PLEGARIA DEL ESPÍRITU SANTO


Padre nuestro, Dios viviente,

Tú sobrepasas sin cesar la idea que podemos hacernos de ti, nuestras emociones más sublimes

y las metas más ambiciosas que somos capaces de alcanzar.


Al acercarnos a los límites de tu misterio en el seguimiento de Jesús de Nazaret,

se nos desvelan posibilidades siempre inéditas para nuestra existencia personal y comunitaria,

para la historia de nuestra sociedad y del mundo entero.


Confiamos en el Espíritu de verdad que nos da confianza en ti

y que permanece siempre con nosotros.


Hoy una vez más, te reconocemos con alegría

y queremos alabar tu inmensa bondad, diciendo: SANTO...


Solo Tú eres verdaderamente santo, Señor, Padre nuestro.


Te damos gracias por el don de la vida

y por la tarea histórica de la salvación humana,

que intentamos hacer avanzar hacia una nueva Humanidad y una nueva Tierra, digna de tu Reino.


Aspiramos a una civilización planetaria

basada en los valores de la fraternidad, la igualdad y la libertad, como inspiración de una ciudadanía mundial

fundada en los derechos humanos, la justicia y la paz.


A esto nos anima el evangelio y el espíritu liberador de Jesús: Ese Hombre que pasó haciendo el bien,

anunciando la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos

y el consuelo a los afligidos:

aliviando las cargas de cada persona humana que sufre.


Nosotros, como comunidad reunida en su espíritu, recordamos ahora la última cena, cuando Jesús

Cogió un pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros.

Haced lo mismo en memoria mía.

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:

esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía.


También recordamos ahora la promesa del Resucitado, cuando dijo a sus discípulos:

«No estéis intranquilos ni tengáis miedo... Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa».


Siempre que evocamos la vida, la palabras y la obra de Jesús, tenemos muy presente el drama de nuestro mundo humano, desgarrado por incesantes conflictos e injusticias,

donde estamos llamados a realizar una misión humanizadora.


Padre nuestro,

renueva en nosotros los dones pluriformes de tu Espíritu: para que, en todos y cada uno, reavive una fe lúcida, aliente una esperanza activa

y haga fecundos los esfuerzos del amor.

Por Jesucristo, nuestro hermano, amigo y maestro inspirador.


Amén.