DOMINGO DE PENTECOSTÉS
CICLO "C"


Primera lectura: Hechos 2, 1-11
Salmo responsorial: Salmo103
Segunda lectura: 1 Corintios 12, 3-7.12-13
 

EVANGELIO
Juan 20, 19-23

 19Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo:

- Paz con vosotros.

20Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.

 

21Les dijo de nuevo:

- Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo a mi vez a vosotros.

22Y, dicho esto, sopló y les dijo:

- Recibid Espíritu Santo. 23A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados.

 


 

COMENTARIOS

I

 LA FUERZA DE LA FE

La escena tuvo lugar en Cafarnaún. «Un centurión tenía un siervo a quien estimaba mucho y que estaba enfermo, a punto de morir. Oyendo hablar de Jesús, le envió unos nota­bles judíos para rogarle que fuera a curar a su siervo. Se pre­sentaron a Jesús y le rogaron encarecidamente: -Merece que se lo concedas, porque quiere a nuestra nación y es e'l quien nos ha construido la sinagoga. Jesús se fue con ellos» (Lc 7,lss).

El centurión es modelo de lo que hoy llamaríamos “ecu­memsmo”. A pesar de no ser judío, quiere al pueblo judío y le ha construido la sinagoga. De talante abierto, favorece a otros que no son de su círculo de creencias. Por lo demás, las relaciones con su empleado son ejemplares: «tenía un siervo a quien estimaba mucho». El centurión no excluye la doble situación de siervo-señor, pero la estima hacia su empleado la hace más humana.

«No estaba ya lejos de la casa, cuando el capitán le envió unos amigos -paganos- a decirle: -Señor, no te molestes, porque no soy quién para que entres bajo mi techo. Por eso tampoco me atreví a ir en persona; pero con una palabra tuya se curará mi criado. Porque yo, que soy un simple subordina­do, tengo soldados a mis órdenes; y si le digo a uno que se vaya, se va; o a otro que venga, viene; y si le digo a mi siervo que haga algo, lo hace» (Lc 7,6-8).

La relación de subordinación que hay entre el centurión y sus soldados es la que el centurión reconoce como existente entre Jesús y la enfermedad. Para el centurión no es necesario que Jesús llegue basta su casa para curar a su siervo; basta con que lo ordene de palabra. Pero en este caso, y dada la fe del centurión, no será ni siquiera necesaria la orden de Jesús; bastará con la fe.

«Al oír esto, Jesús se quedó admirado de él, y volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: -Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe. Al volver a casa los enviados encontraron al siervo sano. »

Este relato de milagro es un tanto especial. No sucede aquí como en otros, en los que es Jesús mismo quien cura tocando o hablando con el enfermo. Es la fe del centurión la que hace el milagro, sin necesidad de intermediarios judíos (los nota­bles) o paganos (los amigos del centurión). Lo allí sucedido es una ejemplificación de lo que Jesús mismo dice en el evangelio de Mateo: «Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y ven­dría. Nada os sería imposible» (Mt 17,20).

Aquel centurión mostró la fe idónea para hacer milagros; una fe tan grande no encontró Jesús entre los que era de es­perar que la tuvieran, los judíos, que confiaban en un sistema incapaz de curar y salvar.

 


 

II

 
NI SIQUIERA EN...

«Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe». ¿A quién se dirigiría hoy Jesús? ¿Quién sería el centurión el pagano...? ¿Quién ocupará el lugar de Israel? La fe sigue naciendo de la conciencia de las propias limitaciones y de la confianza en que Jesús y su mensaje nos ayudarán a superarlas.

 

UN CENTURIÓN

Cierto centurión tenía un siervo al que apreciaba mucho y que se encon­traba mal, a punto de morir. Oyendo hablar de Jesús, le envió unos notables judíos para rogarle que fuera a salvar a su siervo.

 

Era un militar, jefe de una centuria (cien soldados). No estaba allí, en Palestina, para defender otra cosa que los inte­reses del imperio. Era, por tanto, un agente del poder opresor, un instrumento cualificado, aunque no demasiado importan­te, del imperialismo romano. Pero era también un hombre, capaz de sentir afecto por la gente que tenía cerca, incluso por sus subordinados: «tenía un siervo al que apreciaba mu­cho». Y a la hora de ejercer su función lo hacía manejando más la zanahoria que el palo: «porque quiere a nuestra nación y es él quien nos ha construido la sinagoga».

 

Pero ni su afecto ni su política condescendiente servían para asegurar la vida de su siervo enfermo ni para devolver la libertad del pueblo que su nación injustamente dominaba, y él era consciente de sus contradicciones y de sus limitaciones. Al contrario de aquellos que veían la paja en el ojo del herma­no sin notar que tenían una viga en el suyo (véase comentario num. 36), él se da cuenta de que para entrar en contacto con Jesús es necesario comportarse de manera muy diferente a como él lo viene haciendo: «Señor, no te molestes, que yo no soy quién para que entres bajo mi techo». Por eso se dirige a Jesús a través de intermediarios: un grupo de notables judíos primero y unos amigos después. En ningún caso se atreve a acercarse personalmente a Jesús.

 

NI SIQUIERA EN...

Jesús se fue con ellos. No estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le mandó unos amigos a decirle:

Señor, no te molestes, que yo no soy quién para que entres bajo mi techo. Por eso tampoco me atreví a ir en persona; pero con una palabra tuya se curará mi criado...

 

Es ésta la primera vez que se establece alguna relación entre Jesús y el paganismo, según el evangelio de Lucas. Desde ahora va a quedar claro que la salvación que Dios ofrece por medio de Jesús está destinada a todo el que quiera aceptarla, sin necesidad de intermediarios, sin condiciones de raza, de religión, de cultura o de cualesquiera de las muchas divisiones artificiales que los hombres hemos establecido entre nosotros.

Lucas presenta la situación del mundo pagano mediante los personajes del centurión y su siervo: el pueblo -el sier­vo- está en peligro, se encuentra mal a punto de morir. La sociedad pagana no encuentra solución alguna para ese mal, ni en su religión ni en sus instituciones civiles. Por eso acude a Jesús. El evangelio no dice por qué; pero lo cierto es que el centurión se dirige a Jesús con plena confianza de que la solución a su problema está en el Señor. Sin que importe la distancia, sin que cuente ni siquiera su propia dignidad. Y Jesús, en medio de un auditorio israelita, pone como ejemplo la fe de un pagano, la fe de un idólatra: «Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe».

 
NO ES CUESTIÓN DE RAZA

Aquellas palabras de Jesús debieron de sonar como una ofensa y como una provocación. ¿Cómo era posible que se pusiera como ejemplo de fe al representante de la potencia que estaba profanando la sagrada tierra de Israel y que, ade­más, daba culto a dioses falsos?

Pero es que la fe en Jesús nunca fue ni será cosa de raza, ni de tradiciones, ni siquiera de religiosidad, sino una cuestión de confianza en que Jesús y su mensaje tienen la respuesta a los problemas de nuestro mundo, a nuestros propios proble­mas, y siempre presupone que se ha experimentado la propia indigencia, que nos sentimos enfermos y necesitamos ser cu­rados: «No sienten necesidad de médicos los sanos, sino los que se encuentran mal» (Lc 5,31), acababa de decir Jesús.

 

Los cristianos, quizá los católicos más que otros, tenemos el peligro de sentirnos demasiado seguros, como se sentían los israelitas, apoyados en nuestra religión, la única verdadera, fuera de la cual no existe salvación... Tenemos el peligro de poner nuestra confianza en nuestras propias estructuras, de no sentir la necesidad de que Jesús nos salve. Y aun hoy, la fe sólo es posible en quien siente necesidad de un médico y pone su confianza en Jesús y en su mensaje. Esa salvación que se manifestará como salud y vida que brotan abundantes al paso de Jesús (Lc 6,17b-19), como alegría que rebosa en donde se pone por obra su palabra (Lc 5,33-39), como la libertad de quienes lo han aceptado a él como único guía y maestro (Lc 6,1-5); en la felicidad que gozan entre persecu­ciones- los que han asumido como razón para vivir las razo­nes de su vida y de su muerte (Lc 6,20-26). Quizá desde fuera vendrán -¿o quizá ya han venido?- a decirnos que la salva­ción está en Jesús, sólo en Jesús.

 


 

III

 
19a Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos...,

Es el mismo día en que comienza la nueva creación (pri­mero de la semana, cf. 20,1) y, con ella, la nueva alianza. Esta realidad va a ser considerada ahora desde el punto de vista de la Pascua definitiva, con alusión al éxodo del Mesías.

La denominación los discípulos (el artículo indica totalidad), incluye a todos los que dan su adhesión a Jesús; no se mencionan nombres propios ni se establece limitación alguna. La situación en que los discípulos se encuentran, con las puertas atrancadas, por miedo...  muestra su inseguridad; aún no tienen experiencia de Jesús vivo (16,16) ni, frente a la amenaza que supone la institución judía, se sienten apoyados por él.

Como José de Arimatea, son discípulos clandestinos (19,38), atemorizados, sin valor para pronunciarse públicamente en favor del injustamente condenado. Es una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto (Éx 14,10); pero, como lo estuvo aquel pueblo, están en la noche (Ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1).

El mensaje de María Magdalena no los ha liberado del temor. No basta tener noticia de que Jesús ha resucitado; sólo su presencia misma puede dar la seguridad en medio del mundo hostil.

 

19b-20 ...llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: «Paz con vosotros». Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.

En esta situación se hace presente Jesús, como lo había prometido (14,18s: No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros, cf. 16,l8ss). Aparece en el centro de la comunidad, como punto de referencia, fuente de vida, factor de unidad.

A ellos, que por el miedo habían perdido la paz, el saludo (Paz con vosotros) se la devuelve: es el saludo del que ha vencido al mundo y a la muerte (cf. 14,27s; 16,33).

Jesús les muestra los signos de su amor y de su victoria (las manos y el costado): el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles "los judíos", ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

Viendo las señales en el cuerpo de Jesús, los discípulos pueden dar fe al texto de la Escritura (2,17: La pasión por tu casa me consumirá), que malinterpretaron en su momento (2,22).

Las manos de Jesús no se han mencionado en la escena de la crucifixión. Pero a lo largo del evangelio se ha afirmado que el Padre lo ha puesto todo en ellas (3,35; 13,3), y que nadie podría arrebatar a las ovejas de su mano, como tampoco de la del Padre (10,28s). Son estas manos las que dan seguridad a los discípulos, pues ellas representan la fuerza de Jesús que los defiende; las manos libres son signo de su victoria e instrumento de su actividad. El costado, que había sido traspasado por la lanza, es la muestra de su amor sin límite; son sus manos las que han de llevar a cabo la obra de ese amor.

La mención del costado remite a la escena de la lanzada, donde Jesús aparece como el Cordero de Dios que ha sido inmolado (19,36: No se le romperá ni un hueso), el de la Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera para siempre de la muerte (Éx 12,12s). Es el Cordero que será el alimento de este éxodo (Éx 12,8): su carne y su sangre han quedado preparadas en la cruz,  para que los suyos pue­dan asimilarse a él (6,53s).

La permanencia de las señales en las manos y el cos­tado indica la de su amor: Jesús será para siempre el Mesías-rey crucificado, del que brotan la sangre y el agua (19,34). Lo que el discípulo describió en el Calvario como un signo a la vista del mundo entero, el Hijo del hombre levantado en alto del que fluía la vida (cf. 3,14s), se propone ahora como experiencia de Jesús en el seno de la comunidad.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ha comenzado la fiesta de la nueva Pascua y de la creación definitiva. Ha nacido el Hombre (16,21). Las manos y el costado recuerdan al mismo tiempo el dolor del parto y su fruto: el Hombre-Dios.

El éxodo del Mesías no se hace saliendo físicamente del mundo injusto (17,15), sino saliendo de él hacia Jesús, entrando en su espacio. La comunidad centrada en él es la nueva tierra prometida, situada en medio del sistema opresor.

 

21 Les dijo de nuevo: «Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo a mi vez a vosotros».

La repetición del saludo introduce la misión, que era el objetivo de la elección de los discípulos (15,16; 17,18). La paz que antes les ha comunicado Jesús les ha confirmado su victoria y los ha liberado del miedo. Ahora les da de nuevo paz, es decir, confianza y  seguridad para el presente y para el futuro. Esa paz deberá acompañarlos en la misión que comienza, en las dificultades de la labor en el mundo.

La misión de Jesús ha consistido en dar testimonio en favor de la verdad (18,37), manifestando con sus obras la persona del Padre (19,30; 17,6) y su amor a los hombres (17,1.4: la gloria). En lo sucesivo, toca a los discípulos realizar esas mismas obras (9,4) y producir fruto unidos a Jesús (15,5).

La misión ha de ser cumplida como él la cumplió, demostrando el amor hasta el final que simbolizan las manos y el costado. Van a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18); ahora pueden ir sin temor alguno.

Como en el caso de María Magdalena (20,17), Jesús no quiere que la comunidad esté absorbida por la unión con él. La dedicación al bien de los hombres es esencial, y con ella se conecta el don del Espíritu.

 

22 Y, dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid Espíritu Santo».

El Espíritu los capacitará para la misión. El verbo sopló o “exhaló su aliento” es el mismo que se encuentra en Gn 2,7 para indicar la infusión en el hombre del aliento de vida. Jesús les infunde ahora su propio aliento, el Espíritu,  aquel que había entregado en la cruz una vez acabada en él la creación del Hombre (19,30: dijo: “Queda terminado”. Y... entregó el Espíritu).

Con  el “amor y lealtad” que les comunica (1,16), crea la nueva condición humana, la de  hombre-espíritu  (3,6, 7,39). Queda así superada la condición de “carne”, es decir, la de lo débil y transitorio. De este modo culmina la obra creadora. Esto significa “nacer de Dios” (1,13), estar capacitado para “hacerse hijo de Dios” (1,12). Bautizados con el Espíritu (1,33), quedan liberados “del pecado del mundo” (1,29) y salen de la esfera de la opresión. La experiencia de vida que da el Espíritu es “la verdad que hace libres” (8,31s). Han sido “consagrados con la verdad” (17,17s). Al recibir la efusión del Espíritu, reconocen en Jesús el nuevo santuario de Dios (2,19.21s).

Con esto queda constituida la comunidad. Su centro es Jesús, pero no está cerrada en sí misma. Al contrario, así preparada, se dedicará a comunicar vida a otros, sabiendo que ese amor hacia los demás será fuente incesante de Espíritu en ella. Jesús no comunica el Espíritu a los suyos como un privilegio personal, sino como una capacitación para la labor con la humanidad, objeto del amor de Dios (3,16). A medida que otros hombres vayan dando su adhesión a Jesús, irán recibiendo a su vez el Espíritu.

 

23 «A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados».

Este dicho de Jesús, dirigido a la comunidad como tal, señala el resultado positivo y negativo de la misión, paralelo con el de la suya.

El pecado, la represión o supresión de la vida que impide la realización del proyecto creador, se comete al aceptar los valores de un orden injusto; los pecados son las injusticias concretas que se derivan de esa aceptación. Cuando el individuo cambia de actitud y se pone a favor de los seres humanos, cesa el pecado (15,3).

La comunidad prolonga en el tiempo el ofrecimiento de vida que hace el Padre a la humanidad en Jesús. Pero el testimonio de los discípulos (15,26s) obtendrá las mismas respuestas que tuvo el suyo: habrá quienes lo acepten y quienes, por el contrario, se endurezcan en su actitud (15,18-21; 16,1-4).

Al que lo acepta y es admitido en el grupo cristiano, rompiendo de hecho con los valores del sistema injusto, la comunidad le declara que su pasado ya no pesa sobre él. Dios refrenda esta declaración infundiéndole el Espí­ritu que lo purifica (19,34) y lo consagra (17,16s).

Con los que rechazan el testimonio y persisten en la injusticia, más que las palabras, la existencia misma de la comunidad denuncia su modo de obrar. El contraste entre la actividad en favor de los hombres ejercida por el grupo cris­tiano y la conducta perversa de los que pertenecen al sistema opresor pone en evidencia los pecados de éstos y los acusa. La confirmación divina significa que sobre estos hombres, que se mantienen voluntariamente en la zona de la tiniebla, pesa la reprobación divina (3,36).

La aceptación o rechazo del amor que se le ofrece hace resonar dentro del hombre mismo su propia liberación o su propia sentencia.

 



IV

 
Nota 1: Como ciclo C, hay otras lecturas posibles este día; consúltese esta fecha en el calendario litúrgico

(http://www.servicioskoinonia.org/biblico/calendario), o directamente aquí:

http://servicioskoinonia.org/biblico/calendario/texto.php?codigo=20100523&cicloactivo=2010&cepif=0&cascen=0&ccorpus=0

Nota 2: Pentecostés no es una fiesta originariamente cristiana. Como «Fiesta de las Semanas» o «de la Cincuentena», fue instituida en Israel para celebrar el inicio de la cosecha. Se celebraba siete semanas o cincuenta días a partir de la Pascua para dar gracias a Dios por la nueva cosecha (cf. Ex 23,16;34,22; Lv 23,15-21; Dt 16,9-12). En el judaísmo tardío se transformó en festividad plenamente religiosa: pasó a ser memoria del don de la Ley en el Sinaí al pueblo liberado de Egipto. Para recordar o estudiar la interesante «prehistoria» de las festividades cristianas, casi desconocida, y muy iluminadora, recomendamos el clásico libro de Thierry MAERTENS, «Fiesta en honor de Yahvé». Pueden tomarlo de la biblioteca de Koinonía (servicioskoinonia.org/biblioteca).

 

Sugerencias para la homilía (Escritas para el Diario Bíblico Latinoamericano en un ciclo anterior por el biblista Silvio Báez, recientemente nombrado obispo auxiliar de Managua, a quien agradecemos).

 

El Espíritu es la misma vida de Dios. En la Biblia es sinónimo de vitalidad, de dinamismo y novedad. El Espíritu animó la misión de Jesús y se encuentra también a la raíz de la misión de la Iglesia. El evento de Pentecostés nos remonta al corazón mismo de la experiencia cristiana y eclesial: una experiencia de vida nueva con dimensiones universales.

La primera lectura (Hch 2,1-11) es el relato del evento de  Pentecostés. En ella se narra el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre... quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”; Hch 1,5.8: “Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días... ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo”).

Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. El relato inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre “al llegar el día de Pentecostés” (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como “fiesta de las semanas” (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o “fiesta de la cosecha” (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua.

Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí que estaba directamente relacionada con el don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36).

El texto de los Hechos da otra indicación: “estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2,1). Con estas palabras se quiere sugerir que los presentes estaban unidos, no sólo en un mismo sitio, sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual, no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: “Mientras Jesús oraba... el Espíritu Santo bajó sobre él”; Hch 1,14: “Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste”).

Lucas utiliza en primer lugar el símbolo del viento para hablar del don del Espíritu: “De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban” (Hch 2,2). Aunque los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre “de repente” y, por tanto, en forma imprevisible. Es una forma de decir que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el ser humano. El ruido llega “del cielo”, es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de una ráfaga de viento impetuoso.

El evangelista quería describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con una misma palabra (hebreo: ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Recordemos el gesto de Jesús en el evangelio, cuando “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), o la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios. 

“Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch 2,3). Lucas se sirve luego de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); “una hoguera perpetua” (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el ser humano no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana.

La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los seres humanos a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). “Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (v. 4). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, ni en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia.

El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los seres humanos que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El Espíritu debe venir continuamente para perdonar y renovar a los seres humanos para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos. 

El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra “les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

En el evangelio se narra la aparición del Señor Resucitado a los discípulos el día de pascua. Todo el relato está determinado por una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar donde están los discípulos están cerradas).

La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo), evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo. La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos. A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo. 

Jesús “se presentó en medio de ellos” (v.19). El texto habla de “resurrección” como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: “me voy y volveré a vosotros”; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo.

Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La  misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al ser humano. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos.  En el texto, en efecto,  sobresale el tema de la nueva creación: Jesús “sopló sobre ellos”, como Yahvé cuando creó al ser humano en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos (Ez 37).

Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como “seres humanos nuevos”, llenos del aliento del Espíritu en virtud de la resurrección de Jesús, deberán continuar la misión del “Cordero que quita el pecado del mundo”: la misión de la Iglesia que continúa la obra de Cristo realiza la renovación de la humanidad como en una nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado. 

 



Para la revisión de vida

 ¿En qué aspectos concretos de mi vida estoy experimentando al Espíritu Santo como fuerza y luz?

 ¿Soy dócil a los caminos del Espíritu, siguiendo la palabra del evangelio y viviendo abierto a la novedad de Dios en mi vida en constante discernimiento?

  ¿Cómo vivo en mi existencia cristiana las tensiones inevitables que existen entre carisma e institución, dones personales y misión comunitaria, vida interior y compromiso por la justicia?

 

Para la reunión de grupo

¿Qué reacción nos produce la palabra "espíritu"? Démosle sinónimos explicativos.

Hoy hablan muchos del "espíritu" y lo encuentran en regiones o en actividades muy lejanos de la realidad, del compromiso social, en lo "puramente religioso"... ¿Es así lo que la Biblia nos dice del Espíritu? Pongamos ejemplos.

«Hay que ser espirituales, no espiritualistas»: comentar la frase, con razones y con experiencias.

En el trasfondo de lo que escribe, Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (1ª lectura) tiene en el pensamiento el símbolo de lo que ocurrió en Babel: ¿en qué sentido? Explicitar las referencias simbólicas.

 

Para la oración de los fieles

Cristo Jesús, que con el envío del Espíritu Santo has cumplido la promesa del Padre, renueva con este mismo Espíritu la historia de la humanidad, y concédenos el don de la paz. Roguemos al Señor....

Cristo Jesús, que con el envío del Espíritu Santo has dado inicio a la misión universal de tu Iglesia, haz que la comunidad cristiana sea siempre en el mundo signo de liberación, de diálogo y de reconciliación entre los seres humanos. Roguemos al Señor...

Cristo Jesús, que con el envío del Espíritu Santo has fortalecido a tus discípulos para que fueran tus testigos hasta los confines del mundo, fortalece con este mismo Espíritu a los misioneros y misioneras que anuncian tu evangelio de paz y de salvación. Roguemos al Señor...

 

Oración comunitaria

Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la Gloria: ilumina nuestra mirada interior para que, viendo lo que esperamos a raíz de tu llamado, y entendiendo la herencia grande y gloriosa que reservas a tus santos, comprendamos con qué extraordinaria fuerza actúa en favor de los que creemos. Por N.S.J. [cfr Ef 1, 17ss]

Dios nuestro, Espíritu inasible, Luz de toda luz, Amor que está en todo amor, Fuerza y Vida que alienta en toda la Creación: derrámate hoy de nuevo sobre toda la creación y sobre todos los pueblos, para que buscándote más allá de los diferentes nombres con que te invocamos, podamos encontrarTe, y podamos encontrarnos, en Ti, unidos en amor a todo lo que existe. Tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos.

Señor Dios, nuestro Padre, que has renovado el mundo a través del camino pascual de tu Hijo y con el envío del Espíritu Santo sobre sus discípulos, haznos abiertos a la acción del Espíritu y dóciles a sus caminos, anunciando con nuestra vida el evangelio del Reino a todos los pueblos y comprometiéndonos a construir un mundo nuevo donde reine la justicia y la paz. Por nuestro Señor Jesucristo.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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