PLEGARIA DE LA TRINIDAD


Padre nuestro,

Tú significas para nosotros el sentido profundo de la vida.

Te hemos descubierto en Jesús de Nazaret

y nos sentimos partícipes de tu Espíritu, que inspira todo progreso humano.


Confiamos en tu misteriosa presencia, mientras nos esforzamos por vivir tu Reino

en medio de las actividades y dificultades cotidianas.


Entre tantos conflictos, comprendemos

que, aunque somos diferentes, también podemos ser complementarios, y todos tenemos en común lo fundamental:

formamos parte de este universo, de la vida, de la cultura humana.


Nos admira la evolución de la naturaleza y la historia de la humanidad,

que somos a la vez una especie, múltiples sociedades y miles de millones de individuos,

cada cual con una existencia singular.


Padre nuestro, Espíritu de bondad y justicia, queremos alabarte, diciendo a coro:

SANTO...


Te damos gracias por los dones de la vida y la salud,

por la comunidad y por la tarea histórica de la humanización, la construcción del Reino de Dios,

la evangelización de las naciones,

la mundialización del derecho y la igualdad.


Aspiramos a una civilización planetaria menos bárbara

donde se reduzca la explotación, la corrupción, la opresión, la ignorancia, la mentira, donde se desarrollen las estructuras que sustentan la justicia

como única vía y fundamento de la paz verdadera.


A esto nos convoca el evangelio de Jesús,

a esto nos impulsa el espíritu que compartimos,

para llevar adelante el proceso del renacimiento de la humanidad.


Reunidos esta tarde, conmemoramos una vez más los dichos y hechos de Jesús durante su vida,

y la coherencia que lo condujo a afrontar la muerte. Asimismo, repetimos la tradición según la cual, cuando en la última cena con sus discípulos:

Cogiendo un pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros.

Haced lo mismo en memoria mía.

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:

esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía.


En nuestros días, como seguidores de Jesús, tomamos conciencia del drama de la historia humana,

atenazada por grandes problemas y lacerantes injusticias. Asumimos que es aquí donde tenemos que desplegar nuestra misión renovando nuestra manera de pensar, sentir y actuar,

al tiempo que trabajamos por mejorar el mundo.


Frente a las ideologías que llevan a la división y la confrontación, el Espíritu nos hace ver que hay muchas poblaciones,

pero una sola especie humana.

Hay gran pluralidad de culturas y costumbres, pero una sola civilización humana.

Hay diferentes lenguas y religiones,

pero una sola y común identidad humana.

Lo mismo que las personas poseemos diversas capacidades, pero constituimos una sola comunidad universal,

en la iglesia, en la sociedad, en la humanidad, en la biosfera.


Te damos gracias por los dones que recibimos a diario, a los que debemos corresponder

manteniendo la diversidad en la unidad

y la unidad en la diversidad, para el bien común.


Con la confianza inquebrantable en tu bondad, estaremos siempre atentos a los signos de los tiempos,

dispuestos a buscar nuevas respuestas a los desafíos de la historia, abiertos a tu misterio, que nos trasciende y nos inspira.


Padre nuestro,

cuyo Espíritu reafirma en todos la paz y la salud, como en Jesús, nuestro maestro y mesías,

a ti la gloria por los siglos.


Amén.