TRIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: 2 Macabeos 7, 1-2. 9-14
Salmo responsorial: Salmo 16
Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 2, 16-3, 5
 

EVANGELIO
Lucas 20, 27-38

 27Se acercaron entonces unos saduceos, de esos que niegan la resurrección, y le propusieron 28este caso:

-Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano". 29Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. 30El segundo, 31el tercero y así hasta el séptimo se casaron con la viuda y murieron también sin dejar hijos.

32Finalmente murió también la mujer. 33Pues bien, esa mu­jer, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?

34Jesús les respondió:

-En este mundo, los hombres y las mujeres se casan; 35en cambio, los que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casan; 36es que ya no pueden morir, puesto que son como ángeles, y, por haber nacido de la resurrección, son hijos de Dios. 37Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "el Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Ja­cob". 38Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es de­cir, para él todos ellos están vivos.

39Intervinieron unos letrados:

-Bien dicho, Maestro.

40Porque ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

 


 

COMENTARIOS

I

 TAMBIEN HOY

Tener muchos hijos en Palestina era una bendición del cielo; morir sin hijos, la mayor de las desgracias, el peor de los castigos celestiales... Para evitar esto último, el libro del Deuteronomio prescribía lo siguiente: «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel» (Dt 25,5-7). Es la conocida ley del “levirato” (palabra derivada del latín (evir: cuñado).

Pues bien, refiere el evangelio de Lucas que se acercaron a Jesús unos del partido saduceo y «le propusieron esto: -Maestro, Moisés nos dejó escrito: 'Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano'. Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo, el terce­ro y así hasta el séptimo se casaron con la viuda, y murieron también sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer. Pues bien, esa mujer, cuando llegue la resurrección, ¿ de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?»

 

Pregunta capciosa que trataba de poner en ridículo la doc­trina de la resurrección y el más allá, en la que los afiliados al partido saduceo no creían. Este partido estaba formado por sumos sacerdotes y senadores, la aristocracia religiosa y seglar de la época, conocidos por su riqueza. Por ser ricos admitían como palabra de Dios sólo los cinco primeros libros de la Bi­blia, considerando sospechosos de herejía los escritos de los profetas, que atacaban sin piedad a los ricos propugnando una mayor justicia social. Los saduceos, como ricos, pensaban que Dios premia a los buenos y castiga a los malos en este mundo; en consecuencia, se consideraban buenos y justos, pues goza­ban de riqueza y poder, signos claros del favor divino. Nega­ban la resurrección y el más allá: aceptar la posibilidad de un juicio de Dios tras la muerte suponía para ellos perder la se­guridad de una vida basada en el poder y en el dinero.

Sus oponentes, los fariseos, creían en el más allá, que ima­ginaban como una continuación de la vida terrena, aunque más perfecta, hasta el punto de hablar de una fecundidad fantás­tica del matrimonio en la otra vida.

A la pregunta de los saduceos, Jesús respondió: «-En esta vida, los hombres y las mujeres se casan; en cambio, los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casarán; porque ya no pueden mo­rir, puesto que serán como ángeles, y, por haber nacido de la resurrección, serán hijos de Dios. Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: 'El Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob.' Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos: es decir, que para él todos ellos están vivos» (Lc 20,27-38).

En contra de los saduceos, Jesús afirma la existencia de otra vida, tras la muerte. Pero la vida que perdura, en contra de lo que imaginaban los fariseos, no es una mera prolonga­ción de la vida orgánica, porque no está sujeta a la muerte. La ausencia de muerte en el más allá quita sentido, por tanto, a la perpetuación de la vida por medio de las relaciones sexuales.

Quienes ya lo tienen todo en este mundo, como los sadu­ceos, se incomodan también hoy con la aventura de un más allá inquietante y desestabilizador. Tal vez por esto lo nieguen o vivan como si no existiera.

 


 

II

 DIOS DE LA VIDA

Los saduceos -sumos sacerdotes y senadores-, negociantes de la religión y dueños de la tierra, no creían en la vida eterna, no creían en el cielo. ¿ Qué falta les hacía? Ellos se habían construi­do aquí su cielo, convirtiendo la tierra en el infierno de los pobres. Por eso les interesaba más un Dios de muerte que un Padre de la vida.

 

EL MATERIALISMO DEL DINERO

El partido saduceo era, en tiempos de Jesús, el partido de los ricos. Estaba formado por los sumos sacerdotes, enriqueci­dos gracias al negocio en que habían convertido la religión y los senadores, los dueños de la tierra, los grandes terratenientes de Palestina.

Era éste un partido conservador en lo religioso y en lo político. Se entiende que fuera así: tenían mucho que conser­var. Vivían bien, mejor que nadie, tenían poder, dinero, privilegios, honores..., ¿qué necesidad tenían de que nada cam­biara?

Sólo aceptaban los cinco primeros libros del Antiguo Tes­tamento. Los demás entre los que naturalmente estaban los libros de los profetas que condenaban la insaciable ambición de los ricos y la traición de los que habían hecho de la religión un instrumento para domesticar, dominar y explotar al pueblo, y en los que Dios se manifestaba al lado de los oprimidos y explotados- no los consideraban libros sagrados.

Tampoco aceptaban la resurrección. Lo importante para ellos era el dinero, y más allá de la tumba, el dinero no tiene valor alguno. Además, si no había más vida que ésta, eso significaba que contaban con la benevolencia de Dios: su prosperidad material era la prueba de su amistad con Dios.

 
TENER HIJOS

Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo, el tercero y así hasta el séptimo se casaron con la viuda y murieron también sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer. Pues bien: esa mujer, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?

 

En Israel existía una ley que establecía que si un hombre moría sin hijos, sus hermanos, empezando por el mayor, tenía la obligación de casarse con su viuda para darle descendencia, pues el primer hijo que naciera de esta unión se consideraría legalmente como hijo del difunto: «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel» (Dt 25,5-6). Esta costumbre sirve a los saduceos para plantear a Jesús una pregunta sobre la resurrección, en la que ellos no creían.

La manera de hacer la pregunta revela su ideología, su concepto del matrimonio: una pura relación legal destinada a la reproducción de la especie. Y es precisamente esa manera de entender el matrimonio lo que hace que su argumento no tenga valor alguno: «En este mundo, los hombres y la mujeres se casan; en cambio, los que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casan; es que ya no pueden morir, puesto que son como ángeles, y por haber nacido de la resurrección, son hijos de Dios». En la vida futura, después de la resurrección, las rela­ciones entre los seres humanos no estarán determinadas por la necesidad de perpetuar la especie, pues la vida de los individuos «que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección» es definitiva, y como ya no hay muerte, no hay peligro de que desaparezca la humanidad: la relación entre ellos consistirá en un amor gratuito y fraternal.

 

UN DIOS DE VIVOS

Jesús termina su respuesta con un argumento que debió de dejar aún más desconcertados a los saduceos: «Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al señor "el Dios de Abrahán, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob". Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, para él todos ellos están vivos».

A ellos no les interesa un Dios de la vida, sino un Dios de la muerte; prefieren que los pobres piensen que «es mejor que Dios no se acuerde de nosotros» y que los desgraciados sientan miedo ante un Dios que justifica la injusticia de los fuertes. No les va un Dios al que sólo le interesa la vida, la presente y la futura. No les conviene un Dios que propone a los hombres que vivan y ayuden a vivir, amando a los demás sin límites; a ellos, que vivían a costa de la vida de los pobres, no les interesa un Dios que, presente en el mundo en un hombre pobre del pueblo, asegura la vida definitiva a todos los que se preocupen por la vida -por la vida presente- de sus semejantes. Prefieren un Dios que amenace muerte. Pero el de Jesús es un Dios de vivos. Es el Dios del amor y de la vida.

 


 

III

LA CASUÍSTICA TÍPICA DE UNA RELIGIÓN DE MUERTOS

Una vez que Jesús ha hecho enmudecer a los fariseos, los saduceos se envalentonan y tratan, también ellos, de atraparlo en las redes de su casuística. Los saduceos representan la casta sacerdotal privilegiada, a la que pertenece la mayoría de los sumos sacerdotes. Dentro del entramado social del judaísmo, son los portavoces de las grandes familias ricas, que viven y disfrutan de los copiosos donativos de los peregrinos y del pro­ducto de los sacrificios ofrecidos en el templo. El tesoro del templo, que ellos custodian y administran, venía a ser como la Banca nacional. No hay que confundirlos con la casta formada por los simples sacerdotes, muy numerosa y más bien pobre. A los saduceos no les interesa en absoluto que se hable de una retribución en la otra vida, puesto que ya se la han asegurado en la presente. Por eso Lucas precisa: «Los que niegan que haya resurrección» (20,27). Son unos materialistas dialécticos, pues contradicen la expectación farisea de una vida futura donde se realice el reino de Dios prometido a Israel. Quieren ridiculizar la enseñanza de Jesús, que, en parte, coincide con la creencias de los fariseos sobre la resurrección de los justos (cf. 14,14), inventándose un caso irreal de una mujer que, conforme a la Ley del levirato, se ha casado sucesivamente con siete hermanos (Dt 25,5) por el hecho de haber muerto uno tras otro. ¿De quién sería mujer si existiese la resurrección de los muertos? Nos hallaríamos, arguyen insidiosamente, ante un caso flagrante de po­liandria.

La respuesta de Jesús sigue dos caminos. Por un lado, no acepta que el estado del hombre resucitado sea un calco del estado presente. La procreación es necesaria en este mundo, a fin de que la creación vaya tomando conciencia, a través de la multiplicación de la raza humana, de las inmensas posibilidades que lleva en su seno: es el momento de la individualización, con nombre y apellido, de los que han de construir el reino de Dios. No existiendo la muerte, en el siglo futuro, no será ya necesario asegurar la continuidad de la especie humana mediante la pro­creación. Las relaciones humanas serán elevadas a un nivel dis­tinto, propio de ángeles («serán como ángeles»), en el que dejarán de tener vigencia las limitaciones inherentes a la creación presen­te. No se trata, por tanto, de un estado parecido a seres extrate­rrestres o galácticos, sino a una condición nueva, la del Espíritu, imposible de enmarcar dentro de las coordenadas de espacio y de tiempo: «por haber nacido de la resurrección, serán hijos de Dios» (20,36).

Por otro lado, apoya el hecho de la resurrección de los muer­tos en los mismos escritos de Moisés de donde sacaban sus adversarios sus argumentos capciosos: «Y que resuciten los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama Señor "al Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob" (Ex 3,6). Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, para él todos ellos están vivos» (Lc 20,37-38). La pro­mesa hecha a los Patriarcas sigue vigente, de lo contrario Moisés no habría llamado 'Señor' de la vida al Dios de los Patriarcas si éstos estuviesen realmente muertos. Para Jesús no tiene sentido una religión de muertos («y Dios no lo es de muertos, sino de vivos»), tal y como hemos reducido frecuentemente el cristianis­mo. Los primeros cristianos eran tildados de ateos ('sin Dios') por la sociedad romana, porque no profesaban una religión ba­sada en el culto a los muertos, en sacrificios expiatorios, en ídolos insensibles.

 

JESÚS CONTRAATACA

Algunos letrados, viendo que sus enemigos más encarnizados eran acorralados por las respuestas de Jesús, y no atreviéndose ya a formularle más preguntas, optan por reconocer su agudeza: «Bien dicho, Maestro» (20,39). Jesús aprovecha la ocasión para pasar al contraataque: «¿Cómo dicen que el Mesías es sucesor de David?, si David mismo dice en el libro de los Salmos: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, mientras hago de tus enemigos estrado de tus pies" (Sal 110,1). De modo que David lo llama Señor; entonces, ¿cómo puede ser sucesor suyo?» (Lc 20,41-44).

 


 

IV

 En el contexto de este mes de Noviembre, dedicado a la memoria de los fieles difuntos, las lecturas de estos días nos van presentando diversos aspectos que nos sintonizan con la realidad de la vida y de la muerte, tan cercanas a nuestra condición humana, y sobre las que es necesario reflexionar siempre, para tener una actitud positiva frente a ellas.

En la primera lectura encontramos el testimonio heroico y edificante de una madre y de sus siete hijos, que entregan la vida antes que rendirse a los caprichos del emperador de turno. La madre de los macabeos representa también la figura del pueblo de Israel, y el número de siete hijos, la plenitud de la familia de Israel, en la que debe primar la unidad, la libertad, la identidad y la defensa de los derechos religiosos, económicos, sociales, culturales.

En la segunda lectura, vemos cómo según Pablo el testimonio coherente y fiel debe identificar a los seguidores de Jesús. Tanto las palabras como las obras deben transparentar la fuerza viva del Resucitado, en sus vidas y en sus comunidades.

Y en el evangelio, de lo dicho por Jesús a los saduceos, que tratan de riculizar la fe en la resurrección, podemos concluir que tendremos vida en plenitud. Para Jesús la resurrección va más allá de la prolongación indeterminada de esta vida, de la que sólo Dios puede dar explicación, y que para nosotros resultará siempre un misterio inefable. A esto apela Jesús con plena humildad y sencillez delante de quienes le escuchan, recordando la sana tradición de su pueblo de reconocer que el “Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven”. A pesar de que estos patriarcas han muerto ya, Dios sigue cuidando a su pueblo, en el que nunca la muerte ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios para con sus hijos. La certeza del amor incondicional de Dios –Padre y Madre para con sus hijos– debe ayudarnos a mantener siempre una memoria agradecida con todos nuestros antecesores –padres y madres– que nos han precedido y nos han dejado como herencia la riqueza de nuestra fe, nuestra cultura y nuestro territorio; y a quienes recordamos con veneración, aunque hayan fallecido. La vida eterna dependerá de lo que desde ahora hagamos como una opción decidida por defender la vida de nuestros hermanos. Gozar hoy la vida nueva es practicar cotidianamente la justicia y el amor por los demás; es tener la certeza de alcanzar en el día de mañana la vida plena, fortaleciendo en el hoy de nuestras relaciones humanas valores que nos humanicen y dignifiquen.


Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida... lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados –tal vez por eso, pensaba que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad: la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el juicio particular, el juicio universal, el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)...

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede observar un prudente silencio sobre estos temas otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de los difuntos ni de la muerte de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando...». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección» no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje sobre la resurrección y por poner de relieve su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica, y bien formada. Hay libros adecuados para esto, que recomendamos más abajo.

 



Para la revisión de vida

Ante la pregunta de los saduceos, que niegan la resurrección, Jesús proclama la vida más allá de la muerte. El es la vida y la Resurrección: “quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá. La alianza del Dios vivo es con la vida y con los hombres vivos. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, no es un Dios de muertos, sino de vivos. ¿Cómo se manifiesta en mí la vida que Jesús representa?

 

Para la reunión de grupo

 Andrés Torres Queiruga ha publicado hace muy poco su libro Repensar la Resurrección, Trotta, Madrid 2003, 372 pp.

También, recordamos aquellos tres libros que recomendábamos hace muy pocas semanas:

Roger Lenaers, Otro cristianismo es posible, colección «Tiempo axial», Abya Yala (www.abyayala.org), Quito, Ecuador, 2007, con un capítulo expreso sobre el más allá, la vida eterna. El libro está puesto en internet y es muy recomendable como manual de texto para un grupo de formación que quiera actualizar su fe con valentía. Puede tomarse libremente, por capítulos (http://2006.atrio.org/?page_id=1616).

También, John Shelby Spong, Ethernal Life. A new vision, HarperCollins, 2010, 288 pp, que ha sido traducido y está a punto de ser publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org).

Hace ya unos 30 años Leonardo Boff publicó su libro sobre escatología: Hablemos de la otra vida (Sal Terrae, que sigue reeditándolo actualmente; y está en la red por cierto). Es una visión de los temas escatológicos desde una filosofía actualizada y desde una espiritualidad liberadora.

 

Para la oración de los fieles

Por la Iglesia, para que sea portadora de vida y esperanza para todos los que viven los horrores de la violencia, la guerra y la muerte.

Por los huérfanos y las viudas que han perdido a sus seres queridos en la guerra, para que la esperanza de la resurrección se traduzca en gestos verdaderos de vida.

Por todos los que trabajan por la Justicia y Paz, para que su voz y sus gritos solidarios generen caminos nuevos de concordia y unidad.

Por los enfermos terminales y por los que agonizan, para que al final de sus vidas puedan descubrir la presencia de Dios como un Dios de vivos y no de muertos.

Por los que son perseguidos y amenazados de muerte por causa del evangelio, para que la presencia de Jesús Resucitado los anime y acompañe en medio de sus dificultades.

 

Oración comunitaria

 Padre, la esperanza en la resurrección es un don misterioso que no acabamos de comprender, y que en todas las tradiciones religiosas se expresa de mil maneras. Ilumínanos para que vivamos cada momento de nuestra vida con la certeza de que Tú nunca nos vas a abandonar y ni vas a dejar que nos perdamos. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

 Oh Misterio de la Vida, que a los homo sapiens, flor última del proceso evolutivo multimilenario, nos has dotado de un profundo sentido de lo sagrado y de la transcendencia, y nos has hecho sentir desde siempre la necesidad de colocar nuestra vida en unos contextos más amplios, en un sentido más hondo y transcendente, lo que nos ha llevado a ser el único ser vivo que entierra a sus muertos, y sueña con una resurrección... Sigue dándonos crecer y profundizar en esa intuición, hasta empalmar y conectar con tu misma intuición profunda, la intención profunda de la Realidad misma, con cuyo magnífico e incontenible desarrollo de 13.700 millones de años no dejamos de comulgar...


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org