SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Jeremías 17, 5-8
Salmo responsorial: Salmo 1
Segunda lectura: 1 Corintios 15, 12. 16-20
 

EVANGELIO
Lucas 6, 17-20

            17aBajó con ellos y se detuvo en un llano, con gran número de discípulos suyos.

         l7bUna gran muchedumbre del pueblo, procedente de todo el país judío, incluida Jerusalén, y de la costa de Tiro y Sidón, 18que habían ido a oírlo y a quedar sanos de sus enfermedades, y también los atormentados por espíritus inmundos, se curaban; 19y toda la multitud trataba de to­carlo, porque salía de él una fuerza que los sanaba a todos.

           20Jesús, dirigiendo la mirada a sus discípulos, dijo:

             -Dichosos vosotros los pobres,

              porque tenéis a Dios por rey.

 



COMENTARIOS

I

  DICHOSOS LOS POBRES

Durante mucho tiempo, los cristianos hemos tenido como ideario el Antiguo Testamento judío. Hasta hace poco -y aún hoy para muchos-, la vida cristiana giraba en torno a los diez mandamientos. De éstos, se nos grabaron con espe­cial intensidad aquellos que comenzaban por un 'no' absoluto e incondicional: 'No tomarás el nombre de Dios en vano, no cometerás actos impuros, no hurtarás, no dirás falso testimo­nio ni mentirás, no consentirás pensamientos ni deseos im­puros, no codiciarás los bienes ajenos.'

El pueblo estaba especialmente sensibilizado hacia dos:

'No matarás y no robarás.' Un modo de confesar la propia ino­cencia era la consabida frase: 'Yo ni robo ni mato.' Los ecle­siásticos -frailes o curas-, por lo común célibes, hacían hincapié en el sexto y en el noveno, explicitación del sexto; ambos mandamientos, incluso mal traducidos e interpretados. Según el libro del Exodo (20,14), el sexto mandamiento es «no cometerás adulterio», pero el catecismo decía: 'No come­terás actos impuros', algo más amplio y genérico; según la Biblia, el noveno y décimo mandamientos son el mismo y se formulan así: «No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él», de lo que se deduce que mujer, esclavo, esclava, buey o asno son propie­dad del prójimo; el catecismo, sin embargo, los formulaba así: 'No consentirás pensamientos ni deseos impuros' (noveno man­damiento) y 'no codiciarás los bienes ajenos' (décimo). En rea­lidad, en ambos casos, en su versión bíblica original, se trata de un único mandamiento, concreción de 'no robarás', man­damiento que nada tenía que ver con el sexto.

Tras los mandamientos de la ley de Dios seguían los de la Santa Madre Iglesia. Curiosos mandamientos éstos, que supo­nían un cristianismo enfermizo, con poca vitalidad. A los cris­tianos se les mandaba, entre otras cosas, oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar, confesar y comulgar una vez al año, como si esto se debiera mandar. Mal andaban las cosas cuando muchos cristianos se desinteresaban de acercarse a la penitencia o a la eucaristía, y había que obligarles a ello bajo pena de pecado.

El espíritu del evangelio va, sin duda, por otros derro­teros. La religión de Jesús no obliga a cumplir una serie de mandamientos como condición necesaria para poder salvarse. Jesús vino, más bien, a proponer un estilo, una alternativa de vida. Por eso, un día, «dirigiendo la mirada a los discípulos, dijo: Dichosos los pobres, porque tenéis a Dios por Rey. Di­chosos los que ahora pasáis hambre, porque os van a saciar. Dichosos los que ahora lloráis, porque vais a reír. Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os expulsen y os in­sulten y propalen mala fama de vosotros por causa de este hom­bre. Alegraos ese día y saltad de gozo, mirad que os va a dar Dios una gran recompensa; porque así es como los padres de éstos trataban a los profetas» (Lc 6,20-23).

Jesús hablaba a los discípulos y les proponía como alter­nativa de vida el camino de la solidaridad con los de abajo. Los invitaba a elegir un estilo de vida pobre y austera, para poder -desde abajo y con los de abajo- luchar contra la injusticia de un mundo dividido en clases enfrentadas. Los animaba a desterrar de sus vidas ese deseo insano de acaparar más y más bienes de la tierra, para que así -libres de ata­duras- pudieran dedicarse por entero a amar a Dios y al prójimo. Luchando por esa causa, llegarían a ser dichosos. Pero, por esa causa precisamente, habrían de pasar hambre, llorar y sufrir persecución.

Y es que, según creo, todas las bienaventuranzas se redu­cen a una: «Dichosos los pobres.» Las otras son consecuen­cia de ésta. En nuestra sociedad de consumo comienza a ser feliz, ya desde ahora, quien se cierra al insaciable deseo de tener y acaparar cada vez más.

Pero sucede que este tipo de personas, de pobres volun­tarios, molesta, inquieta, intranquiliza, denuncia. Pues la po­breza, así entendida, es sinónimo de libertad, y la libertad es preocupante para quien fomenta la opresión. « ¡Ay de vos­otros los ricos!...» (Lc 6,24).

 


 

II

  ¿QUIÉNES SON LOS POBRES?

Estos números no cantan, lloran: cada año el hambre provoca cincuenta y cinco millones de muertes (casi dos por segundo); doscientos millones de niños menores de quince años trabajan y son explotados; la prostitución infantil mueve seiscientos mi­llones de pesetas al año; el cólera acabará con la vida de seis millones de latinoamericanos y el SIDA en Africa... Las cifras lloran. Pero no se nos cae la cara de vergüenza cuando algún estómago satisfecho, en un tono que pretende ser científicamente neutral, formula esta pregunta: «pero, para el evangelio, ¿quié­nes son los pobres 2»

 

EL EVANGELIO NO ES NEUTRAL

El evangelio no es neutral, y la ciencia -cualquier ciencia, pero sobre todo la que se refiere al Dios liberador, a Jesús de Nazaret y a su proyecto sobre el hombre- no puede ser neutral ante la pobreza, porque ésta es siempre un fracaso y, desde el punto de vista del evangelio, consecuencia del peca­do, porque pecado es todo aquello que hace sufrir a los hom­bres, porque Dios no soporta el sufrimiento de quienes él destinó a la felicidad. Por eso Dios no es neutral ni el evangelio tampoco: «Dichosos vosotros, los pobres...»; «¡Ay de voso­tros, los ricos...!»

Las bienaventuranzas de Mateo (5,1-12), por aquello de los pobres del espíritu, se han manipulado y malinterpretado para no molestar a los ricos. Pero Lucas no dice nada del espíritu y, además, opone un ¡ay! a cada una de las promesas de felicidad.

Eso significa, en primer lugar, que Dios y el evangelio de Jesús han tomado partido por una de las partes, se han puesto del lado de los pobres y en contra de los ricos (véase Lc 1,51-53).

En segundo lugar, que cuando el evangelio dice «pobre» se refiere a esos millones que no tienen lo suficiente para comer o para vestirse, a los que no les llega el agua o la electricidad, a los que carecen de un techo bajo el que cobi­jarse.

Y en tercer lugar, que siguiendo la línea del Antiguo Tes­tamento, el evangelio considera que los ricos son los culpables de la miseria de los pobres.

 
¿DICHOSOS? ¿POR QUÉ? ¿DESDE CUÁNDO?

¿Dichosos los pobres porque son pobres? ¡No! Porque van a dejar de serlo: «porque tenéis a Dios por rey», porque sobre ellos Dios ejerce su reinado, porque en ellos se hace realidad el proyecto de Dios, el reino de Dios. El reino de Dios no es un lugar, no es ni el cielo ni la tierra: el reino de Dios es el grupo de hombres sobre los que Dios reina, el grupo de personas que intentan vivir de acuerdo con el pro­yecto que, a través de Jesús, Dios propone a la humanidad. A medida que los hombres vayan aceptando y realizando ese proyecto, a medida que el reinado de Dios se vaya consolidan­do en la tierra, los pobres irán dejando de sufrir, porque dejarán de ser pobres, su hambre se verá saciada y su llanto se cambiará en risa.

Dios quiere la felicidad para el hombre -«dichosos», promete el evangelio-, y esa felicidad es para el presente -"tenéis"- o para el futuro inmediato. No se trata de una promesa para el más allá, no es que Dios va a compensar los sufrimientos de los pobres dándoles un premio en la otra vida; lo que Jesús dice es que si dejamos que Dios reine sobre nosotros, entre nosotros no habrá pobres porque no habrá ricos, nadie pasará hambre porque nadie acaparará lo que otros necesitan, no habrá quien sufra porque nadie hará sufrir. Al contrario, allí donde se deje reinar a Dios, todos compar­tirán el alimento y la vida, y queriéndose, reirán felices.

Y la advertencia o amenaza para los ricos también es para esta vida: aferrados como están a una sociedad injusta, culpa­bles como son del sufrimiento de los pobres y puesto que se niegan a cambiar y se resisten a que nada cambie, no podrán participar de la alegría de un mundo de hermanos; ellos mis­mos se cierran las puertas a la felicidad que nace de la expe­riencia del amor compartido.

 

¿DICHOSOS? ¿HASTA CUÁNDO?

Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que grande es la recompensa que Dios os da, pues lo mismo hacían sus padres con los profetas.

El evangelio no es un cuento de hadas. Jesús tiene los pies firmemente asentados en la tierra. Sabe que construir una sociedad nueva, hacer una revolución, aunque sea mediante la palabra, ganando uno a uno los corazones de los que se adhieran a ella, no es empresa fácil. Los ricos, los que se benefician de que la sociedad esté tan mal organizada, los que prefieren a la ternura el consuelo del dinero, los que piensan que si su estómago está lleno no importa cuántos se quedan vacíos, los que en la injusticia presente encuentran motivos para la risa, se resistirán a que la situación cambie, y aunque los que proponen y luchan por una nueva sociedad utilicen medios pacíficos, ellos les responderán con la violen­cia, con la persecución y, si lo creen necesario, con la muerte.

Pero tampoco en ese caso Dios abandonará a los que han querido que El sea su rey. En medio de la persecución y el dolor les hará sentir con fuerza la alegría de una recompensa presente, pero que se proyecta a un futuro sin término: el amor de los hermanos y su propio amor, razón suficiente para alegrarse y saltar de gozo. Por eso, con Pablo (primera lectu­ra), sabemos que la esperanza que tenemos en el Mesías no es sólo para esta vida: Dios acogerá en su casa de Padre a todos los que hayan querido vivir como hermanos.

 


 

III

  PRESENTACIÓN A ISRAEL DEL PROGRAMA DEL REINO

Lucas presenta el auditorio: «Una gran muche­dumbre del pueblo, procedente de todo el país judío, incluida Jerusalén, y de la costa de Tiro y Sidón, que habían ido a oírlo y a quedar sanos de sus enfermedades, y también los atormenta­dos por espíritus inmundos, se curaban; y toda la multitud tra­taba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los sanaba a todos» (6, 17b- 19). También el auditorio es compuesto: están presentes en él tanto las tribus establecidas en la tierra prometida como las que viven en la diáspora (representada por «Tiro y Sidón»).

Las multitudes habían acudido con una doble intención: oír al Maestro de Israel y hacerse curar de sus males.

Antes de hablarles, Jesús, con la «fuerza» del Espíritu, les restituye la integridad humana. Mezclados con ellas, están los poseídos por «espíritus inmundos», los fanatizados por una ideo­logía que se ha posesionado de ellos y les ha arrebatado la capa­cidad de pensar y actuar como hombres libres: son los que actúan por consignas -como los que con un mando a distancia explosionan un coche bomba-, sin preocuparse para nada de si los demás son personas; éstos no compartían ninguna de las dos intenciones señaladas; más bien habían venido a ver si podían aprovecharse de la presencia masiva de Israel para pronunciarse contra los romanos. Jesús los libera de sus ideologías destruc­toras.

Enfermos física y psíquicamente continúa habiendo, tantos o más que en los tiempos de Jesús.

 

¡QUIÉN LO DIRÍA, QUE LOS RICOS SON UNOS DESGRACIADOS!

La primera parte del sermón del llano va dirigida a los discí­pulos (6,20-26). Jesús los coloca ante una alternativa de felicidad/ desgracia, invirtiendo los valores de la sociedad. A una situación presente (pobreza/riqueza) corresponde la contraria en el futuro. Las cuatro bienaventuranzas van seguidas de cuatro malaventu­ranzas. Las cuatro primeras están organizadas en forma de tríp­tico («los pobres, los que ahora pasáis hambre, los que ahora lloráis»), donde se describe la actual situación de sufrimiento y se promete un cambio radical mediante la práctica del mensaje de Jesús, y un colofón, en el que se comprueba la persecución de que serán objeto por parte de la sociedad, al presentir que los pobres hacen tambalear sus fundamentos (6,20-22). Las cua­tro malaventuranzas presentan la misma estructura: un tríptico («los ricos, los que ahora estáis repletos, los que ahora reís») y un colofón, en el que se les advierte que la aprobación de la sociedad significaría que han traicionado el mensaje (6,23-26).

El «reino de Dios» es la sociedad alternativa que Jesús se propone llevar a término. La proclama del reino no la efectúa desde la cima del monte, sino desde el «llano», en el mismo plano en que se halla la sociedad construida a partir de los falsos valores de la riqueza y el poder.

«Pobres» no son los miserables -pese a que éstos lo tienen más fácil, porque no han de renunciar a nada-, sino los que libremente renuncian a considerar el dinero como valor supremo -un ídolo- y optan por construir una sociedad justa, eliminan­do la causa de la injusticia, la riqueza; son los que se dan cuenta de que aquello que ellos consideraban un valor -éxito, dine­ro, eficacia, posición social, poder- de hecho va contra el hombre.

Jesús no promete felicidad a los pobres: los declara «felices», porque tienen ya a Dios como Rey; mientras se construye esta sociedad alternativa, continuará habiendo hambre y sollozos, pero la esperanza de que esto puede cambiar espolea a los que ya empiezan a vivir esta nueva realidad. Los «ricos», en cambio, los que quieren mantener la injusticia, puesto que de esta manera aseguran su posición privilegiada, están condenados a la miseria.

 


 

IV

El texto de Jeremías pertenece a un pequeño bloque compuesto por tres oráculos de estilo sapiencial (Jr 17,5-8; 17,9-10 y 17,11). Jr 17,5-8 parafrasea el Sal 1. Presenta el contraste entre el que confía y busca apoyo en «un hombre» o «en la carne», y el que confía o tiene su corazón en el Señor. Entones, ¿la invitación es a no confiar en el otro? No. Aquí se entiende hombre como carne, que significa debilidad y caducidad humana manifestada en el egoísmo, la corrupción, etc. Por tanto, la invitación de Jeremías es a no confiar en las autoridades de su tiempo que se han hecho débiles, por no defender la Causa de Dios que son los débiles, sino la causa de los poderosos de su tiempo. En este sentido, el que confía en la carne será estéril, es decir, no produce, no aporta, no contribuye al crecimiento de nada. Por eso es maldito. En cambio el que opta por Dios, será siempre una fuente de agua viva que permite crecer, multiplicar, compartir, y sobre todo, no dejar nunca de dar fruto.

Todo el capítulo de esta carta a los corintios se refiere a la resurrección de los muertos, por las dudas que se habían suscitado en la comunidad de Corinto sobre la resurrección misma de Cristo. Pablo, a través de los “absurdos” -estilo literario típico de los razonamiento rabínicos-, ahonda sobre el impacto trascendental que debe tener la resurrección de Cristo en la vida del creyente. Sólo la fe en Cristo resucitado fortalece nuestra esperanza de resurrección. A partir de una negación de la resurrección Pablo alista sus argumentos. Comienza con una pregunta que refleja su indignación: “Si proclamamos un Mesías resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos ahí que no hay resurrección de los muertos?” (v. 12).

El primer absurdo es negar nuestra resurrección porque niega la resurrección de Cristo (v. 16). El segundo absurdo, es que al negar la resurrección de Cristo echamos por la borda nuestra fe y el proceso de conversión y experiencia cristiana llevado hasta el momento. Estaríamos ante una fe virtual (v. 17). El tercer absurdo deja sin esperanza a los creyentes que han muerto en Cristo y a los que creen que no morirán para siempre (v. 18-19). El v. 20 cambia los absurdos por una certeza innegociable: Cristo sí resucitó, y además es primicia de los que ya murieron.

Las Bienaventuranzas con los pobres de protagonistas y las malaventuranzas (ayes) con los ricos como destinatarios, continúan el plan programático de Jesús en el evangelio de Lucas.

Las Bienaventuranzas son una forma literaria conocida desde antiguo en Egipto, Mesopotamia, Grecia, etc. En Israel tenemos varios testimonios en la Biblia, especialmente en la literatura sapiencial y profética. En los salmos y en la literatura sapiencial en general, se considera bienaventurada a una persona que cumple fielmente la ley: “Bienaventurado el hombre que no va a reuniones de malvados ni sigue el camino de los pecadores... mas le agrada la ley del Señor y medita su ley de día y de noche” (Sal 1,1); “Bienaventurados los que sin yerro andan el camino y caminan según la ley del Señor” (119,1).

Las malaventuranzas o los “ayes” son más comunes en los profetas, en momentos donde se quiere expresar dolor, desesperación luto o lamento por alguna situación que conduce a la muerte: “Ay de los que disimulan sus planes y creen que se esconden de Yahvé” (Is 29,15); “ay de estos hijos rebeldes, dice Yahvé, que traman unos proyectos que no son los míos...” (Is 30,1). También para llamar la atención de los que acaparan: “¡ay de los que juntáis casa con casa, y añadís campo a campo hasta que no queda sitio alguno, para habitar vosotros solos en medio de la tierra!” (Is 5,8); “¡Ay de los que decretan estatutos inicuos, y de los que constantemente escriben decisiones injustas!” (Is 10,1). Las Bienaventuranzas y maldiciones de Jesús con relación a las del AT tienen diferencias fundamentales. En la literatura sapiencial del AT se insiste en un comportamiento acorde con la ley para poder ser bienaventurado, en el evangelio en cambio, Jesús no exige ningún comportamiento ético determinado, como condición para ser declarado bienaventurado. Simplemente los pobres (anawin), los que lloran, los perseguidos... son bienaventurados.

Comparando las bienaventuranzas de Lucas con las de Mateo encontramos algunos datos interesantes. El lugar del discurso según Mateo es la montaña, con la intención de releer la figura de Jesús a la luz de la de Moisés en el Sinaí. Según Lucas es en un llano. Muchos incluso los diferencian llamándolos “sermón de la montaña” o “sermón del llano”. En las primeras bienaventuranza Mateo tiene una de más: “bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia” (Mt 5,5). En total, Lucas tiene cuatro que son equivalentes a las nueve de Mateo. En Mateo hay una inversión con relación a Lucas, pues aparecen los “hambrientos” detrás de los “afligidos”. En Mateo están redactadas en tercera persona mientras en Lucas todas están en segunda persona. Mateo subraya actitudes interiores con las cuales se debe acoger el Reino, por ejemplo, la misericordia, la justicia, la pureza de corazón, en cambio Lucas se preocupa por mostrar la situación real y concreta de pobreza, hambre, tristeza.

La bienaventuranza clave es la de los pobres, ya que las otras se entienden en relación a ésta. Son los pobres los que tienen hambre, los que lloran o son perseguidos. Lucas recuerda la promesa del AT de un Dios que venía a actuar a favor de los oprimidos (Is 49,9.13), los que tienen a Dios como único defensor (Is 58,6-7) que claman constantemente a Dios (Sal 72; 107,41; 113,7-8). Todas estas promesas van a ser cumplidas en Jesús, quien ha definido desde el principio su programa misionero en favor de los pobres y oprimidos (Lc 4,16-21. Cf. Is 61,1-3).

La última bienaventuranza (vv. 22-23) tiene como destinatarios a los cristianos que son perseguidos y excluidos a causa de su fe. Su felicidad no consiste en padecer sino en la conciencia de estar llamados a poseer una “recompensa grande en el cielo”. ¿Dios, entonces, nos quiere pobres?, y ¿qué tipo de pobres? Los pobres no son bienaventurados por ser pobres, sino porque asumiendo tal condición, por situación o solidaridad, buscan dejar de serlo.

La pobreza cristiana va ligada a la promesa del reino de Dios, es decir a tener a Dios como rey. Este reinado se convierte en la mayor riqueza, porque es tener a Dios de nuestro lado, es tener la certeza de que Dios está aquí, en esta tierra de injusticias y desigualdades, encarnado en el rostro de cada pobre, invitándonos a asumir su causa. La causa es también la causa del Reino. Y disfrutaremos el Reino cuando no haya empobrecidos carentes de sus necesidades básicas, sino «pobres en el Señor» que son todos los que mantienen la riqueza de un pueblo basada en el amor, la justicia, la fraternidad y la paz. En otras palabras, “Pobres no son los miserables sino los que libremente renuncian a considerar el dinero como valor supremo -un ídolo- y optan por construir una sociedad justa, eliminando la causa de la injusticia, la riqueza. Son los que se dan cuenta de que aquello que ellos consideraban un valor -éxito, dinero, eficacia, posición social, poder- de hecho va contra el ser humano. El reino de Dios es la sociedad alternativa que Jesús se propone llevar a término. La proclama del reino no la efectúa desde la cima del monte, sino desde el «llano», en el mismo plano en que se halla la sociedad construida a partir de los falsos valores de la riqueza y el poder.

En Lucas las bienaventuranzas van seguidas de cuatro “ayes” o maldiciones contra los ricos. Las dos primeras van directamente contra los ricos y satisfechos por su indiferencia ante la situación de los pobres. Las dos últimas se dirigen a los que ríen y a los que tienen buena fama. La contraposición entre pobres y ricos está claramente planteada en el Magníficat: “A los hambrientos ha colmado de bienes y ha despedido a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,53). Y en la parábola del pobre Lázaro (Lc 16,19-31). Es claro para Lucas que toda confianza puesta en la riqueza es engañosa (Lc 12,19).



Bienaventuranzas de la Conciliación Pastoral

Bienaventurados los ricos,
porque son pobres de espíritu.

Bienaventurados los pobres, 
porque son ricos en Gracia. 

Bienaventurados los ricos y los pobres,
porque unos y otros son pobres y ricos. 

Bienaventurados todos los humanos,
porque allá en Adán, son todos hermanos.

Bienaventurados, en fin, 
los bienaventurados
que, pensando así,
viven tranquilos…,
porque de ellos es el reino del limbo.

                            Pedro Casaldáliga.

 



Para la revisión de vida


        Repasar, con el evangelio en la mano, las bienaventuranzas, una a una, dejándolas recalar en el corazón, y dejando que el propio corazón nos “reclame” y nos exija, y a la vez que nos conforte y nos haga saborear el significado de la palabra de Jesús.

Para la reunión de grupo


         Se puede dialogar en el grupo sobre las bienaventuranzas en sí mismas: su naturaleza, su sentido, su aplicación a la vida actual… Importante no dejar fuera de consideración las “malaventuranzas” (Lc 6, 24-26) y su “complementariedad” con las bienaventuranzas.


         También se puede enfocar el tema de la primera bienaventuranza (Lc 6,20), que, como es sabido, presenta una curiosa diferencia con la versión de Mateo (Mt 5, 3): “pobres” sin más / “pobres de espíritu”. Hoy los exégetas están concordes en que Lucas es quien presenta la versión más original, siendo Mateo el que ha “aplicado” el concepto pensando en sus destinatarios. En torno a este tema cabe preguntarse:

- ¿Quién tiene razón, Mateo o Lucas? ¿O los dos?
        - ¿Cómo entender el “pobres de espíritu”? Recordar a este respecto la interpretación común (“desprendimiento de las riquezas”), la de la “infancia espiritual”, la de Ellacuría (“pobres con espíritu”)…
       - Alonso Schöckel y Juan Mateos traducen la bienaventuranza de Mateo así: “Dichosos los que eligen ser pobres”. Comentar. 
           - Comentar la poesía de Casaldáliga sobre las “Bienaventuranzas de la Conciliación Pastoral”.


Para la oración de los fieles


          Hoy vamos a responder “Te lo/a expresamos, Señor”. 
        
        Nuestro agradecimiento por ese bello espejo de las bienaventuranzas, en el que mirarnos cada día… te lo expresamos, Señor. 
         Nuestro deseo de acercarnos más y más cada día al ideal que allí nos propones… te lo expresamos, Señor. 
     Nuestra preocupación por todos los que viven sumidos en la pobreza injusta, en una miseria que es producto de estructuras sociales egoístas que podrían y deberían ser transformadas… te la expresamos, Señor. 
       Nuestra preocupación por los enfermos, los que sufren y todos los que no se sienten “dichosos”… te la expresamos, Señor. 
       Nuestro dolor por el hecho de que todavía hoy día la persecución a los que luchan por la justicia es una lastimosa realidad… te lo expresamos, Señor.


Oración comunitaria


        Dios nuestro, que en Jesús nos comunicas un espíritu nuevo, mostrado en las Bienaventuranzas. Queremos seguir ese modelo como un camino de ecumenismo universal hacia una Nueva Humanidad reconciliada con el Amor, la Justicia y la Paz. Así te lo expresamos, por Jesucristo Nuestro Señor


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org