VIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Jeremías 38, 4-6. 8-10
Salmo responsorial: Salmo 39
Segunda lectura: Hebreos 12, 1-4

 
EVANGELIO
Lucas 12, 49-57

 49Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido! 50Pero tengo que ser sumergido por las aguas y no veo la hora de que eso se cumpla. 51¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división. 52Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; 53se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra. 54Y añadió para las multitudes:

-Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: "Chaparrón tenemos", y así sucede. 55Cuando sopla el sur, decís: "Va a hacer bochorno", y lo hace. 56¡Hipócritas!, si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el momento presente? 57y ¿por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer?

 


 

COMENTARIOS

 
I

 
UN EVANGELIO DESCAFEINADO

Algunas palabras del evangelio resultan desconcertantes, demasiado duras como para haber sido pronunciadas por Jesús, presentado con frecuencia como conciliador, cuya imagen dulce se ha utilizado para mantener el ‘desorden establecido’, cuya mansedumbre se ha confundido con neutralidad; ese Jesús resulta inquietante y provocador cuando se le devuelve su ros­tro originario, libre de tanta ganga sobreañadida a lo largo del tiempo.

«Fuego he venido a encender en la tierra, y ¡ qué más quie­ro si ya ha prendido! Pero tengo que ser sumergido en las aguas y no veo la hora de que eso se cumpla. ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Paz no, división; porque de aho­ra en adelante una familia de cinco estará dividida; se dividi­rán tres contra dos y dos contra tres; padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra» (Lc 12,49-53).

Desconcertante párrafo con dos palabras claves: fuego y división.

- Fuego.  Jesús ha venido a prender fuego a la tierra, como había anunciado Juan Bautista: «El os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16); fuego que es el mismo Espíritu, como aparece en Hch 2,3: «Y vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que se repartían posándose encima de cada uno de ellos.» Ese Espíritu-fuego viene a prender en la tierra para devolverle la unidad perdida desde Babel, momento en que Dios confundió las lenguas de los hombres, dispersán­dolos por la faz de la tierra. El Espíritu-fuego, que viene a traer Jesús, es la fuerza de la vida, de una vida cualitativa­mente distinta en la que la norma suprema no sea el enfren­tamiento con Dios o con el prójimo por la rivalidad, la com­petencia, la dominación, el egoísmo, el horno hornini lupus.

Pero la sociedad, basada en estos pilares, no está dispuesta a dejar prender este fuego de vida solidaria y fraterna. Por ello llevará a Jesús a la muerte: .... Tengo que ser sumergido por las aguas y no veo la hora de que eso se cumpla.» Doloro­so, angustioso momento que le llegará a Jesús en Getsemaní, donde pedirá a Dios: «-Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; sin embargo, que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

- División.  «Aunque, por motivos opuestos, la situa­ción de división que existía en la humanidad en tiempos del profeta Miqueas (7,5), a causa de la injusticia de los poderosos, se va a reproducir con el anuncio e implantación del mensaje de Jesús en el seno de la familia; si antes la práctica de la in­justicia creaba la división, ahora será el anuncio del reinado de Dios el que va a unir a todos los que se oponen a él para luchar centra los que se adhieren al evangelio.

Con el anuncio del evangelio se acaba esto que llamamos paz social', que no pasa, con frecuencia, de ser un 'desorden consensuado'.

A este desorden ha contribuido la presentación de un evangelio descafeinado por parte de quienes debieran haber anunciado, 'sin pelos en la lengua', la dureza del mensaje, aunque hubiera sido a cambio de tener que beber, como Jesús, el amargo cáliz de la muerte.

 


 

II

 GUERRA A LA FALSA PAZ

¡Qué fácilmente nos engañan y nos dan otra cosa (pasividad, indiferencia. y hasta muerte) con el nombre de «paz». Jesús no quiere esa falsa paz, basada en la mentira y en la injusticia, ni la unidad fundada en el sometimiento y la complicidad; y declara la guerra a la falsa paz. Por supuesto que esta guerra no contradice su compromiso de amor: nace de él.

 

PAZ, PAZ, Y NO HAY PAZ

La palabra de Dios, si se escucha, no puede producir indiferencia: o se acepta apasionadamente, o provoca el más violento rechazo. Los profetas, los voceros de Dios, han expe­rimentado esta realidad al encontrarse entre la fidelidad a Dios y las presiones de los que su palabra pone en evidencia. Valgan como ejemplo estas palabras de Jeremías: «Me sedu­jiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me violaste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar "Violencia", proclamando "Des­trucción". La palabra de Dios se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo y no podía» Jr 20,79). No fue sólo burlas lo que sufrió el profeta: en la primera lectura de hoy podemos leer uno de los graves conflictos en los que estuvo a punto de perder la vida.

La razón de estos conflictos reside en que la palabra de Dios tiende siempre a iluminar los lados oscuros de nuestra realidad, y los que viven cubriéndose por la tiniebla intentarán siempre apagar esa luz (véase Jn 1,5). Por eso, para evitarse problemas, siempre ha habido quienes, queriendo vivir a costa de la palabra de Dios -profetas profesionaes- (Am 7,14), la han dulcificado, limándole las aristas, convirtiéndola en apoyo del sistema establecido, en un mensaje de salvación para la otra vida, sin nada que decir sobre la presente. A éstos son a los que denuncia el profeta Jeremías, porque engañan al pueblo ocultándole que está enfermo y haciendo así impo­sible su curación: «Porque, pequeños y grandes, todos procu­ran aprovecharse; profetas y sacerdotes practican el engaño. Pretenden curar a la ligera la fractura de mi pueblo diciendo: paz, paz, y no hay paz» Gr 6,13-14).

 

PAZ NO, SINO DIVISIÓN

Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido! Pero tengo que ser sumergido por las aguas y no veo la hora en que se cumpla. ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no sino división.

 

Jesús, ya anunció el anciano Simeón a María, su madre, que sería una «bandera discutida» (Lc 2,34), sabe que es necesario que la palabra de Dios cree conflictos en medio de un mundo en el que domina la injusticia, la miseria y la muerte. El sabe que la humanidad está dividida: en pobres hambrientos que lloran y en ricos hartos que reían, y sabe que, ante esta situación, hay falsos profetas que tratan de no crearse conflictos, de quedar bien con todos, especialmente con los que tienen poder para hacerles daño, y profetas ver­daderos que por decir la verdad y denunciar la injusticia son marginados, insultados y proscritos (Lc 6,20-26);  Jesús sabe que «anunciar la buena noticia a los pobres» y «la libertad a los presos», devolver «la vista a los ciegos», tratar de «poner en libertad a los oprimidos» y proclamar sólo «el año favorable del Señor» y no el día de su venganza (Lc 4,18-19; véase comentario núm. 31) le traerá problemas con los ricos, los carceleros, los responsables de la ceguera del pueblo, los opresores y los que hacen del rencor y de la venganza el motor de sus vidas; y de la misma manera sabe que tiene que entrar en conflicto y enfrentarse con la institución religiosa, desvelando la mentira de quienes dicen que hablan en nombre de Dios y lo que hacen en realidad es explotar al pueblo (Lc 5,12-16; 9,51; 19,45), y anunciando que dicha institución ha llegado ya a su fin (Lc 5,33-39), y diciendo que el Hombre, el bien del hombre, es un criterio de mayor rango que la ley religiosa (Lc 6,1-5), declarando que la fe, esto es, la adhesión personal y libre al proyecto de Dios es lo que de verdad importa y no la raza, la nación y la religión (Lc 6,2-10), juntándose con descreídos (Lc 5,29-31), dejándose acariciar por una prostituta delante de un grupo de beatos y poniéndola de ejemplo para ellos (7,36-50), pre­sentando como modelo de oración la de un colaborador de los opresores romanos que había tomado conciencia de su crimen (Lc 18,9-14) y diciéndole a todo un pueblo que se sentía orgulloso de ser el pueblo elegido de Dios, que estaban a punto de dejar de ser la viña de Dios (20,9-19), y sabía que, por ese enfrentamiento, se atraería el odio de los letrados y de los sumos sacerdotes. Pero no le importó, como tampoco se echó para atrás a la hora de llamarle «don nadie» al mismí­simo rey Herodes (Lc 13,31-33) o de declarar que no sólo no había que pagar los impuestos a los romanos, sino que había que romper con todo lo que representaba el poder del César (Lc 20,20-26; véase el comentario al texto paralelo de Mateo en el vol. 1, comentario núm. 50).

Estos son algunos ejemplos de la guerra de Jesús: guerra contra la pobreza, la injusticia y la explotación del hombre por el hombre, contra la hipocresía, la manipulación de Dios y la opresión de los débiles; pero en esta guerra no se derra­mará más sangre que la suya -«tengo que ser sumergido por las aguas... »  y la de algunos de sus seguidores, desde Este­ban a Romero y a Ignacio y sus compañeros, testigos apasio­nados de la justicia y el amor.

Y nosotros, los cristianos de final del siglo XX, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a complicarnos la vida para ser fieles a la palabra de Dios que escuchamos y anunciamos?. «Aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado» (segunda lectura).

 


 

III

 Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo varias veces. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra.

Tal vez donde más brilla esa fuerza de la gracia de Dios es en los momentos en que los hombres se parcializan hasta el extremo, y llegan a preferir sus opciones a la misma vida. No en vano Jesús alude al “bautismo” por el que ha de pasar, refiriéndose sin duda a la hora de su pasión y cruz. Nunca la división entre los hombres, incluso dentro de una misma familia, llegan a polarizarse tanto. Por eso también es la hora de las opciones más decisivas, que pueden llevar, y han llevado de hecho a muchos cristianos a la gracia del martirio, de seguir al Maestro hasta la hora de la cruz. Hay en nuestra reciente historia eclesial, sobre todo en América Latina, mucha sangre martirial; y es una tremenda ceguera el no saber reconocer ese “signo de los tiempos”. Sin duda ellos son los que más claramente han optado por Jesús, por la verdad esperada del Reino, y por la fraternidad humana soñada y anticipada en su misma vida ordinaria o en sus mejores gestos, como ese final glorioso. Si no hay que vanagloriarse, sí que hay que captar esa señal, y tomar ejemplo de ellos para hacer la misma valiente y radical opción que ellos hicieron con su vida entregada. La parte de la carta a los Hebreos que hoy se proclama está invitando a los lectores a tener ese coraje de dar incluso la vida, en esa lucha contra el mal, en seguimiento entusiasta de ese iniciador y consumador de nuestra fe, Jesús el testigo del fuego del amor, el mártir del Reino. 

 



Para la revisión de vida

  ¿Trabajamos por una paz como la que propone Jesús?

  ¿Emprendemos con ánimo la misión que nos encomienda la iglesia o caemos fácilmente en actitudes suavizantes por temor al conflicto?

 

Para la reunión de grupo

Se dice que ya no es tiempo de éxodo, denuncias, de profecía, de martirio, de conflicto... sino de exilio, silencio, de sabiduría, de saber sobrevivir con astucia a este momento difícil... Después de tres fecundas décadas de mártires en América Latina, ¿será que ya las palabras de Jesús en el evangelio de hoy no encuentran en nuestro tiempo su mejor momento de aplicación?

 

Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia de Jesús sea siempre la continuadora de aquel predicador que "vino a traer fuego a la tierra", roguemos al Señor.

Para que predique la Buena Noticia a los pobres sin temor al conflicto...

Para que "fijos los ojos en Jesús" mantenga siempre en alto su utopía evangélica precisamente con más fuerza en estos tiempos de desánimo y de desaparición de las utopías...

 

Oración comunitaria

 Dios Padre Nuestro, que en la muerte de Jesús nos has mostrado el destino conflictivo que el amor tiene en este mundo de pecado, y en su resurrección nos has evidenciado de qué parte te sitúas tú en el conflicto; animados por esta tu toma de posición, te rogamos nos concedas no avergonzarnos jamás de Jesús, y ponernos también nosotros como él, de tu parte: del lado de los pequeños y de todos los injusticiados de la historia, con la esperanza inclaudicable de que triunfará siempre la resurrección. Por J.N.S.

 

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org