TRIGESIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "C"


Primera lectura: Malaquías 3, 19-20a
Salmo responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 3, 7-12
 

EVANGELIO
Lucas 21, 5-19

 5Como algunos hablaban del templo, ponderando la calidad de la piedra y el adorno de los exvotos, dijo:

6- Eso que contempláis llegará un día en que no deja­rán piedra sobre piedra que no derriben.

7Entonces le hicieron esta pregunta:

-Maestro, ¿cuándo va a ocurrir eso? y ¿cuál será la señal cuando eso esté para suceder?

8Él respondió:

-Cuidado con dejarse extraviar, porque van a llegar muchos diciendo en nombre mío  "Yo soy"  y  "El momento está cerca"; no os vayáis tras ellos. 9Cuando oigáis estruendo de batallas y subversiones, no tengáis pánico, porque eso tiene que suceder primero pero el fin no será inmediato.

10Entonces dijo a los discípulos:

-Se alzará nación contra nación y reino contra reino, 11habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambre y epidemias; habrá fenómenos terribles y señales grandes en el cielo.

12Pero antes de todo eso os perseguirán y os echarán mano, para entregaros a las sinagogas y cárceles y conduciros ante reyes y gobernadores por causa mía. 13Tendréis en eso una prueba. 14Ahora, haced el propósito de no preocuparos por vuestra defensa, 15porque yo os daré palabras tan acertadas que ninguno de vuestros adver­sarios podrá haceros frente o contradeciros. 16Hasta vues­tros padres y hermanos, parientes y amigos, os entregarán y os harán morir a algunos. 17Seréis odiados de todos por razón de mi persona, 18pero no perderéis ni un pelo de la cabeza. 19Con vuestra constancia conseguiréis la vida.

 


 

COMENTARIOS

 I

 EL FIN DEL MUNDO

La situación de persecución, injusticia y opresión en que vivían los primeros cristianos les hará anhelar con toda el alma el fin del mundo y la consiguiente venida del Mesías. Tales eran las expectativas a este respecto en las primitivas comunidades cristianas, que Pablo tuvo que ponerse serio con algunos miembros de ellas. Así escribía a los Tesalonicenses: «A propósito de la venida de nuestro Señor, Jesús el Mesías, y de nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis con supuestas reve­laciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima» (2 Tes 2,1-2). Hasta tal punto esta­ban convencidos muchos cristianos de la inminente llegada del fin del mundo, que incluso habían dejado de trabajar para esperarla. Pablo, por su parte, los invita a «retraerse de todo hermano que lleve una vida ociosa», y afirma tajantemente:

«El que no quiera trabajar, que no coma» (2 Tes 3,6ss). Esto sucedía el año 51 de nuestra era.

El fin del mundo no llegó, y los cristianos se vieron obli­gados por las circunstancias a aplazar su llegada. En el evan­gelio de Lucas -escrito después del año 70 de nuestra era, fecha de la destrucción del templo de Jerusalén por las legio­nes de Tito- aparece clara la actitud que deben adoptar los cristianos ante este tema: «Como algunos comentaban la be­lleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos, Jesús dijo: -Eso que contempláis llegará un día en que lo derribarán hasta que no quede piedra sobre piedra. Los discí­pulos le preguntaron: Maestro, y ¿ cuándo va a ocurrir esto?> y ¿cuál es la señal de que está para suceder?» Según la men­talidad judía, el mundo se acabaría el día en que el templo de Jerusalén fuese destruido; preguntar por la destrucción del templo equivalía a indagar sobre el fin del mundo.

Jesús no respondió directamente a la pregunta de los dis­cípulos. Dijo: «Cuidado con no dejarse extraviar; porque van a venir muchos usando mi titulo, diciendo “ése soy yo”, y que el momento está cerca; no los sigáis. Cuando oigáis estruendo de batallas y revoluciones, no tengáis pánico, porque esto tiene que suceder primero, pero el final no será inmediato... Se alzará nación contra nación y reino contra reino, y habrá gran­des terremotos, en diversos lugares, hambre y epidemias; sucederán cosas espantosas y se verán portentos grandes en el cielo.» Ni las guerras, ni las revoluciones, ni las catástrofes naturales, ni los falsos mesianismos de cualquier clase anun­cian el fin del mundo, cuya fecha de caducidad desconocemos.

Más aún, antes de este final, el cristiano habrá de padecer mucho: «Os perseguirán, os echarán mano, llevándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os conducirán ante reyes y goberna­dores por causa mía, pero no perderéis ni un pelo de la ca­beza; con vuestro aguante conseguiréis la vida» (Lc 21,1-19).

En lugar de satisfacer la curiosidad de los discípulos sobre la fecha de la destrucción del templo y consiguiente fin del mundo, Jesús los invita a no desanimarse ante todo lo que tendrán que sufrir antes de que llegue el fin. Ni siquiera la destrucción del templo de Jerusalén será anuncio de la venida inmediata del Mesías (Lc 21,20-24). La tarea del discípulo en este mundo es dar testimonio de Jesús, en medio de persecu­ciones de todo tipo, apuntando con su estilo de vida a otro mundo y otro orden de cosas que acabe con este desorden de odios, guerras y luchas fratricidas. Las restantes indagaciones sobre el fin del mundo son embrollos que a nada conducen. Pura pérdida de tiempo.

 


 

II

 
¿QUÉ ES LO QUE SE ACABA?

¿El fin del mundo? ¿Qué mundo es el que se acaba? Desde los primeros días de su existencia la comunidad cristiana se encontró con el problema de que muchos de sus miembros no tenían otra preocupación que la del fin del mundo físico. Y no era ésa la cuestión. Se acababa, sí, un mundo; ¡pero para que naciera una nueva humanidad!

 

EL FIN DEL MUNDO

Algunos cristianos de Tesalónica estaban seguros de que el mundo estaba para acabarse y el Señor a punto de volver a este mundo para reunirse definitivamente con sus seguido­res.

Pablo se dirige a aquella comunidad con una carta en la que trata este tema, primero desde un punto de vista doctrinal y, al final, desde sus aspectos prácticos: a esta parte pertenece la segunda lectura de este domingo.

Por lo visto, algunos de los miembros de la comunidad, convencidos de que el mundo estaba ya para acabarse, no hacían otra cosa que esperar que el fin llegara: «Es que nos hemos enterado de que alguno de vuestros grupos viven en la ociosidad...»; en relación con ellos, Pablo no se anda con demasiadas contemplaciones: «el que no quiera trabajar, que no coma».

Con estas palabras, Pablo se refiere al trabajo en general, pero sin duda está pensando también en la tarea propia del cristiano: el anuncio del evangelio «para que el mensaje del Señor se propague rápidamente y sea acogido con honor como entre vosotros» (2 Tes 3,1).

Y es que todavía hay mucho trabajo por hacer. Porque la historia de la humanidad no ha llegado a su fin todavía; pero algunos mundos si que se deben terminar.

 

NO HABRÁ RESTAURACIÓN

Los discípulos de Jesús conocían las tradiciones que de­cían que antes del renacimiento de la nación judía y de la destrucción total de sus enemigos sucedería un gran desastre. Por eso no se extrañan demasiado cuando Jesús, refiriéndose al templo, cuya grandeza algunos estaban admirando, dijo que «Eso que contempláis llegará un día en que no dejarán piedra sobre piedra que no derriben». Ellos interpretaron aquellas palabras como el anuncio de la ruina que, según la tradición, precedería a la restauración definitiva, y piden a Jesús que les explique con detalle cuál será el momento en que sucederá el desastre («Maestro, ¿cuándo va a ocurrir eso?») y cuál la señal que revelará a los que hayan permanecido fieles que la restauración se va a producir («¿cuál será la señal cuando eso esté para suceder?»).

Jesús responde desengañando a sus discípulos: no habrá restauración. La ruina del templo de Jerusalén será definitiva; desde ahora, la relación de los hombres con Dios no estará limitada por un lugar, ni por las paredes de un templo, ni por unas leyes, ni por determinadas prácticas religiosas, ni por la pertenencia a una raza o a una nación.

Ese es uno de los mundos que llega a su fin. El de una religión hecha de ritos y de leyes, de miedos y de prohibicio­nes, que olvida que Dios no necesita nuestras alabanzas y oculta que Dios quiere que tomemos conciencia de que nos necesitamos unos a otros. Debe acabarse ya el mundo en el que la religión separa en vez de unir, asusta en lugar de ofrecer un camino para la alegría; debe desaparecer una religión que, convertida en un negocio, siente miedo ante la felicidad, el placer, la autonomía del individuo, la libertad de la persona... Ese mundo ya llega a su fin.

 
NO SERÁ FÁCIL

Pero antes de todo eso os perseguirán y os echarán mano, para entregaros a las sinagogas y cárceles y conduciros ante gobernadores y reyes por causa mía... Ahora haced el propósito de no preocuparos por vuestra defensa, porque yo os daré palabras tan acertadas que ninguno de vuestros adversa­rios podrá haceros frente o contradeciros.

 

Hubo gente que no pudo soportar que Jesús se atreviera a decir esas cosas: ya sabemos lo que hicieron con él. Y la historia volvería a repetirse, una y otra vez, desde los primeros días de vida de la comunidad cristiana. Jesús lo advierte a sus discípulos: ellos también serían objeto de la persecución de quienes siguen empeñados en que los viejos esquemas se man­tengan.

No será fácil, pero tampoco hay que tener miedo. El promete que estará junto a cualquiera de sus seguidores que sea perseguido y acusado y que se hará cargo de su defensa, y se compromete a asegurar la vida de aquellos que, fieles a su palabra y firmes en el compromiso, no vivan en la ociosidad, preocupados por el fin del mundo o por su propio fin, sino que se mantengan constantes en la actividad de acelerar el fin de este mundo y favorezcan el crecimiento de la nueva humanidad.

Jesús terminará su respuesta animando a sus discípulos e invitándolos a ser optimistas: «Cuando empiece a suceder esto, poneos derechos y alzad la cabeza, porque está cerca vuestra liberación» (Lc 21,28; véase comentario núm. 1).

 


 

III

 
EN JERUSALÉN PELIGRAN LAS PEREGRINACIONES

«Como algunos comentaban la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos, dijo: "Eso que contempláis, llegará un día en que lo derribarán hasta que no quede piedra sobre piedra"» (21,5-6). No hay duda de que los que hablan en voz alta pertenecen al grupo de discípulos (cf. Mc 13,1, de quien Lucas depende).

Apenas acaba Jesús de advertirles del peligro fariseo, cuando una facción del grupo de discípulos, que se ha sentido aludida, le recalca la grandiosidad del templo, sin darse cuenta -ni que­rer darse cuenta- de que ésta no es sino una concreción de la ampulosidad y fastuosidad que ostentan los letrados. Son los miembros más religiosos y observantes del grupo. Son los que se sentirían bien en cualquier religión que les ofreciese segurida­des. Los que siguen plenamente identificados con las estructuras sociales, políticas y religiosas de Israel. Se quedan boquiabiertos ante tanta belleza y magnificencia. Su fe, su religiosidad se apoya en estas piedras.

Los comentarios van dirigidos a Jesús, que -por lo que se ve - no se dejaba impresionar por la grandiosidad de aquellas construcciones. Tratan de llamar su atención con el fin de ganár­selo para su causa. La respuesta de Jesús más que una jarra es un balde de agua fría. También es la tercera vez que predice la destrucción del templo (cf. 13,35; 19,44). Esos 'días venideros' son los mismos de 5,35: la ejecución del Mesías, el Esposo, coincidirá con la destrucción del templo (cf. 23,45). El derribo material no será sino una consecuencia del éxodo definitivo fuera del templo de la presencia -gloria- de Dios por el hecho de haber convertido ellos 'este lugar', que había sido concebido como 'casa de oración' (19,46), 'tienda de reunión' (Hch 7,46), en 'una cueva de bandidos' (Lc 19,46b), un templo 'fabricado por mano de hombres' (Hch 7,48), para gloria y alabanza... de los poderosos. Dios no quiere edificios singulares que apuntalen el poder, sino lugares funcionales.

 

LOS FANÁTICOS ESPECULAN SOBRE LA CAÍDA DE JERUSALÉN

«Entonces otros le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ocurrir eso?, y ¿cuál será la señal cuando eso esté para suceder?"» (21,7). Mientras los fariseos proclamaban que era necesario orar y observar fielmente la Ley para que no sobreviniese el desastre y algunos discípulos todavía creían en el templo y en su fastuo­sidad, otros intentan sacar provecho de las palabras proféticas de Jesús -¡pero si se veía venir! - e instrumentalizarlo al servi­cio de sus ideales nacionalistas y patrióticos. El desastre para éstos no es definitivo, sino el momento en que Dios intervendrá con mano poderosa en favor de su pueblo, la señal para empezar la revuelta (el cumplimiento de la profecía de las setenta semanas de Daniel 9,24-27) -hoy la llamaríamos 'la cruzada' o 'guerra santa'-, revuelta que debería culminar con la derrota de los paganos (Dn 7,27). Cuando los poderosos están demasiado bien armados como para hacer guerras santas, entonces organizamos cruzadas moralizantes, campañas en pro de la vida (en abstracto), movimientos fundamentalistas, todo menos cambiar radicalmen­te la escala de valores de la sociedad consumista que provoca las crisis mundiales, las guerras civiles y los pequeños desastres familiares.

 

SIEMPRE EXISTEN MESÍAS DISPUESTOS A SALVAR A (SU) MUNDO

Jesús trata de conjurar la mentalidad zelota y fanática que los invade y que irá in crescendo en los momentos de la gran derrota nacional: «¡Alerta!, no os dejéis extraviar; porque mu­chos llegarán sirviéndose de mi título, diciendo: "Este soy yo" y "El momento está cerca"; no os vayáis tras ellos. Cuando oigáis estruendo de batallas y revoluciones, no tengáis pánico, porque es preciso que esto ocurra primero, pero el fin no será inmediato» (21,8-9). Para Jesús, el desastre no comporta restauración (des­pués de su fracaso en la cruz, los apóstoles le preguntarán si es entonces el momento de la restauración del reino para Israel, Hch 1,6; no han cambiado en absoluto de mentalidad). Ahora bien: dentro de la comunidad judeocreyente surgirán en el mo­mento de la gran prueba falsos profetas que atribuirán a Jesús el papel de restaurador de Israel («Yo soy»: el Mesías nacionalista) y anunciarán la inminencia de su intervención («El momen­to está cerca»). De profetas siempre los hay, verdaderos y falsos. Tenemos que recuperar el don del discernimiento de espíritus; hemos optado por lo más fácil: apagar el espíritu de profecía; así, no nos estorban los verdaderos profetas, pero hemos dejado vía libre a los profetas de desventuras.

 

LOS IMPERIOS CAEN COMO MOSCAS

Jesús amplía el horizonte mezquino y cerrado de los discípu­los, anunciándoles que, desgraciadamente, guerras, terremotos, hambre y señales asombrosas las habrá siempre (21,10-11). Re­sume, en pocas palabras, toda la historia de la humanidad futura. Todos los términos que emplea tienen doble sentido: luchas de poder, revoluciones sociales, miserias del tercer, cuarto y... ené­simo mundo, crisis económicas asoladoras. Entre la destrucción de Jerusalén y del templo, secuela de la ejecución del Mesías, y los desastres mundiales que se sucederán, se repetirá la historia: la persecución de los discípulos por parte de los poderes judíos y paganos. Esto los confirmará en la verdad de su postura.

 

PROFECÍA Y APOLOGÉTICA SON INCOMPATIBLES

Las persecuciones de que serán objeto los discí­pulos de Jesús deben ser consecuencia de una actuación inspirada por el Espíritu Santo. Para poder aplicar este criterio y discernir el futuro (o el pasado, en nuestro caso), Lucas nos depara un argumento inestimable: «Meteos en la cabeza (lit. "en vuestros corazones", por ser el "corazón" el equivalente de "mente" en nuestra cultura) que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras tan acertadas (lit. "una boca y una sabiduría") que ninguno de vuestros adversarios podrá haceros frente o contradeciros» (21,14-15). La puntualización que hace referencia a la 'defensa propia / apología' es típica de Lucas (no se encuentra en el pasaje paralelo de Mc 13,11) y, además, es la segunda vez que la formula (cf. Lc 12,11-12). La razón de esta precisión terminológica la hallaremos en el libro de los Hechos: Lucas ofrece aquí un criterio válido para emitir un juicio ecuá­nime sobre los múltiples intentos apologéticos de Pablo ante los tribunales religiosos y civiles de Jerusalén y Cesarea, todos ellos en vano (cf. Hch 22,1; 24,10; 25,8.16; 26,1.2.24). Pero no se detiene aquí. También nosotros podemos aplicarlo a presuntas persecuciones de que es objeto la iglesia o determinadas perso­nalidades eclesiásticas en nuestros días. Si se hace apologética, además de ser ineficaz y estéril, podría muy bien ser un signo de que no se cuenta con el Espíritu Santo ni con la profecía, como sucedió a Pablo. Tan eficaces como pretendemos ser, sirviéndonos de los medios de comunicación y de las técnicas mo­dernas, y cuán poco hemos avanzado -mas bien parece que retrocedemos- en servirnos de los medios más adecuados que nos proporciona el Espíritu. Su fuerza está en el interior del hombre... Pero nosotros debemos presentarle la expresión, para que hable por nuestra boca y piense con nuestra cabeza. Que eso funciona, Lucas lo deja entrever en el caso de Esteban, el modelo de discípulo. Sus adversarios, como en el caso de Jesús, no «podían hacer frente al espíritu y a la sabiduría con que hablaba» (Hch 6,10); por esto tuvieron que sobornar a falsos testigos y hacerlo callar por la fuerza... de las piedras. Hoy día se acalla a los profetas con la fuerza de las metralletas.

 


 

IV

 Estamos ya en el  final del año litúrgico, y el tema de las lecturas de este domingo es también el del «final de los tiempos», el final del mundo. De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos», pues el género «apocalíptico» era muy del gusto de los creyentes de aquellos tiempos.

Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un cementerio muy cotizado...).

Este concepto del final del mundo estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, en el que se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación ya todo sería una vida eterna en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.

Ruboriza hoy, y casi parece caricatura, contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana... Durante siglos la creyeron revelada por Dios mismo. Dudar de aquella visión o de cualquiera de sus detalles era tenido como un pecado (grave) de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación (todavía más grave). Sobre la visión global o el «gran relato» –porque realmente era un relato– que el cristianismo presentaba (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno...) no era permitido dudar.

Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión estaba constituida por tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico... ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios... hasta hoy.

La revolución científica comenzada en el siglo XVI fue destruyendo aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible o infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria...). Pero lo que en la visión científica o el conocimiento simplemente físico de las personas iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo de la fe fuera el aristotélico-platónico, aunque el cielo astronómico fuera totalmente otro.

Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni cómo conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas que eran pensadas como conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente... La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida... todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna...).

Tan acendrada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos, no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser «utilizadas» con la idea de premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrían hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional...

Pero afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible... porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esta su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos. No es éste el lugar para presentar toda una escatología renovada, pero sí para remitir a tres obras recomendables a quien trate de replantear su fe fuera del paradigma premoderno mítico:

- Roger Lenaers sj, Otro cristianismo es posible, Abya Yala, Quito, Ecuador, 2006 (tiempoaxial.org), y

- las «12 tesis del obispo John Shelby Spong», que pueden ser encontradas en la mayor parte de los buscadores de internet.

- la revista Concilium dedicó recientemente un número monográfico a la «resurrección de los muertos», en noviembre de 2006 (el número 318).

 

Completamos con una referencia tradicional a las tres lecturas de hoy:

 

Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.

El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.

Muchos de los creyentes de Tesalónica, específicamente las “clases superiores”, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esta errada actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y que, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige fuertemente: el que no quiere trabajar que no coma (v.10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.

Puede ser que la presencia magnífica del templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; pudo ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el templo será destruido, pues éste no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias que contradicen el fin de una experiencia de fe. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás, es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado.



 

 Para la revisión de vida

  Muchas sectas fundamentalistas anuncian desde estos textos el fin del mundo e invitan a la conversión para ser parte de los que se van a salvar. Otra gente, por sus múltiples ocupaciones, no se preocupa ni siquiera por el transcurrir de la historia y el desenvolvimiento de los acontecimientos. ¿Soy insensible ante los acontecimientos de injusticia, desigualdad y muerte que estamos viviendo?

 

Para la reunión de grupo

 El tema de la muerte y el más allá ha sido utilizado por el mensaje cristiano como un instrumento de miedo y de control. El temor a la muerte, al juicio de Dios, a la posibilidad de la «condenación», ha brillado como la estrella polar en el firmamento del imaginario cristiano milenariamente. Hoy se hace una gran crítica a esta utilización del mensaje. ¿Por qué?

¿Qué piensa el pensamiento moderno más avanzado sobre la transcendencia y el más allá de la muerte? ¿Qué aporta la nueva ciencia frente a la «ciencia materialista» de décadas pasadas? Hacer un pequeño «trabajo de campo» preguntando a la gente que está a nuestro alcance qué piensan sobre estos temas, y por qué.

 

Para la oración de los fieles

Por las comunidades cristianas que trabajan solidariamente por los pobres, marginados y excluidos, para que su testimonio de vida sea signo ante el mundo del Reino.

Por todos los que trabajan por implantar en la tierra un nuevo orden social, para que sus luchas y esfuerzos vayan creando nuevos caminos de libertad.

Por tantos cristianos insensibles ante el dolor y el sufrimiento de muchos de sus hermanos, para que el Espíritu de Jesús los toque en su corazón y puedan generar acciones que conforten y ayuden a los demás.

Por los que son perseguidos por causa del evangelio, para que Jesús los acompañe, los conforte y les dé valor.

Por la Iglesia, para que sea ante el mundo testimonio de Jesús y fermento en la construcción del reino de Dios.

Por las victimas de la guerra; viudas, huérfanos y desplazados, para que el Señor suscite en muchos cristianos la generosidad y el amor solidario.

 

Oración comunitaria

 Dios Padre-Madre de la Humanidad, a quien todos los pueblos han buscado a tientas desde el origen de la historia, en mil formas religiosas, en las más diversas tradiciones espirituales que se han sucedido a lo largo de los milenios. Abre nuestros ojos y nuestras mentes para saber valorar la inmensa riqueza de tu acción en la historia, para que estemos abiertos a tu acción imprevisible, capaz de sorprendernos con nuevos caminos religiosos allí mismo donde nos parece ver crisis de la religión o increencia. Te lo pedimos asociándonos al clamor universal de todos los hombres y mujeres, pueblos y tradiciones, que te han buscado y encontrado a lo largo de la historia. Amén.

Señor y Padre de la historia, enséñanos a transformar las relaciones entre los seres humanos haciendo una historia humana de amor, de libertad, de justicia, y de paz, que nos lleve a la construcción de la humanidad nueva donde se explicite de manera efectiva el Reino de Dios. Por Jesucristo Nuestro Señor.

 

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org