VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
CICLO "C"


Primera lectura: Isaías 52,13-53,12
Salmo responsorial: Salmo 30 (31)
Segunda lectura: Hebreos 4,14-16; 5,7-9


EVANGELIO
Juan 18, 1-19

18 1Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto; allí entró él, y sus discípulos. 2(También Judas, el que lo entregaba, co­nocía el lugar, porque muchas veces se había reunido allí Jesús con sus discípulos.)

3Entonces Judas cogió la cohorte y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y llegó allí con faroles, antorchas y armas.

4Jesús, entonces, consciente de todo lo que se le venía encima, salió y les dijo:

-¿A quién buscáis?

5Le contestaron:

-A Jesús el Nazoreo.

Les dijo:

-Soy yo.

(También Judas, el que lo entregaba, estaba presente con ellos.)

6Al decirles. "Soy yo", se echaron atrás y cayeron a tierra.

7Les preguntó de nuevo:

-¿A quién buscáis?

Ellos dijeron:

-A Jesús el Nazoreo.

8Replicó Jesús:

-Os he dicho que soy yo; pues si me buscáis a mí, dejad que se marchen éstos.

9Así se cumplieron las palabras que había dicho: "De los que me entregaste, no he perdido a ninguno".

 10Entonces, Simón Pedro, que llevaba un machete, lo sacó, agredió al siervo del sumo sacerdote y le cortó el ló­bulo de la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco.

11Jesús le dijo a Pedro:

-Mete el machete en su funda. El trago que me ha mandado beber el Padre, ¿voy a dejar de beberlo?

12Entonces, la cohorte, el comandante y los guardias de las autoridades judías prendieron a Jesús, lo ataron 13y lo condujeron primero a presencia de Anás, porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote el año aquel. 14Era Caifás el que había persuadido a los dirigentes judíos de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo.

15Seguía a Jesús Simón Pedro y, además, otro discí­pulo. El discípulo aquel le era conocido al sumo sacerdote y entró junto con Jesús en el atrio del sumo sacerdote. 16Pedro, en cambio, se quedó junto a la puerta, fuera.

Salió entonces el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote; se lo dijo a la portera y condujo a Pedro dentro. 17Le dice entonces a Pedro la sirvienta que hacía de portera:

-¿Acaso eres también tú discípulo de ese hombre?

Dijo él:

-No lo soy.

18Se habían quedado allí los siervos y los guardias, que, como hacía frío, teñían encendidas unas brasas, y se calentaban. (Estaba también Pedro con ellos allí parado y calentándose.)

19Entonces, el sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.



COMENTARIOS

 I

 18,1-2 Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto; allí entró él, y sus discípulos. (También Judas, el que lo entregaba, co­nocía el lugar, porque muchas veces se había reunido allí Jesús con sus discípulos.)

La frase inicial: Dicho esto, enlaza la Pasión con el discurso de la cena, en particular con la oración final (cap. 17). Con su salida al otro lado del torrente, que indica el comienzo de su paso al Padre, muestra Jesús su determinación de dar la vida (cf. 10,18).

El torrente señalaba el límite de la ciudad. Jesús, con los suyos, abandona Jerusalén, centro de la institución que busca darle muerte (11,53). Él y los discípulos van juntos. Ni él ni ellos pertenecen al orden injusto.

Primera mención de un huerto, lugar de vida y fecundidad. Este huerto era el lugar habitual de reunión, privado y clandestino, para Jesús y los suyos. Para poder localizar a Jesús, los dirigentes tienen que esperar la delación de un miembro de su grupo.

El huerto tiene un valor simbólico: situado más allá del torrente, fuera de la ciudad y de la institución judía, aparece como el lugar propio de la comunidad que, unida a Jesús,  se encuentra en el ámbito de la vida.

 

3-9 Entonces Judas cogió la cohorte y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, entonces, consciente de todo lo que se le venía encima, salió y les dijo: «¿A quién buscáis?»  Le contestaron: «A Jesús el Nazoreo». Les dijo: «Yo soy ». (También Judas, el que lo entregaba, estaba presente con ellos.) A1 decirles: “Yo soy”, se echaron atrás y cayeron a tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?» Ellos dijeron: «A Jesús el Nazoreo». Replicó Jesús:  «Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad que se marchen éstos». Así se cumplieron las palabras que había dicho: “De los que me entregaste, no he perdido a ninguno”.

Al ofrecer Jesús a Judas el trozo mojado (13,26), había puesto en su mano su propia persona. Judas cogió el trozo y salió para entregar a Jesús (13,30). Ahora coge la cohorte y los guardias para detenerlo y que le den muerte. Ha cumplido el encargo de Jesús: Lo que vas a hacer, hazlo pronto (13,27).

Resalta el número de las fuerzas que intervienen en el prendimiento. Esto muestra, por un lado, el peligro que representa Jesús para “el mundo” y, por otro, la intensidad de la violencia de éste y la magnitud del odio (7,7; 15,18-25). Se hacen presentes todos los componentes de la oposición a Jesús: la cohorte representa el poder político romano; los guardias, a los sumos sacerdotes, poder religioso oficial y miembros de la aristocracia del dinero, y a los fariseos, los defensores e intérpretes de la Ley. Es una movilización de las fuerzas del “mundo” con toda su capacidad represiva.

A la cabeza, Judas hace de jefe; él es quien conduce la tropa; personificando al jefe del orden este (14,30).

Es una escena clamorosa; no pretenden ocultarse. Los faroles y antorchas muestran que caminan en la tiniebla. Llevan armas, instrumentos de muerte. Se identifican tinieblas y muerte. Quieren extinguir la luz-vida (1,5).

Jesús es plenamente consciente de la circunstancia. Él mismo sale; los que llegan no pueden entrar en el huerto, lugar de la vida. Su salida señala de nuevo la voluntariedad de su entrega.

No se dirige a Judas, sino al grupo entero (¿A quién buscáis?). Preguntan por “el Nazoreo”, denominación que  señala al descendiente de David (alusión a Is 11,1; Jr 23,5; 33,15; Zac 3,8 y 6,12: “el Germen”). Jesús se identifica él mismo, no hacen falta contraseñas. La expresión Yo soy lo designa como Mesías, la presencia salvadora de Dios (8,24.28; cf. 6,20).

Por última vez se menciona al traidor (También Judas...); queda alineado con los enemigos de Jesús, a los que siempre había pertenecido (6,70).

La frase se echaron atrás (Sal 27,2; 35,4; 56, 10; 70,13) y cayeron a tierra es lenguaje simbólico que significa la derrota total. La entrega de Jesús no es su derrota, sino la del mundo (14,30; 16,33). No se señala reacción alguna de la tropa a la caída, lo que confirma el sentido simbólico de la escena.

Cuando ha quedado constancia de su identidad y de su entrega voluntaria, Jesús repite su pregunta, que va a permitirles detenerlo. Aunque podría hacerlo, no intenta escapar. Jesús se identifica de nuevo (os he dicho que yo soy) y les da orden de limitarse a la misión que traen y dejar en libertad a los suyos. Éstos no son capaces de seguirlo, y Jesús no quiere que simplemente pierdan la vida por la violencia; tienen que aprender a darla por amor.

Pone a salvo a sus amigos, por quienes va a dar la vida (15,15), para darles la vida definitiva.

 

10-11 Entonces, Simón Pedro, que llevaba un machete, lo sacó, agredió al siervo del sumo sacerdote y le cortó el ló­bulo de la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús le dijo a Pedro: «Mete el machete en su funda. El trago que me ha mandado beber el Padre, ¿voy a dejar de beberlo?»

Simón Pedro va armado, dispuesto a la agresión o a la defensa violenta. No ha comprendido la alternativa de Jesús ni su designio (1,42; 13,8), que no consiste en triunfar dando muerte, sino en en­tregarse para comunicar vida. Estaba dispuesto a arriesgar la suya para mostrar su amor a Jesús (13,37), pero quiere impedir que Jesús, con su entrega, le mani­fieste el suyo. No ha superado la tentación de hacerlo rey (6,15; 12~13) y no acepta su muerte (12,34).

“El siervo”, determinado, es un personaje ca­lificado, el delegado del sumo sacerdote. Pedro se enfrenta con el representante de la suprema autoridad política y religiosa de Israel, que encarnaba la institución.

La extrema precisión del evangelista, le cortó el lóbulo de la oreja, alude a Éx 29,20 y Lv 8,23, donde se prescribe y se ejecuta la consagración de Aarón, el sumo sacerdote, y de sus hijos. Para consagrarlos, se les untaban con sangre del animal sacrificado varias partes del cuerpo, entre ellas el lóbulo de la oreja derecha. Así, el gesto de Pedro, que corta al siervo el lóbulo de la oreja,  es figura de la destitución del sumo sacerdote. Pedro no se enfrenta con los soldados, sino con la máxima autoridad religioso-po­lítica de su pueblo. Muestra con ello su espíritu reformista violento. Con su gesto, declara ilegítimo el sumo sacerdocio existente.

 El nombre del siervo, “Malco”, en arameo significa “rey”. Malco, por tanto, por la representación que ostenta y por su nombre, es figura del sistema teocrático, del poder político en manos de la jerarquía sacerdotal.

Por tercera vez a partir de la Cena aparece el sobrenombre Pedro sin acompañar al nombre Simón (13,8.37), de nuevo ahora en un pasaje donde Pedro se opone al designio de Jesús. Se confirma que el sobrenombre “Piedra”, que Jesús le anunció (1,42), describía la obstinación de su carácter.

Jesús detiene a Pedro. La aceptación de la muerte entra en el designio del Padre: él debe presentar, ante el odio y la violencia, la alternativa del amor. El Padre no ha destinado a Jesús a la muerte; la misión que le había encomendado era dar testimonio de su amor a los hombres. Pero, en el mundo de la tinie­bla opresora, el enfrentamiento era inevitable y su muerte violenta va a manifestar hasta el máximo la maldad del mundo y el amor de Dios.

Jesús no busca el dolor, pero lo acepta cuando es consecuencia ineludible del tes­timonio del amor y la denuncia de la opresión. No responde al odio con el odio ni combate la violencia con la violencia, para no imitar, aunque le cueste la vida, la maldad del sistema opresor. Muestra así que Dios es puro amor y ajeno a toda violencia.

 

12-14 Entonces, la cohorte, el comandante y los guardias de las autoridades judías prendieron a Jesús, lo ataron y lo condujeron primero a presencia de Anás, porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote el año aquel. Era Caifás el que había persuadido a los dirigentes judíos de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo.

Insiste el evangelista en la complicidad de todos los poderes, civiles y religiosos (la cohorte, el comandante y los guardias). En el momento decisivo, todos descubren su verdadero rostro: son los enemigos del hombre y de la vida. Las palabras lo ataron recuerdan el pasaje de Is 3,9-10: «"Atemos al justo, porque nos es insoportable". Pero comerán los frutos de sus obras».

Anás había sido sumo sacerdote en los años 6-15, y sus cinco hijos lo fueron después de él. Era conocido por su ambición, riqueza y codicia. Es el personaje más importante de la institución judía, el verdadero poder, que maneja a los que ejercen la función en cada momento (Caifás, el año aquel); representa “al Enemigo” (8,44), del que Caifás es instrumento. La mención del dicho de Caifás: conviene que un solo hombre muera por el pueblo, revela el sentido del prendimiento de Jesús: quieren ejecutar el acuerdo del Consejo (11,53).

 

15-16a Seguía a Jesús Simón Pedro y, además, otro discí­pulo. El discípulo aquel le era conocido al sumo sacerdote y entró junto con Jesús en el atrio del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, se quedó junto a la puerta, fuera.

Pedro no hace caso del aviso que le había dado Jesús (13,36) de que no está preparado para seguirlo. El otro discípulo, innominado, pero asociado a Pedro, como en 13,23s (cf. 20,2.4; 21,7.20-22), es el predi­lecto de Jesús. Ahora muestra el evangelista el amor con el que este discípulo corresponde a Jesús.

El discípulo aquel era conocido del sumo sacerdote. Esta afirmación  alude al dicho de Jesús en 13,35: En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os tenéis amor entre vosotros. Es decir, este discípulo lleva el distintivo propio de los que son de Jesús, el amor a los demás, y por eso es conocido. En consecuencia, como Jesús, que ha sido detenido, es objeto del odio del “mundo” (15,18s), representado aquí por la autoridad religiosa suprema, el sumo sacerdote. Se completa así la figura de este discípulo: el que experimen­taba el amor de Jesús (13,23) responde a ese amor aceptando el riesgo de seguir a Jesús hasta el fin (entró con Jesús).

Contraste con Pedro. El otro entra porque es conocido como discípulo; Pedro, en cambio, a quien no se le conoce como discípulo, no entra; se detiene fuera, junto a la puerta. Por cuarta vez aparece el sobrenombre “Pedro” sin ir acompañado por el nombre "Simón" (cf. 13,8.37; 18,11); el evangelista subraya así la actitud negativa de Pedro.

 

16b-17 Salió entonces el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote; se lo dijo a la portera y condujo a Pedro dentro. Le dice entonces a Pedro la sirvienta que hacía de portera: «¿Acaso eres también tú discípulo de ese hombre?» Dijo él:  «No lo soy».

El otro discípulo, representante de la comunidad fiel, va a ofrecer a Pedro la oportunidad de declararse discípulo y seguir a Jesús en su entrega. Pedro, sin embargo, no entra espontáneamente, sólo se deja conducir (cf. 1,42). Aunque es llevado dentro, no ha dado el paso, sigue en su postura. No lleva el distintivo del discípulo (13,35); hay que preguntarle si lo es, y tiene que defi­nirse.

Toda su arrogancia ha desaparecido, se asusta de una sirvienta. Teme las posibles consecuencias de declararse partidario del preso. Su adhesión se dirigía en realidad a su propia idea de Mesías triunfador, que esperaba ver encarnada en Jesús. Pero Jesús ha defraudado su expectativa  y Pedro ya no se siente vinculado a él. Niega ser discípulo suyo.

 

18 Se habían quedado allí los siervos y los guardias, que, como hacía frío, tenían encendidas unas brasas, y se calentaban. Estaba también Pedro con ellos allí parado y calentándose.

Al romper con Jesús, Pedro se encuentra mezclado con sus enemigos, los que fueron al huerto a prenderlo (los guardias). No habiendo alcanzado la libertad, está entre los siervos. El frío, como la noche y la tiniebla, es símbolo de muerte. A los faroles y antorchas que en el prendimiento intentaban vencer la tiniebla (18,3), corresponden ahora las brasas, que intentan vencer el frío.

 

19 Entonces, el sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.

Contraste con lo que ocurre en el patio. El sumo sacerdote, el poder supremo, quiere saber quiénes apoyan a Jesús, su influjo (sus dis­cípulos) y qué doctrina propone. No hace ninguna alusión a Dios, ni pregunta a Jesús por el origen o legitimación de su persona y doctrina. Su preocupación es meramente política: proteger los intereses de la institución. La entrevista no es un juicio; no hay formalidad jurídica alguna. La sentencia está ya dada (11,53).



 

 II

 Is 52,13-53,12: Cuarto canto del Siervo de Yavé.

El cuarto poema del siervo muestra un personaje paciente y glorificado. Se trata de la narración que se hace de la pasión, muerte y triunfo del personaje, enmarcada por una introducción y epílogo que el autor pone en boca de Dios.

El contenido es clarísimo. Un inocente que sufre, dejando de lado la doctrina de la retribución que considera el sufrimiento como consecuencia del pecado; mientras que los culpables son respetados. Más sorprendente es aún, que el humillado triunfe y que un muerto siga viviendo. El mismo texto proclama que se trata de algo inaudito.

La biografía del siervo se presenta de una manera escueta: nacimiento y crecimiento (15,2), sufrimiento y pasión (3,7) condena y muerte (8), sepultura (9) y glorificación (10-11a). Los que narran los acontecimientos participan en ellos; son transformados y dan cuenta de esta transformación.

Dios confirma el mensaje con su oráculo. Anula el juicio humano declarando inocente a su siervo. Este sufrimiento del inocente servirá para la conversión de los demás. Su vida, pasión y muerte han sido como una intercesión por los demás y el Señor lo ha escuchado. El triunfo del Siervo es la realización del plan del Señor (v. 10).

Si después de leer el texto nos preguntamos ¿quién es este personaje que sufre hasta la muerte y sigue vivo? ¿a quién nos recuerda? Sin duda que la figura se parece a Moi­sés, o a Josías, quizás a Jeconías el desterrado, o al profeta Jeremías. Algunos piensan que es el mismo siervo de los cantos precedentes, otros que el profeta Isaías II, otros lo identifican con el pueblo judío o el pequeño resto. Una cosa si es evidente. Jesús, el Mesías quiso modelar su vida de acuerdo con el siervo de Is 53.

Cristo tenía muy clara la idea que El debía sufrir y morir y estos eran elementos de su misión redentora. Su identificación con el siervo de Yahveh en Mc 14,24 y sus paralelos, sacrificado por todos, es evidente. El Hijo del Hombre viene a cumplir su misión de Siervo de Yahveh. Desde qué momento se reconoció Cristo como Siervo de Yahveh? Desde el Bautismo (Mc 1,11 par. Is 42,1). En San Juan también aparece mucho la idea de la identificación de Cristo con el Siervo. Entonces no es una identificación posterior que hizo la comunidad cristiana, sino que es anterior. Es posible que el autor no hubiera comprendido la significación completa y total, tal vez no pensó en Cristo, pero sí en un personaje posterior que haría la intercesión total.

El Siervo de Yahveh es una personalidad corporativa. Es Cristo que actúa personalmente y su actuación repercute en toda la comunidad.

 Salmo 30 (31): A ti Señor me acojo, no quede yo nunca defraudado.

Se trata de un salmo de súplica y una acción de gracias. En medio de la angustia, el salmista mezcla los gritos de socorro con las expresiones de confianza porque está seguro de que el Señor es su roca y su fortaleza. Esta confianza del salmista en el momento de la prueba nos invita a evocar en nosotros ese mismo sentimiento, seguros de que Dios escuchará nuestras súplicas.

 Hebreos 4,14-16; 5,7-9: Dios lo proclamó sacerdote en la línea de Melquisedec.

El autor de la carta a los Hebreos presenta a Jesús como Sumo Sacerdote, no solamente como el responsable del sacrificio como lo era en el antiguo testamento, sino como el hombre lleno de misericordia, que asumió todos los sufrimientos del ser humano hasta la muerte, de tal manera que se convirtió en el modelo para todos los hombres. Su vida estuvo siempre condicionada a la voluntad del Padre, aún en el sufrimiento.

A este sumo sacerdote podemos acercarnos con libertad, sin miedo, porque en su trono abunda la gracia y por su misericordia conseguiremos el apoyo necesario.

Cristo fue llamado por Dios de la misma manera que Aarón y según el orden de Melquisedec, pero ya no para ofrecer el sacrificio y las oblaciones, porque él mismo es la víctima. Es un nuevo tipo de sacerdote que proporciona la salvación a cuantos se aproximan a él y su gran tarea es conducirlos al Padre.

 Lectura de la Pasión: Jn 18,1-19,42

La narración de la pasión según San Juan nos presenta la imagen de Jesús que el evangelista ha querido forjar a través de todo su evangelio: un Jesús que es la revelación del Padre, al mismo tiempo que en él se revela la plenitud del amor. Aún pendiente de la cruz su vida y su muerte es una victoria, porque "todo se ha cumplido" como era la voluntad del Padre.

 



Las oraciones comunitarias

Las oraciones que la liturgia nos propone expresan los sentimientos que mueven a la comunidad cristiana. La universalidad de esta oración incluye aún a las personas que no pertenecen a la Iglesia y que no creen en Dios. La muerte de Jesús es una propuesta para que todos unidos participemos realmente de la nueva historia que surge de la cruz victoriosa.


 Reflexión para hoy

La muerte ha sido el gran misterio que ha preocupado al hombre a través de toda su historia. Porque aunque éste ha pretendido negar todas las verdades, sin embargo hay una que siempre le persigue y nunca ha podido rechazar: la realidad de la muerte. Ni siquiera los ateos más recalcitrantes se han atrevido a negar que ellos también han de morir.

Para el pagano la muerte era toda una tragedia; no tenían ideas claras sobre el más allá, por eso no obstante que admitían una existencia más allá de la tumba, dicha existencia estaba rodeada de oscuridad y enigmas. Además no todos admitían una vida después de la muerte porque ésta era un desaparecer total, el fin de todas las esperanzas, la frustración de todos los anhelos. Los mismos judíos aceptaban la resurrección pero la dilataban hasta el fin de la historia.

Para los discípulos la situación era muy desalentadora; ellos esperaban un Mesías terreno que iba a revivir las glorias del reinado de David y Salomón y he aquí que sus ilusiones se desvanecieron como la espuma. Esa sensación de desaliento está claramente expresada en uno de los discípulos de Emaús:

Nosotros esperábamos que sería él quien rescataría a Israel; más con todo, van ya tres días desde que sucedió esto. (Lc 24,21)

La muerte de Jesús había sido un acontecimiento trágico; sus enemigos habían logrado lo que querían: quitarlo de en medio; los fariseos, porque había desenmascarado su hipocresía, los sacerdotes porque había denunciado la vaciedad de un culto formalista; los saduceos porque había refutado la negación de la resurrección; los ricos porque les había echado en cara la injusticia de sus actuaciones; los romanos porque pensaron que era un sedicioso.

Jesús murió abandonado por todos; sus discípulos huyeron, los judíos lo despreciaban; el Padre se hizo sordo a su clamor; esa tarde en la cruz colgaba el cuerpo de un ajusticiado, condenado por la justicia humana y rechazado por su pueblo. Parecía que el odio hubiera vencido sobre el amor; el poder sobre la debilidad de un hombre; la tinieblas sobre la luz; la muerte sobre la vida. Aquella tarde cuando las tinieblas cayeron sobre el monte Calvario parecía que todo había terminado y los enemigos de Jesús podían por fin descansar tranquilos.

Pero he aquí que en lo más profundo de los acontecimientos, la realidad era distinta. Jesús no era un vencido, sino un triunfador; no lo aprisionaba la muerte, sino que se había liberado de su abrazo mortal; lo que parecía ignominia se transformó en gloria; lo que muchos pensaban que era el fin, no era sino el comienzo de una nueva etapa de la historia de la salvación. La cruz dejó de ser un instrumento de tortura, para convertirse en el trono de gloria del nuevo rey y la corona de espinas que ciñó su cabeza es ahora una diadema de honor.

Al morir Jesús dio un nuevo sentido a la muerte, a la vida, al dolor. La pregunta desesperada del hombre sobre la muerte encontró una respuesta. Pero esto no significa que podamos cruzarnos de brazos y contentarnos con enseñar que la muerte de Jesús significó un cambio en la vida de la humanidad. Ese cambio debe manifestarse en nuestra existencia porque él no aceptó su muerte con la resignación de quien se somete a un destino ineludible, sino como quien acepta una misión de Dios. Por eso su muerte condena la injusticia de los crímenes y asesinatos, pero nos pide hacer algo contra la injusticia porque no solo condena la explotación de los oprimidos, sino que nos pide mejorar su situación; la muerte de Jesús no solo es un rechazo del abandono de las muchedumbres, sino que nos exige que nos acerquemos al desvalido.

Su muerte no es solamente un recuerdo que revivimos cada año, sino un llamado a mejorar el mundo, a destruir las estructuras de pecado; a restablecer las condiciones de paz; a construir una sociedad basada en la concordia, la colaboración y la justicia.

Jesús sigue muriendo en nuestros barrios marginados, en los soldados y guerrilleros que yacen en las selvas, en los secuestrados y prisioneros, en los enfermos y en los ignorantes. A nosotros nos toca hacer que se grito de desesperación que Jesús pronunció cuando dijo “Padre, por qué me has abandonado” se convierta en el grito de esperanza: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org