NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
CICLO "C"


Primera lectura: 2 Samuel 5, 1-3
Salmo responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Colosenses 1, 12-20
 

EVANGELIO
Lucas 23, 35-43

 35El pueblo se había quedado observando.  Los jefes, su vez, comentaban con sorna:     

-A otros ha salvado; que se salve él si es el Mesías de Dios, el Elegido.   

36También los soldados se burlaban de él; se acercaban y le ofrecían vinagre 37diciendo:

-Si tú eres el rey de los judíos, sálvate.

38Además, tenía puesto un letrero:

ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS

39Uno de los malhechores crucificados lo insultaba. ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros

40Pero el otro se lo reprochó:

- Y tú, sufriendo la misma pena, ¿no tienes siquiera temor de Dios? 41Además, para nosotros es justa, nos dan nuestro merecido; éste, en cambio, no ha hecho nada malo.

42Y añadió:

- Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey.

43Jesús le respondió:

- Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

 


 

COMENTARIOS

I

 EL TRONO DEL REY

Acostumbrados a reyes déspotas y tiranos, los contempo­ráneos de Jesús habían olvidado los orígenes de la realeza y la razón de ser del rey. La práctica política de los reyes y gober­nadores de la época tenía muy poco que ver con las esperanzas que el pueblo hebreo había depositado desde los orígenes en la figura del rey, mesías, el ungido de Dios.

Al pie de la cruz, «los jefes del pueblo comentaban con soma: -A otros ha salvado; que se salve él si es el Mesías de Dios, el Elegido. También los soldados se acercaban para burlarse de él, y le ofrecían vinagre diciendo: -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate. Además tenía puesto encima un letrero: 'El Rey de los judíos es éste.' Uno de los malhecho-res crucificados lo escarnecía diciendo: -¿No eres tú el Me­sías? Sálvate a ti y a nosotros. Pero el otro lo increpó: -¿Ni siquiera tú, sufriendo la misma pena, tienes temor de Dios? Y la nuestra es justa, nos dan nuestro merecido; en cambio, éste no ha hecho nada malo. Y añadió:   Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas como rey. Jesús le respondió: -Te lo ase­guro: Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,35-43).

Jesús no se bajó de la cruz y, sin embargo, era rey, pero no como lo entendían quienes se mofaban de él. Toda su vida había ejercido la realeza, sin pertenecer, por ello, a la jerarquía política del país o a la aristocracia sacerdotal.

La monarquía había surgido en Israel pasa que el rey hi­ciera de valedor y administrador de justicia. El libro primero de Samuel cuenta cómo se acercó la gente al profeta para de­cirle: «Mira, tú te has hecho viejo y tus hijos no siguen tu camino. Danos, pues, un rey para que nos juzgue, como todos los pueblos » (1 Sm 8,5). Juzgar y gobernar eran palabras sinó­nimas entre los hebreos. La función principal del rey era admi­nistrar una verdadera justicia en favor de los más indefensos, socialmente hablando, único medio para asegurar el bienestar de todos dentro de la comunidad: «El rey justo hace estable el país; el que lo carga de impuestos, lo arruina» (Prov 29,4).

Pero esta preocupación del rey por la justicia no era una actividad estrictamente forense. Debía ser, ante todo, un es­fuerzo de ayuda en favor del débil, un volcarse en bien de los más necesitados. El salmista, hablando del rey ideal, dice así: «Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador» (Sal 72,4). La sensibili­dad o preocupación por la justicia social constituía, para los hebreos, la piedra de toque del verdadero rey.

Por ser fiel a este modelo de realeza, terminó en la cruz, tras pasar la vida defendiendo la causa de los indefensos, de los socialmente tachados, de los oficialmente pecadores, de los habitantes de la periferia de la vida. Uno de éstos, crucificado junto a él, reconoció su realeza: «Acuérdate de mí cuando vengas como rey. Jesús le respondió: -Hoy estarás conmigo en el paraíso.»

El paraíso comienza cuando el rey, gobernador del país, se dedica por entero a atender la causa de los pobres, los parados, los marginados, convirtiéndose en su más decidido defensor, en su más firme valedor. Un rey así no tiene otro trono que la cruz, símbolo de la entrega por amor a la causa de los po­bres; suele morir, con frecuencia, víctima de la injusticia es­tructural contra la que lucha.

Poco habían entendido de la realeza quienes decían a Je­sús con sorna: «-Que se salve, si es el Mesías de Dios... Si eres tú el rey de los judíos, sálvate.» El rey no está para sal­varse, sino para salvar a los que la injusticia del sistema con­dena a muerte a diario. Sólo en este sentido podemos hablar de Cristo Rey.

 


 

II

 ESTE ES EL REY

Desnudo, sirviendo de espectáculo para los desocupados y objeto de burla para los jefes; amargo el paladar por el vinagre y la traición, inmovilizado y colgado de una madero, sometido a las más crueles de las torturas, agonizante...

ESTE ES EL REY. No hay, pues, lugar para el triunfalismo.

 

«CRISTO REY»

A veces, cuando hemos querido expresar qué significa que Jesús Mesías es rey, en lugar de leer el evangelio nos hemos dado una vuelta por los palacios de la tierra y, sin demasiado espíritu critico, hemos ido colgando de Jesús toda la autoridad y la gloria que nos hemos encontrado en ellos: tronos majestuosos, coronas de oro, mantos de púrpura, cen­tros de plata y piedras preciosas... y leyes, muchas leyes con sus correspondientes castigos...

Otras veces, con el pretexto de que Jesús es el rey del universo, hemos intentado someter, si no el universo entero, al menos una buena parte de él a nuestros caprichos, a nues­tros intereses o a nuestros dogmas, y hemos usado para ello incluso la violencia, la tortura... y hasta la muerte. Y así, el nombre de Jesús, su mensaje sobre el reinado de Dios, se han presentado muchas veces de una manera que nada tiene que ver con lo que él pretendía: ni con su manera de ser Mesías, ni con el proyecto de nueva humanidad contenido en el anun­cio de que Dios quiere reinar en el mundo de los hombres.

 

ACUSADO DE SER UN REY MÁS

En el evangelio de Lucas, de todas las veces que alguien se dirige a Jesús para llamarle «rey», sólo en dos de ellas los que lo hacen tienen buena intención. La primera vez, en la entrada de Jesús en Jerusalén; allí, los discípulos aclaman a Jesús con estas palabras: «¡Bendito el que viene como rey en nombre del Señor!» Entendieran lo que entendieran los que decían esto, una cosa es clara: Jesús se presenta como un rey distinto a los reyes de este mundo. El es rey pacífico, que no utilizará la violencia para reinar, y rey humilde (Zac 9,9): no usa una cabalgadura propia de reyes (la muía, véase 1 Re 1,33), sino la de los campesinos (el asno).

En el resto de las ocasiones en que alguien llama a Jesús rey (Lc 23,2.3.37.38) es para acusarlo -y condenarlo- de meterse en política, de tener ambiciones de poder, de querer ser un rey más. Jamás, en el evangelio de Lucas, se dice que Jesús afirmara que él era o pretendía ser rey; pero ésta es la acusación que los dirigentes de su nación presentan ante el gobernador romano: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, impidiendo que se paguen im­puestos al César y afirmando que él es Mesías y rey» (Lc 23,2). Y consiguen la condena a muerte, y la ejecución. Y es entonces, mientras la muerte se va acercando con una cruel lentitud, cuando todos pueden ver escrito quién es aquel condenado: «ESTE ES EL REY DE LOS JUDíOS».

 

¡Y QUÉ CLASE DE REY!

Allí está. En aquel majestuoso trono: un patíbulo, un lugar de tormento; y la corona... de espinas; y sin otro manto que su propia piel; y en las manos el hierro frío y penetrante de los clavos; y sus leyes y sus amenazantes castigos... «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Y su poder... Los que están allí presentes, los que lo habían llevado a aquella situación y a aquel estado, le propo­nen que haga uso de su poder para demostrarles que es ver­daderamente rey. Para ellos, un rey lo primero que debe hacer es salvarse a sí mismo, y ésa es la prueba que piden a Jesús de su realeza: «A otros ha salvado; que se salve él, si es el Mesías de Dios, el Elegido». Tenían la prueba, «a otros ha salvado», pero no podían aceptarla de ninguna manera. Ni los que se estaban sirviendo del pueblo -habían convertido la religión en un negocio, ni el pueblo, víctima de ellos, podían comprender que Jesús no es rey para servirse de su realeza, sino para ponerse al servicio de los hombres y darles la oportunidad de convertirse en un pueblo de hombres libres, en un «linaje real» (Ap 1,6; 5,10).

Sólo uno de los presentes sabe reconocer a un rey en aquel cuerpo magullado: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey» (1a segunda vez que alguien llama «rey» a Jesús con buena intención). Por eso, «el buen ladrón» será el prime­ro en experimentar lo radicalmente verdadera que es la libe­ración que ofrece Jesús: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Este es Cristo Rey: el que perdona a los que le asesinan, el que no usa la violencia ni otra fuerza cualquiera en beneficio propio, el que se ha jugado la vida enfrentándose a los po­derosos para que reine en el mundo un Dios que, porque es Padre, no quiere súbditos, sino hijos que vivan como her­manos.

 


 

III

 
CUATRO REACCIONES NEGATIVAS ANTE EL ESPECTÁCULO DE LA CRUCIFIXIÓN

 

a)         «El pueblo» (distinto de la «gran muchedumbre del pue­blo» del v. 27) es figura de Israel; curiosidad burlona (como los mirones de 14,29): «lo presenciaba» (23,35a).

b)         «Los jefes, a su vez, comentaban con soma: "A otros ha salvado; que se salve él, si él es el Mesías de Dios, el Elegido"» (23,35b). No pueden concebir un Mesías que muera (será otro Mesías impostor, como tantos los había habido), pues 'el Mesías de Dios' ha de salvar al pueblo, ni un Elegido (cf. Is 42,1) abandonado por Dios; fomentan la idea de un mesianismo triun­fante.

c)         «También los soldados se acercaban para burlarse de él y le ofrecían vinagre, diciendo: "Si tú eres el rey de los judíos, sálvate"» (23,36-37): los ejecutores del poder despótico romano no pueden comprender a un rey que no hace nada para defen­derse y le manifiestan su odio, simbolizado por el 'vinagre'.

d)        «Además, tenía puesto encima un letrero: "ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS"» (23,38). De forma despectiva (lit. «El rey de los judíos es éste»), el letrero corrobora la irrisión de que es objeto por parte de Israel, de sus dirigentes y de las tropas de ocupación.

 

REACCIONES ANTAGÓNICAS DE LOS MALHECHORES

Uno de los malhechores sigue el ejemplo de los dirigentes y de los soldados (23,39; cf. vv. 35-36); la incapacidad de Jesús para salvarlos muestra la falsedad de su pretensión mesiánica. En todas las burlas, la idea de 'salvación' es la de escapar de la muerte fisica. El otro, en cambio, reconoce la inocencia de Jesús, mientras que él se reconoce culpable. La muerte de Jesús empieza a dar frutos: las puertas del paraíso quedarán abiertas desde ahora de par en par para todos los que lo reconozcan 'como rey', sea cual fuere su pasado (23,40-43). El mundo futuro («el paraíso»), no relegado al fin de la historia, se inaugura con la muerte de Jesús («hoy»).

 


 

 IV

 La fiesta de Cristo Rey fue establecida por la Iglesia en la época del ocaso de las monarquías con objeto de apoyar a las monarquías y aristocracias, interesadas por la pervivencia del Ancien Régime, y para oponerse a los nacientes regímenes republicanos, que representaban los intereses de los pobres, del liberalismo y de la naciente democracia. Sus orígenes son muy discutibles. Sin embargo, en todo caso, los textos de la liturgia de esta fiesta muestran la manera peculiar en que Cristo sería “Rey”.

Conviene recordar en qué consistían las esperanzas mesiánicas del pueblo judío en el tiempo de Jesús: unos esperaban a un nuevo rey, al estilo de David, tal como se lo presenta en la primera lectura de hoy. Otros, un caudillo militar que fuera capaz de derrotar el poderío romano; otros como un nuevo Sumo Sacerdote, que purificaría el Templo. En los tres casos, se esperaba un Mesías triunfante, poderoso.

El salmo que leemos hoy, también proclama el modelo davídico de “rey”. Jerusalén, la “ciudad santa” es la ciudad del poder, la ciudad del poder.

Eso explica por qué, cuando Jesús anuncia la Pasión a sus seguidores, no logran entender por qué tiene que ir a la muerte.

- El evangelio de hoy nos presenta cómo reina Jesús el Cristo: no desde un trono imperial, sino desde la cruz de los rebeldes. La rebelión de Jesús es la más radical de todas: pretende no sólo eliminar un tipo de poder (el romano, o el sacerdotal) para sustituirlo por otro, con un nombre distinto, pero basado en la misma lógica de dominación y violencia (que era lo que correspondía a las expectativas judías).

Podríamos decir que Jesús es el anti-modelo de rey de los sistemas opresores: no quiere dominar a las demás personas, sino promover, convocar, suscitar, el poder de cada ser humano, de modo que cada una y cada uno de nosotros asumamos responsablemente el peso y el gozo de nuestra libertad.

Uno de los grandes sicólogos del siglo XX, Erich Fromm, plantea, en su libro El miedo a la libertad, que ante la angustia que produce en el ser humano la conciencia de estar separados del resto de la creación, adoptamos dos actitudes igualmente patológicas: dominar a otros, y buscar de quién depender entregándole nuestra libertad. En ambos casos, las personas buscamos cómo, a través de estos mecanismos, disolver esa barrera que nos separa de las otras personas y del resto del universo. El pecado fundamental del ser humano es, según esto, un pecado de poder mal administrado, mal asumido. Y esto es el origen de todos los otros pecados: la avaricia, que conduce a un orden económico injusto; la soberbia, que nos impide ver con claridad nuestros errores y pecados; la mentira, que nos lleva a manipular o a dejarnos manipular; la lujuria, el sexo utilizado como instrumento de poder para “poseer”, oprimir; el miedo, que nos impide levantarnos y caminar sobre nuestros propios pies.

Enmarañados en estas trampas del poder a que nos conduce nuestro “miedo a la libertad”, cuando un régimen opresor de cualquier signo que sea se nos hace insoportable, buscamos como derrocarlo... para sustituirlo por otro que sin embargo funciona sobre la misma lógica. Esa es la lógica que Jesús desarticula de manera total y radical.

Cuando en Getsemaní acuden los soldados y las turbas “de parte de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo” (Mt 26, 47) para prender a Jesús, él no recurre a violencia de ningún tipo. Jesús se niega a ser coronado rey al estilo del “mundo” luego de la multiplicación de los panes y los peces (Jn. 6, 15). La tentación del poder, entendido al estilo de los sistemas opresores persigue a Jesús desde el desierto hasta la cruz. Y desde el desierto hasta la cruz, Jesús rechaza este modelo, denuncia con toda claridad que procede del diablo, del “príncipe de este mundo”, no cae en sus trampas. El costo de esta resistencia no sólo valiente sino lúcida de Jesús es la muerte.

En la cruz Jesús derrota total y radicalmente al demonio del poder concebido como violencia y opresión por una parte y como dependencia, sumisión y alienación por otra. De este modo que inaugura así un nuevo tipo de relaciones entre las personas y con el universo entero, basadas no en la dominación/dependencia, sino en el respeto mutuo, en la armonía, en la valentía para asumir el peso de la propia libertad responsable.

 

- En la carta a los Colosenses, Pablo señala cómo a través de Jesús el Cristo (primogénito de todas las criaturas, preexistente y co-creador del universo, cabeza de la iglesia, primicia de la plenitud de la Creación entera) se produce la reconciliación de todos los seres con Dios. Esta y otras expresiones paulinas han dado lugar a interpretaciones erróneas, que consideran que la muerte de Jesucristo en la cruz era el precio que había que pagar para que el Padre, enojado y rencoroso, perdonara a la humanidad pecadora.

Sin embargo, los evangelios nos muestran con claridad por qué y cómo es que Jesús nos reconcilia con el Padre: no por que ese Dios, padre–madre, sea un dios rencoroso, sino porque habíamos perdido el rumbo de la auténtica unidad con Dios y con el universo entero: esa que no se hace sucumbiendo a nuestro miedo existencia y escudándonos en posiciones de poder (dominante o dependiente) sino superando nuestros miedos, atreviéndonos a presentarnos tal como somos ante Dios, en total pobreza de espíritu, sin escudos protectores que nos impidan ver su rostro.

- Desgraciadamente, ¡cuántas veces en nuestra vida eclesial reproducimos los modelos de “reinado” del mundo, y no los de Dios en Jesucristo! ¡Cuántas veces establecemos relaciones de poder autoritarias en vez de fraternas! ¡Cuántas veces entramos en contubernio con los poderes del sistema, ya sea por acción o por omisión!

El modelo de “reinado” que nos presenta el “Cordero degollado” nos interpela y llama a la conversión. No es necesario ni conveniente subrayar la «realeza» de Jesús si ello conlleva tergiversar su auténtico y efectivo proyecto de vida. Hace daño, sobre todo a los más oprimidos, presentar esa imagen monárquica y principesca de un Jesús que, en verdad, dedicó toda su vida y sus energías a desenmascarar y a luchar contra ese tipo de estructuras.

 


 

Para la revisión de vida

A la luz de la fiesta de “Cristo Rey” y del modelo de relaciones entre personas y con la Creación, reflexiones sobre nuestras actitudes en los diversos ámbitos en que nos movemos, y preguntémonos:

 ¿Cómo son las relaciones de poder en nuestra pareja? ¿Se basan en la dominación/dependencia o en la promoción de la mutua libertad responsable de ambos?

 ¿Cómo son las relaciones de poder en la familia? ¿Nos valemos de nuestra autoridad como personas adultas para imponernos de manera autoritaria? ¿Justificamos en nombre de la “autoridad” nuestros abusos de poder, maltrato físico, verbal, psicológico? ¿Excusamos los abusos sexuales con algún argumento de poder?

 Las relaciones entre los miembros de la Iglesia, siguen el modelo cristiano, o bien siguen el modelo autoritario, represivo, impositivo, excluyente, propio del “príncipe de este mundo?

  En el seno de nuestra sociedad, ¿luchamos por nuevas relaciones de poder, según el modelo de Jesucristo, el anti-rey, que nos presentan los evangelios? ¿O nos plegamos a los modelos autoritarios? ¿O nos declaramos impotentes o indiferentes y renunciamos a la lucha?

 

Para la reunión de grupo

En Gen. cap. 3 se nos presenta las desigualdades de género y la ruptura con la naturaleza como producto del pecado. ¿De qué manera el “reinado” de Cristo nos libera y nos marca una nueva lógica en las relaciones de poder?

¿De qué manera se presenta el pecado del poder en Gen. 4? ¿Qué hacer para revertir esta lógica diabólica?

En la carta a los Colosenses, ¿cómo interpretar los versículos 19 y 20 a la luz del nuevo “reinado” de Cristo?

Los Evangelios sinópticos (y el texto que leímos hoy en particular) nos presentan a Jesús durante la pasión lleno de humillaciones, dolores, sufrimientos, burlas. El evangelio de Juan en cambio, presenta la cruz como la glorificación del Hijo y del Padre. (Jn 12,23. 28; 17, 1) ¿Cómo explicar esta diferencia de enfoques?

 

Para la oración de los fieles

Por la Iglesia, para que seamos fieles al siempre nuevo modelo de relaciones entre las personas y con la creación que nos presente Jesús desde su reinado en la cruz redentora, sin autoritarismos ni exclusiones. Te rogamos, óyenos.

Para que en nuestras familias vivamos también la liberación de todo autoritarismo, opresión o sometimiento. Te rogamos, óyenos.

Para que luchemos por nuevas relaciones de género, basadas en el respeto, el aprecio recíprocos y la armonía. Te rogamos, óyenos.

Para que también en nuestras relaciones con la naturaleza seamos partícipes de modelo de respeto, reverencia y libertad responsable que nos enseña Jesús. Te rogamos, óyenos.

Para que construyamos “por Cristo, con él y en él” la nueva Jerusalén, en que ninguna rodilla se doble sino ante Dios y el Cordero. Te rogamos, óyenos.

 

Oración comunitaria

  Dios Padre Nuestro que enviaste a Jesús para que anunciara a todos tu deseo de renovar totalmente el mundo, contaminado por el pecado; te pedimos que el proclamarlo Rey no nos impida ver que lo verdaderamente importante es construir -como él y con él, siguiendo sus huellas- tu Reino. Por el mismo J.N.S.

  Unidos a todos los hombres y mujeres, que desde hace miles de años han sentido en sus vidas los signos de tu presencia –en arrobados éxtasis, y otras muchas veces sin saberlo-, queremos confesarte, oh «Dios de todos los nombres», como el fundamento misterioso de nuestra existencia, como la meta inefable hacia la que caminamos, Padre y Madre de la Vida y del Ser. Convencidos de que «todo lo que avanza y asciende, converge», evocamos tu amor y nos abrazamos a todo lo que existe y a todo lo que vive, contigo, que vives y amas por los siglos de los siglos…

 

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org