SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA, O DE LA DIVINA MISERICORDIA
CICLO "C"


Primera lectura: Hechos 5, 12-16
Salmo responsorial: Salmo 117
Segunda lectura: Apocalipsis 1, 9-11 a. 12-13. 17-19


EVANGELIO
Juan 20, 19-31

19Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo:

-Paz con vosotros.

20y dicho esto. les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.

21Les dijo de nuevo:

Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros.

22y dicho esto sopló y les dijo:

-Recibid Espíritu Santo. 23A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados.

24Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. 25Los otros discípulos le decían:

-Hemos visto al Señor en persona.

Pero él les dijo:

-Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo.

26Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo:

-Paz con vosotros.

27Luego dijo a Tomás:

-Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel.

28Reaccionó Tomás diciendo:

-¡Señor mío y Dios mío!

29Le dijo Jesús:

-¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer?. Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer.

30Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro;  31éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.



 

COMENTARIOS

 I

 DE TEOLOGÍA FICCIÓN

«Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: 'Paz a vosotros'» (Jn 20,l3ss). Era el domingo de Resurrección.

Los intérpretes y comentaristas de este párrafo evangélico se han detenido en innumerables consideraciones tratando de describir las cualidades y características de los cuerpos resuci­tados. Entre éstas se citaba el don de la compenetración, gra­cias al cual tales cuerpos pueden atravesar paredes, puertas y toda clase de objetos compactos sin que éstos supongan obs­táculo alguno para sus desplazamientos...

Y uno se maravilla de que predicadores y teólogos sacaran tal idea de este relato del evangelio. Leído sin prejuicios mila­greros, el evangelista alude a dos situaciones distintas: en pri­mer lugar, al miedo de los discípulos, que se encuentran en una casa con las puertas cerradas, algo más que cerradas, atrancadas (en griego, kekleismenôn); en segundo lugar, a la presencia de Jesús en medio de ellos; el evangelista no se de­tiene en describir cómo entró el resucitado. Se limita a cons­tatar que «entró, haciéndose presente en medio de ellos». De esta frase no podemos deducir el modo cómo entró: si por la puerta, una vez abierta por los discípulos, o a través de ella, estando cerrada, como se ha afirmado con frecuencia en la predicación. En todo caso, y mientras no se demuestre lo con­trario, hemos de suponer lo primero.

Así se elaboró en el pasado una teología basada en el des­conocimiento de los textos evangélicos y en el deseo de ver milagros por todos los rincones de sus páginas. De esta teo­logía sufrimos aún las consecuencias. A base de comentar lo que el evangelio no dice o lo que el lector, predicador o teó­logo de turno sobrentiende, se enseña una doctrina que olvi­da frecuentemente el sentido básico del evangelio y se pierde en una maraña de detalles sobrentendidos, que tienen por finalidad satisfacer la curiosidad del creyente, amante del ele­mento maravilloso y sobrenatural, apartando su atención del mensaje auténtico y genuino.

Elemento maravilloso que deformó otras muchas narracio­nes de los evangelios, hasta el punto de que el lector se ve sorprendido cuando no encuentra en ellos el dato milagroso que le habían transmitido como auténtico. Pongamos algunos ejemplos más: ¿Dónde está escrito en los evangelios que el niño naciera 'como pasa el rayo del sol por el cristal sin rom­perlo ni mancharlo'? ¿ Y dónde que Jesús 'multiplicara' panes y peces? De lo primero, nada dice el evangelio; de lo segundo, los evangelistas hablan más bien de partir y repartir, hecho que, de realizarse, sería más milagroso que la misma multi­plicación. ¿Por qué hablar de una pesca 'milagrosa', palabra esta que no aparece en el evangelio de Lucas, pesca que pode­mos calificar con toda tranquilidad de 'abundante'? ¿Por qué decir que Jesús, tras caminar por el mar, bella metáfora apli­cada a Dios en el Antiguo Testamento, «calmó la tempestad», cuando más bien el evangelio dice que «Jesús subió a la barca y se calmó el viento», a modo de dos acciones simultáneas (Mc 6,51)?

Son algunos ejemplos a los que podíamos añadir otros muchos que han pasado a formar parte de la doctrina cristiana, sin fundamento evangélico alguno.

           Preocupados por el elemento milagroso, los lectores del evangelio han visto en él más milagros de los que refiere, y con frecuencia han engrandecido y aumentado los ya referi­dos. Es hora de cancelar tanta teología ficción si queremos comprender los evangelios auténticos.




II

ASÍ OS ENVÍO YO

Sentir a Jesús, presente y activo entre nosotros, es una experiencia que señala que nuestra liberación empieza a ser definitiva. Pero Jesús no parece muy dispuesto al folclore de las apariciones privadas. El se hará presente y podrá ser reconocido allí donde se reproduzcan las señales de su amor.

 

NO HAY RAZÓN PARA EL MIEDO

Ya anochecido, aquel día primero de la semana, estando atrancadas las

puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos...

 
            Los discípulos de Jesús están asustados. Todo su mundo parece haberse derrumbado definitivamente. Los dirigentes judíos han triunfado. Jesús, en quien ellos habían puesto tantas esperanzas, ha sido derrotado y, en su derrota, puede arrastrarlos también a ellos. Ese miedo los tiene esclavizados y ellos mismos han puesto cerrojos a las puertas. La verdad es que el miedo de los discípulos no es gratuito: los dirigentes judíos tienen una larga mano, capaz de alcanzarlos y de llevar­los, también a ellos, a la muerte. Y lo harán a poco que se les dé ocasión (véase, por ejemplo, Hch 7,54-60; 12,1-4); el mundo, es decir, los responsables de que las sociedades humanas sean estructuralmente injustas, jamás aceptarán por las buenas que se ponga en cuestión su mundo) que se pongan en peligro sus privilegios (véase Jn 15,18-21).

Todavía se sienten seguidores, discípulos de Jesús, pero la experiencia de la muerte ha caído sobre ellos como una losa que ha sepultado todas sus esperanzas. Pero aún siguen, aunque sea por recuerdo, aunque sea por su mismo y común miedo, sintiéndose unidos en él. Y eso los va a salvar. Porque aunque ellos no lo saben, ya está comenzando el día de su liberación definitiva y muy pronto van a ver la tierra prometida en la que serán, si se atreven, del todo libres: van a perder el miedo a una muerte que no es definitiva y que, por tanto, no es muerte.

 

LAS SEÑALES DE SU AMOR

...llegó Jesús, haciéndose presente en el centro..., les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.

Les dijo de nuevo:

Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros.

 No podía ser definitiva una muerte que había sido ofrecida como muestra última del amor hasta el extremo; no podía vencer el odio a la vida. Y el miedo de sus amigos queda superado con la alegría de ver que Jesús, vivo, se hace presente en medio de ellos, les desea y les comunica la paz y les muestra, aún visibles, las señales de su amor: «Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor». Ya son libres, pues el miedo, sustituido ahora por la alegría, era la cadena que los esclavizaba. Su liberación no consiste en marcharse a ninguna parte: la tierra prometida es toda la tierra de los hombres cuando de ella desaparece el miedo a la muerte, y esto sucede en la medida en que el hombre pierde el miedo al amor ('n 12,23-26).

La experiencia de Jesús, que está realmente vivo y que, sin intermediarios, se hace presente en medio de ellos, marca el momento de la liberación personal de sus seguidores y el punto de partida de una tarea liberadora que será, a partir de ahora, el que hacer propio de todos sus discípulos: «Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo a vosotros».

 

EL PRIMER DÍA DE LA SEMANA

Y dicho esto, les sopló y les dijo:

-Recibid el Espíritu Santo. A quienes dejéis libres los pecados, quedaran libres de ellos; a quienes se los imputéis, les quedaran imputados.

 Y para que puedan llevar a cabo esa tarea les ofrece su fuerza, la misma que a él lo hizo capaz de amar hasta la muerte: el Espíritu Santo, la energía y el valor para el testimo­nio y la lucha (Jn 15,26-16,15), la vida y el amor de Dios que hace hijos a los amigos del Hijo si éstos aceptan esa vida y corresponden a ese amor asumiendo como propia la misión de Jesús y convirtiendo las causas de su muerte en la razón de la propia existencia (Jn 17,6-11).

El primer día de la semana es la expresión que usa el evangelio para señalar que acaba de nacer un mundo nuevo, una nueva humanidad: la comunidad cristiana. Pero, además, es el domingo el día en que la comunidad se reúne para celebrar la eucaristía, para recordar la muerte y anunciar la resurrección de Jesús, para dejar que la vida de Jesús penetre en cada uno de sus miembros y les dé fuerza para renovar el compromiso de seguir hasta el final el camino que señaló Jesús.

La celebración de la Eucaristía tiene que ser, tiene que seguir siendo, si no se ha convertido en un rito vacío, la experiencia clara y gozosa de la vida y de la actividad de Jesús entre los suyos, entre nosotros; pero para que sea así ha de ser el momento en que reafirmemos nuestro compromiso de reproducir en nuestras vidas las señales del amor de Jesús. Y no sólo como experiencia mística en el momento de la celebra­ción, sino jugándonos la vida, arriesgándonos que nos claven las manos y nos partan el pecho por mantenernos fieles en la lucha en favor de la liberación, denunciando cualquier escla­vitud -eso es el pecado- de los hombres..., aunque se irriten los dirigentes.

             Porque Jesús no se va a manifestar ya de manera visible; lo de Tomás fue un favor personal porque en cierta ocasión fue el único que se mostró dispuesto a acompañarlo a la muerte (Jn 11,16). Pero será fácil reconocerlo si los suyos seguimos reproduciendo las señales de su amor.




III

v. 19: Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos...

La escena tiene lugar el mismo día en que comienza la nueva creación (v. 19: aquel día pri­mero de la semana); esta realidad va a ser considerada ahora desde el punto de vista de la nueva Pascua, con alusión al éxodo del Mesías Los discípulos son todos los que dan su adhesión a Jesus, no hay nombres propios ni limitación alguna. Con la frase estando atrancadas las puertas  muestra el desamparo de los seguidores de Jesús en medio de un ambiente hostil El miedo denota la inseguridad; los discípulos aún no tienen experiencia de Jesús vivo (16,16) Como José de Arimatea, son discípulos clandestinos (19,38) Su situación es como la del antiguo Israel en Egipto (Ex 14,10); pero, como en el Éxodo, están en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Ex 12 42 Dt 16, 1).

 

vv. 19-20: llegó Jesús, haciéndose presente en el centro y les dijo: -Paz con vosotros, y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.

Jesús se hace presente, como había prometido (14,18s, 16, l8ss) y se sitúa en  el centro: fuente de vida, punto de referencia, factor de unidad. Paz con vosotros es  el saludo que les confirma que ha vencido al mundo y a la muerte y, a continuación, Jesús les muestra los signos de su amor y de su victoria (v. 20). El que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz; se les muestra como el Cordero de Dios, el de la Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera de la muerte (Éx 12,12s); el Cordero preparado para ser comido esta noche (Ex 12,8), es decir, para que pue­dan asimilarse a él. La permanencia de las señales en las manos y el cos­tado indica la permanencia de su amor; Jesús será siempre el Mesías-rey crucificado, del que brotan la sangre y el agua. Alegría.

 

v. 21: Les dijo de nuevo: Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros  y, dicho esto, sopló y les dijo: -Recibid Espíritu Santo.

La repetición del saludo (v. 21) introduce la misión, a la que tendía la elección de los discípulos (15,16; 17,18). Ésta ha de ser cumplida como el la cumplió, demostrando el amor hasta el fin (manos y costado). El Espíritu (v. 22) los capacitará para la misión. Sopló o «exhaló su aliento», éste es el verbo usado en Gn 2,7 para indicar la infusión en el hombre del aliento de vida. Jesús les infunde ahora su propio aliento, el Espíritu (19, 30), creando de este modo la nueva condición humana, la de  espíritu  (3 6 7 39) por el «amor y lealtad» que reciben (1, 17). Culmina así la obra creadora, esto significa «nacer de Dios» (1,13), estar capacitado para «hacerse hijo de Dios» (1,12). Quedan liberados «del pecado del mundo» (1,19) y salen de la esfera de la opresión. La experiencia de vida que da el Espíritu es «la verdad que hace libres» (8,31s); quedan «consagrados con la verdad» (17,17s). El éxodo del Mesías no se hace saliendo físicamente del «mundo» injusto (17,15), sino dando la adhesión a Jesús y, de este modo, dejando de pertenecer al sistema mundano (17,6.14).

 

v. 23: A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados.

Este es el resultado positivo y negativo de la misión, en paralelo con la de Jesús. El pecado, la represión o supresión de la vida que impide la realización de proyecto creador, se comete al aceptar los valores de un orden injusto. Los pecados son las injusticias concretas que se derivan de esa aceptación.

El testimonio de los discípulos (15,26s), la manifestación del amor del Padre (9,4), obtendrá las mismas respuestas que el de Jesús: habrá quienes lo acepten y quienes se endurezcan en su actitud (15,18-21; 16,1-4).

Al que lo acepta y es admitido en el grupo cristiano, rompiendo de hecho con el sistema injusto, la comunidad le declara que su pasado ya no pesa sobre él; Dios refrenda esta declaración infundiéndole el Espí­ritu que lo purifica (19,34) y lo consagra (17,16s). A los que rechazan el testimonio, persistiendo en la injusticia, su conducta perversa, en con­traste con la actividad en favor de los hombres que ejerce el grupo cris­tiano, les imputa sus pecados. La confirmación divina significa que estos hombres se mantienen voluntariamente en la zona de la reproba­ción (3,36).

 

v. 24: Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.

Tomás significa Mellizo, cf. 11,16, esto es, se parece a Jesús por su prontitud para acompañarlo en la muerte. Era uno de los Doce, que representan en Juan a la comunidad cristiana en cuanto heredera de las promesas de Israel (6,70); esta cifra no de­signa a la comunidad después de la muerte-resurrección de Jesús, cuando las promesas se han cumplido (cf. 21,2: siete nombres; comuni­dad universal). Tomás no había entendido el sentido de la muerte de Jesús (14,5); la concebía como un final, no como un encuentro con el Padre. Separado de la comunidad (no estaba con ellos), no ha partici­pado de la experiencia común, no ha recibido el Espíritu ni la misión. Es uno de los Doce, con referencia al pasado.

 

v. 25: Los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor en persona. Pero él les dijo: -Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo.

La frase de los discípulos (Hemos visto al Señor) formula la experiencia que los ha transformado. Esta nueva realidad muestra por sí sola que Jesús no es una figura del pasado, sino que está vivo y ac­tivo entre los suyos. Tomás no acepta el testimonio. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido. Exige una prueba individual y extraordinaria.

 

v. 26: Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: -Paz con vosotros.

Ocho días después (v. 26): el día permanente de la nueva creación es «primero» por su novedad y «octavo» (número que simboliza el mundo futuro) por su plenitud. En él va surgiendo el mundo definitivo. Los discípulos están den­tro de casa, esto es, en la esfera de Jesús, la tierra prometida. Pero las puertas atrancadas ya no indican temor; trazan la frontera entre la comunidad y el mundo, al que Jesús no se manifiesta (14,22s). Entonces llegó Jesús (lit. «llega»); ya no se trata de fundar la comunidad (20,19: «llegó»), sino de la presencia habitual de Jesús con los suyos. Jesús se hace presente a la comunidad, no a Tomás en particular. Juan menciona solamente el saludo (Paz con vosotros), que en el episodio anterior abría cada una de las partes. No siendo ya éste el primer encuentro, el saludo remite al segundo saludo anterior (20,21): cada vez que Jesús se hace presente (alusión a la eucaristía), re­nueva la misión de los suyos comunicándoles su Espíritu.

 

v. 27: Luego dijo a Tomás: -Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel.

El adverbio de tiempo luego (v. 27) divide la escena; ahora va a tratarse de Tomás. Unido al grupo encontrará solución a su problema. Jesús, demostrándole su amor, toma la iniciativa y lo invita a tocarlo. La insistencia de Juan en lo físico (dedo, manos, mano, meter, costado) subraya la continuidad entre el pasado y el presente de Jesús: la resurrección no lo despoja de su condición humana anterior ni significa el paso a una condición supe­rior: es la condición humana llevada a su cumbre y asume toda su his­toria precedente. Ésta no ha sido solamente una etapa preliminar; ella ha realizado el estado definitivo.

 

v. 28: Reaccionó Tomás diciendo: -¡Señor mío y Dios mío!

La respuesta de Tomás es tan extrema como la incredulidad anterior. El Señor es el que se ha puesto al servicio de los suyos hasta la muerte (13,5.14); es así como en Jesús ha culminado la condición humana (19,30). La expresión Señor mío reconoce esa condición. Tomás ve en Jesús el acaba­miento del proyecto divino sobre el hombre y lo toma por modelo (mío).

Después del prólogo (1,18:» Hijo único, Dios») es la primera vez que Jesús es llamado simplemente Dios («el Hijo de Dios»; 3,16.18, etc.: «el Hijo único de Dios»). Con su muerte en la cruz ha dado remate a la obra del que lo envió (4,34): realizar en el Hombre el amor total y gratuito propio del Padre (17,1). Se ha cum­plido el proyecto creador: «un Dios era el proyecto» (1,1). Tomás des­cubre la identificación de Jesús con el Padre (14,9.20). Es el Dios cer­cano, accesible al hombre (mío).

 

v. 29: Le dijo Jesús: -¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer?. Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer.

La experiencia de Tomás no es modelo. Jesús se la concede para evitar que se pierda (17,12; 18,9): a Jesús no se le encuentra ya sino en la nueva realidad de amor que existe en la comunidad. La experiencia de ese amor (sin haber visto) es la que lleva a la fe en Jesús vivo (llegan a creer).

 

vv. 30-31: Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro; éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.

  Para Jn, la vida de Jesús significa ante todo un conjunto de hechos, las «señales», en los que ha manifestado su amor a los hombres (2,11: «su gloria»). El evangelista ha hecho una selección (v. 30). Su obje­tivo es suscitar la adhesión de los lectores a Jesús (v. 31), el que, después de una actividad liberadora, ha sido condenado y ejecutado por los po­deres del mundo. El creyente ha de ver en él al Mesías, al consagrado por Dios para llevar a cabo su designio en la historia, al que forma la nueva comunidad humana; ha de descubrir también que es el Hijo de Dios, la presencia el Padre entre los hombres.



 

 IV

 El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre  Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Era tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Yamnia, el único grupo oficial judío que había sobrevivido a la destrucción del templo el año 70. Las Iglesias estaban descubriendo su propia identidad y Pedro (que por este tiempo ya había sido martirizado en Roma)  ya era reconocido como autoridad dentro y fuera de la Iglesia. Con textos de estos tres libros  la liturgia de hoy nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre el fundamento de nuestra fe.

Así como en nuestras rutas necesitamos señales que nos indiquen las curvas, los puentes, los caminos estrechos, también en el camino de la Iglesia necesitamos esas señales que nos indican si andamos en la buena ruta o no. Las señales son las mismas de siempre: la práctica liberadora de Jesús, su opción por  los/as más necesitados y su trabajo por la vida. Comenzando por la buena sombra de Pedro que curaba a los enfermos, vemos cómo, en medio de conflictos, las primeras comunidades repetían la práctica liberadora de Jesús. También el Apocalipsis nos invita a mirar al Hijo del Hombre, centro de la vida de la Iglesia.

El evangelio de Juan  nos traslada a un día como hoy, ocho días después de la pascua. 

Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y les da el Espíritu Santo. Para la Comunidad de Juan, la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. (Para Lucas que tiene otra teología, y que tal vez por razones catequéticas es la única que recogió la Iglesia, hay que esperar 50 días para Pentecostés). Y en esta Pascua-Pentecostés toda la comunidad de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados. Esto corresponde a la tradición que también Mateo ha conservado en su evangelio (Mt 18,18) y que luego la Iglesia,  en su proceso de clericalización fue perdiendo, pero que sí recuperaron las Iglesias Evangélicas.

En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Ojos que no ven corazón que no siente, dice el refrán. Cuentan que cuando July Gagarin, el astronauta ruso regresó de aquel primer paseo a las estrellas, dijo: “Anduve por el cielo y no he visto a Dios”. Pobre July tan parecido a Tomás, que podría llamarse su mellizo.

 

Es que fuera de la comunidad no se ve a Jesús, ni en el cielo ni en la tierra. Es en la comunidad donde se percibe la presencia del Señor. Es allí donde se realiza el seguimiento de Jesús. La comunidad no es optativa. Es parte esencial del mensaje cristiano, lo mismo que la opción por los pobres. En las Comunidades Eclesiales de Base tenemos experiencias que se asemejan a las que vivían las primeras comunidades. Evaluamos el camino volviendo siempre a la práctica liberadora de Jesús y sus opciones; experimentamos en la lucha por la vida la fuerza de la Pascua-Pentecostés y  también tenemos la experiencia del perdón en la comunidad. ¿Por qué retacear el perdón cuando la alegría de Dios es perdonar, sanar y salvar?

Cuando Jesús no está en el centro se pierde parte de su mensaje liberador impidiendo la novedad que brota de su Espíritu.



 

Para la revisión de vida

Dichosos los que sin ver han creído. ¿Cuáles son los fundamentos de mi fe? ¿Por qué creo? ¿Es mi fe una fe que no se apoya en argumentos racionales?

Paz a vosotros. ¿Tengo paz, paz profunda, shalom?

 

Para la reunión de grupo

Si la fe es «creer lo que no se ve», ¿tuvo fe Tomás cuando confesó a Jesús como “Señor mío y Dios mío” sólo después de haberlo visto?

¿Qué relación (semejanzas, diferencias...) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer a Dios)?

Distinción entre «fe» y «creencias»

¿Cuáles serían las principales dificultades que la fe, el creer, las creencias... comportan hoy en el ámbito de la nueva «sociedad del conocimiento» que adviene? ¿Es posible que Dios haya puesto su gran ilusión –y la principal prueba para el ser humano- en la «fe», en el «creer lo que no se ve»? ¿Y en que «creamos a los que dicen que Dios les dijo para que nos dijeran»?

 

Para la oración de los fieles

Para que nuestras comunidades cristianas se miren en el espejo de aquella primera comunidad surgida a partir de la resurrección de Jesús, roguemos al Señor...

Por todos los que tienen dificultades para la fe; para que encuentren en la comunidad de los creyentes un testimonio atractivo e iluminador...

Para que como en el tiempo de la comunidad primitiva sean también hoy muchos los que se adhieran a la fe...

Para que también hoy nuestra comunidad cristiana ejerza el ministerio de la curación, del alivio de todas las penalidades que afectan a la vida humana...

Para que los cristianos de hoy aprovechemos también el ministerio del perdón de los pecados, tanto en forma individual como comunitaria...

 

Oración comunitaria

 Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales: acrecienta en nosotros los dones de tu gracia para que comprendamos mejor que eres verdaderamente Padre y dador de Vida, que nos has encomendado acoger y acrecentar la vida, y que la Vida finalmente triunfará. Por J.N.S.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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