TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Nehemías 8, 2-4 a. 5-6. 8-10
Salmo responsorial: Salmo 18
Segunda lectura: 1 Corintios 12, 12-30
 

EVANGELIO
Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

 1 1Dado que muchos han intentado hacer una exposición ordenada de los hechos que se han verificado entre nosotros, 2según lo que nos transmitieron los que desde un principio fueron testigos oculares y llegaron a ser garantes del mensaje, 3he resuelto yo también, después de investigarlo todo de nuevo con rigor, ponértelo por escrito de forma conexa, excelentísimo Teófilo, 4para que compruebes la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido.

4  14Con la fuerza del Espíritu regresó Jesús a Galilea, y la noticia se difundió por toda la comarca. 15Enseñaba en aquellas sinagogas, y todos se hacían lenguas de él.

16Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró en la sinagoga, según su costumbre, y se levantó para tener la lectura. 17Le entregaron el volumen del pro­feta Isaías y, desenrollando el volumen, dio con el pasaje donde estaba escrito:

18El Espíritu del Señor descansa sobre mí,

porque él me ha ungido.

Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres,

a proclamar la libertad a los cautivos

y la vista a los ciegos,

a poner en libertad a los oprimidos,

19 a proclamar el año favorable del Señor (Is 611 2)

20Enrolló el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en el 21y empezó a hablarles:

-Hoy ha quedado cumplido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado.

 


 

COMENTARIOS

I

 AMNISTÍA DIVINA

Como judío, Jesús acudía cada sábado a la sinagoga (pala­bra de origen griego que significa 'reunión', y de ahí 'lugar de reunión de los judíos'). La sinagoga era una especie de sucur­sal o sucedáneo del templo. En tiempo de Jesús, el culto con sacrificios de animales estaba centralizado en Jerusalén, donde se hallaba el único santuario del país. También había un tem­plo con sacrificios de animales en Samaría, pero los samarita­nos eran considerados por los judíos como cismáticos ya desde el siglo VIII a. C.

La relación estrecha entre la sinagoga y el templo queda­ba patente hasta en su orientación espacial: el ábside de la misma o el tabernáculo, lugar donde se colocaban los rollos de la Torá, estaba orientado hacia el templo de Jerusalén. A los rabinos, por lo demás, les gustaba considerar la sinagoga como un templo en miniatura. El tabernáculo se hallaba en un es­pacio denominado (lugar) 'santo', aludiendo al Sancta Sancio­rum del templo de Jerusalén; lugar que estaba separado del resto de la sinagoga por una cortina, como en el templo jero­solimitano. A lo largo de las paredes de la sinagoga solía haber bancos para los fieles; en medio, delante del (lugar) 'santo', sobre un estrado, estaba el púlpito (bimah) para la lectura de la Escritura, 'Torá o Haftará' (la Ley o los Profetas), así como para la oración solemne.

Había culto todos los sábados, día en que Yahvé, según el libro del Génesis (2,2ss), terminó de crear el mundo, to­mándose un descanso de tan ardua tarea.

Cuenta el evangelista Lucas que Jesús volvió a Nazaret, su patria chica, tras su bautismo, «y entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para tener la lectura». Conocido como era ya por su predicación y milagros en la provincia, tal vez el jefe de la sinagoga -cuya función era dirigir el culto, vigilar el orden y designar al lector o pre­dicador de turno- le invitó a leer y explicar la lectura de los Profetas. Por entonces la Biblia hebrea no era entendida por el pueblo, que hablaba una lengua distinta: el arameo. El lec­tor leía, por tanto, en hebreo y el meturgeman o traductor traducía al arameo, al tiempo que comentaba en la lengua vul­gar lo leído.

Jesús leyó aquel día un fragmento del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado para anun­ciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor» (Is 61,1-2).

Esta lectura debió llamar la atención tremendamente, dada la libertad que se tomó el Maestro nazareno al suprimir una frase del texto sagrado que era sumamente grata a los oídos del pueblo judío, vejado durante siglos por otros pue­blos, animoso y deseoso de que Dios se vengara de los pueblos que lo oprimieron. El párrafo de Isaías, tras aludir al «año de gracia del Señor», continuaba: «para proclamar el desquite de nuestro Dios».

El ritual de la sinagoga prohibía que el lector o comenta­rista añadiese o suprimiese verso alguno de la lectura de turno. El atrevimiento de Jesús provocó la reacción de sus paisanos e hizo que «toda la sinagoga tuviese los ojos fijos en él». Pero la cosa no quedó ahí. Jesús, «enrollando el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó. Y empezó a hablarles: Hoy, en vuestra presencia, se cumple este pasaje».

Con la supresión de la frase de Isaías «el desquite de nuestro Dios», Jesús había terminado la lectura del texto-base de su futura actuación. Lo suyo sería proclamar el perdón y el amor de Dios no sólo para su pueblo, sino para todos los pueblos de la tierra, incluidos los enemigos del pueblo ele­gido. Jesús venía de parte de Dios a cancelar, de una vez para siempre, la ola de venganza que, a lo largo de la historia, había ido tomando carta de ciudadanía en el corazón humano. Lo del Dios de Jesús era proclamar el «año de gracia», per­donar, olvidar, cancelar del diccionario de las relaciones hu­manas realidades tan tristes como el desquite, la venganza, la revancha, el odio, la represalia, la ley de 'talión' con su famoso «ojo por ojo y diente por diente» (Ex 21,23-25).

 


 

II

EL PROYECTO DE JESÚS

Cierto que Jesús vino a hacer posible un mejor entendimiento del hombre con Dios. Pero para poder entenderse completamente con Dios, el hombre debe primero ser totalmente hombre: cons­ciente de su dignidad, dueño de su destino, libre..., liberado. Ese es el proyecto de Jesús que, aunque se realizará con la fuerza del Espíritu, se dirige al hombre entero: a su carne y a su espíritu, a su conocimiento y a su corazón.

 

UNGIDO

Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró en la sinagoga, según su costumbre, y se levantó para tener la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, y desenrollando el volumen, dio con el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido...

 

Mesías es una palabra que significa «ungido» y que hace referencia a una costumbre existente en Israel y en algunos pueblos de su entorno que consistía en ungir con perfume a determinados personajes el día en que se les encomendaba una determinada tarea, como, por ejemplo, al rey el día de su coronación, al sumo sacerdote el día que asumía su función, etc. La unción indicaba, pues, el encargo de una misión. En tiempos de Jesús, sin embargo, la palabra Mesías se refería a un enviado de Dios que todo el pueblo estaba esperando para que resolviera de manera definitiva todos los problemas que hacían sufrir a la nación y al pueblo israelita.

Jesús, declarado Mesías el día de su bautismo, fue enton­ces ungido; pero no con perfume, sino con el Espíritu mismo del Padre, Dios, para que llevara a cabo la tarea que le había sido encomendada y el compromiso que él, en el mismo bau­tismo, había aceptado (Lc 3,21-22. Véase comentario núm. 29).

Para presentar su mensaje, Jesús se dirigía siempre adonde la gente se encontraba reunida, a las sinagogas, en donde se reunían los judíos cada sábado a escuchar la lectura de la Ley y los Profetas y a recitar salmos y oraciones. Y cuando llega a Nazaret, su pueblo, adonde seguramente había llegado la fama de sus predicaciones, lo invitan a hacer y comentar la lectura del día. Le dan un volumen, y Jesús, con suma libertad, mezcla dos párrafos del profeta Isaías (61,1-2 y 58,6) y corta uno de ellos por donde le parece que el texto del profeta no refleja adecuadamente el ser de Dios. Y al terminar afirma que aquellas palabras se están cumpliendo en ese momento, delante de quienes lo están escuchando. Así se declara el Mesías -ungido- enviado por Dios: «Hoy ha quedado cum­plido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado».

 

PARA LA LIBERACIÓN

... me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año favorable del Señor.

 

El es el Mesías, y el que acaba de proclamar, usando palabras del profeta Isaías, es su proyecto: devolver la libertad a los que no la tienen porque, de una u otra manera, con cadenas o mediante el miedo, otros se la han arrebatado. El viene a devolver la conciencia a los hombres que, ciegos por cualquier razón, no son capaces de reconocer la imagen y la presencia de Dios en el ser humano, en ellos mismos. Y acabar con la más cruel de todas las esclavitudes, el miedo a Dios, también es objeto de la acción liberadora del Mesías; a partir de ahora nadie tendrá motivos para temer a Dios, nadie podrá asustar a los hombres en nombre de Dios: la lectura de Isaías termina en el original con una amenaza, el anuncio de «el día de la venganza de nuestro Dios»; Jesús censura y no lee esa frase, pues con su misión comienza una nueva época en la que las relaciones de Dios con sus criaturas se basarán exclu­sivamente en el amor, el amor de Dios a la humanidad. Como siempre había sido, aunque algunos hombres se habían em­peñado en cargar sus propias venganzas en las espaldas de Dios.

En tiempos de Jesús había varias maneras de entender la misión del Mesías: las dos principales consideraban que el Mesías tendría la misión de hacer que la gente fuera más buena, más religiosa, que estuviera más atenta a sus relaciones con Dios. Según otros, la tarea del Mesías sería devolver su poder, su grandeza y su orgullo a la nación israelita. Todos iban a quedar decepcionados con el Mesías Jesús.

Si en la sinagoga de Nazaret había algunos que esperaban un Mesías ocupado preferentemente de las cuestiones religio­sas, éstos fueron los primeros que debieron experimentar una gran frustración: las palabras de Isaías con las que Jesús pre­senta su proyecto no hablan de Dios más que en una dirección: de arriba abajo, de Dios hacia el hombre. Dios ha concedido la fuerza de su Espíritu al Mesías no tanto para que logre que el pueblo se preocupe de Dios, sino para mostrar a los hom­bres hasta qué punto y por qué son ellos objeto de la preocu­pación de Dios: a Dios le preocupa la felicidad de los hombres y, en especial, que los que por cualquier razón no son realmen­te libres puedan llegar a serlo, y así, puedan realizar plenamen­te su proyecto: ser imágenes suyas, ser hijos suyos; por eso los ciegos, los pobres, los presos, los oprimidos... constituyen la principal preocupación de Dios, y ellos ocuparán el centro de la atención del Mesías y -así debería ser- de los segui­dores de este Mesías.

Los que esperaban un Mesías nacionalista también queda­ron decepcionados.

 


 

III

 EL PRÓLOGO DE LA DOBLE OBRA DE LUCAS

El Evangelio de Lucas (sigla: Lc) y el libro de los Hechos de los Apóstoles (sigla: Hch) no constituyen dos obras indepen­dientes, destinadas a recopilar datos sobre Jesús (el Evangelio) y sobre la iglesia primitiva (Hechos), a modo de una crónica de hechos y dichos de personajes importantes, sino una obra doble (sólo recientemente se ha empezado a hablar en los círculos de exegetas de la «doble obra lucana») destinada a la edificación de la comunidad creyente, escrita en forma de díptico: dos libros formando un solo volumen.

La repetición de unos mismos temas al final del Evangelio (Lc 24) y al comienzo de los Hechos (Hch 1,3-14) religa los dos libros. El prólogo del Evangelio es válido para ambos, como lo demuestra el hecho de que al inicio del segundo libro se haga referencia a los contenidos del «primer libro» relativos a los «hechos y dichos de Jesús» y a la «misión» encomendada por él a los apóstoles, a la par que se repite el nombre de «Teófilo» como destinatario único de la obra. La actividad y la enseñanza de Jesús narradas en el Evangelio permiten enjuiciar -por ana­logía o contraste con el modelo- las tendencias existentes en el seno de la iglesia primitiva que aparecen en Hechos.

He aquí, de forma estructurada, el prólogo de la doble obra lucana:

 

«Dado que muchos han intentado hacer

una exposición ordenada de los hechos

que se han verificado entre nosotros,

según lo que nos transmitieron

los que desde un principio fueron testigos oculares

y llegaron a ser garantes del mensaje,

he resuelto yo también,

después de investigarlo todo de nuevo con rigor,

ponértelo por escrito de forma conexa,

excelentísmo Teófilo,

para que compruebes la solidez de las enseñanzas

con que has sido instruido» (Lc 1,1-4).

 

Lucas presupone la existencia de evangelios -literalmente habla de «muchos» intentos-, escritos en conformidad con una tradición vivida en el seno de la comunidad cristiana («entre nosotros», «nos transmitieron»), tradición que se remonta a los «testigos oculares» (primera generación) que fueron reconocidos por las comunidades creyentes como depositarios auténticos («garantes») del mensaje.

Entre estos «muchos» -probablemente una hipérbole- que «han intentado hacer una exposición ordenada» de los hechos de Jesús hay que contar en primer lugar el Evangelio de Marcos (Mc): dos terceras partes de Mc han sido asumidas por el Evan­gelio de Lucas. Con Mateo (Mt) tiene en común una serie de "logia" (sentencias, parábolas, dichos), que muchos atribuyen a una fuente común (denominada «Q», de «Quelle» = fuente, en alemán), si bien no parece absolutamente necesario postular una fuente independiente. Lucas habla adrede de muchas exposicio­nes ordenadas de los «hechos» de Jesús; no alude a ninguna colección de «dichos». (Poseemos, ciertamente, dos colecciones de sentencias al estilo de la presunta «Q» en los llamados «Evan­gelio de Tomás» y «Evangelio de Felipe», pero son de índole heterodoxa, pues estos «evangelios» prescinden de todo lo que haga referencia al compromiso humano de Jesús.)

Con Juan (Jn), por otro lado, Lucas tiene una serie de motivos comunes que presuponen interdependencia; la mayoría de auto­res considera que Jn es posterior a Lc; yo me inclino más bien por una dependencia de Lc respecto de Jn. ¿Conocía Lucas otros «evangelios»? Es muy probable.

El hecho de que Lucas califique de «intentos» las obras de sus predecesores, podría indicar que no las considera definitivas, sea porque las juzga incompletas o porque no responden ya a las nuevas circunstancias en que se encuentran sus comunidades, sea porque las considera tendenciosas (en el caso que se inspirase en colecciones de dichos de procedencia dudosa). De otro modo no habría «resuelto» «investigarlo todo de nuevo». Lucas em­prende una investigación «rigurosa», a fin de poner en claro las omisiones y deficiencias que, a su juicio, tenían las obras anterio­res. Finalmente decide «ponerlo por escrito de forma conexa», señalando la sucesión lógica de los acontecimientos, las mutuas conexiones, la evolución interior de determinados personajes, la encarnación del mensaje de Jesús en comunidades y personas concretas, etc., así como ordenando los materiales según deter­minadas figuras retóricas, estableciendo paralelismos, marcando crescendos, configurando dípticos, trípticos, etc.

La tarea emprendida por Lucas tiene una finalidad pastoral: que los lectores, personificados por «Teófilo» (= el amigo de / querido por Dios), puedan «comprobar la solidez de las enseñan­zas» que habían recibido durante el catecumenado previo a la iniciación cristiana. Lucas quiere confirmar la autenticidad de ese mensaje.

No se trata, pues, de una simple exposición de los hechos, en orden a componer una historia de Jesús (Lc) o de la iglesia (Hch). Más bien se trata de lo que hoy llamaríamos una «cateque­sis de adultos», destinada a profundizar las cuestiones relativas a la fe/adhesión a Jesús y su mensaje. El suyo no es, por consi­guiente, un proyecto apologético, sino un discurso teológico que quiere incidir en la vida de las comunidades cristianas y en su compromiso concreto. Siguiendo el modelo de Jesús y rehacien­do el proceso que se vieron obligados a recorrer los primeros creyentes hasta llegar a comprender y asimilar su mensaje, el «lector» saldrá enriquecido y podrá disponer de pautas válidas para la predicación.

Hablo de un «lector» (entre comillas), porque estas obras no fueron escritas pensando en lectores modernos, sino en «lec­tores» que las proclamasen en público y explicasen sus conteni­dos, es decir, en «evangelistas». Estos habían sido adiestrados en las técnicas del género literario «evangelio», con el fin de que las pudieran explicar en forma de homilía en las reuniones semanales de la comunidad. La estructuración de la obra a base de secciones, secuencias y pericopas (estas últimas constituyen las unidades menores, perfectamente delimitadas, que tienen senti­do por sí mismas) está condicionada por esta enseñanza cíclica.

Pero Lucas no se contenta con el género «evangelio», el único -si exceptuamos el capitulo 21 de Jn- cultivado por sus predecesores. No le basta con la exposición ordenada de los hechos relativos a Jesús y decide componer un segundo libro, el mal llamado «Hechos de los Apóstoles», con el fin de seguir el desarrollo ulterior de la «buena noticia» (= evangelio, del griego euaggelion) en las primeras comunidades. Detrás de este propósito se adivina la situación de las comunidades «teófilas», a las que Lucas dirige su doble obra, y sus problemas más can­dentes. En verdad, muchos de los problemas que hoy nos acu­cian, Lucas ya se los había planteado, de tal manera que el seguimiento que hace de ellos en el seno de las primeras comu­nidades, aunque hayan cambiado notablemente los ingredientes culturales, continúa siendo útil para nosotros.

El Evangelio de Lucas se compone de siete secciones. Las dos primeras contienen una presentación global de los dos per­sonajes clave de 1a historia de la salvación: Juan Bautista y Jesús Mesías. Juan representa el punto culminante de todo el Antiguo Testamento (AT), de la Alianza que Dios había hecho con el pueblo de Israel, pero que había quedado obsoleta al establecer Jesús una nueva con su muerte; Jesús, el Hombre nuevo, es el iniciador de la nueva y definitiva Alianza de Dios con la huma­nidad.

En la primera sección (Lc 1,5-2,52) presenta a grandes rasgos los dos personajes, insistiendo en los respectivos condiciona­mientos que los rodean y en la novedad que aportarán. En la segunda (3,1-4,44) esboza globalmente la misión precursora de Juan como Bautista y la misión liberadora de Jesús como Mesías.

La tercera sección (5,1-6,11) contiene la llamada del Israel histórico, tanto el ortodoxo como el heterodoxo. La cuarta (6,12-9,50) traza el retrato robot, es decir, los rasgos maestros de la figura de Jesús. La quinta (9,51-19,46), la más extensa, es la sección del viaje de Galilea a Jerusalén atravesando Samaría. La sexta (19,47-21,38) abraza el período de enseñanza y la polémica de Jesús en el templo. Finalmente, la séptima sección (22,1-24,53) describe la última y definitiva Pascua de Jesús, el éxodo del Mesías.

 

CUALQUIER LECTURA REDUCTIVA DE LA BIBLIA PROMUEVE EL FANATISMO RELIGIOSO

El primer episodio tiene lugar en la sinagoga de Nazaret, bastión del nacionalismo más exaltado, merced a su complicada orografía, que favorecía la resistencia armada contra las tropas de ocupación. Jesús regresa a su pueblo con la aureola de predi­cador / taumaturgo de que viene rodeado por su actividad en Cafarnaún (cf. 4,23). Jesús tiene por costumbre acudir a la sina­goga el sábado, para enseñar y encontrarse con el pueblo (4,15). En Nazaret, sin embargo, proclama el cambio total que se ha producido en su vida después de la gran experiencia de Dios que ha tenido en el Jordán. Jesús tiene ahora plena conciencia de ser el Mesías que ha de inaugurar el reinado definitivo de Dios en la historia de la humanidad. Pero sabe muy bien que su mesianismo no comulga con el triunfalismo que lo rodea. Las tentaciones del desierto han servido para clarificar este concepto.

El ambiente de la sinagoga es de suma expectación. Pretende que Jesús se pronuncie públicamente a favor de la causa nacio­nalista y que se ponga del lado de los fanáticos. Jesús es quien toma la iniciativa de levantarse para tener la lectura. El respon­sable de la sinagoga pone en sus manos el rollo del profeta Isaías, que contenía ciertas profecías mesiánicas que todos se sabían de memoria. Jesús abre el volumen en el pasaje preciso (4,17: «dio», después de buscarlo, «con el pasaje donde estaba escrito») donde se habla sin ambages del cambio histórico que el Mesías debía llevar a cabo a favor de Israel y contra las naciones paganas que lo oprimen. Lee en voz alta este pasaje, pero interrumpe la lectura al final del primer hemistiquio de un verso, silenciando el otro hemistiquio que todos esperaban. El texto de Isaías (61,ls) decía:

 

«El Espíritu del Señor descansa sobre mí,

/ porque él me ha ungido...

para proclamar el año favorable del Señor

/ y el día del desquite (de Dios).»

 

Jesús proclama que la profecía se acaba de cumplir en su persona (4,21: «Hoy ha quedado cumplido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado») y centra su homilía en la inauguración del Año Santo por excelencia, «El año favorable del Señor», pero omite cualquier referencia al desquite / castigo contra el Imperio romano opresor.

 


 

IV

 En el libro de Nehemías se nos cuenta de una lectura pública y solemne del libro de la ley de Dios, el que nosotros los cristianos llamamos Pentateuco y en cambio los judíos designan como "Torah", Ley. Estamos a finales del siglo V AC, los judíos hace pocos años que han regresado del destierro en Babilonia y a duras penas han logrado reconstruir el templo, las murallas de la ciudad, sus propias casas. Enfrentan la hostilidad de muchos vecinos envidiosos que los emperadores persas les hayan permitido regresar. Les hace falta urgentemente una norma de vida, una especie de "constitución" por medio de la cual puedan regirse en todos las aspectos de la vida personal, social y religiosa. Esdras, un líder carismático, respetado por todos y considerado levita y escriba, es decir, sacerdote y maestro, les da esa ley, esa constitución que necesitan, proclamando solemnemente, ante todo el pueblo reunido, la santa Ley de Dios. Ya vimos como respondió la gente: comprometiéndose a cumplirla y guardarla, llorando sus infidelidades y, a instancias de sus líderes, celebrando una fiesta nacional: la fiesta de la promulgación de la Ley divina. Desde ese remoto día, quinientos años antes de Jesucristo, hasta hoy, los judíos ordenan sus vidas según los mandatos de la Torah o Pentateuco.

El texto de Lc 4, 14ss era un texto sin relevancia en la vida práctica de la comunidad cristiana hasta hace sólo 50 años, un texto olvidado, como tantos otros que hoy nos parecen fundamentales. Fue la teología latinoamericana la que puso de relieve este texto como capital. Lucas lo pone al inicio de la vida pública de Jesús. Puede que no corresponda a algo que aconteciera realmente al principio (Juan, de hecho, pone otros pasajes como comienzo de su evangelio), pero lo fue en su significación. O sea, tal vez no ocurrieron las cosas así (y no es posible saberlo históricamente), pero Lucas tiene razón cuando sitúa esta escena en su evangelio como un inicio programático que contiene ya, en germen, simbólicamente, toda su misión.

Jesús, sin duda, tuvo que interpretar muchas veces su propia vida con estos textos proféticos de Isaías. Parece obvio que Jesús vio su vida como el cumplimiento, como la prolongación de aquel anuncio profético de la “Buena Noticia para los pobres”. La misión de Jesús es el anuncio de la Buena Noticia de la Liberación. La "ev-angelización" ("eu angelo" = buena noticia) no es más que una forma de la liberación, la "liberación por la palabra".

 

Las aplicaciones son muchas, y bastante directas:

-La misión cristiana hoy, continuando la misión de Jesús, tiene que ser... eso mismo, o sea: "continuación de la misión de Jesús", en sentido literal y directo. Ser cristiano, en efecto, será «vivir y luchar por la Causa de Jesús», sentirse llamado a proclamar la Buena Noticia de la Liberación, entendiéndolo en su literalidad más material también: la "Buena Noticia" tiene que ser «buena» y tiene que ser «noticia». No se puede sustituir semánticamente por el «catecismo» o la «doctrina». Jesús no vino a enseñar "la doctrina"; la "evangelización" de Jesús no fue una «catequesis eclesiástico-pastoral»...

-La misión de Jesús no puede pretender ser neutral, "de centro", "para todos sin distinción", no inclinada ni para los ricos ni para los pobres... como pretenden tantas veces quienes confunden la Iglesia con una especie de anticipo piadoso de la Cruz Roja... Lo peor que podría decirse del evangelio es que fuese neutral, que no se pronuncia, que no opta por los pobres. La peor ideología sería la que ideologiza el evangelio de Jesús diciendo que es neutro e indiferente a los problemas humanos, sociales, económicos y políticos, porque se referiría sólo a "lo espiritual"...

-Puede ser bueno recordar una vez más: Jesús está lejos de la beneficencia y del asistencialismo... No se trata de "hacer caridad" a los pobres, sino de inaugurar el orden nuevo integral, el único que permite hablar de una liberación real... Es importante caer en la cuenta de que muchas veces que se habla de opción “preferencial” por los pobres se está claramente en una mentalidad asistencial, muy alejada del espíritu de Lc 4, 14ss.

-La palabra evangelizadora, o es activa y práctica en la praxis de liberación, o es anti-evangelizadora. La palabra evangelizadora no es palabra de teoría abstracta. Es una palabra que hace referencia a la realidad y la confronta con el proyecto de Dios. "Evangelizar es liberar por la palabra" (Nolan). Una palabra que no entra en la historia, que no se pronuncia, que se mantiene por encima de ella o en las nubes, que no moviliza, no sacude, no provoca solidaridad (ni suscita enemigos)... no es heredera de la «pasión» del Hijo de Dios.



 

Para la revisión de vida

Las palabras de Isaías que se aplicó Jesús no son sólo para un «Hijo de Dios», sino para todos los hijos e hijas de Dios... ¿Se cumplen en mí? ¿Me siento también yo «enviado a dar la Buena Noticia a los pobres»...? ¿Es mi vida una buena noticia para los pobres?

 

Para la reunión de grupo

¿Qué significa hoy anunciar la Buena Noticia de la liberación en un mundo donde los pobres son inmensas multitudes en los barrios periféricos de las grandes ciudades, un océano de pobreza en marea creciente, y están desanimados, desmovilizados, resignados, alienados, soñando diariamente con la vida burguesa que la telenovela les ofrece cada tarde-noche?

¿Qué pueden anunciar de utopía de esperanza (buena noticia para los pobres) quienes de hecho funcionan como si estuvieran convencidos de que estamos en el "final de la historia", o sea, de que el neoliberalismo no tiene alternativa, de que “no se puede hacer nada”, de que estamos en “el mejor de los mundos”, y que los problemas que hay son solamente "accidentales"? (Esto es lo que de hecho piensan -muchas veces sin habérselo confesado a sí mismos- muchos cristianos y muchos agentes de pastoral).

Tomar el capítulo 22 citado de Un tal Jesús, escucharlo y comentarlo en reunión de grupo de estudio. Es un ejercicio excelente, no sólo para este domingo, sino para una buena catequesis sobre la Causa y la Misión de Jesús, y, por tanto, sobre la Misión y la Identidad cristiana.

 

Para la oración de los fieles

Por todos los hombres y mujeres que todavía esperan la buena noticia de su liberación: para que haya también hoy profetas que se la anuncien, roguemos al Señor.

Por todos los que, consciente o inconscientemente, piensan que la historia llegó a su final, porque creen que ya nada se puede conseguir realmente nuevo distinto de este (des)orden actual: para que el Evangelio les abra a la esperanza...

Por todos los que sirven al pueblo de Dios con la palabra, los agentes de pastoral: predicadores, catequistas, educadores, escritores, teólogos, profesores: para que su palabra sea, como la de Jesús, comprometida y eficaz, encarnada y utópica...

Para que llenos de entusiasmo nos decidamos con alegría a asumir nuestra misión de seguidores de Jesús, anunciadores de la Buena Noticia, constructores de un mundo de paz, de reconciliación universal y de esperanza...

Por todos los que vivimos sin conflicto, para que nos preguntemos si ello puede obedecer a un incumplimiento de la misión de dar la Buena Noticia a los pobres...

 

Oración comunitaria

Oh Dios que en tantos pueblos y religiones has suscitado desde el principio de los tiempos, por obra de tu Espíritu, hombres y mujeres capaces de intuir tu amor liberador por los pobres, y que en Jesús nos has dado a nosotros el modelo perfecto; haz, te pedimos, que también nosotros "hoy", en nuestro día a día, demos cumplimiento al sueño de los profetas, sintiéndonos enviados a anunciar la Buena Noticia a los pobres y a todos los que necesitan convertirse a los pobres. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

 En esta página del Evangelio (Lc 4,14-21) en la que inspiradamente se reconoce ungido y enviado a dar su vida por la Causa del Amor-Justicia-Liberador, reconocemos nosotros un momento alto de la historia evolutiva del Cosmos, de la Vida, de la Humanidad, como el proceso de procesos que va configurando progresivamente el milagro originario, inimaginable, creador, desde la explosión original al ser humano actual. Esta conmoción que Jesús experimenta en la Sinagoga de Nazaret, como la irrupción de una revelación que lo arrebata y le hace descubrir la misión de su vida y de la vida del ser humano en términos de lucha y construcción de la Utopía del Reinado de Dios en la historia, es para nosotros también un hito decisivo del proceso de revelación del sentido de la Vida, de la historia y del Cosmos, momento que para nosotros sigue siendo punto de referencia fundamental, un momento álgido en el proceso encarnatorio-revelatorio de la Divinidad, de la Realidad misma. El Misterio ha ido así cobrando forma y presencia desde dentro del ser humano, encarnándose, condensándose álgidamente en Jesús de Nazaret. Como cristianos, somos personas que hemos quedado marcadas por esa experiencia espiritual de Jesús, experiencia que acogemos, interiorizamos, hacemos nuestra y contemplamos llenos de reverencia.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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