DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Génesis 18, 20-32
Salmo responsorial: Salmo 137
Segunda lectura: Colosenses 2, 12-14
 

EVANGELIO
Lucas 11, 1-13

 11 1Una vez estaba él orando en cierto lugar; al terminar, uno de sus discípulos le pidió:       

-Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó á sus discípulos.

2El les dijo:

-Cuando oréis, decid:

"Padre,

proclámese ese nombre tuyo, llegue tu  reinado;  

3nuestro pan del mañana dánoslo cada día

4y perdónanos nuestros pecados,

que también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro,

y no nos dejes ceder a la tentación".

5Y añadió:  

-Suponed que uno de vosotros tiene un amigo, y que llega a mitad de la noche diciendo: "Amigo, préstame tres panes, 6que un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle". 7Y que, desde dentro, el otro le res­ponde: "Déjame en paz; la puerta está ya cerrada, los niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme a dár­telos". 80s digo que, si no se levanta a dárselos por ser amigo suyo; al menos por su impertinencia se levantará a darle lo que necesita.

9Por mi parte, os digo yo: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán; 10porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama  le abren.  11¿Quién de vosotros que sea padre, si su hijo le pide pescado, en vez de pescado le va a ofrecer una cule­bra? 12o, si le pide un huevo, ¿le va a ofrecer un alacrán? 13Pues si vosotros, aun si sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden!

 


 

COMENTARIOS

 I

 REZAR, ¿PARA QUÉ?

Que la oración está en crisis es algo que no hace falta demostrar. Los cristianos, casi en desbandada, se han apartado de las prácticas tradicionales de oración: meditaciones, rezos, ejercicios espirituales, retiros. La misma palabra «oración» está devaluada. Rezar, ¿para qué?, se pregunta mucha gente. Más vale hacer más y rezar menos, se oye decir. Hacer es ya, en cierto modo, rezar.

Hoy tiene prioridad la acción, la opción por los oprimi­dos, el amor a los marginados, la lucha por la justicia. Esto es lo específico del cristiano, se suele oír. Lo de rezar está pasado de moda.

Por otro lado, la creciente secularización del viejo y cris­tiano continente y la politización de los cristianos en el tercer mundo parecen hacer ineficaz, si bien por diferentes razones, la práctica de la oración cristiana.

A la oración le llegan ataques desde todos los ángulos. Tras Freud, ha sido la psicología quien la ha sentado en el banqui­llo. Según esta ciencia, 'la oración es para muchos una crea­ción de su fantasía delirante, o una proyección narcisista de la propia imagen en un pretendido diálogo yo-tu' que equivale, en realidad, a un diálogo yo-yo, un espejo donde uno se ve, se habla y se responde a sí mismo, o un situarse ante un Dios que castiga toda transgresión e impone la sumisión ante su ley: un diálogo en torno a la culpa, la rebelión-dependencia, los propósitos y conversiones, un suplicio del que se intenta escapar sin resultado, pues ese Dios, especie de superyó, per­sigue al orante de modo implacable para que acabe de rodillas ante él.'

Ante tanta acusación, muchos cristianos han abandonado la práctica de la oración y se han lanzado a la vida.

Lo que la psicología dice y lo que el hombre moderno sos­pecha no está desprovisto de razón ni es del todo nuevo. En el evangelio, Jesús critica distintos modos o métodos judíos de oración, entendida como el narcisismo espiritual del fariseo en la parábola del 'fariseo y el publicano', donde se condena la autoafirmación egoísta de aquél (Lc 18,9-14), o la falta de 'pobreza' ante Dios de aquellos que oran en las calles y plazas haciendo de la oración obra de exhibicionismo (Mt 6,5), o la de los que reducen la oración a pura palabrería, al 'fatigar a los dioses' de la religión pagana (Mt 6,7), o la instrumenta­lización opresora de «los letrados, que se comen los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos» (Mc 12,40).

No por ello consideró Jesús que la oración fuese inútil, baldía, vana, alienante. Todo lo contrario. El mismo aparece orando en los evangelios. Precisamente una vez, al terminar de orar, «uno de sus discípulos le pidió: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. El les dijo: -Cuan­do recéis, decid: Padre, proclámese que tú eres santo, llegue tu reinado, nuestro pan de mañana dánoslo cada día y per­dónanos nuestros pecados, que también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro, y no nos dejes ceder en la prueba» (Lc 11,1-5).

Con estas palabras trazó Jesús las líneas maestras de toda oración. Lástima que, de tanto recitarlas, las hayamos reducido a pura monotonía. Orar, según Jesús, es dirigirse a Dios como Padre, pedirle que venga su reino de justicia y amor y empe­ñarse en hacerlo presente en nuestro mundo, esperar de él cada día el pan de mañana, sin acumular o acaparar bienes, estar dispuesto a perdonar como garantía del perdón divino, no ceder a la tentación del poder o del triunfalismo.

Una oración dentro de estas coordenadas no es ni narci­sista ni alienante. Quien la practica encuentra en ella la fuen­te y el motor de su vida.

 


 

II

PEDIR EL CIELO

El Padre Nuestro no es una oración para recitar de memoria; de hecho, hay dos versiones en los evangelios (véase Mi 6,9-15); el Padre Nuestro es un modelo que nos ofrece Jesús para que sepamos a quién nos dirigimos, qué podemos pedir y cómo debe­mos hacerlo.

 

A QUIÉN REZAMOS

Una vez estaba él orando en cierto lugar; al terminar, uno de sus discí­pulos le pidió:

-Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

El les dijo:

-Cuando oréis, decid: «Padre...

 

Entre los judíos, el padre era el jefe de la familia (familia patriarcal, formada por los hijos, los nietos y los siervos con sus respectivas familias...), una figura caracterizada por la autoridad sobre todo; la relación del hijo con el padre era de sometimiento, obediencia y respeto (Lc 15,29, véase comen­tario núm. 13); por su parte, el padre garantizaba, dentro de la familia, medios de subsistencia y protección contra las ame­nazas del exterior. Cuando en el AT se llamaba a Dios «Padre» -el hijo es siempre, o el pueblo en su conjunto, o el rey que lo representa, o el justo; predominan estos aspectos- (Ex 4,22; Jr 3,19; Os 11,1; Sal 2,7; 89,28; Sab 2,13; 5,5).

Jesús, por el contrario, cuando llama a Dios «Padre», le da un sentido totalmente nuevo: se refiere a El de manera personal y expresa una relación de intimidad, conocimiento mutuo, amor y comunicación de vida: «Mi Padre me lo ha entregado todo; quién es el Hijo, lo sabe SÓlo el Padre; quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo...» (Lc 10,21-22). Marcos nos ha dejado el testimonio de la palabra concreta que Jesús usaba: Abba, expresión del lenguaje familiar semejante a «papá» y que expresa confianza y cariño. De esta manera (y usando la misma palabra, según Rom 8,15; Gál 4,6) es como los segui­dores de Jesús deben llamar a Dios Padre, pues también lo es de ellos y tiene, como característica principal, el ser com­pasivo (Lc 6,36). Dios no es autoritario, violento o vengativo; esas imágenes de Dios pertenecen ya, y para siempre, al pa­sado.

Como en todas las culturas, en la hebrea el padre gozaba al ver cómo sus hios se le parecían; llamar a Dios Padre supone considerarse hijos suyos y, por consiguiente, tratar de parecerse a él: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; así tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque El es bondadoso con los desagradecidos y malvados. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,35-36); llamar a Dios Padre exige comprometerse a vivir como hijos suyos, como hermanos de todos sus hijos, sin excluir de nuestro amor ni siquiera a los que lo rechazan a El como Padre.

 

QUÉ Y CÓMO REZAMOS

...proclámese ese nombre tuyo, llegue tu reinado...

 

Lo primero que dice Jesús que hay que pedir al Padre es que sean muchos los que lo llamen por ese nombre, los que lo acepten y lo llamen Padre, y de esa manera, los hombres se vayan haciendo hijos suyos y el mundo de los hombres se convierta en un mundo de hermanos; o dicho de otra manera: que los hombres lo acepten como rey y la humanidad sea, en lugar del reinado de los poderosos, de los ricos y de los soberbios, el reinado de Dios, en el que los pobres serán dichosos, los hambrientos se saciarán y podrán reír los que ahora lloran (Lc 6,20-21).

 

nuestro pan del mañana dánoslo cada día y perdónanos nuestros pecados, que también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro y no nos dejes ceder a la tentación.

 

Y en segundo lugar hay que pedir que la comunidad de los que ya se saben hijos de tal Padre realice plenamente ese proyecto de fraternidad universal: viviendo cada día con la alegría de una fiesta, de un banquete de bodas (véase Lc 5,35; 13,29) en el que participan todos los que han aceptado la invitación a construir un mundo nuevo (Lc 14,15); superando las limitaciones propias de la condición humana mediante el perdón de las ofensas, con la confianza de saber que Dios perdona a quienes están dispuestos a perdonar, y, finalmente, venciendo, con la ayuda del Padre, la tentación de volver a aceptar los valores de este mundo, el poder, la riqueza, los honores... (Lc 4,1-13) y renegar de los que son propios de ese nuevo mundo que es el reinado de Dios.

En resumen: todo lo que se debe pedir, según el Padre Nuestro, se reduce a dos cosas: eficacia en la misión y fidelidad en el compromiso de la comunidad, que los cristianos seamos de verdad cristianos, que cada vez haya más cristianos de verdad y que el mundo sea, cada vez más, un mundo de hermanos.

 

Y añadió: Suponed que uno de vosotros tiene un amigo... Pues si voso­tros, aun si sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden!

 

Y hay que pedir con la insistencia y la libertad con que se pide a un amigo y con la confianza de saber que seremos escuchados, pues si nosotros respondemos a las peticiones de nuestros seres queridos, mucho más cierta será la respuesta del Padre Dios si le pedimos para esta tierra un pedazo de cielo: su Espíritu, su vida, su presencia permanente en un mundo que con El nosotros nos comprometemos a hacer a su medida.

Si nuestras oraciones no encuentran respuesta puede de­berse a que o no nos dirigirnos al «Padre» o que pedimos demasiado poco porque nos da miedo, porque nos parece demasiado compromiso pedir el cielo.

 


 

III

 UNA NUEVA MANERA DE ORAR

Una nueva secuencia perfectamente marcada por a) el nuevo escenario (cambio de decorado): «Y sucedió que, mientras él se encontraba orando en cierto lugar» (11,la); h) unos nuevos per­sonajes Jesús y los discípulos) «al terminar, uno de sus discípulos le pidió» (1l,lb), y c) una nueva temática (la oración): «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (11,lc). Los discípulos no han participado en la oración de Jesús («mien­tras él se encontraba orando»), pero sienten la necesidad de tener unas formas de orar parecidas a las del Bautista («enséñanos a orar, como Juan...») Este ya había hecho escuela; Jesús todavía no. Quieren unas formas rígidas, que llenen las horas del día y de la noche, que den solidez e identidad al grupo que se está constituyendo. La oración de Jesús, o no la han comprendido o no la comparten (no le piden que les enseñe a orar como él lo hace). Quieren aprender unas formas como las que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús contrasta esta forma de orar ritualizada con una oración de compromiso personal: «Cuando oréis, decid: "Padre..." » (11 ,2 a). Inaugura una forma de orar inaudita. La oración judía oficial se realizaba en el templo, el lugar por exce­lencia; Jesús convierte el sitio donde se encuentra en «lugar» adecuado para la oración («mientras él se encontraba orando en cierto lugar»). Por primera vez hay quien se dirige a Dios con confianza filial: «Abba» (en arameo, «Padre»). Jesús introduce un cambio profundo en la relación del hombre con Dios. Todas las religiones, incluyendo la religión judía (Antiguo Testamento), rezan a un Dios lejano, al que tratan de aplacar. Jesús sustituye la verticalidad por la horizontalidad: ¡Dios es Padre! A diferencia de Mateo («Padre nuestro»), Lucas no pone el acento en el aspecto comunitario. En la primera parte de la secuencia el centro es el Padre, en contraste con el Dios del Antiguo Testa­mento.

 

LA ORACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS

«Que se proclame que ese nombre tuyo es santo» (11,2b). Que las «buenas obras» de la comunidad hagan que la humani­dad proclame su santidad (en vez de la blasfemia). «Que llegue tu reinado» (11,2c). Quiere que el reinado de Dios, del que la comunidad ya tiene experiencia, se extienda a todo hombre y que ésta lo haga presente con su estilo de vida. «Nuestro pan del mañana dánoslo cada día» (11,3). Que lo que parecía reser­vado para el mañana (mentalidad escatológica), se anticipe ya ahora (el banquete mesiánico en relación con la Eucaristía). Ha­blar de «la otra vida» es propio de todas las religiones. Jesús habla de hoy: el reino de Dios tiene que ir construyéndose «cada día». «Perdónanos nuestros pecados, que también nosotros per­donamos a todo deudor nuestro» (11,4a). Respecto al hermano no hay «pecado»: hay una «deuda». La comunidad se anticipa en el perdón / amor al prójimo para forzar el perdón de Dios. «Y no nos dejes ceder a la tentación» (11,4b). La comunidad no ha de ceder a las pretensiones nacionalistas y religiosas del Tentador. Es el peligro que la amenazará en todo momento. Jesús superó todas las pruebas (tres) en el desierto; la comunidad pide poder hacer otro tanto en el desierto de la sociedad sin ceder al provi­dencialismo irresponsable o a la ambición de gloria y poder.

 

INSISTENCIA EN LA ORACIÓN COMO TOMA DE CONCIENCIA COMUNITARIA

La segunda parte de la secuencia contiene una parábola. Dios es comparado a un «amigo» a quien otro amigo acude de noche, a una hora intempestiva, para pedirle unos panes. Gracias a la insistencia, aquél terminará por dárselos. También Dios, dice Jesús, hará lo mismo. Hay que «pedir», «buscar», «llamar», con la seguridad de que «se recibe lo que se pide», que «se encuentra lo que se busca», que «se abren las puertas cuando se llama» (11,9-10). Triple búsqueda, insistencia total. A continuación se pone una serie de ejemplos entresacados de la vida cotidiana. Para concluir con una frase lapidaria: «Pues si vosotros, aun si sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden! »(11,13). A diferencia de Mateo (Mt 7,11: «dará cosas buenas»), Lucas explicita que el don por excelencia es «el Espíritu Santo». La comunidad no tiene que pedir cosas materiales: es necesario que concentre su oración en el don del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para llevar a cabo el proyecto de comunidad fraterna que propugna Jesús.

 


 

IV

 Primera lectura

Este texto, continuación del que se leía el domingo pasado, nos muestra a Abraham, padre de la fe y antepasado de Israel, como gran intercesor antes los habitantes de estas ciudades. Muestra una actitud a imitar: apertura y ayuda a los demás. La negociación entre el intercesor y Dios, recuerda el estilo oriental (y muy latinoamericano, también) del regatear. Lo que se busca es acentuar la insistencia intercesora de Abraham y la magnitud del pecado de Sodoma y Gomorra. El texto es el mejor ejemplo de oración como diálogo audaz y comprometido con Dios, en el que vemos a Abraham hablar con el Señor y tratar de convencerlo a partir de su bondad y justicia, pero , al parecer, abusando de su confianza. El estilo y modo de proceder es, obvio, de una mentalidad semítica: poner en juego el honor de Dios, su reputación de justicia pero que muestran la confianza en Dios y la proximidad de los hombres a El. Por otra parte , este texto, puede ser modelo para el tema de la hospitalidad: Al narrar como estos “tres seres” escuchan a Abraham atentamente. Esta “atención” le permite entrar en el misterio. Uno se revela como el Señor (18,10.13.20) y los otros dos como sus ángeles (19,1). La narración, que al principio hablaba tres hombres, adquiere aquí un carácter teofánico y manifiesta el sentido profundo de la hospitalidad.

 

Segunda lectura

A partir de este texto los cristianos consideraban la pila bautismal como un sepulcro en el que somos sepultados con Cristo; por otra parte, es también como la madre que engendra a la vida; de ahí, el expresivo ritual de la inmersión. Pero el ritual que representa esta muerte y esta resurrección sólo tiene eficacia si corresponde a la fe en Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos. Esta expresa, pues, la vinculación entre bautismo y fe. Pecado y muerte, fe y bautismo son correlativos. La inserción al misterio de Cristo acontece en el bautismo, pero se funda en la fe. Haber resucitado significa en realidad vivir en Cristo, como consecuencia de haber obtenido el perdón de los pecados como resultado de la muerte del Señor. Siendo coherente, Pablo dice que “el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado (cf. Rom 7,7-9). La mejor expresión paulina al respecto se encuentra aquí como imagen. La Ley ha sido clavada en la cruz.

 

Evangelio

La oración forma parte de la vida del pueblo judío. Los piadosos volvían su espíritu a Dios varias veces al día. Jesús aprende, desde el pueblo y su tradición a orar. Como buen judío, aprendió a rezar en la familia y en la sinagoga. En su ministerio, su oración toma adquiere una particularidad: su acercamiento a Dios, “su Abbá”. Lucas lo describe en oración varias ocasiones (3,21; 5,16; 6,12; 9,29). Los exegetas reconocen en Lucas, la transmisión más fiel de la oración del Padrenuestro y que es la más breve. Del arameo pasó al griego y así la incluyó Lucas en su narración.

La expresión PADRE, ya la hemos comentado en la parte del diario bíblico “en papel”. Aquí continuamos el resto:

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: o sea que Dios sea conocido, dado a conocer, alabado, amado, bendecido, glorificado y agradecido por todas las gentes del mundo. Que el nombre del Señor, o sea el mismo Dios, reciba estimación, amor veneración, y piadosa adoración por todos y cada vez más. Hay que volver a notar el orden de la oración en el Padrenuestro. Primero que Dios sea reverenciado y amado.

VENGA TU REINO: es una oración misionera. Lo que buscan los misioneros es hacer que Dios reine en las gentes de las tierras que ellos están misionando desde sus culturas e idiosincrasia. Y es lo que debemos desear y pedir y buscar todos en todos los tiempos: que reine Dios. Que venga su Reino. Si primero buscamos el Reino de Dios, todo lo demás vendrá por añadidura. Es un deseo de que Dios reine en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro hogar, en la sociedad, en la nación y en el mundo entero. Y en cuantas naciones y personas todavía no reina!

DANOS EL PAN DE CADA DÍA. Pedimos para cada día el pan, sin afanarnos por el futuro, porque Dios estará también en el futuro y El proveerá. Como el Maná del desierto, el pan de cada día es un don maravilloso de la bondad del Señor. Con esta petición del pan diario le estamos queriendo pedir que nos libre del desempleo o de la demasiada carestía, y de las inundaciones y sequías que acaban con los cultivos, y de las guerrillas que impiden a los campesinos recoger sus cosechas, empleo para el esposo que tiene que mantener una familia, ayudas económicas para esa madre abandonada; protección para el anciano echando a un lado por la sociedad. El corporal y el espiritual. Todos los días los necesitamos, por eso tenemos que pedirlo todos los días.

PERDONANOS NUESTROS PECADOS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN. El perdón es un arte que se consigue con infinitos ejercicios. San Agustín enseña que a algunos no les escucha Dios la oración que le hacen, porque antes no han perdonado a los que los han ofendido, o no le han pedido perdón al Señor por sus pecados. Sin pedirle excusas por los disgustos que le hemos proporcionado, ¿cómo queremos que nos conceda las gracias que le estamos suplicando?. Es un recuerdo muy oportuno para que no se nos vaya a ocurrir nunca la mentirosa idea de creernos buenos. Dios pone una condición para perdonarnos: no podemos obtener perdón del cielo, si no perdonamos en la tierra. El día del Juicio no tendrás disculpas: te juzgarán como hayas juzgado. Te condenarán si no quisiste perdonar a los demás, y te absolverán si supiste perdonar siempre (San Cripriano): El Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

ÉL LES DARÁ EL ESPÍRITU SANTO. El objetivo final y el contenido de la oración cristiana es llegar a recibir el Espíritu que es capaz de renovar la faz de la tierra, incluidos nosotros. El Espíritu Santo es la fuerza que viene de lo alto con poder avasallador y aleja los vicios y nos trae muchos buenos pensamientos y deseos. El Espíritu Santo quiere ser nuestro Huésped, y es enviado por el Padre Celestial si se lo pedimos con fe y perseverancia. El Espíritu Santo es el que nos hace comprender las Sagrada Escrituras. El Espíritu Santo cuando viene nos ofrece: orar mejor, arrepentirnos de nuestros pecados y tener deseo de dedicarnos a agradar a Dios.

 

La gente veía a Jesús orar con tanta devoción y notaba que el Padre Dios le escuchaba de manera tan admirable su oraciones, que sentía el vivo deseo de aprender de El, cómo es que se debe orar para ser mejor escuchando por el Altísimo. Y había la tradición o costumbre de que los mas afamados maestros de espíritus les enseñaran a sus discípulos métodos fáciles y prácticos de orar, pues la oración, como todo buen arte, necesita de un maestro que guíe al principiante. Juan el Bautista había enseñado a sus seguidores algunos métodos prácticos de hacer oración y ahora a Jesús se le pedía también este gran favor. Es que un arte no se aprende sin un buen maestro. Y orar es un arte.

Esta debería ser una de nuestras más frecuentes y fervorosas peticiones a Jesús: ¡Señor: enséñanos a orar! Si Jesús no nos enseña el arte de orar, siempre estaremos perdidos en esta labor tan noble y difícil. Debemos aprender a “orar”, es decir, a hablar con Jesús y con su Padre y nuestro Padre, y con el Santo Espíritu, con el amor y la confianza de hijos muy amados. Aprender a orar de tal manera que nuestra oración siempre sea escuchada. Que nuestro orar no sea solamente pedir , sino también adorar, agradecer y amar.

Digámosle a Jesús: “Enséñanos a orar”, no sólo con nuestros labios, sino desde nuestro corazón y con toda la atención para que sea como decía Santa Teresa: “Un hablar con un Dios que sabemos nos ama inmensamente”. Señor: enséñanos a orar!.

Las cuatro condiciones de la oración son:

ATENCIÓN: porque si no ponemos atención a lo que le decimos a Dios, ¿cómo podemos pretender que El le ponga atención a eso que le pedimos?

HUMILDAD: reconocer que no tenemos nada que no hayamos recibido y por lo mismo pedimos ser escuchados.

CONFIANZA: recordando que el Señor Dios nos ama mucho más que la más buena de las madres al más amado de los hijos.

INSISTENCIA: como Abraham, cuando intercede por Sodoma: sin cansarse de pedir.

La oración es una página en blanco. Arriba dice “Les daré todo lo que necesiten y me pidan con fe”. Abajo está la firma: “Dios “. ¿Qué escribimos en todo ese espacio blanco? O seremos tan locos que no escribimos nada?

Con la ayuda de El Espíritu Santo el gran maestro y guía que nos hace comprender debidamente la Sagrada Escritura, meditemos unos minutos acerca de esta, la más bella oración del mundo, el Padrenuestro, la oración en la que empleamos las mismas palabras de Jesús y que le debe ser muy grato al Señor. El Padrenuestro se compone de dos series de peticiones: las primeras se refieren a Dios, y las segundas, mas numerosas, se refieren a nosotros. Solamente después de haber pedido que Dios sea glorificado, debemos atrevernos a pedir que nosotros seamos socorridos. Tertuliano decía que el Padrenuestro es el resumen de todo el evangelio. Y San Cipriano afirma que el Padrenuestro no le falta nada para ser una oración completa. Quedémonos en nuestro diario bíblico de papel con la primera palabra: PADRE: es la palabra con la cual Jesús nos enseñó a llamar a Dios. Dicen ciertos autores que la noticia más bella que nos trajo Cristo es que Dios es nuestro Padre y que le agrada que lo tratemos como a un papá muy amado. San Pablo dirá: “no hemos recibido un espíritu de temor si no un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre! (Rom 8,15). No tenemos a un Dios lejano, es un papá cercano. Ninguno de nosotros es un huérfano. Ninguno de nosotros se sienta desamparado; todos somos hijos del Padre más amable que existe. Y si tenemos un mismo padre, somos todos hijos de El, por lo tanto debemos reconocernos y amarnos como hermanos. Si lo llamamos “Padre” amémoslo como a un buen padre y no seamos faltos de cariño para con El (Orígenes). Dios, pues, es un padre que conoce muy bien todo lo que necesitan sus hijos y se deleita en ayudarlos y siente enorme satisfacción cada vez que puede socorrerlos. El nos ayuda no porque nosotros somos buenos, sino porque El es bueno y tiene generosos sentimientos. Quizás no nos habríamos atrevido a llamar a Dios, nuestro Padre, si Jesús no nos hubiera enseñado a llamarlo así. No lo olvidemos, la oración es el medio más seguro para obtener de Dios las gracias que necesitamos para nuestra salvación (San Alfonso).



 

Para la revisión de vida

 Nuestra oración está plena de confianza en Dios y su Providencia, o sólo busca sacar algo que deseamos, aún sabiendo que El no querría darnos?

  Oramos al Padre pidiendo que intervenga en la vida sin respetar la autonomía del mundo y de las libertades?

  Cuando oramos deseamos que el Espíritu disponga nuestras perspectivas, deseos y capacidades de actuación para que sintonicen con las del Padre?

 

Para la reunión de grupo

Comparar entre los sinópticos, teniendo a Lucas como base, los momentos de oración en Jesús.

Hay fundamentos y/o motivos para deducir que en verdad el pecado de Sodoma fue la falta de hospitalidad, o se puede deducir otra falta que ocasionó su destrucción?

Reflexionar como grupo ¿cuáles son las tentaciones que hoy pedimos al Padre que aleje?.

 

Para la oración de los fieles

Escucha, Padre, el clamor de tus hijos

por la Iglesia que comparte y te eleva el grito de la humanidad. Oremos.

Para que haya más justicia y paz.

Por las órdenes contemplativas, llamadas a servir al mundo por la oración.

Por los que no tienen el pan de cada día.

 

Oración comunitaria

Padre, que a través de tu Hijo nos enseñaste a pedir, buscar y llamar con insistencia, escucha nuestra oración y concédenos la alegría de sabernos escuchados. Por nuestro Señor Jesucristo



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org