PLEGARIA DE ADVIENTO Y NAVIDAD


Padre nuestro,

te damos gracias una vez más por el don de la vida y por la fe en el evangelio

que nos alumbra un futuro de esperanza para toda la humanidad.


Nos sentimos llamados a participar

en la creación de un mundo más justo y en paz, anunciado ya en los relatos del nacimiento de Jesús.


Él no vino a imponer una ley de servidumbre

sino que proclamó los valores de las bienaventuranzas como un desafío a nuestra conciencia y nuestra libertad.


Él enseña a relacionarnos humanamente como iguales

en una comunidad universal de hermanos e hijos de un mismo Padre, en armonía con todas las criaturas.

De ahí el deber ético y político de promover los derechos humanos y el respeto a la naturaleza.


Ahora, en unión con todas las personas de buena voluntad,

que a lo largo de los tiempos ha contribuido a mejorar este mundo, te alabamos diciendo:


SANTO


Reunidos en comunidad

para compartir y celebrar nuestra fe en la causa de Jesús, renovamos la memoria de su nacimiento,

de su vida, muerte y resurrección,

y su presencia en nosotros y en el horizonte de la historia.


Su proyecto se expresa en las acciones de dar abundancia a los pobres,

vista a los ciegos, habla a los mudos,

libertad a los oprimidos, vida a los muertos.

Éstos son los signos de salvación:

del verdadero progreso en humanidad.


Padre nuestro,

que la fuerza del Espíritu que impulsaba a Jesús nos impulse también a nosotros,

de manera que, al celebrar esta acción de gracias,

renovemos nuestra manera de pensar, sentir y actuar eficazmente en las tareas de cada día.


Hoy, recordamos una vez más la última cena:

Estando Jesús a la mesa con sus discípulos,

cogió un pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros.

Haced lo mismo en memoria mía.

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:

Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía.


Desde nuestra situación, Padre misericordioso. repetimos estos símbolos de su memoria,

que se actualiza en nuestros esfuerzos por la causa de la justicia y la paz.


Todas las personas pertenecemos a una misma humanidad, por encima de cualquier diferencia.

Todos somos hijos de Dios y sujetos de los mismos derechos.


Padre nuestro, reaviva tu Espíritu en nosotros,

en todos los cristianos del mundo,

y en los creyentes honrados de cualquier tradición,

pues todos estamos emplazados a construir un futuro común, resistiendo a la crueldad del mundo y a la perdición.


Haznos firmes en la esperanza, para no desfallecer ante la adversidad; lúcidos en la fe, para denunciar todas las formas de fanatismo;

y sensibles en el amor solidario, el único que nos puede salvar.


Tuyo es el reino abierto a todas las gentes, sin pueblos elegidos, tuyo el poder de liberación pacífica, sin guerras ni violencia,

y tuya la gloria de los logros humanos y las maravillas de la creación, por los siglos de los siglos.


Amén.