús llama a su madre 'mujer' a secas.

Sorprende, por lo demás, que en el lugar donde se cele­braba la boda hubiera seis tinajas de piedra, de unos cien li­tros cada una, destinadas a los ritos de purificación de los judíos. Seiscientos litros de agua parecen demasiados para un lavado ritual. Por último, reclama la atención del lector el he­cho de que Jesús mande sacar agua de las tinajas para que los sirvientes la llevaran al maestresala, y que éste, al probarla, vea que se trata de vino de calidad. Sin pararse a investigar más, el maestresala reprocha al novio el haber reservado el vino de calidad para última hora. No sabía de qué iba la cosa...

Al terminar este relato, dice el evangelista: «Esto hizo Jesús como principio de las señales en Caná de Galilea.»

Lo que aquí se narra no es tanto un aparatoso milagro cuanto «el principio de las señales», el comienzo de algo nuevo y distinto que Jesús inauguraba y que el evangelista expresa gráficamente como si se tratase de un hecho sucedido.

Agua, vino y boda son signo de otras realidades conocidas por los judíos: «Agua. » La religión de Israel giraba en torno al agua. El hombre, para relacionarse con Dios -un Dios lejano y dis­tante- necesitaba purificarse de sus pecados. La garantía de limpieza y purificación se obtenía mediante un lavado con agua del miembro del cuerpo con que el hombre había caído en falta delante de Dios. Asediado por un complejo constante de culpabilidad ante Dios, el hombre, en aquel sistema religioso, se alejaba de Dios cada día más. Para colmo, una religión ba­sada en el agua tenía unas tinajas vacías...

«Vino.» Para el final de los tiempos había anunciado Isaías que Dios daría «un festín de manjares suculentos y vinos de solera» (Is 25,6). El vino, inventado por Noé (que significa 'consolador' por lo que su invento aporta de consuelo y alivio a la humanidad para olvidar sus penas, Gn 5,29), era un sím­bolo del amor entre los esposos: «Son mejores que el vino tus amores», dice el Cantar de los Cantares, un libro de enamo­rados que habla del idilio de Dios con su pueblo, y añade: «Tu boca es vino generoso» (7,10); «te daré a beber vivo aromado» (8,2).

«La boda» representa la alianza entre Dios y el pueblo. La antigua alianza estaba basada en unas tablas de piedra, las tablas de la ley -de piedra son también las tinajas-. La nueva alianza -la boda de Dios con el pueblo que lidera Jesús- no se basa ya en la Ley, sino en el amor, vino que hace soñar otra vida.

En Caná, Jesús anunció al maestresala, dándole a probar el vino, la sustitución definitiva del agua-ley por el vino-amor, de la Antigua por la Nueva Alianza. La hora definitiva de esta sustitución tendría lugar en la cruz, donde el vino-sangre de Jesús acabó para siempre con la Ley para instaurar el amor como único y definitivo mandamiento.

 


 
II

 SOLO AMOR, ¿Y OS PARECE POCO?

Cuando alguno dice que la forma de comportamiento propia del cristiano es el amor, siempre suele haber alguien que pregunta:

«¿Sólo el amor? ¿Y todo lo demás?» Pues, según el evangelio, esto es cierto no sólo en lo que se refiere a las relaciones entre los hombres, sino también en lo relativo a las de éstos con Dios.

 

NO TIENEN VINO

Al tercer día hubo una boda en Cana de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús; y fue invitado Jesús, como también sus discípulos, a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús se dirigió a él:

-No tienen vino.

 La religión judía había llegado, en tiempos de Jesús, a una degradación total. La relación de Dios con su pueblo, que los profetas habían descrito como un enamoramiento apasio­nado o como la ternura de un esposo con su esposa -«Como un joven se casa con una doncella, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo»- (Is 62,5; véase también 54,1-8; Jr 2,2; Ez 16,8.60-63; Os 2,16.20-22) se había convertido en una serie de ritos y ceremonias, repetidos una y mil veces y orientados a resolver la permanente duda que la doctrina oficial creaba en la conciencia de los creyentes: ¿estaré en buenas relaciones con Dios? Esta era una de las más tremen­das realidades de la religión de Israel: sus dirigentes y sus pensadores -los sumos sacerdotes, fariseos y letrados- presentaban una imagen de Dios, más que justo, justiciero, dedi­cado en exclusiva a vigilar si sus siervos cumplían las muchas leyes que El les había dado, con la constante amenaza de un implacable castigo. Pero como eran tantas las leyes y como, además, cualquiera podía cometer pecado y caer en impureza sin ni siquiera darse cuenta, las gentes vivían constantemente en la incertidumbre de no saber si estaban o no en amistad con Dios. La solución era participar cuantas más veces mejor en las ceremonias que se celebraban en el templo para pedir perdón al Señor y realizar en casa una y otra vez los ritos y lavados de purificación prescritos en las leyes religiosas. Este modo de entender la práctica religiosa lo describe el evangelio de este domingo colocando en el centro del relato esas seis tinajas de unos cien litros de capacidad cada una -¡seiscientos litros nada menos!-, destinadas a contener agua para uso religioso, «para las purificaciones de los judíos». Y lo peor es que las tinajas estaban vacías: aquella religión no servía ni siquiera para lograr lo que sus dirigentes decían que era el objetivo de la práctica religiosa: conseguir y conservar la pu­reza, resultar aceptable a Dios. Todo esto hacía imposible el amor en las relaciones del hombre con Dios: en la religión judía, presentada en el evangelio como una boda según la costumbre de los profetas, se había terminado el vino, esto es, el amor (Cant 1,2; 7,10; 8,2). Y sólo María, que representa a un pequeño grupo que se había mantenido fiel al Señor -el resto de Israel lo llaman algunos escritos del AT (Is 1,9; 4,3; 6,13; 10,20; Jl 3,5; Abd 17; Miq 5,6; Zac 8,11)-, toma conciencia del problema, mientras que la jerarquía religiosa -el maestresala- no se da cuenta del enorme desastre -de­jar que se acabara el vino en una fiesta de bodas, dejar que se acabara el amor en las relaciones con el Dios del amor y la misericordia- del que ella era responsable.

 
EL VINO DE CALIDAD

Al probar el maestresala el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), llamó al novio y le dijo:

-Todo el mundo sirve primero el vino de calidad, y cuando la gente está bebida, el peor; tú, el vino de calidad lo has tenido guardado hasta ahora.

 

Jesús, que no pertenece a aquella boda, pues sólo estaba allí como invitado, va a ofrecer un anticipo del cambio que él, de parte de Dios, propone. Parecería que, al mandar llenar de agua las tinajas, va a devolver su contenido a la vieja religión judía. No es así: el agua se convierte en vino una vez fuera de aquellas tinajas. Las tinajas, llenas o vacías, ya no servían para restablecer la amistad del hombre con Dios. Jesús va a devolver a los hombres la posibilidad de establecer con Dios una relación de amor, más allá de todas las limitaciones que les imponía el sistema religioso. No se trata de una refor­ma religiosa, sino de abrir otro cauce de comunicación entre Dios y el hombre, basado en el don de su propio Espíritu, su vida misma que hace a los hombres hijos suyos y capaces de amar con su mismo amor. Es la suya una nueva y definitiva alianza basada en la fuerza del Espíritu de amor que sustituye y declara caducada la vieja alianza que por culpa de los diri­gentes había perdido su fuerza liberadora y su contenido de amor y misericordia para quedar reducida a una ley fría -de piedra- y al miedo al castigo. Por una vez el vino nuevo será, como reconoce y lamenta el maestresala, de más calidad que el añejo. Y para siempre el amor sustituirá a la ley y la alegría de la fiesta ocupará el lugar del temor al castigo.

Así deben ser nuestras relaciones con Dios: experiencia y práctica de amor que nos hace vivir nuestra existencia como una fiesta, desbordante de gozo y amistad, en la que Dios se regocija con la alegría de sus hijos. Y que a nadie le parezca poco. A quien desee encerrar en leyes y estructuras prefabri­cadas y controlar exigiendo obediencia a quien ha adoptado el amor como norma de vida le resultará muy difícil; pero es que esas leyes y estructuras ya no son necesarias, pues si una ley es justa, si favorece el bien del hombre, lo que en ella se exige, aunque como ley sea superflua, será cumplido por el que acepta la nueva alianza, pues con la fuerza que le da el vino nuevo, el Espíritu de Jesús, tratará de llegar mucho más lejos que lo que una ley puede exigir: a gastar y, si es necesario, dar la vida por la felicidad de todos y cada uno de los miem­bros del género humano.

 


 

III

 1-2 A1 tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús; y fue invitado Jesús, como también sus discípulos, a la boda.

Se completa la sucesión de días (1,29.35.43). Al tercer día, es decir, dos días después (se cuenta como primero el día en que se está). Sumando estos dos días a los cuatro antes mencionados, resulta que Jesús, después de reunir un grupo de seguidores, va a desarrollar su actividad el día sexto, el de la creación del hombre (Gn 1,26-31); este simbolismo temporal indica que la obra de Jesús va a dar remate a esa creación.

La expresión al tercer día alude también a Éx 19,10.11.15.16, donde anuncia la teofanía del Sinaí (Éx 20,1-21; cf. Jn 2,11), en la que se dio la Ley de la alianza,  y a Os 6,2: al tercer día nos resucitará y viviremos en su presencia. Así, el día sexto será al mismo tiempo el de la creación terminada, el de la alianza nueva en que el Espíritu sustituirá a la Ley (1,17) y el de la vida defi­nitiva.

El simbolismo nupcial había sido utilizado por los profetas para describir la relación entre Dios y el pueblo, formulada antes como alianza (Is 1,21-23; 49,14-26; 62,5: Jr 2; 3,1; Ez 16; Os 2,4.16-18). Este es el significado que tiene la boda en Caná: representa la antigua alianza. La madre de Jesús pertenece a ella (estaba allí).

En paralelo con la figura masculina de Natanael (1,48), la madre de Jesús, que no lleva nombre propio, es la figura femenina que representa a los verdaderos israelitas, al Israel que se ha mantenido fiel a Dios, en cuanto en él tiene su origen Jesús (madre).

Jesús y sus discípulos no están allí, asisten a la boda como invitados: ellos no pertenecen a la antigua alianza.

 

3-5 Faltó el vino, y la madre de Jesús se dirigió a él: «No tienen vino». Jesús le contestó: «¿Qué nos concierne a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: «Cualquier cosa que os diga, hacedla».

El vino era símbolo del amor entre esposo y esposa (cf. Cant 1,2; 7,10; 8,2) y en esta boda falta el vino. Describe así el evangelista la situación del pueblo judío: en la alianza entre este pueblo y Dios no se percibe el amor de Dios al pueblo ni el pueblo responde  a Dios con amor. 

La madre de Jesús lo reconoce como Mesías y espera en él; ex­pone a Jesús la situación (No tienen vino), aunque sin llamarlo “hijo”. Cree que el Mesías va a dar nueva vida a la antigua alianza. Jesús, en cambio, que tampoco la llama “madre”, le indica la necesidad de dejar atrás el pasado (¿Qué nos concierne a mí y a ti, mujer?); su obra no va a apoyarse en las antiguas instituciones, él trae una novedad radical.

Nunca entre los judíos un hijo llamaba mujer a su madre. Este apelativo significa mujer casada o esposa (Mt 1,20.24; 5,32; Mc 10,2). Según el simbolismo nupcial de la alianza señalado antes, Jesús caracteriza como esposa de Dios (cf. 19,26; 4,21; 20,15) al pueblo fiel de la antigua alianza (la madre) que espera el cumplimiento de las promesas.

Todavía no ha llegado mi hora, le dice Jesús. La antigua alianza va a ser sustituida por una nueva. Jesús, el nuevo Esposo (1,15.30) o centro de la nueva comunidad humana, anuncia el cambio, que tendrá lugar cuando llegue su hora, la de su muerte.

La madre no replica; acepta el anuncio de Jesús y, a los que están dispuestos a colaborar con él (los sirvientes), los exhorta a seguir sus instrucciones (cf. Éx 19, 8; 24,37).

 

6-8 Estaban allí colocadas seis tinajas de piedra destinadas a la purificación de los Judíos; cabían unos cien litros en cada una.

Las tinajas de piedra, en el centro de la narración, representan la Ley (Éx 31,18; 32,15; Dt 4,3, etc.:  tablas de piedra), en particular las prescripciones sobre lo puro y lo impuro (Lv 11-16). Éstas presentan a un Dios susceptible que rompe por cualquier motivo su relación con el hombre. Ocultando el amor de Dios, los preceptos sobre la pureza obsesionan al hombre con su indignidad y le crean el sentimiento de culpa. La Ley promete restablecer cada vez la relación con Dios mediante ritos (purificación), pero las tinajas están vacías (las llenarán por orden de Jesús), lo que muestra que la promesa de purificación es falsa. Los ritos prescritos por la Ley son incapaces de restaurar la relación del hombre con Dios, pues es la Ley misma la que la impide.

Por contraste con el número “siete”, que simboliza lo completo y acabado, seis es el número de lo incompleto y provisional, de lo que nunca llega a su término.

 

7-10 Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: «Sacad ahora y llevadle al maestresala». Ellos se la llevaron. A1 probar el maestresala el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo sirve primero el vino de calidad, y cuando la gente está bebida, el peor; tú, el vino de calidad lo has tenido guardado hasta ahora».

Al hacer llenar las tinajas de agua, indica Jesús que es él quien va a dar la verdadera purificación, y que esa purificación va a ser completa (las llenaron hasta arriba). Entonces da la orden a los sirvientes de ofrecer al maestresala una muestra del agua que han echado en las tinajas. El maestresala era el jefe del banquete, el que debía cuidarse de que todo estuviera a punto; aquí es figura de los dirigentes de Israel.

Al ofrecer al maestresala la muestra de  agua sacada de las tinajas, ésta se convierte en vino, que, como se ha visto, es símbolo del amor; con esto indica el evangelista que es el amor el que purifica y restablece el acceso a Dios. La purificación no se hace con ritos exteriores (agua), sino cambiando el interior del hombre, mediante la experiencia del amor incondicional de Dios. Sentirse amado así hará desaparecer el sentimiento de indignidad y de culpa.

En otras palabras, Jesús va a inaugurar una nueva relación del hombre con Dios, una nueva alianza, que no estará mediatizada por la Ley ineficaz, sino creada por la infusión del Espíritu de Dios, impulso de vida-amor (1,17: el amor y la lealtad), que hace al hombre hijo y seme­jante a Dios, su Padre. Esta experiencia es personal e inmediata; no necesita mediadores.

El maestresala, figura representativa de los jefes religiosos judíos, prueba el vino que le ofrecen y constata su calidad, pero reacciona protestando del or­den en que se dan los vinos: el primero debe ser el mejor. Se muestra con esto que, a pesar de las promesas hechas por los profetas (cf. Jr 31,31-34; Ez 36,25-27; 37,26), esos dirigentes no tienen ninguna expectativa de un futuro mesiánico para Israel ni quieren abrirse a él cuando se presenta; no aceptan la novedad, aunque sea mejor. Están convencidos de que la antigua alianza, en la que, aunque el pueblo esté mal, ellos ocupan posiciones de privilegio, tiene que ser definitiva.

 

11 Esto hizo Jesús en Caná de Galilea, como principio de las señales manifestó su gloria, y sus discípulos le  die­ron su adhesión.

El evangelista anuncia una serie de señales que realizará Jesús. La de Caná es principio, prototipo y clave de interpretación de las que seguirán; todas ellas estarán centradas en el don a los seres humanos del Espíritu divino. Este episodio es, por tanto, programático. 

Jesús ha manifestado su gloria, es decir, su amor leal (1,14) y anuncia su intención de comunicarlo a los hombres. La experiencia de ese amor funda la fe-adhesión a él.

 

12 Después de esto bajó él a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y sus discípulos y se quedaron allí, no por mu­chos días.

Después de trazado su programa en Caná, Jesús va a comenzar su actividad. Los tres grupos representan tres posturas frente a la situación, que se dan entre los que lo rodean: la madre, el Israel fiel, será final­mente incorporada a la nueva comunidad universal (19,25ss); los her­manos o parientes no apreciarán su obra y le serán hostiles (7,3-9); los discípulos le han dado su adhesión. La convivencia pacífica es efímera (no por muchos días); la oposición abierta empezará pronto.

 


 

IV

 La vida de Jesús se desarrolló dentro de la normalidad propia del ambiente cultural y la religiosidad de un judío del primer siglo de nuestra era. Los discípulos descubren a Jesús como un hombre normal, en un ambiente normal y sin ningún tipo de manifestaciones espectaculares o extraordinarias. Esta realidad de una vida normal en Jesús, hace que entre los discípulos y él no haya ningún tipo de distanciamiento, antes por el contrario, una vida verdaderamente humana como la de Jesús, hace que su experiencia del Dios sea más creíble y mucho más accesible a la conciencia y a la vida de los que le escuchan y le siguen. La actitud de Jesús, sin ningún tipo de pretensión, va revelando una nueva imagen y un nuevo concepto de Dios. Dios ha dejado de ser ese ser extraño y lejano, que atemoriza al ser humano, y toma la característica del Dios original de Israel, el Dios que camina con su pueblo.

Para la lógica del Evangelio de Juan, el Banquete es un tema fundamental en la teología del evangelio de Juan. La teología del banquete se abre con la misión de Jesús en Caná de Galilea, y se cierra con la última Cena, fundamento de la Eucaristía. El Banquete es por tanto un signo mesiánico, donde se anuncia la llegada del Reino y se presenta a Jesús, Soberano del Reino. Es un símbolo fundamental que explica en la cotidianidad la presencia del Reino en medio de la historia.

Las bodas de Caná están en el imaginario de los primeros cristianos y de todo la Iglesia a lo largo de la historia, por ese hecho inolvidable: en lo mejor de la boda, el vino se acaba. ¿Cómo es posible que no se haya previsto esta parte en la fiesta? La actitud de Jesús de Nazaret frente a la carencia de vino, hará que este relato de las bodas de Caná, quede inmortalizado en la simbología cristiana.

El milagro de las bodas en Caná de Galilea, no es simplemente ausencia de vino. El asunto es otro: el relato tiene que ser entendido en perspectiva de Reino, en dinámica de tiempo mesiánico. El texto indica, que había allí en un lugar de la casa, unas tinajas de piedra vacías, seis en total. El texto hace énfasis en que están vacías. Son tinajas destinadas para contener el agua de la purificación ritual de los creyentes judíos. Pero están secas. Este símbolo, indica la sequedad en que se encuentra el modelo religioso judío. En la visión de los cristianos primeros, que acabaron separándose del judaísmo, la ley judía, antes que ayudar, terminó dificultando la relación de Dios con su pueblo. Les resultaba una ley vacía, sin sentido, que sólo generaba cargas y no posibilitaba la libertad y la alegría. Las tinajas, destinadas a la purificación, eran un símbolo que dominaba la ley antigua. Ese modelo de ley creaba con Dios una relación difícil y frágil, mediatizada por ritos fríos y carentes de sentidos.

No se dice sin embargo que las tinajas estuvieran con agua. Son llenadas cuando Jesús lo ordena. Al estar llenas, las tinajas que no prestaban ya ningún servicio, más bien estorbaban en la vida normal de la gente, permiten una nueva manifestación del proyecto de Jesús: el agua está convertida en vino. ¿Qué nos indica ese signo? La ritualidad, el legalismo, la norma fría y vacía, es trasformada en vino, símbolo de la alegría, del gozo mesiánico, de la fiesta de la llegada del tiempo nuevo del Reino de Dios. Tenemos que acabar en nuestra vida y en la vida comunitaria, con los sistemas religiosos deshumanizantes, para lograr entrar en la dinámica liberadora, incluyente y festiva que Jesús inauguró.

¿Complicada esta interpretación? Efectivamente, es complicada, con la complicación que brota de un texto sofisticado, muy elaborado, con toda una trastienda de alusiones veladas y crípticos mensajes. Leer, proclamar, comentar el evangelio de Juan como si se tratara de una simple y llana historieta de unas bodas, en las que además Jesús funda el sacramento del matrimonio, sin más complicaciones... resultaría una lectura fácil y cómoda, pero sería profundamente carente de veracidad. Aunque sea más laborioso y menos grato, es mejor tratar a nuestros oyentes como adultos, y no ahorrarles la complejidad de unos textos que interpretados directamente a la letra nos llevarían solamente por caminos de fundamentalismo.

 

Les ofrecemos para concluir el soneto de Pedro Casaldáliga sobre las bodas de Caná:

 "No tienen vino"

 La verdad es que no tenemos vino.

Nos sobran las tinajas, y la fiesta

se enturbia para todos, porque el sino

es común y la sola sala es ésta.

 

Nos falta la alegría compartida.

Rotas las alas, sueltos los chacales,

hemos cegado el curso de la vida

entre los varios pueblos comensales.

 

¡Sangre nuestra y de Dios, vino completo,

embriáganos de Ti para ese reto

de ser iguales en la alteridad.

 

Uva pisada en nuestra dura historia,

vino final bebido a plena gloria

en la bodega de la Trinidad!

 


 

Para la revisión de vida

El evangelio de Juan presenta la vida de Jesús como una progresiva sucesión de «señales» que él va entregando. Su vida es donación de sí mismo como "señal". ¿Es así mi vida? ¿Soy señal para los demás? ¿Sé, como Jesús, ser señal en medio de las realidades sencillas y diarias, "profanas"... o sólo lo encuentro en el recinto de lo separado, de lo sagrado? ¿Qué debo hacer para parecerme más a Jesús?

 

Para la reunión de grupo

¿Cuáles pueden ser las "señales" de Dios para nosotros hoy? ¿En qué lugares «se convierte el agua en vino» hoy?

¿Dónde sigue Jesús dando "señales" hoy? ¿Dónde Jesús sigue presente, haciendo “señales”, por medio de sus discípulos?

María y Jesús están en la fiesta de la boda, y tienen que ver con el tema del vino de la fiesta... ¿Por qué se ha imaginado tanto a Jesús y a María como alejados de la fiesta y de las alegrías humanas? ¿Por qué la moral cristiana ha sido percibida como enemiga de la alegría?

¿Cuál fue la actitud de María en la boda de Caná? San Juan de Ávila hacía notar que este relato de la boda de Caná contiene el "sermoncito de María", la única «homilía» o consejo que María pronunció, y que es bien breve: "hagan lo que él les diga". ¿Qué rasgos mariológicos podríamos descubrirle a este "sermoncito"?

Nota: Estamos comenzando el primer bloque de "tiempo ordinario" en el año litúrgico, un paréntesis entre la navidad y la cuaresma, ya próxima. El «Consejo pastoral» de la comunidad cristiana debería plantearse ya, con tiempo, la preparación del "tiempo fuerte" que es la Cuaresma, las iniciativas de formación y de evangelización intensiva que va a poner a disposición de la comunidad... En la página de «Uso pastoral de Koinonía» (http://servicioskoinonia.org/pastoral) ofrecemos ideas, iniciativas y sugerencia de recursos.

 

Para la oración de los fieles

Para que estemos abiertos a percibir las "señales" dispersas que nos remiten más allá de nosotros mismos y de nuestras limitaciones, hacia una Presencia mayor, misteriosa pero real, roguemos al Señor.

Por los jóvenes, para que descubra cada uno su "hora", el llamado de Dios a hacer de su vida una aventura personal de amor y de entrega al proyecto de convertir el agua de la tristeza en vino de alegría para toda la humanidad...

Para que sepamos relacionarnos con las cosas sencillas de la vida diaria, sencilla, "profana"... como con "señales" que nos hablan en un lenguaje diferente que nos lleva al encuentro con nosotros mismos, con los hermanos, y con Dios, en nuestra profundidad...

Por todos los matrimonios, para que vivan con alegría la donación generosa en el amor, que cada día ha de inventar creativamente formas nuevas de decir su amor...

 

Oración comunitaria

 Oh Dios de todos los pueblos, que de muchas maneras te has comunicado desde siempre con la Humanidad. Para nosotros, ha sido Jesús la gran "señal" que nos ha permitido acceder a ti. Te pedimos que abras nuestros ojos, ilumines nuestra mente, e inflames nuestro corazón, para que también nosotros seamos para los demás señal de amor y de alegría, de esperanza y de agradecimiento. Hasta que un día nos reunamos todos los Pueblos en tu presencia, nuestro hogar definitivo, contigo, Tú que vives y haces vivir por los siglos de los siglos. Amén


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org