VIGESIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4
Salmo responsorial: Salmo 94
Segunda lectura: 2 Timoteo 1, 6-8. 13-14
 

EVANGELIO
Lucas 17, 5-10

 5Los apóstoles le pidieron al Señor:

-Auméntanos la fe. 6El Señor contestó:

-Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, le di­ríais a esa morera: "quítate de ahí y tírate al mar", y os obedecería.

7Pero suponed que un siervo vuestro trabaja de labra­dor o de pastor. Cuando vuelve del campo, ¿quién de vo­sotros le dice: "Pasa corriendo a la mesa"? 8No, le decís:

"Prepárame de cenar, ponte el delantal y sírveme mientras yo como; luego comerás tú". 9¿Tenéis que estar agrade­cidos al siervo porque hace lo que se le manda? 10Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos he­cho lo que teníamos que hacer".

 


 

COMENTARIOS

 I

 «Los apóstoles le pidieron al Señor: -Auméntanos la fe. El Señor contestó: -Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, le diríais a esa morera: 'Arráncate y tírate al mar', y os obedecería» (Lc 17,5-6).

Fe como un grano de mostaza, pequeña semilla del tama­ño de una cabeza de alfiler. Con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con una orden una morera y plantarla en el mar. Un mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Mateo, en su evangelio, lo pone más difícil todavía: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría» (Mt 17,20). Algunos comentaristas dicen que Jesús se refería al monte santo de Jerusalén, donde se encontraba el templo con su sistema reli­gioso reaccionario, inamovible, legalista, opresor del pueblo, en connivencia con los poderes políticos. Con un mínimo de fe bastaría, según Jesús, para trasladar ese monte, para cam­biar ese sistema.

Miro a mi alrededor, a los cristianos, y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos... Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tie­nen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo a recitar de memoria que en poco atañe a la vida? Un credo denso e ininteligible en muchos de sus artículos, con un lenguaje perteneciente al pasado: 'Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, no creado, engendrado, de la misma naturaleza que el Padre...'

Las palabras de Jesús siguen resonando: « Si tuvierais fe como un grano de mostaza... » O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el evangelio, tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema mundano.

Sigo mirando a mi alrededor, y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende económicamente del Estado, capaz de echarle un pul­so al poder político y vencer, identificada con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión prio­titaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: «Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu rique­za, y anda, sígueme a mí» (Lc 18,22). «Las zorras tienen ma­drigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58). «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir» (Lc 12,22). «Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vos­otros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve» (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar el sistema.

 


 

II

 DON Y RESPONSABILIDAD

La fe es don de Dios, pero también es tarea; es un regalo de vida y de libertad que está permanentemente ofrecido a todo el que lo quiera aceptar. Pero hay que ir a buscarlo allí donde está el Dios de la libertad y vida, y para ello hay que abandonar a los dioses del miedo y la esclavitud. Esa es nuestra responsabi­lidad.

 

PELIGRO DE ESCÁNDALO

La parábola del rico y el pobre Lázaro, que comentábamos el domingo pasado, constituye la denuncia de una doctrina escandalosa (escandalizar no es «asombrar», sino poner a uno en peligro de hacer las cosas mal) que llevaba a la gente sencilla a considerar qué nada se podía hacer para vencer el sufrimiento y la injusticia, puesto que, según ellos, las cosas eran como eran porque así lo quería Dios; ya se encargaría el Señor de compensar en la otra vida a los que lo pasaran mal en ésta. Esta enseñanza provocaba escándalo porque lle­vaba a la gente a adoptar una actitud contraria a la voluntad de Dios, cómplice, conformista y resignada ante la injusticia. Jesús se lamenta ante sus discípulos por la facilidad con que prende esta doctrina en la gente sencilla. «Es inevitable que sucedan esos escándalos...»,  al mismo tiempo, lanza una seria advertencia contra los que la enseñan: «... pero ¡ay del que los provoca! Más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar antes que escanda­lizar a uno de estos pequeños. Andaos con cuidado» (Lc 17,1-3a). Jesús dirige este aviso a sus discípulos, en especial a los de origen judío, quienes, dominados durante mucho tiempo por las doctrinas fariseas, eran más propensos a per­mitir que las mismas influyeran en su manera de pensar, actuar y hablar.

 

AUMÉNTANOS LA FE

Los apóstoles le pidieron al Señor:

Auméntanos la fe.

 

El único medio eficaz de evitar ese peligro es la fe, que, ya lo sabemos, no es sólo aceptar una serie de verdades teó­ricas, sino ponerse de parte de Jesús en su conflicto con la injusticia del mundo, el pecado, y en la tarea de realizar el proyecto que los evangelios llaman el reino de Dios: convertir este mundo en un mundo de hermanos.

Esta fe es don gratuito de Dios, que permanentemente ofrece al hombre su vida, que, aceptada por éste, se convierte en capacidad de amor y de entrega. Pero, por otro lado, la aceptación de este don tiene que ser una decisión personal, libre y responsable. Dentro de este segundo aspecto se incluye, como condición previa, el romper con todo -ideas y compor­tamientos- cuanto sea incompatible con un Dios que quiere ser Padre de todos aquellos que estén dispuestos a vivir como hermanos.

Este compromiso asusta, sobre todo a quienes no están acostumbrados al ejercicio de la libertad, y lo mismo que al encontrarse frente a una situación de injusticia lo más fácil es descargar en Dios nuestra responsabilidad (Dios lo ha he­cho así; nosotros sólo podemos acatar su voluntad), de la misma manera, al saber que Dios quiere que el hombre sea libre también de/ante de El, el miedo se apodera de los que aún no han dejado de ser esclavos y, aferrándose a un Dios que sólo exige sumisión y obediencia, prefieren seguir siendo un pobre siervo.

 

POBRES SIERVOS

Pero suponer que un siervo vuestro... ¿Tenéis que estar agradecidos al siervo porque hace lo que se le manda? Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

Jesús ve este miedo en la petición de los discípulos. Por eso su respuesta resulta dura: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza... » Y sus palabras sólo como un reproche se pue­den entender en el contexto del evangelio. No es posible que Jesús, a los mismos que les había dicho: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; así ten­dréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo... » (Lc 6,35), diga ahora: «Cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer"».

A los discípulos les resultaba difícil confiar que pudiera cambiar el mundo y ser desarraigada la injusticia de la socie­dad humana, les costaba trabajo creer que la fuerza del amor pudiera acabar de raíz con el sufrimiento del pobre Lázaro; era más fácil esperar a la otra vida... Por eso, al escuchar la parábola, le piden a Jesús: «Auméntanos la fe». Pero Jesús no se la podía aumentar: eran ellos los que debían dar los pasos necesarios para llegar a ella. Su fe no era ni siquiera «como un grano de mostaza»; porque aún no habían puesto la condición previa a la fe, no habían roto con sus antiguas ideas sobre Dios y sobre el mundo, todavía no se habían atrevido a aceptar que Dios es Padre y no amo. Estaban todavía en la tierra de la esclavitud y tenían miedo de ponerse en camino en busca de la tierra prometida. Como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,25-32; véase comentario núm. 13), no se atrevían a ser hijos, no se atrevían a ser libres... Así no podían ser agentes de liberación.

 


 

III

 Mientras «los apóstoles» sigan creyendo que su fuerza radica en los medios humanos y su eficacia depende de la observancia religiosa, tendrá validez para ellos la triste comprobación de Jesús: «Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado», la observancia minuciosa de la Ley, «de­cid: "No somos más que unos simples criados, hemos hecho lo que teníamos que hacer"» (17,10). Es curioso que muchos, en­tendiendo mal este dicho irónico de Jesús, se identifican con estos «criados», ignorando que son «hijos» de Dios.

JESÚS INICIA LA TRAVESÍA QUE CULMINARÁ EN EL CALVARIO

«Sucedió que, yendo camino de Jerusalén, también él, Jesús, se puso a atravesar por entre Samaria y Galilea» (17,11). Nuevo escenario: la tierra de nadie, como quien dice, que discurre 'por entre Samaria' (región intermedia, heterodoxa) 'y Galilea' (re­gión del Norte), camino de 'Jerusalén' (capital de la Judea, región del Sur, designada con el nombre sacro, en representación de la institución judía política y religiosa). La expresión 'también él' es anafórica, es decir, hace referencia a otro personaje que, como Jesús, inició una 'travesía' que ha quedado grabada en la memoria de los oyentes. Lucas emplea con frecuencia esta expre­sión. Recordad la escena de Marta y María: «Sucedió que, mientras ellos (los discípulos) hacían camino, también él, Jesús, entró en una aldea» (10,38). Jesús inicia, pues, una nueva travesía histórica en dirección a 'Jerusalén', la capital y punto neurálgico de la tierra prometida. (De hecho, la 'travesía' culminará en el templo, con la denuncia de la institución religiosa del judaísmo: 19,45-46.) Es probable que Lucas haga referencia ya sea al paso del mar Rojo, por obra de Moisés (Ex 14), ya sea a la travesía del Jordán, antes de entrar en la tierra prometida, por obra de Josué (= Jesús, en griego: Jos 3): en una y otra travesía se subraya un 'atravesar por entre' dos cosas. Según eso, Jesús emprendería ahora la última 'travesía' en el marco del 'camino' que lo llevará al futuro de la tierra prometida, 'Jerusalén'/el templo. Según se ha dicho al comienzo de este 'camino', Jesús se encamina hacia allí con el fin de encararse con la institución judía y denunciar la mentalidad idólatra de Israel.

 

LA «ALDEA», FIGURA DE LA MENTALIDAD CERRADA Y NACIONALISTA

La travesía, por lo que dice el texto, la inicia Jesús solo: «Yendo camino de Jerusalén, también él se puso a atravesar... » (17,11). Evidentemente, se trata de un artificio literario. Lo me­nos que se puede decir es que Lucas quiere centrar la atención sobre la persona de Jesús. (Una función semejante a la de los focos en un escenario.) Pero hay más. En el versículo siguiente se insiste en este singular: «Y al entrar él en una aldea, le salieron al encuentro diez individuos leprosos» (17, la). Por lo que se ve, los discípulos, que hasta ahora lo acompañaban durante el viaje, se han escabullido.

Lo bueno del caso es que, en la secuencia siguiente, serán mencionados al lado de los fariseos, encontrándose ambos grupos en la misma 'aldea' que los 'leprosos', pues no hay nueva composición de lugar y, por tanto, no hay cambio de escenario. Sorprende que los 'leprosos', figura de los marginados por la teocracia de Israel, no vivan fuera de la 'aldea'; al contrario, desde allí 'salieron al encuentro' de Jesús y «se pararon a lo lejos», delimitando escrupulosamente la esfera de la vida, en que se mueve Jesús, de la suya, llena de impureza y de muerte. Como habitantes que son de esta 'aldea', participan de su mentalidad: en oposición a la 'ciudad', la 'aldea' es en el lenguaje figurado de los evangelistas el reducto de la ideología nacionalista y faná­tica de Israel.

Por otro lado, a pesar de habitar en la 'aldea', propiamente no son considerados ciudadanos, sino que se les mantiene mar­ginados en el ghetto de los 'leprosos', por alguna razón que tiene que ver con la mentalidad allí imperante. Finalmente, el término 'aldea' está precedido de un indefinido, «cierta aldea», típica forma de dar representatividad a un personaje individual o colectivo. La «lepra» está íntimamente relacionada con esta 'aldea' indeterminada en la que 'entra' Jesús (v. 12a) y de la que los invita a salir (v. 14a) y, al volver el samaritano (v. 15), a irse de allí definitivamente (v. 19b).

 

SAMARITANO Y LEPROSO, DOBLEMENTE MARGINADO

Más adelante Lucas nos dará a conocer la diversa condición de los diez 'leprosos' (un nuevo artificio literario, destinado a crear 'suspense'). Así, del único de los diez que regresa, puntua­lizará: «y éste era samaritano» (17,16b); y más adelante: «¿No ha habido quien vuelva para agradecérselo a Dios, excepto este extranjero?» (17,18). Esto quiere decir que los otros nueve eran 'galileos' (¡la 'aldea' se encuentra 'entre Samaria y Galilea'!) y 'auctóctonos', de raza judía. El grito que lanzan a Jesús es muy revelador: «¡Jesús, jefe, ten compasión de nosotros!» (17,13). Lucas es el único evangelista que emplea el término «jefe/caudi­llo» (seis veces: 5,5; 8,24.45; 9,33.49 y aquí); hasta ahora siempre lo ha puesto en boca de los discípulos, quienes, por otro lado, evitan llamarlo «maestro» cuando se dirigen a Jesús. Nótese que los 'diez leprosos' quedan 'limpios' (lit. 'libres de impureza') al salir precisamente de la aldea. Jesús no los toca, ni los libra directamente del yugo de la impureza: cf. 5,13). Eso corrobora que la impureza los afecta porque condividen la mentalidad que allí impera, mientras que al salir se ven libres de ella. Decir de un 'samaritano' que es un 'leproso' no tendría nada de extraño: lo es, por su condición de heterodoxo, a los ojos de los judíos. Decirlo de un 'galileo' significa que, por su mal comportamiento, ha quedado moralmente manchado e impuro a los ojos de los judíos ortodoxos.

Por otro lado, el grupo constituido por los diez leprosos es un grupo mixto (9 galileos + 1 samaritano), unidos todos ellos por una misma 'suerte': ser 'leprosos' a los ojos de la institución religiosa. A partir del momento en que todos ellos aceptan some­terse a las reglas del juego de la institución judía («Id a presen­taros a los sacerdotes», 17,14a, tal como prescribía la Ley), dejan de ser marginados («Mientras iban de camino, quedaron lim­pios», 17,14b). Los nueve 'galileos' continúan haciendo camino hacia Jerusalén, con el fin de 'presentarse a los sacerdotes': la institución judía les abrirá de nuevo las puertas y los reintegrará al pueblo de Israel. El 'samaritano', en cambio, se ha quitado de encima una marginación, la moral, pero le queda la étnica. Por esto es capaz de darse cuenta de que Jesús es el único que lo puede liberar definitivamente de toda mancha o impureza legal, ya que simplemente no cree en nada de todo esto: «Uno de ellos, dándose cuenta de que había quedado curado, se volvió alabando a Dios a grandes voces y se echó a sus pies rostro a tierra, dándole las gracias: éste era samaritano» (17,15-16).

 

«LEPROSO» DISCÍPULO QUE SIGUE CREYENDO EN LA VALIDEZ DE LA LEY

Todos esos trazos que hemos aducido sólo tienen una expli­cación plausible: los 'diez leprosos' que, a pesar de comulgar con la mentalidad de la 'aldea', son considerados 'impuros', representan el grupo de los discípulos de Jesús. Estos, por más que le hayan prestado su adhesión personal, siguen creyendo en la validez de la Ley de lo puro e impuro y, en el fondo, en las prerrogativas de Israel, apoyadas por la Ley, a manera de Cons­titución de un pueblo teocrático. El hecho de sentirse 'leprosos' hace que puedan convivir juntos en la marginación judíos y samaritanos. Tienen una Ley común (el Pentateuco), si bien no la observan al pie de la letra, a diferencia de los judíos ortodoxos. La mayoría («nueve») seguirá aferrada a la mentalidad naciona­lista de Israel; pero una pequeña parte («uno», «samaritano», «extranjero») se ha distanciado definitivamente de ella y ha com­prendido cuál era el alcance de su compromiso con Jesús al saltarse olímpicamente la Ley a la que hasta ahora se sentía obligado, pero que, al no poder observarla, lo declaraba impuro, «leproso».

Los discípulos israelitas han quedado puros por el mero hecho de haberse reintegrado a la institución, convencidos de que Jesús compartía aún los principios constitutivos de Israel (lo han visto entrar en la 'aldea' y les ha ordenado 'presentarse a los sacerdotes') Como quiera que suspiraban por ser recono­cidos, lo han interpretado como mejor les convenía. Jesús preten­día que se liberasen ellos mismos de las ataduras que los retenían, como 'leprosos', dentro de la 'aldea'; que no viviesen divididos, dándole la adhesión a él y compartiendo al mismo tiempo la mentalidad de la institución que él iba a denunciar. Pero en vano. No pudieron seguir en el camino que lo conducía al fracaso en Jerusalén y se quedaron atrapados en la aldea. Ahora bien: los judíos ortodoxos les pasaron factura y los marginaron. Mo­mentáneamente han quedado limpios, pero volverán a las anda­das. Hasta que no se den cuenta, como el samaritano, de que la única forma de evitar toda clase de 'lepra' es dejar de creer en la Ley que divide el mundo en sagrado y profano, puro e impuro, buenos y malos, observantes y pecadores, no se zafarán de la poderosa y omnipresente influencia de la institución judía.

 

EL «LEPROSO» SE HA CURADO ÉL SOLO

La última frase de la pequeña secuencia no hace sino re­machar el clavo. Esta secuencia tiene dos partes: en la primera (vv. 12- 14a) son presentados los diez leprosos como un conjunto; en la segunda (vv. 14b- 19) se centra la atención en el de origen samaritano. Este representa, dentro del grupo de discípulos, la fracción de creyentes que, por su pasado, no ha comulgado nunca del todo con la institución y que, por tanto, a pesar de las presiones ambientales, conseguirá distanciarse de ella: «Le­vántate, vete; tu fe te ha salvado» (17,19). Estaba postrado en la 'aldea', por haber creído por unos momentos en la validez de la Ley: Jesús lo invita a levantarse; permanecía allí inmovilizado, incapaz de seguir a Jesús hacia Jerusalén: Jesús lo invita a salir, a hacer también él su éxodo personal; estaba enfermo, con el corazón dividido por su doble adhesión, a Jesús y a su pasado nacional: su adhesión total a Jesús lo ha salvado ahora definiti­vamente.

 


 

IV

 Ofrecemos en primer lugar un comentario bíblico tradicional

El profeta Habacuc nos pone en el contexto del diálogo entre el profeta y Dios, donde el primero toma la iniciativa y pregunta a Dios por la raíz del mal y el sufrimiento que lo rodea. La injusticia, la violencia y la desigualdad parecen convertirse en la única forma de vivir de la sociedad en muchos momentos, no sólo de la historia del pueblo de Dios, sino también de la historia de la humanidad. La queja del profeta es clara: no hay justicia; se vive en una violación sistemática de los derechos básicos provocados por la anomia y la confusión de su tiempo. Sin embargo, la respuesta del Señor, ante la situación, no se hace esperar. El Dios de la historia y la creación hace un llamado al “justo” a la fidelidad y a la confianza. Dios se encuentra con el ser humano en la justicia, en la resistencia pacífica y en la esperanza del ser humano en él.

En la segunda carta a Timoteo el autor nos presenta de dónde procede el ser apóstoles del Señor: del plan divino de la salvación de Dios. Los creyentes hoy estamos exigidos a tomar conciencia que hemos recibido del Señor el don de la fe, de la fortaleza y de la caridad; por tanto, este don recibido demanda una respuesta oportuna. Ante la situación tan compleja, adversa y confusa de nuestra situación mundial, los carismas del Espíritu del resucitado se nos dan para dirigir a la comunidad humana con valentía y dar testimonio de la liberación y salvación del Señor. Dichos dones recibidos de la gracia de Dios, son también, tarea humana, y necesitan ser cultivados e incrementados constantemente para evitar caer en el absurdo y la desesperanza.

En el texto de Lucas vemos a los discípulos, conscientes de su poca fe, de su incapacidad para dar su adhesión plena a Jesús y a su mensaje. Por eso le piden que les aumente la fe. Jesús constata en realidad que tienen una fe más pequeña que un grano de mostaza, semilla del tamaño de una cabeza de alfiler. No dan ni siquiera el mínimo, pues con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con sólo una orden una morera y tirarla al mar. Este mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Miro a mi alrededor y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos... Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tienen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo que recitamos de memoria y que poco atañe a la vida?

Las palabras de Jesús siguen resonando hoy. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza...” O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el evangelio, tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema.

Sigo mirando a mi alrededor y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende en muchos países económicamente del Estado, capaz de echarle un pulso al poder político y vencer, identificada con frecuencia con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión verdadera y prioritaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: “Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y anda sígueme a mí” (Lc 18,22). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Lc 12,22). “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve” (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias, que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar ni el sistema religioso ni siquiera el mundano.

Tal vez tengamos que reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos llamados a ser, como ciudadanos del reino.

 



Añadimos un comentario crítico.

La palabra «fe» es polisémica, tiene significados múltiples, que dependen del contexto de su uso. En el evangelio que hoy leemos, es claro que aparece como sinónimo de coraje, decisión, convicción de entrega... y «esa fe» es la que mueve montañas... o traslada moreras, no necesariamente con una eficacia «sobrenatural», sino a veces simplemente psicológica.

No hay que confundir ese significado de la palabra «fe» con aquel otro que se nos inculcó en el catecismo infantil: «fe es creer en lo que no se ve», significado dominante en el imaginario cristiano tradicional. Confundir estos significados de la palabra nos lleva a pensar que lo que Dios nos estaría pidiendo como prueba máxima en nuestra vida sería una especie de «fideísmo», un creer lo que no se ve, un aceptar sin pruebas lo que nos dice la religión, un saltar continuamente por encima de nuestra razón o de lo que hoy nos dice la ciencia... para «creer» o dar por cierto prioritariamente lo que dice nuestra religión (doctrina, dogmas, catecismo, magisterio...), sin pedir razones, sin cuestionar, obedientemente, como niños, porque sí.

Obviamente, esta confusión, tan frecuente, es una distorsión del cristianismo, y de la religión misma, en lo que tiene de más básico. ¿Es que Dios puede jugar al escondite con la humanidad? Es que, supuestamente, la «prueba máxima» exigida por Dios al ser humano en esta vida, sería «creer en la existencia de Dios», una existencia deliberadamente auto-ocultada, para probarnos? Ésa es en definitiva la síntesis de una tradicional concepción cristiana de la existencia, la que hemos vivido durante casi dos milenios. Y está todavía presente en el imaginario de muchas personas, personas que se mantienen cristianas, y personas que no aguantaron la sensación de incredibilidad que esta visión clásica les suscita.

Es hora de matizar bien el sentido de las palabras claves que el evangelio y la Biblia en general nos presentan. No podemos leerlo hoy entendiéndolo como se entendía en el seno del viejo paradigma, que todo lo entendía como obra de un Dios que habría decidido crear al ser humano en esta vida pidiéndole caprichosamente «creer en lo que no se ve»... Aquella concepción, aquel viejo «relato cristiano», incluso esa imagen de un Dios que tiene esos planes sobre la humanidad, no resisten la mirada crítica de nuestra visión de hoy. No podemos creer en un Dios así. No podemos creer eso (es decir: nos resulta increíble, ininteligible, inverosímil incluso); no podemos aceptar una tal cosmovisión cristiana.

Dios no juega al escondite, ni nos obliga a jugar ese juego. Es seguro que a Dios le agrada que nos tomemos la vida en serio, y que busquemos con ahínco la verdad, y que nos apoyemos en la ciencia, y que hagamos continuamente hipótesis (provisionales hasta que encontremos otras mejores y más plausibles), sin aceptar pensar que en el centro del significado de nuestra existencia humana estuviéramos llamados simplemente a «creer lo que no se ve», ciega e infantilmente.

La actitud de fe a la que Jesús nos llama hoy es la del coraje de combatir la oscuridad, la valentía de buscar la verdad, y el valor para asumir, «visto lo que podemos ver», una decisión interpretativa sobre el mundo y lo que no se puede ver. Todo lo contrario de una actitud infantil, ciega, cobarde, alienante... Cuando nos recomienda una actitud de fe, lo que Jesús nos pide una actitud valiente de coraje, de atrevernos a tomar una decisión interpretativa de la existencia, a partir de lo poco o mucho que dan de sí nuestras actuales condiciones de conocimiento. Él también tuvo fe, no lo veía claro, tuvo el coraje de tomar una posición existencial positiva y creativa ante las oscuridades que rodean el mundo y nuestras vidas personales. 

 



Para la revisión de vida

-El justo vivirá por la fe... ¿Puedo decir yo lo mismo de mí mismo? ¿Es la fe el principio que realmente orienta mi vida? ¿Soy en verdad una persona "de fe", de coraje, de valor?

-¿He hecho lo que tenía que hacer? ¿Se me debe agradecer lo que he hecho? ¿Tengo simplicidad de corazón, o necesito continuamente estar recibiendo alabanzas o gratitud de los demás?

 

Para la reunión de grupo

Si el justo vivirá por la fe... analicemos: qué porcentaje de nuestra propia vida estamos conduciéndola así por una decisión personal ante el misterio de la existencia, de forma que si perdiéramos esa fe inmediatamente nos conduciríamos de otro modo? Si ese porcentaje es pequeño, significa que no es muy grande el coraje de mi fe.

En qué situaciones del mundo de hoy el cristiano consecuente debería ir a contracorriente, fiado en su fe y no en lo que es usual en la sociedad actual?

«El Señor dijo: Si tuvieran fe como una semilla de mostaza, dirían a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería»... ¿Cómo leemos esto hoy? ¿Alguna vez lo hemos entendido literalmente? ¿Es posible que por mucha fe que tenga una persona, pueda arrancar una morera con un acto de fe? ¿Por qué hoy no podemos entender esto literalmente? ¿Por qué hoy no creemos en milagros físicos? ¿Será que tenemos todavía en nuestra mente una visión premoderna de la realidad, como dividida en dos pisos, pensando que desde el piso superior Dios puede actuar sobre el nuestro...? Si esta temática no estuviera clara en la comunidad o grupo de estudio, podría ser bueno organizar un curso o cursillo sobre el paradigma moderno. Un libro que podría servir de texto base sería Otro cristianismo es posible, de Roger Lenaers sj, de editorial Abyayala, colección Tiempo Axial (tiempoaxialorg), disponible en http://2006.atrio.org/?page_id=1616

 

Para la oración de los fieles

Para que sea la fe el principio que organice, anime e impulse nuestra vida, roguemos al Señor.

Para que vivamos nuestro cristianismo como un seguimiento de Jesús: creer como él, afrontar la vida y la historia como él, ser en verdad discípulos suyos...

Para que demos nuestra contribución al Reino de Dios con entusiasmo, con pasión y, a la vez, con complicidad y humildad, conscientes de que ese trabajo es simplemente "lo que debemos hacer"...

Para que el Señor nos dé la humildad de los que "hacen lo que deben" sin sentirse importantes ni dignos de agradecimiento...

Para que sean muchos los jóvenes que, con simplicidad y humildad, se sientan llamados a un servicio total y desinteresado...

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre Nuestro, que en Jesús nos has mostrado el camino heroico del servicio y la entrega sin ostentación ni exigencias; haz que nosotros, con motivos mucho mayores, seamos humildes, sencillos y fraternales, sin reclamar nunca honores, reconocimientos ni agradecimientos. Por Jesucristo Nuestro Señor.

 Oh Dios, Misterio insondable que nos rodea y envuelve, dentro del cual nos movemos sin poder captarlo ni observarlo desde fuera, como «ob-jeto»... Aceptamos agradecidos esta participación, este ser parte del todo del misterio. Asumimos con gozo nuestra condición, y renovamos con coraje nuestra decisión de vivir lo más coherentemente posible con nuestra propia condición divina, en la que nos has dado la gracia de participar. Acoge nuestro gozo, y esta manera personalizada de expresártelo. Tú que vives y haces vivir, porque eres la misma Vida-Energía sin principio ni fin. Amén.



Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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